La noche que veré a R

Solía amarrarme desnuda a una silla, a la cama o simplemente inmovilizarme para hacerme toda clase de juegos. A veces llevaba a alguien más para que jugaran conmigo, otras para que retozaran con él. Lo amaba, por eso aceptaba acostarme con sus amigos.

Chica de rojo

Cada mañana la pesadilla de no reconocer el rostro de Ezequiel me turba. Me angustia la posibilidad de que un día despierte y no esté a mi lado. Ya no sueño, o más bien ya no recuerdo las imágenes que galopan entre la duermevela y la vigilia, una sensación de vacío alarga la noche. Sudo y me revuelco entre las sábanas. No encuentro reposo.

Algunas noches el miedo me provoca mareos y sin querer lo despierto. Sabe bien de mi ansiedad nocturna, aunque no la entiende, así que a veces me acaricia el dorso o con sus dedos traza líneas a lo largo de mi espalda o escribe palabras desconocidas sobre las costillas. En otras me abraza y murmura “Todo está bien”. Eso cree él. Entonces, no entiendo la causa del desasosiego. “Todo está bien”, quizá tiene razón y estos movimientos telúricos que me destruyen las entrañas son normales. Me empeño en asirme al eco de su voz para conciliar el sueño. En ocasiones necesito chuparle el miembro hasta sentir que me golpea el paladar una y otra vez. Antes de que termine le pido que se venga en mi cara. Me quedo con su sabor en la garganta. No sé por qué, pero su semen actúa como un somnífero, como si ese líquido pudiera saciar el ansia. Sin embargo, nunca es suficiente.

Abro lo ojos con temor. Lo primero que observo es una pared blanca que dilata mis pupilas. Me gustaría que esa luminosidad proyectada en la habitación me ayudara a aclarar mis pensamientos. A veces imagino que la luz se explaya por la habitación y me ciega. Esa ceguera temporal me alivia un poco: el blanco se trepa por las córneas y sube al cerebro. Por un instante me siento a salvo de Ezequiel y pienso que jamás volveré a temer no verlo. Mi visión se nubla, parpadeo. Luego, lentamente reaparecen el cuadro de las ballenas, la lámpara china, el edredón azul, la puerta del clóset, mi camisón y sus pies planos. Antes de fijar la vista en sus nalgas (me encanta la cicatriz que tiene en la derecha), entretengo la mirada en mis rodillas (nunca me han gustado), observo las estrías (pienso en las mentales y en las emotivas), vestigios del crecimiento acelerado.

Es su excusa para aminorar la diferencia de edades y para atormentarme con sus celos: “Has tenido demasiados amantes”, me reclama. No me considero precoz, ni siquiera una buena amante.

Ezequiel dice que he sido precoz. Bueno, es su excusa para aminorar la diferencia de edades y para atormentarme con sus celos: “Has tenido demasiados amantes”, me reclama. No me considero precoz, ni siquiera una buena amante. Aunque él dice que me muevo rico. Le gusta metérmela. No sé si mi coño se amolda a la dimensión de su pene, o si su pene se adecua a mí. Soy muy ingenua, quizá he sido precoz en la práctica, no así en lo emocional, ése es el problema. No, mi problema es que aún creo en el amor, en la devoción al otro, en la lealtad. Comulgo con tantas tonterías como la justicia y la tolerancia que cada vez se me dificulta más seguir creyendo. Diariamente aumenta mi horror.

No comprendo qué me aterroriza más, si la noche, la pared blanca o él.

Llevo ya no sé si años, días o minutos pensando en cómo dejar de temer. He perdido la contabilidad del reloj y mi tiempo parece pertenecer a Ezequiel. Si me espanta no reconocerlo es porque me angustia la posibilidad del abandono.

Sobre la cama 2

Algunas veces despierta antes que yo y me lame los senos, mordisquea los pezones y pone su miembro entre mis manos. Casi instintivamente lo masturbo hasta que se viene (me chupo los dedos para que después los saboree él). “Así, mamita, así”, suplica. “Te voy a coger”… Y me coge.

Cuando me penetra, siento que nuestros presentes se abrazan. Ardo y le ruego continúe hasta que mis horas se armen de nueva cuenta. Hasta que pueda reconstruirme minuto a minuto. Hasta que logre dibujar los segundos en mi cuerpo.

Le he contado a R (mi mejor amigo) que Ezequiel se roba mis días, que cada vez que me hace el amor envejezco, que me turba imaginar no despertarme a su lado, que lo necesito y cuánto le exijo sexualmente. R se excita y me observa lascivamente. Sé que se le antoja morderme los senos, juguetear en mi pubis y que anhela mi boca absorbiendo su pene, pero permanece callado (aunque en su silencio advino el deseo).

