La muerte, el desamparo y el espectador de cine

De menor, El lugar del hijo y The Wait

Los últimos filmes de Manolo Nieto y M. Blash en los festivales de Punta del Este y de Buenos Aires. Películas en las que el espectador se ve obligado a tomar decisiones interpretativas sobre historias que abren varios caminos posibles.

Escena de De menor.

Escena de De menor.

En el último Festival Internacional de Cine de Punta del Este tuve la buena suerte de toparme con De menor (Menor de edad, de Caru Alves de Souza), un filme que comienza por retratar la vida armónica que comparten Helena y Caio (dos hermanos que perdieron a sus padres recientemente), para luego revelar que él se había convertido en un desconocido para ella. No me extenderé sobre esta película, sólo señalaré que aunque estos personajes cuentan con muchas ventajas en comparación con otras personas que los rodean —la estabilidad económica, el hecho de que Helena es abogada e incluso el color de piel de Caio—, no hay forma de evitar la condena. Dado que el espectador no es testigo de la cadena de hechos que llevó hasta ese desenlace, los únicos eslabones que se dibujan son: muerte de los padres, delito, ignorancia de la hermana mayor, castigo al hermano menor. En suma, estos personajes aparecen como seres indefensos ante circunstancias que probablemente excedían su poder de decisión o su madurez.

Otra escena de Menor de edad.

Otra escena de Menor de edad.

La orfandad puede transformarse fácilmente en la imagen del desamparo, incluso entre adultos, quizá porque de alguna forma volvemos a sentirnos niños al perder a nuestros padres. Por eso resultan tan atractivas las historias que ofrecen una alternativa a esa imagen, como es el caso de El lugar del hijo (Manolo Nieto, 2013) presentada en el mismo festival, y The Wait (M. Blash, 2013), que se exhibió en BAFICI, el festival de cine de la ciudad de Buenos Aires. En ambas películas —aunque en circunstancias muy diferentes— mientras los personajes se enfrentan a las consecuencias de la muerte de uno de sus padres, el espectador se ve obligado a tomar decisiones interpretativas sobre historias que abren varios caminos posibles.

El lugar del hijo

A mediados de 2002, replicando la situación de otros países de la región y también como consecuencia de medidas locales, Uruguay entró en una profunda crisis económica que, como suele ocurrir, comenzó desde el sector financiero para extenderse al resto de la economía, con una devaluación de la moneda nacional cercana a 100%, desocupación de 20%, huelgas generales y emigración masiva. Ariel, el protagonista de El lugar del hijo, está involucrado en las protestas estudiantiles que formaron parte de los movimientos sociales de ese momento, pero durante la toma de su facultad debe abandonar una asamblea ante la sorpresiva noticia de la muerte de su padre. Ariel vive y estudia en Montevideo y debe viajar esa misma noche hacia Salto, su ciudad natal, a donde llega apenas a tiempo para presenciar el entierro. En Salto se encuentra con Selva, la pareja de su padre —“novia o amante de mi viejo, bien no sé”, dice Ariel— quien, aunque permitió que el cadáver se descompusiera durante tres días, de pronto se instala en la casa familiar, donde luego trae a una chica para que la ayude “con la limpieza”, y la recién llegada ocupará la habitación de Ariel. Así, tan fácilmente desalojado, el protagonista deberá encargarse de liquidar las deudas de su padre con la venta de su hacienda, mientras duerme en una facultad tomada, en una parroquia —donde además hace una huelga de hambre—, la casa de campo de su padre o la cama que hasta hace unos días ocupaba el perro.

El lugar del hijo...

