La invención de Moreira

El libro perdido del gobernador

Éste es un libro de periodismo cultural firmado por un candidato a gobernador y usado como parte de su campaña y validación intelectual. Un libro cuyos textos, al menos en la versión digital de los diarios que los acogieron, y antes de la compilación a manera de libro, no existían.

¿Este libro existe?

¿Este libro existe?

Hace pocos días tuve la sorpresa de dar por fin con un ejemplar de la inencontrable edición de Mucho más temprano que tarde (Editorial Minotauro, 2010), libro que compila textos dentro del género del periodismo cultural firmados por el hoy gobernador de Coahuila, Rubén Moreira Valdez.
Los textos del volumen, editado y escasamente distribuido en 2010, según su portada fueron seleccionados y prologados por el escritor coahuilense Julián Herbert.
Primera curiosidad: el título retoma para su discurso las famosas últimas palabras que pronunciara antes de su muerte a través de Radio Magallanes el extinto presidente chileno Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, durante el asalto y bombardeo a la sede presidencial durante el golpe militar que derrocara su experimento socialista: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”.

Segunda curiosidad: aunque la cuarta de forros señala que el político priista es un recurrente colaborador y editorialista de casi veinte periódicos nacionales entre los que se cuentan El Universal, El Corregidor de Querétaro, Vanguardia de Coahuila o El Mexicano de Baja California, en un ejercicio de casi veinte años como colaborador, editor y periodista de medios regionales, hasta antes de la aparición de los artículos en el libro este autor nunca había tenido noticia de textos dedicados a las reseñas literarias o al comentario cultural por parte del entonces diputado federal.

Así, la única noticia o reseña que mereció el libro en un medio local fue por parte del historiador Carlos Manuel Valdés en su columna “De habla y tiempo” (Vanguardia, 6 de noviembre de 2010), donde consigna cómo el volumen fue presentado en un domicilio privado con el argumento de su anfitrión de “no politizar la ceremonia”. Y él mismo afirma: “No recuerdo que el autor escribiera antes. Al parecer inició esa práctica en la Cámara de Diputados de la Ciudad de México”. Asimismo, el historiador coahuilense señala: “Me parece que el libro aparece en la mejor de las coyunturas políticas. El libro es, entonces, parte fundamental de la campaña, y no digo como invectiva, sino como enunciación de actos”.

Una pesquisa digital que buscó cada uno de los artículos seleccionados en las ediciones por internet de los diarios consignados no arrojó ningún resultado. En los portales de los periódicos que supuestamente acogieron estos textos la versión digital no existe. Luego de aquella breve coyuntura, el libro desapareció.

Una pesquisa digital que buscó cada uno de los artículos seleccionados en las ediciones por internet de los diarios consignados no arrojó ningún resultado. En los portales de los periódicos que supuestamente acogieron estos textos la versión digital no existe.
Luego de aquella breve coyuntura, el libro desapareció.
Estamos pues ante un caso singular. Un libro de periodismo cultural firmado por un candidato a gobernador y usado como parte de su campaña de posicionamiento y validación intelectual. Número dos: un libro cuyos textos, al menos en la versión digital de los diarios que los acogieron, y antes de la compilación a manera de libro, no existían.

El prólogo

Si revisamos la relación entre la literatura y el poder político, el uso de ésta como un instrumento de autovalidación ideológica y cultural por parte de los líderes políticos, desde Vasconcelos, Novo o Martín Luis Guzmán, o la relación de Carlos Fuentes con Echeverría hasta el penoso caso de Peña Nieto en la Feria del Libro de Guadalajara, el prólogo de Julián Herbert para este libro, en su reiterativa intención de ensalzar al autor como un intelectual de altos vuelos, resulta altamente revelador.
Primero, soslayando la larga tradición intelectual de diversos políticos mexicanos como Leopoldo Zea, Jesús Reyes Heroles, Adolfo Aguilar Zínser, Jorge G. Castañeda o quien desde su militancia más escribió y discutió sobre literatura con tino y autoridad: el panista Carlos Castillo Peraza. Después de un superficial recorrido por personajes de la política estadounidense, desde Bush hasta Sarah Palin, el también autor de Canción de tumba propone un perfil del autor como “un intelectual orgánico” y lo equipara con el mismísimo Antonio Gramsci: “Es en este contexto que la figura de un intelectual gramsciano como Rubén resulta significativa” (p. 9).
Con ésta y otras aseveraciones, de manera involuntaria y candorosa, el discurso del prólogo ejemplifica lo que el teórico marxista italiano definió como hegemonía cultural: una sociedad aparentemente libre y culturalmente diversa, pero en realidad dominada por una de sus clases sociales, a través de sus percepciones, explicaciones y valores.

Es decir, al priismo ya no le resultó suficiente tomar el poder político y económico de un estado, sino también intentó ser depositario y encarnación de su poder cultural.

Gobernador ahora, antes "periodista cultural"... Foto © Notimex.

Gobernador ahora, antes “periodista cultural”… Foto © Notimex.

