La noche de la Morsa

Paul McCartney en la Ciudad de México

El corazón de una gigantesca ciudad de terremotos y amenazas de erupción volcánica se cimbró la noche del jueves 10 de mayo con la presencia del beatle Paul McCartney. Aquí las impresiones de una feliz asistente.

Dijeron que se trataba sólo de “pan y circo”, de proselitismo político, populismo “del bueno”, pero el músico más rico de la Gran Bretaña cantó a rabiar, habló en español, abarrotó el zócalo y ayudó a Marcelo Ebrard a taparle la boca a sus adversarios. México quiere espectáculos de mayor nivel y está cansado de tacos con arroz.

Unos días antes la noticia se enfocaba en el debate presidencial, en Julia Orayén y su voluptuoso pecho que por un momento opacó todos los titulares. El concierto barrió con toda esa frivolidad. Ante la presencia escénica de sir Paul los números se dispararon: sólo serían ochenta mil los elegidos para permanecer en la plancha del zócalo, pero la cantidad se duplicó.

Por igual se encontraban presentes los que dieron el portazo sin pagar boleto, los que habían acudido anteriormente al Estadio Azteca sin haberse saciado o los que nunca en su vida habían atestiguado uno de estos conciertos —por falta de recursos o por el impedimento del llamado “regente de hierro”, Ernesto Uruchurtu, para que los Beatles tocaran en la Ciudad de México en 1965.

Paul le pertenecía a todos esa noche. Ahora el Partido de la Revolución Democrática puede ufanarse de haber organizado gratuitamente este gran mitote, el Partido Acción Nacional de concretar la primera visita de Benedicto XVI, ¿y el Partido Revolucionario Institucional?

Al igual que con Roger Waters dos semanas antes, se congregaron las generaciones de ayer y hoy que gozaron en carne propia el éxito de Paul en sus años de juventud y lozanía, las madres que celebraban su fecha, los niños trepados en la espalda de sus padres, los jóvenes que se fueron de pinta y los empleados que desafiaron a su jefe para tomarse el día entero —o unas horas por la tarde— para salir “on the run” e instalarse con debido tiempo. Una vez más las pertinaces lluvias se abstuvo de caer, circuló poca marihuana, al parecer, y ningún vendedor de cerveza a la vista.

Otros asistentes privilegiados observaban a los de abajo desde la comodidad de lujosas habitaciones de hotel. Pero, ¿para qué pagar cuando puedes echarte gratis sobre el concreto y disfrutar de “un coyotito” previo? Un impertinente tuvo la osadía de ondear desde una ventana una manta a favor de Enrique Peña Nieto sólo para recibir rechiflas, mentadas de madre y coros a favor de López Obrador. Prueba de que el PRI es poca cosa en la capital chilanga. El DJ telonero, Chris Holmes, disipó con sus remezclas de los Beatles los ánimos airados de estos tiempos electorales.

Con una cronología audiovisual que mostraba desde su etapa de juventud hasta la disolución de su primera banda, el paso posterior por Wings y su faceta como solista, la larga espera había terminado para los que acamparon durante dos días y para los reporteros que arribaron media hora antes gracias al “charolazo”.

Paul McCartney aún luce brioso a sus casi setenta años, y con las emociones a flor de piel abrió con “Hello goodbye”; en ese momento la memoria de otros conciertos capitalinos se empequeñeció: Radiohead, Pulp, Patti Smith y hasta Roger Waters y su parafernalia visual. Una noche eminentemente Beatle para una ciudad perredista e izquierdosa.

El inglés dejó de cantar parte de su discografía individual para rememorar sus años de gloria junto a John, George y Ringo. Los dos primeros recibieron sendas dedicatorias con “Here today” y “Something”, con Paul al ukulele. Otros personajes importantes en su vida y su corazón se hicieron presentes, como su actual esposa Nancy Shevell, a quien dedicó “My Valentine”, y el amor de su vida, Linda Eastman: para ella “Maybe I’m amazed”, y hasta un pequeño homenaje a Jimi Hendrix con “Foxy Lady”. Ni qué decir de la arribista Heather Mills, quien le exprimió hasta el último centavo y de quien, persona non grata, nadie se acordó.

El cantante se esforzó por hablar en español apoyado por un teleprompter con mejor agilidad y dicción que Enrique Peña Nieto, y hasta se jactó de haber aprendido una frase en la escuela primaria: “Tres conejos en un árbol, tocando el tambor. Que sí, que no, que sí lo he visto yo”, y los insoslayables lugares comunes: “¡Viva México, cabrounes!” y “¡Son a touda madre!”

Paul McCartney aún luce brioso a sus casi setenta años, y con las emociones a flor de piel abrió con “Hello goodbye”; en ese momento la memoria de otros conciertos capitalinos se empequeñeció: Radiohead, Pulp, Patti Smith y hasta Roger Waters y su parafernalia visual. Una noche eminentemente Beatle para una ciudad perredista e izquierdosa.

Hablando de madres, algunas nos dimos por aludidas cuando cantó “Hope of deliverance”, dedicada a todas las mamacitas y una pintoresca versión con fondo de mariachi de “Obladi Oblada”. En el pináculo de la noche la pirotecnia invadió las notas de “Live and let die”, que remitió a una celebración del 15 de septiembre, y posteriormente las baladas inmortales “Let it be”, con encendedores alumbrando por doquier, “Hey Jude”, que hizo verter algunas lágrimas, y “Yesterday”, para culminar con la secuencia final del Abbey Road: “Golden slumbers-Carry that weight-The end”. Casi tres horas sin parar y sólo dos encores. En ese lapso la vida se volvió más pequeña y feliz.

La noche anterior acudí al hotel Four Seasons, en el Paseo de la Reforma, donde casualmente descubrí a un grupo de chicos congregados en el exterior con la esperanza de conseguir un autógrafo o de al menos ver la figura del huésped estrella asomarse por la ventana, a pesar de ser las 10 pm. Ninguno parecía tener más de 25 años. Uno de ellos esperaría pacientemente hasta las 11:30, sin importarle tener que abordar el último transporte hasta el lejano Ajusco. Paul nunca salió a pesar de los gritos y la euforia que los empleados del hotel intentaban apaciguar. La lluvia nos sorprendió. Algunos emprendieron la retirada y otros esperanzados siguieron sin quitar el dedo del renglón. En ese preciso momento el América jugaba contra los rayados de Monterrey. ¿A quién le importaba mientras un ex Beatle se encontraba descansando en México?

Al final todos habían ganado: los empresarios que pagaron millones por los derechos de transmisión, los hoteles que cotizaron las habitaciones a un jugoso precio, los del PRD que habían causando escozor al PRI y PAN dispuestos a buscar el lado oscuro del evento, los beatlemaniacos incapaces de costearse un boleto de 12 mil pesos en el Azteca y que vivieron una noche digna de mil orgasmos.

La siguiente administración capitalina tendrá un nuevo reto difícil de superar. Algunos desean la presencia de alguien del mismo nivel, como David Bowie o ilusoriamente un holograma como el de Tupac Shakur en el Festival Coachella… pero de John Lennon.

Sir Paul McCartney había cumplido con su cometido. Los temblores podían repetirse, el Popocatépetl estallar. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Mayo 2012


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