El lugar del hijo…

Ante todo personaje más o menos tradicional, nos preguntamos sobre sus deseos y motivaciones, y encontramos la respuesta en sus acciones, gestos y palabras. Pero esta película no responde de manera concluyente esas preguntas sobre Ariel y es el espectador quien debe sacar conclusiones a partir de ciertos indicios. Palabras, gestos y acciones nos indican que: a Ariel no le interesaba la vida de su padre y aunque muestra cierta curiosidad al llegar a la casa —se detiene ante algunos objetos mientras busca dinero— esta muerte no lo conmueve demasiado; tiene una clara ideología socialista; sabe defender su posición ante un igual, incluso recurriendo a la violencia —los estudiantes de Salto—, pero no lo hace cuando hay dinero en juego —jamás cuestiona las deudas que pagará con la herencia— ni ante sus subordinados —los peones de campo—; no tiene el más mínimo interés en nada de la casa paterna que esté fuera de su propia habitación: aunque examina sus antiguos discos y libros, pasa indiferente ante la vajilla sucia —que él mismo usó— y las cuentas que Selva deja con insistencia sobre la mesa. De estos indicios podemos suponer que si este personaje está ideológicamente en contra de la acumulación capital, es comprensible que no le importe que le roben una herencia por la que no trabajó, pero tampoco que le quiten un lugar en una casa que hace tiempo que no le pertenece. Yendo un poco más lejos, podemos pensar que este viaje es una posibilidad de conocer gente y participar de actividades nuevas para él como una forma de exploración que no necesariamente deviene en conquista. Conocer el ámbito de su padre abre nuevas puertas, pero no está claro cuáles son. Ariel no puede ser un patrón —los peones de campo lo rechazan de lleno—, pero quizá pueda cumplir otro rol en Salto donde, según le dice a su compañera, considera la posibilidad de quedarse. Creo que no hay ningún indicio que defina cuál será el papel que ocupará, y el lugar del hijo es algo que queda por construir una vez que los asuntos del padre están finalmente liquidados.

Sin embargo, estas hipótesis no necesariamente serán las mismas de otros espectadores, que pueden considerar insignificantes las situaciones en que Ariel sostiene firmemente su posición, y lo verán, por el contrario, como un joven fácilmente manipulable, incapaz de defenderse o decidir lo que quiere, porque a fin de cuentas se pasa la mayor parte del filme haciendo lo que otros le dicen que haga. En el polo opuesto, puede darse menor importancia a las supuestas deudas que deberá pagar y considerar que la herencia será aún cuantiosa, tomar su experiencia de militancia como un fracaso, y suponer que tras un enfrentamiento con uno de sus empleados —que lo marcó con hierro, como al ganado—, Ariel deja atrás sus ideales de juventud y se convierte en un terrateniente, ocupando al fin el lugar del padre.

Si bien no hay marcas temporales específicas, la conflictiva situación social es retratada en todos sus pormenores, principalmente en la forma en que afecta la vida privada de estudiantes y trabajadores. De Montevideo a Salto al campo a la televisión: todo ha sido invadido por la crisis. El espectador uruguayo reconocerá su pasado reciente, mientras que otros espectadores descubrirán una situación de inestabilidad e inquietud propia de las crisis generalizadas.

Este filme permite varias lecturas opuestas porque da mínima información sobre lo que piensan los personajes, desarrollando con mucho más detalle el contexto en que se encuentran. Si bien no hay marcas temporales específicas, la conflictiva situación social es retratada en todos sus pormenores, principalmente en la forma en que afecta la vida privada de estudiantes y trabajadores. De Montevideo a Salto al campo a la televisión: todo ha sido invadido por la crisis. El espectador uruguayo reconocerá su pasado reciente, mientras que otros espectadores descubrirán una situación de inestabilidad e inquietud propia de las crisis generalizadas. Los diálogos tienen la función de contextualizar a cada personaje en su posición ideológica y social, así como dar información sobre eventos ocurridos anteriormente, pero casi no se verbalizan intenciones o sentimientos. Sin embargo, éstos no son fríos personajes bressonianos sino que vemos a Ariel reaccionar ante las mismas sorpresas que recibe el espectador con igual perplejidad o decepción, lo cual, sumado a numerosos momentos de un humor ridículo y cotidiano, tiende un puente de complicidad entre protagonista y espectador.

