La niña que no parpadeaba

Ausencia de una canción de cuna

Si tan sólo era una niña. Una niña de apenas nueve años que no quería cerrar sus ojos. Que llevaba varios días sin hacerlo. Sin parpadear. Sin dormir. Sin descansar.

Lalis, Viejo y Bony, perdón por haber parpadeado.

La niña de los ojos abiertos. Ddraw. Freepik.

La madre observó con preocupación a su hija. Ambas se encontraban sentadas a la mesa de la cocina, una frente a la otra. Un solo foco alumbraba la pequeña cocina, sobre la mesa había un plátano lleno de manchas negras. Nada. Silencio y quietud. Un fino hilo de tensión que vibra, crece, vibra más rápido y crece aún más; quebranta la nada, el silencio y la quietud. Densa, absorbente, asfixiante y frustrante. A la catástrofe le antecede la nada. La nada que preocupa y angustia. Nada.

El sudor de su frente era escalofriantemente frío; su garganta seca le provocaba tos; las manos, inquietas, se movían cada vez más rápido; ojos cansados y brillosos. En cambio la niña, su hija, a quien ella observaba con preocupación, permanecía inmóvil, con ese par de ojos bien abiertos.

Una vez más la madre miró a su hija con preocupación. Hubo un cambio. Ahora podía advertir una lágrima que se deslizaba con calma sobre su mejilla pálida. Estaba tan pálida. Blanca. Inmóvil. Fría. Le partía el corazón verla así: su semblante totalmente roto, su cuerpo ausente de vida y sus ojitos dolorosamente rojos e inflamados. Pero la pequeña no se daba cuenta de esto ni de su madre ni de nada. Su mirada estaba perdida. No posaba sus pupilas en las de su madre, en el plátano con manchas negras, el foco, la mesa o en ninguna de las cuatro paredes de la cocina.

—Hija, por favor. ¡Parpadea! —lloró la madre. Desesperada, dejó caer la cabeza en la mesa y se refugió debajo de sus brazos, mientras los músculos de la espalda reaccionaban a sus violentos y descontrolados sollozos. Así pasó un rato. Una mosca se posó en el plátano con manchas. Entonces la niña, lentamente, regresó; la petición de su madre había llegado a sus oídos, su mirada recorrió el foco, inspeccionó el plátano manchado con la mosca y continuó con la mesa. La encontró; todavía estaba desconsolada, con la cabeza en la mesa; esperó a que se recuperara y la miró profundamente a los ojos.

—No —le contestó. Nada.

Y es que de verdad no lo entendía. Si tan sólo era una niña. Una niña de apenas nueve años que no quería cerrar sus ojos. Que llevaba varios días sin hacerlo. Sin parpadear. Sin dormir. Sin descansar. En una silla de madera incómoda y ruidosa pasaba sus días y noches completamente despierta; para distraerse la había colocado frente a la ventana que daba al verde campo. Sol, luna y estrellas infinitas contemplaba la pequeña con los dos ojos abiertos en su sillita de madera. Era miedo. A cerrar los ojos. A quedarse dormida.

¿Por qué no parpadeas? ¿Por qué no parpadeas? ¿Por qué no parpadeas? No lo entiendo, ¿por qué no parpadeas? Me estoy preocupando, ¿por qué no parpadeas? Ya no puedo más: ¿por qué no parpadeas? Dime, ¿por qué no parpadeas? Estoy asustada, ¿por qué no parpadeas? Estoy desesperada. Parpadea, parpadea, parpadea…

¿Qué era lo que veía la pequeña por esa ventana? El verde campo lleno de majestuosos y frondosos árboles y un cielo casi siempre despejado. Pero con el paso del tiempo y un par de ojos cansados e irritados los árboles del campo ya no siempre eran verdes y el cielo ya casi nunca era azul.

—¡Parpadea!

—No.

La pequeña respiró hondo y continuó:

—No.

Nada.

¿Qué era lo que veía la pequeña por esa ventana? El verde campo lleno de majestuosos y frondosos árboles y un cielo casi siempre despejado. Pero con el paso del tiempo y un par de ojos cansados e irritados los árboles del campo ya no siempre eran verdes y el cielo ya casi nunca era azul. En una de esas muchas tardes encontró que en su campo había pasado inadvertida una rosa que crecía fuerte y hermosa.

―Me da gusto que la encontraras antes de que se marchitara.

La hija desvió la vista de su hallazgo para mirar a los ojos a su abuela.

―Duramos menos que una rosa. En un instante nos marchitamos y nuestros pétalos cafés y secos caen, se vuelven polvo. Hoy aún eres una rosa pequeña todavía roja, todavía tierna. Así eres, así te contemplo. No pierdas así tu rojo, no te quiero ver café, seca, marchita, muerta.

La niña volvió a perderse en el campo verde. Ya no pudo encontrar a la rosa roja. Nada.

