La leyenda de la sirena y el delfín

“El Tiempo y la Mar se enamoraron. Él echó su simiente en ella y creó al delfín; ella, sólo anudó fases de sus aguas y creó a la sirena. Se pudieron dar un beso para conocerse y así se despidieron”. Este fragmento de apuntes dado por Abú Imram Musa ben Maimón ibn Abdalá, a la casa traductora de José Qimhí y Yehuda Ibn Tibbón, para su divulgación; nunca se publicó.

Se cuenta que hacia 1142 Maimónides fue llevado por su padre Maimum a las aguas del Mediterráneo, viaje recurrente en este último para fomentar la reflexión. Era un día apacible; estaban a la mitad entre Levante y Europa cuando Maimónides tropezó con un guijarro y cayó al mar.

Maimum, advertido por los cielos y sus creencias, lo dejó al amparo de sus posibilidades. El mar, con su superficie titilante, se tragó a Maimónides, que, desesperado, movía brazos y piernas; desesperación que pronto se tornó en angustia. Ésta también contaminó a su padre, que observó una mancha que se perdía en el fondo del mar.

En el último momento, Maimónides dejó de moverse y redujo la velocidad de su descenso; pensó, si es que se le puede llamar pensamiento a lo que la mente y el corazón fraguan en esos momentos, que el cambio de ambiente requería una modificación de comportamiento. Sólo abrió sus ojos: un delfín surcando la trémula densidad del mar, éste que no es mar allá adentro, sino otro mundo, otra forma de ser. Otra visión si uno se deja mojar, pero tampoco es mojar porque ello supone una naturaleza ajena. Maimónides, sin pensarlo o sin sentirlo, se dejó existir acuático.

El delfín iba de un lado para otro, jugaba con piedras, seguía corrientes submarinas o simplemente intentaba alcanzar sus aletas. Maimónides pensó que el animal estaba contento. Observó que el cetáceo se fue hacia arriba y salió de ese mundo; instantes después regresó con mayor vitalidad a seguir con sus faenas.

Después de unos segundos observó a un ser mitad mujer y mitad pez. Al principio no la había percibido. Es curioso cómo el cerebro que, desde el punto de vista práctico, no es más que otro músculo, no está preparado para la maravilla, lo extraordinario. Percibimos: vemos, tocamos, degustamos, olemos o escuchamos algo, pero no algo que carece de referentes. No se me ocurre otra forma de expresar lo que sintió Maimónides al ver a esa sirena que para él no era una sirena sino un ser mitad mujer y mitad pez. La sirena, según Maimónides, parecía divertirse con los movimientos del delfín, pero no los entendía. Por la atención que la sirena le ponía al delfín, sintió que ella estaba interesada en las evoluciones del mamífero.

Fue entonces cuando el delfín la miró y se quedó flotando muy cerca de Maimónides. Fue como observar dos mundos que se encuentran. Desde su visión, el delfín miró por vez primera a la magia, y la sirena, a la imaginación. Oriente y Occidente, y al revés, en una mirada. Maimónides no refiere si se trató de amor; éste es un atributo que se tiene y se concede. El delfín pareció haber quedado maravillado, por la descripción que hace el testigo, pero no se puede amar lo que nunca se ha visto o sentido, ya ni menciono sin haber entendido. Con la sirena ocurrió algo similar, porque parecía que nunca había visto con anterioridad a un delfín.

Entonces, mejor no hablar de amor, por ahora, pero sí del caminó más directo a él: la maravilla.

El delfín se acercó a la sirena. Ésta retrocedió en una franca actitud defensiva. Se quedaron frente a frente, observándose cuidadosamente. Él practicaba sensaciones y emociones que ni la arena ni las algas ni las piedras le habían podido despertar. La pensaba y la miraba. Maimónides se imaginó que no pensaba en ella precisamente, sino de dónde venía o por qué existía alguien que nunca había imaginado.

En cambio, la sirena experimentaba la situación de otro modo. Acostumbrada a lo mágico y extraordinario, poco atractivo le parecería un ser como el delfín, gris de color; simple, un ser simple, elemental. Pero no dejaba de mirarlo, quizás sabía que la magia más pura y maravillosa siempre estaba escondida detrás de lo más ordinario.

Parecía que él buscaba en ella algo similar a su naturaleza, algo lógico y consistente; en cambio, ella parecía empeñada en descubrir la forma de develar alguna magia encerrada en él, aquella que lo animaba.