Hallar el lugar del hijo...

Hallar el lugar del hijo…

Todos los rituales asociados a la muerte, todas las frases hechas, los ramos de flores, los cajones y los cementerios tienen una razón de ser: otorgan un orden, indican ciertos pasos a seguir ante el golpe desestabilizador de la muerte. El lugar del hijo es una película angustiosa porque evita ofrecer una clara reacción ante la muerte del padre, y lo único que muestra es un personaje con quien es posible establecer cierta identificación, pero sobre quien no se puede conocer con seguridad sus intenciones, es decir su rumbo, en un contexto de incertidumbre. Si para cualquier espectador puede resultar espeluznante ser enfrentado al vacío y desconcierto que deja la muerte de un padre, para el espectador uruguayo las implicancias son más urgentes: qué queda por hacer con esta herencia de país; cómo se ocupa, sin un objetivo claro, el lugar del hijo.

The Wait

Angela acomoda la ropa sobre el cadáver de su madre mientras su hermana Emma llora en un extremo de la habitación y su hermano Ian observa desde afuera, a través de la ventana. El teléfono suena, Emma atiende: una misteriosa y amable mujer llamada Tia —que comienza la conversación adivinando el signo de Emma—, asegura, entre otras cosas, que todo ocurre por una razón y que “ellos regresarán”. En cuanto Tia se despide Ema explica a su hermana que su madre regresará de la muerte, que sólo deben esperar. Así comienza The Wait —que puede traducirse como “La espera”—, donde tres hermanos —Emma por iniciativa y los demás por no intervenir— conservan el cadáver de su madre en una habitación enfriada con aire acondicionado. La premisa, simplemente narrada, resulta absurda, y el guión no niega este faceta: Emma organiza una fiesta familiar y anticipa la llegada de los noticieros —“probablemente uno de esos programas matutinos”—. Sin embargo, el clima del filme es misterioso gracias a una música de tonos graves y ritmo pausado, la innegable llamada telefónica y una serie de eventos o personajes potencialmente amenazantes. La acción se desarrolla en lo que parece una zona vacacional: casas lujosas entre altos árboles de verde intenso, piscinas, canchas de golf y gente con mucho tiempo libre. A lo lejos, un terrible incendio avanza sobre las montañas y aunque no parece una amenaza directa para la elegante población el humo logra alcanzarlos. El cielo es surcado por aviones que en lugar de arrojar agua sobre las llamas dejan caer una sustancia rojiza. Entretanto, un joven llamado Ben inicia una conversación con Karen, la pequeña hija de Emma, quien en cuanto los ve juntos llama a su hija para alejarla del desconocido. Más tarde vemos a Ben pedirle a su padre —que no parece tener ningún interés en él— herramientas para construir un objeto del que no se da más información. Ben establece una relación con Angela, a quien pide un juguete de la pequeña Karen, sin dar mayores explicaciones y ella, para mi sorpresa, accede. Más allá de este personaje sospechoso, las situaciones francamente violentas son: una pelea entre las hermanas con gritos y golpes para decidir el destino del cadáver; el video que Ian le muestra al padre de un amigo donde puede verse a una joven atropellada por un tren, video que ambos miran una y otra vez.

Jena Malone y Chloe Sevigny en The Wait.

Jena Malone y Chloe Sevigny en The Wait.