Pasaron los días, las noches, semanas enteras. La niña se encontraba cada vez más débil, cada vez más cansada. Aquella sillita de madera era la única cosa que la seguía sosteniendo, era a lo único que se podía continuar aferrando. Hasta su misma madre había dejado de visitarla con la alarmante frecuencia con que lo hacía antes. Resignada, con el corazón apachurrado en su puño dejaba que su hija llevara a cabo su deseo. Un día lo volvió a intentar. Se acercó lentamente a la sala. Ahí estaba, en su silla. Se acercó más. Colocó su mano en el respaldo de madera seca y astillada. Se acercó todavía más y se arrodilló frente a su hija para que ella pudiera verla. Hacía mucho tiempo que sus miradas no se encontraban. El tiempo había pasado. La madre no había asimilado cuántos minutos, cuántos días había logrado mantenerse despierta. En ese momento se percató…

Comprendió que la vela que se mantiene siempre ardiente, siempre vigilante, es la primera en consumirse. Su propia luz acaba consigo misma. Arder es vida y muerte al mismo tiempo. Sus ojos habían impedido que advirtiera que el tiempo le había jugado la trampa más sucia de todas a su hija. Había pasado por alto el hecho de que para su pequeña el día duraba una eternidad, y la noche una aún más grande; para ella ya no pasaban minutos u horas, no, para ella eran años. Años que acababan con ella, la cansaban y la debilitaban. Poco a poco se fueron definiendo las finas líneas que contorneaban su boca y sus ojos siempre abiertos. Sus pesadas ojeras estaban ya arrugadas. Su espalda, cansada, se fue jorobando también. Su cabello, a falta de vida, ahora, era completamente blanco. Estaba envejeciendo. Su hija de nueve años había envejecido.

Como su madre no lograba formular oración alguna, mucho menos una palabra, la hija fijó su atención en el verde campo tras la ventana. Ahí se encontraba el sol. Joven. Radiante. Inmortal.

—Parpadear me aterra, tanto que jamás lo voy a volver a hacer. Parpadear te quita cosas, te las arrebata y pocas veces te las regresa. Y ¿qué te da a cambio? Un par de sueños ingenuos y absurdos. ¿Te acuerdas de cuando tenía cinco años? Yo sí: parpadeaba, dormía y soñaba. Día y noche con la cabeza en las nubes, disfrazando los parques de bosques, los charcos de mares y las casas de castillos. Parpadear tanto me quitó a mi abuelo. Tenía cinco años. Seguí soñando, todavía ignorando la cantidad de vida que consume cerrar los ojos. Entonces pasó otra vez. Una noche como cualquiera otra estaba dormida, estaba tan dormida que hasta la mañana siguiente me enteré de que mi abuela había decidido seguir a mi abuelo. Empecé a tenerle miedo al sueño. Por las noches llegaron a mí horrorosas pesadillas. Pero seguía cayendo, tarde o temprano mis ojos se cerraban. Hasta que por tercera vez ocurrió. Suficiente.

Ya no hablemos al respecto, hablar contigo me causa tristeza y dolor, mis ojos se llenan de lágrimas y mi corazón se estremece. Recuerdo que mis ojos no se han cerrado por un tiempo, que mi cabeza no ha reposado en mi vieja almohada, que hace muchas noches que no sueño y entonces pierdo el control: mis pestañas se vuelven pesadas, comienzo a bostezar, mis ojos evocan un ardor inquietante y recuerdo que estoy muy cansada.

La madre dejó de observarla en su silla de madera. Miró el verde campo y respondió.

—Yo también tengo miedo. Lo tenemos todos. Siempre. No se puede vivir sin miedo. Incluso tu abuelo y tu abuela lo tenían. Sobre todo tu abuela cuando perdió a tu abuelo. ¿Sabes? Creo que en su última noche ella, cansada de luchar, de resistirse, cerró sus ojos y soñó el sueño más hermoso de todos. Soñó con tu abuelo, que otra vez estaban juntos. Sus ojos se volvieron a encontrar por el tiempo que ellos quisieron. En un mundo en donde la vida y la muerte no los podían separar más, ellos vivieron juntos un día más. Pero la noche debió avanzar descaradamente y la mañana amenazó con separarlos de nuevo. Me puedo imaginar la felicidad de tu abuela en esa noche, ha de haber estado tan feliz que yo te puedo asegurar que esa misma noche en ese mismo sueño ella decidió que ya no saldría de él.

Nada.

En una de esas noches sin la compañía de la luna la madre encontró en el suelo a su hija, temblando. La silla se había roto: una de sus patas se había vencido. Era ya tan frágil que no se había podido levantar. No obstante, había logrado permanecer con los ojos abiertos. La madre, más miserable que nunca, la cargó con toda la delicadeza que pudo y, conteniendo una tormenta de lágrimas amargas, la llevó a su habitación. La acomodó en el centro de la cama, la arropó y se sentó a su lado. La hija cerró sus ojos.

—También tú te vas y yo no te digo nada. Tan sólo te digo que te quiero y que te voy a extrañar. Pero el grito agudo que me desgarra por dentro, ése me lo guardo yo. Te doy un abrazo del que miserable, resignada y gris veo cómo te alejas. Alzo mi mano y con ella te despido. “Hasta luego”, una frase de doble filo: el luego no tiene medida, puede ser mañana o puede ser en diez años; a veces, en verdad es un hasta nunca enmascarado por el miedo que tenemos a no encontrarnos ni aquí ni en los sueños ni en ningún otro lado. Pero, ¿qué pude haber hecho? Ser fuerte. Aceptarlo. Ser más fuerte. Ilusionarme. Resignarme. Yo ilusa, sola y triste. Ahora me doy cuenta de que yo tampoco quiero estar sola. Ahora soy yo la que debe sentarse en esa vieja y rota silla de madera, contemplar el verde campo y esperar el reencuentro. Una rosa inadvertida. Un momento. Una vida. Con ellos, con ella, con todos. ®

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Publicado en: Narrativa

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