El delfín quiso tocar a la sirena con su nariz pero ella respondió con un golpe que ladeó la cabeza del cetáceo; éste aprovechó ese movimiento para responder el ataque con un aletazo que impactó en la cara de la sirena.

Maimónides flotaba y los miró lastimarse repetidamente. No se alejaban, ahí permanecieron, uno al alcance del otro, aunque fuera sólo para agredirse. Quiso intervenir, pero no se movió, recordó su transmutación.

Hubo un momento en que ambos olvidaron quién dio el primero y el último golpes; igualmente estaban agobiados y lesionados. Maimónides creyó que lo que más les dolió era haber golpeado al otro. Al delfín le dolían las heridas que le había infligido a la sirena; a ella, mirar la otrora impoluta piel del delfín, ahora magullada.

Todavía no había amor, más bien les dolía haber perdido la maravilla, por lo menos en la forma en que la habían empezado a percibir. Otra vez estaban mirándose frente a frente; cansados poetas sobre las arenas de un coliseo.

El delfín miró una alga llevada por una corriente y se fue tras ella, la persiguió y la alcanzó y la mordió. Empezó nuevamente a jugar con cuanta cosa encontraba, pero no se alejaba mucho de la sirena. Era como si la considerara su espectadora, jugaba para ella, o eso parecía porque de vez en cuando se detenía a mirarla. No lograba adivinar más allá que la figura de la sirena; aún no lograba entenderla.

Ella, por el contrario, había captado, o eso parecía, que al delfín le gustaban los objetos, así que con su magia empezó a aparecer piedras, algas, conchas, entre otros objetos que Maimónides no logró precisar en su narración.

El delfín infirió que ella tenía estrecha relación con la aparición de tantos objetos diferentes; él, conocedor del mar, sabía perfectamente que esa variedad no era natural.

Y así pasaron los años hasta que un día, por accidente, se tocaron con frugalidad y no se agredieron; en vez de adoptar una actitud ofensiva ambos amagaron una posición de defensa, de la que desistieron inmediatamente. Se quedaron estupefactos y se volvieron a tocar, pero ahora deliberadamente. Y se tocaron y se tocaron y empezaron a nadar, que es la forma de bailar dentro del agua. Pronto empezaron a acariciarse.

Hubo un momento en que Maimónides dejó de percibir la diferencia entre la sirena y el delfín. Giraban rápidamente, ella cambiaba sus colores y él la llevaba y traía fuera del mar; regresaban sofocados y cálidos. Fueron días y noches en las que Maimónides, acaso, pudo atestiguar un enamoramiento ajeno.

Pasaron algunas décadas. En medio de un carnaval de objetos que hoy en día no existen, el delfín se detuvo y miró a la sirena. La observó pausadamente; instantes después su cabeza se fue a pique hacia el fondo del Mediterráneo. La sirena lo siguió unos momentos con la mirada, antes de percatase de que algo raro pasaba con él —de donde ella venía eso no era natural. Luego, le dio rápido alcance antes de que tocara la arena del fondo del mar; logró disminuir la severidad del impacto.

En esas honduras, el delfín sólo movía incoherentemente sus aletas. La sirena inventaba cientos de objetos fulgurantes, increíbles, inimaginables; quería verlo jugar nuevamente, y fue cuando sintió que lo quería y entonces entendió que eran diferentes, y que el delfín se estaba muriendo. Lo estaba perdiendo y no podía hacer nada; su magia no la podía ayudar. Sintió un vacío tan profundo que sus lágrimas le mojaron la piel.

Ahí estaba el delfín muriéndose, reafirmando esa rotura de tiempo que supone la mortalidad. La sirena, a su vez, con ese orden recién creado por el sentido de la pérdida, confirmaba que su eternidad no era más que la suma de las miradas que le brindó el delfín.

El testigo de todo ello observó la borrascosa escena; miró durante años hasta que los restos del delfín fueron disueltos completamente por la naturaleza. La sirena desapareció en un instante; fue mágico.

Maimónides salió a la superficie del Mediterráneo, se exprimió las barbas; recordó aquel evento de su infancia. Extrañó a su padre por unos momentos, miró al sur y al norte y pensó que simplemente había imaginado la magia del sincretismo. ®

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Publicado en: Diciembre 2012, Narrativa


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