En el prólogo Herbert afirma que el libro fue un encargo de Armando Javier Guerra (actual asesor honorario cultural del gobierno de Coahuila, con una habilidad camaleónica para ocupar diversos cargos en el área durante más de dos décadas). “No existe un intelectual sin una agenda oculta” (p. 6), y remata —ojo con el lapsus entre paréntesis—: “Rubén Moreira Valdez es una figura insoslayable de la vida política del México presente. Pero es también (y no otra cosa se propone enfatizar este volumen) un periodista y literato coahuilense de primer orden” (p. 9).
Esta introducción olvida o ignora a propósito que el único intelectual verdaderamente gramsciano en la historia reciente de Coahuila se llamó Casiano Campos. Ese recio personaje que a mediados del siglo pasado recorría las calles de Saltillo a bordo de un vehículo importado desde Moscú, pues se negaba a participar en el consumo de productos de “El Imperio”. El mismo que en 1923 fue diputado local por medio del Partido Laborista Mexicano, amigo de Rivera, Siqueiros y Lombardo Toledano, fundador el Partido Comunista en Coahuila, por lo que fue condenado a largos años de prisión y destierro por el régimen priista. El que en 1951 se unió a la “Caravana del Hambre” de los mineros de la región carbonífera que demandaban mejores condiciones de trabajo. El agudo lector de Hegel, Keynes y Comte, que murió en 1991 y cuyo acervo bibliográfico, paradójicamente, recién ha sido donado a una institución cultural del Gobierno de Coahuila. Durante el acto oficial Rubén Moreira afirmó: “Todos somos discípulos de Casiano Campos”.

El logógrafo

Platón nos dice en el “Fedro” que en la antigua Grecia el logógrafo era una persona que escribía discursos pronunciados por otras personas, alguien que no es el padre del texto, una suerte de fantasma —“ghost writers” les dicen ahora— porque el padre del texto era el dueño de su discurso: quien lo leía o quien lo firmaba.

El logógrafo escribe lo que otros dicen.

Platón nos dice que “El logógrafo, escribiendo lo que no dice, no dirá y sin duda no pensará nunca sin duda la verdad” (p. 99).

El logógrafo o “ghost writer” nunca reconocerá su propia escritura, es más: abjurará de ella, ya que aceptarla sería una política contraproducente a la intención fantasmagórica de su perfil. Sin embargo, de ese modo, la del logógrafo es una escritura que no tiene verdad. Ya que el logos es el ser, la palabra en acto es el ser.
Así, el padre del discurso es de quien lo emite o lo firma, no de quien lo escribe, el logos que se manifiesta vivo por el hablante en el tiempo presente.

El libro

Desde una perspectiva periodística y literaria Mucho más temprano que tarde resulta ser un libro mediocre. Un documento que se suma a la larga tradición de otros escritos firmados por políticos, como México, la gran esperanza. Un Estado eficaz para una democracia de resultados, del presidente Peña Nieto, detonante de aquel escándalo en la Feria del Libro de Guadalajara y notorio arquetipo del fraude intelectual, o el mamotreto de Carlos Salinas titulado La década perdida, cuya hechura muchos comentaristas adjudicaron a la pluma del historiador Héctor Aguilar Camín.
La tumba de García Lorca, las elecciones en Chile, la defensa de las minorías, el asesinato del poeta salvadoreño Roque Dalton con retorcidos lazos hacia el gobierno panista de entonces, son vistos a través del tópico y una deformada óptica partidista. Con curiosos epígrafes de personajes como Manu Chao o Álex Lora, el autor ensaya un intento de asedio intelectual a temas de los que logra apenas un esbozo o la reducción, más que simplista, cínica: “Tenemos un gobierno sin objetivos claros, que un día anuncia un programa del primer empleo y otro el de deschatarrización con un resultado similar: el fracaso. Un gobierno que no fija rumbos e igual sale a criticar el ejercicio de recursos financieros de los partidos, que lanzar el petardo de eliminar la no reelección” (p. 14).
O en el comentario sobre Nikos Kazantzakis y su Última tentación de Cristo, de plano hacia el equívoco: “El Divino Maestro, El Galileo, El Nazareno, El Príncipe de Paz, el que echó a los mercaderes del templo, el que se hizo acompañar de prostitutas y guerrilleros, el que perdonó criminales venció la más grande de las tentaciones: ser un hombre común… Todavía mayor a la de ser El guardián entre el centeno” (sic) (p. 28).
O la obviedad: para comentar la política migratoria, el autor echa mano de la letra de “Clandestino” de Manu Chao en su epígrafe antes de disparar con agudeza: “Atender el problema con éxito significa actuar en dos planos: el primero combatir sus causas, el segundo evitar a corto plazo los prejuicios que se ocasionan al migrante y a sus familias. La solución deseable va más allá de los acuerdos migratorios, por más necesarios que éstos sean en lo inmediato”.
Y así todo el libro.
Galeano nació en Montevideo, Santa Anna era “bueno para los amigos y los compadres”, el bono demográfico, el romance de Arthur Miller con Marilyn hasta que “la botó al carajo después de despacharse a Yves Montand”, la crisis de derechos humanos, el análisis urbanístico de la mano de una letra de Álex Lora: “voy rodando por la gran ciudad / viendo a miles de gentes pasar” (p. 71) o la crítica siempre ríspida del gobierno calderonista, echando mano, de manera significativa, del texto bíblico: “Todo árbol sano da buenos frutos, pero el árbol podrido da malos frutos… Todo árbol que no lleva buen fruto es cortado y echado al fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis”. ®

Publicado en: Libros y autores

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