La música que escogemos

La experiencia musical

No existe música alegre, música triste o música violenta. La emoción no la brindan los arpegios ni los riffs ni los redobles ni tampoco el rasgueo trepidante o acompasado del arco sobre las cuerdas del chelo. Somos nosotros los que adherimos nuestra personalísima etiqueta emocional a tal o cual ritmo, a determinada melodía.

La música no es, en modo alguno, la copia de las ideas, sino una manifestación clara de la voluntad.
—A. Schopenhauer

Advertencia: Hay en todo lo que suscribo un abanico de generalizaciones subjetivas en el cual es imposible incluir todas las particularidades. No me importa. Mi intención —también debo anticipar— no es la de asignar a unos o a otros un grado de superioridad moral sobre los demás debido a sus hábitos musicales. Asegúrese de traer el saco bien puesto antes de leer y no a la inversa.

No existe música alegre, música triste o música violenta. La emoción no la brindan los arpegios ni los riffs ni los redobles ni tampoco el rasgueo trepidante o acompasado del arco sobre las cuerdas del chelo. Somos nosotros los que adherimos nuestra personalísima etiqueta emocional a tal o cual ritmo, a determinada melodía.

El efecto emocional que aparentemente la música imprime en nosotros está más bien relacionado con lo que aspiramos que éste sea. Se podría decir que en el terreno de los efectos anímicos somos nosotros los que damos el primer paso, abrimos esas sobadas puertas de la percepción de las que Aldous Huxley diera cuenta y que Jim Morrison volviera tan populares, conduciendo así nuestras emociones hacia el efecto deseado. La música tiene una consecuencia emocional comparable a un potente psicotrópico, con la ventaja de que, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de las drogas, con la música es posible tener control sobre la experiencia. La música es un estimulante de nuestras predisposiciones.

En su libro La moda negra. Duelo, melancolía y depresión, el psicoanalista californiano Darian Leader plantea que el arte logra un impacto en el receptor a partir de que permite a éste reconciliarse con el dolor. No obstante, las personas que se dicen más alegres (con menor resistencia al dolor o con mayor capacidad para encubrirlo) buscan en general tipos de arte y ‒para el caso que nos atañe‒ música que les permite seguir huyendo del hipotético sufrimiento que implica la existencia. La danza es un ritual que conduce al trance. La motricidad del baile, así como la del ejercicio físico, permite una suerte de desahogo temporal de los conflictos, la cual se da, generalmente, a través del olvido. Parece haber en todo movimiento físico que requiere cierto nivel de concentración y coordinación para su ejecución (excluyo caminar y correr por tratarse de actos mecánicos y repetitivos) una especie de distractor que nos separa momentáneamente de la conciencia existencial. Los que bailan no son necesariamente más alegres, sino que así les gusta pensar de sí mismos durante el trance. Escogen el baile para emprender una representación de su propio ideal. De los que chocan en el “eslam” no se puede afirmar que sean criaturas más violentas, pero, probablemente, eso pretenden demostrar a los demás. El que se decanta por melodías semilentas y “depresivas” está más conectado con su perfil melancólico, escuchar determinada música le duele y mediante ese dolor experimenta el placer necesario para ser (o intentar ser) feliz. Lo mismo podría decirse de quienes se entregan al drama ajeno que supone una presentación operística o una sinfonía épica. En toda experiencia musical hay una búsqueda ontológica que se debate entre el placer de vivir y la angustia existencial. Aquellos que escuchan black metal están probablemente más en contacto con su faceta iracunda, encuentran en el escándalo y la distorsión esa dosis de angustia que les es vital y que, de otra forma, sólo podrían encontrar en una droga. En fin, la música tiene esa capacidad ambivalente: por un lado, nos permite exteriorizar las emociones que nos producen mayor placer y, por el otro, otorga un motivo idóneo para adormecer, mediante el baile, aquellas emociones que rehuimos, que están latentes, pero que atentan contra nuestro concepto idealizado de felicidad y que sólo encuentran su detonante en otros hábitos o, simplemente, a través de estímulos artísticos o creativos diferentes a los musicales. Los que bailan intentan hacer a un lado su angustia emocional, la posponen, mientras que los que deciden utilizar la música para reflexionar optan por confrontar sus emociones de manera directa.

Por encima de cualquier moda, está la esencia profunda de una persona, su voluntad. Sea como artífices o como imitadores, con nuestra apariencia, así como con la música y el arte que consumimos, nos estamos comunicando, en primera instancia, con nosotros mismos y, simultáneamente, estamos lanzando un mensaje indispensable hacia quienes nos rodean: yo soy éste.

Los estereotipos musicales no son un tema baladí. La música guarda una relación estrecha con nuestra personalidad. No es casual que el metalero lleve el pelo largo y ropa oscura, el punk, pelos parados de colores y el que escucha reggae decida usar rastas. La disyuntiva del huevo y la gallina se resuelve aquí: fue primero la gallina. Ese ovíparo virtuoso y creador único del huevo. El individuo no se hace rastas para luego escuchar a Bob Marley. El metalero no se deja crecer el pelo antes de descubrir el metal ni el hip-hopero nace con pantalones que duplican su talla. En todo caso, la ecuación es a la inversa. Bob Marley es la gallina virtuosa, así como Sid Vicious lo es para la estética punk. Ambos músicos han puesto millones de huevos.

El emo y el reggaetonero resisten todo el escarnio público y la parodia que pesa sobre su estereotipo, así como lo hacen los metaleros, los tanguistas, los indies, los cumbiancheros, los rancheros y los salseros. Lo hacen porque no les queda de otra: es, para la mayoría, su naturaleza la que está en juego. Son sus más profundas emociones las que entran en conflicto y no sólo su atuendo y sus ademanes.

La estética depende de las emociones y no al revés. Somos contenedores sensoriales siempre a punto de estallar y la música es materia altamente inflamable. Por encima de cualquier moda, está la esencia profunda de una persona, su voluntad. Sea como artífices o como imitadores, con nuestra apariencia, así como con la música y el arte que consumimos, nos estamos comunicando, en primera instancia, con nosotros mismos y, simultáneamente, estamos lanzando un mensaje indispensable hacia quienes nos rodean: yo soy éste. ®

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Publicado en: Diábolo, Septiembre 2012


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  • paola

    Está comprobado que hay frecuencias que inducen estados emocionales específicos pues estimulan distintas partes del cerebro. Puede que nuestras manías nos acerquen más a cierto tipo de música, pero también lo es que hay música que puede transformar las emociones. Aquí una liga de algunos experimentos.

    http://www.youtube.com/watch?v=AO_If2RPVPQ&feature=rellist&playnext=1&list=PL13B61A5D870503D2

  • Daniela Trava

    Es interesante también tratar de adivinar cual será el estado de ánimo de los músicos al estar interpretando cierta pieza, y claro cómo bien menciona lo que nosotros proyectamos en la música que nos causa placer sin importar el género. Otro ejercicio que hicimos en la universidad fué analizar las letras, eso fué bien interesante, reflejan mucho del que las interpreta y el que la compuso!!