Sería sencillo anticipar lo que ocurrirá a partir de este material si el filme diera otras pistas a través de una poética específica que lo ubique dentro de un género. Si tuviéramos más escenas nocturnas, música francamente tétrica, sombras proyectadas y algún otro detalle sobrenatural —además de la llamada telefónica—, podríamos saber que se trata de una película de muertos vivientes y sólo restaría descubrir qué consecuencias tendrá para la familia el regreso de la madre desde el Más Allá. Si hubiera más planos detalle de la mirada de Ben deteniéndose sobre Karen, o una luz tenebrosa mientras construye su “proyecto”, podríamos concluir que éste es un thriller psicológico y el aparentemente inofensivo joven —de evidentes problemas familiares— se aprovechará de la necesidad de cariño de Angela para acercarse a la niña. Incluso el propio Ian quizá oculte algo más que una natural curiosidad adolescente por la violencia. En cuanto a las hermanas, Emma se comporta como una desquiciada, sin dudar ni por un momento que el cadáver de la habitación volverá a la vida, y Angela guarda alguna experiencia traumática de su pasado: “No me hiciste caso sobre ese jodido novio que tenías, y mira a dónde te llevó eso”, le dice su hermana, con lo cual surge la intriga sobre qué cosa terrible le habrá hecho ese “jodido” —fucked up— novio. Pero desde sus imágenes, sus encuadres, su ritmo, esta película se plantea como cualquier otro ejemplar del último cine “indie”, y casi podríamos confundirla con uno de esos filmes que hablan de los problemas de la gente rica como si fueran significativos sólo porque abundan en planos detalle y jovencitos de mirada intensa. Pero The Wait está llena de anzuelos para que el espectador formule hipótesis sin confirmar ninguna, y sin recurrir tampoco al truco —ya gastado— de dejar el misterio sin resolver. Todas y cada una de estas incógnitas serán resueltas más o menos satisfactoriamente en los últimos cinco minutos de película. La mayor parte de ellas tendrá una respuesta bastante simple —podríamos decir, una respuesta “indie”—, pero uno de los giros será arrollador y dará un sentido específico a todo lo ocurrido.

Si bien es interesante cómo el guión resuelve los misterios, lo más valioso de este filme es su juego con las expectativas del público: antes del desenlace es exclusiva responsabilidad del espectador cómo leer estos eventos. Sin importar lo que revela el final, lo que encontramos a lo largo de este filme es nuestro perfil de espectador según las hipótesis que desarrollamos.

Si bien es interesante cómo el guión resuelve los misterios, lo más valioso de este filme es su juego con las expectativas del público: antes del desenlace es exclusiva responsabilidad del espectador cómo leer estos eventos. Sin importar lo que revela el final, lo que encontramos a lo largo de este filme es nuestro perfil de espectador según las hipótesis que desarrollamos. Yo, que soy una ferviente espectadora de zombies y detesto las historias sobre ricos aburridos, estaba esperando que esa mujer se levantara de la cama y describiera las atrocidades del infierno. Otros habrán sufrido ante la angustia del desconocido que se acerca a niñas solitarias en medio de los bosques, o ante la amenaza omnipresente del fuego, o al ver a una mujer que pierde la razón tras la muerte de su madre. A fin de cuentas, no importa quién tenía razón, porque la pantalla puede no mostrar la realidad, pero la platea siempre lo hace.

La muerte de un padre o de una madre no siempre es la pérdida de algo bueno, pero sí de algo que nos define, y por lo tanto exige que volvamos a construir nuestra identidad —al menos parcialmente— desde una nueva perspectiva. De menor cuenta la historia de dos hermanos que no pudieron sostenerse como familia tras la muerte de sus padres, y es un relato concreto —sutil pero indiscutible— al que el espectador puede darle varios sentidos ideológicos pero referidos a una única historia. Así el espectador, como estos huérfanos, tiene cierta libertad pero en un campo bastante limitado. El mecanismo de El lugar… y de The Wait es el contrario: como sus protagonistas, el espectador es activo en aquello que resalta u omite en las posibles historias que decide construir. Lejos de los discursos simplistas sobre la superación de la adversidad estos dos filmes proponen una visión optimista de la muerte porque apelan a la construcción activa tras el paso devastador de la muerte, sin negar que esto debe hacerse en medio de la confusión y el dolor. ®

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Publicado en: Cine, Noviembre 2014


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