R se excita y me observa lascivamente. Sé que se le antoja morderme los senos, juguetear en mi pubis y que anhela mi boca absorbiendo su pene, pero permanece callado.

R dice que Ezequiel es malo, que únicamente busca mi sometimiento. Miente. Ezequiel es bueno, me quiere, me perdona mi insomnio y mis travesuras. Trato de portarme bien para que no se enoje conmigo, no podría soportar que me dejara. Pensar su ausencia estremece. Cada mañana temo toparme simplemente con las huellas de su cuerpo en el colchón. La idea de escucharlo, de tocar su espalda sólo en la memoria, me sobrecoge. Ya no contengo la desesperación. Quisiera que el blanco de esta muralla matara mi vista y así aliviarme un poco. A veces desearía no estar con él, aun si esto significa cederle mis años, mi vagina y mis placeres. Pero el terror y monumentalidad de esta pared me tienen atada.

—Te está matando —afirma R, tiene razón.

—Lo amo —me defiendo.

—Eso dices porque posee tu tiempo.

—Lo quiero porque me pone en el límite de mí.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que digo.

—Estás loca.

Chica de rojo 2

También lo he pensado. Ezequiel me enloquece literalmente. Necesito verlo, a pesar de que ya no resisto mirarlo. Si un día despertara y no estuviera ahí emprendería una búsqueda exhaustiva hasta localizarlo (podría reconocer su olor, la cadencia de sus pasos, su sombra) y reclamarle, llorar, exigirle… Cobrarle.

Lo odio. En quién pensará. Seguramente planea abandonarme. No lo permitiré. Me faltan fuerzas para un día despertar y —después de enfrentarme al muro blanco, de aceptar las estrías y reconocer el olor de sus axilas— acabar de una vez con él. Quiero que desaparezca y aprehender estas sábanas como una extensión de mi piel. ¡Cómo me gustaría tener el valor suficiente para matarlo!

Matar. ¿Para qué? ¿Qué ganaría al contemplarlo muerto o agonizante? De cualquier manera ya no recuperaré mis días. De qué me serviría soportar sus “De verdad te amo”, “Me portaré bien, lo prometo” entrecortados, o sus vulgaridades: “Estás riquísima”, “Te la quiero meter”. No aguantaría escuchar su respiración forzada ni las súplicas, mucho menos los discursos persuasivos. Trataría de disuadirme (lo conozco) tocándome las nalgas, besándome los muslos; intentaría alcanzar con su lengua mi pubis, sabe que me encanta tanto como mirar el crecimiento vertiginoso de su miembro y que después lo frote en mi vientre. Lo sabe tan bien, como lo sabían ellos. A ellos también les temía. También querían apoderarse de mis años. Suerte que los descubrí antes de que lograran su objetivo.

Primero Mateo con sus imposiciones y gustos excéntricos. Solía amarrarme desnuda a una silla, a la cama o simplemente inmovilizarme para hacerme toda clase de juegos. A veces llevaba a alguien más para que jugaran conmigo, otras para que retozaran con él. Lo amaba, por eso aceptaba acostarme con sus amigos, pero después quiso marcharse, dejarme ahí y llevarse mi tiempo. Lloré mucho, lo demás fue sencillo: solamente le pedí a R que me ayudara a aflojarle los birlos a dos llantas del auto (“Necesito llevarlas a la vulcanizadora, no te preocupes”) y listo.

A veces llevaba a alguien más para que jugaran conmigo, otras para que retozaran con él. Lo amaba, por eso aceptaba acostarme con sus amigos, pero después quiso marcharse, dejarme ahí y llevarse mi tiempo.

Antonio me mantuvo al margen de su vida. Me convirtió en su Barbie sexual y me enseñó travesuras nuevas. Nos divertíamos. Nunca entendió por qué el color blanco de su habitación me ponía nerviosa (hasta la fecha, yo tampoco), aunque aceptó pintar los muros de azul con la promesa de que, en adelante, al despertar lo masturbara. Una mañana no lo hice, entonces comenzaron los pleitos, los reclamos… los golpes. Mis horas se transformaron en años, los veinte me sorprendieron en su cuerpo. Estaba enamorada a pesar de que sabía que él no. Fui un desahogo a su neurosis. Su prioridad eran sus textos, “Mi obra”, presumía, (¡cómo si escribir fuera un arte!). Entonces, me inicié en el insomnio, estiraba la noche preguntándome qué hacer para contentarlo. El sonido de su lápiz rechinando en el papel o los golpes a las teclas me enervaban. Para Antonio eran más importantes las lecturas y sus escritos que mi deseo; ni siquiera cuando me escurría debajo del escritorio y le bajaba el cierre para chuparle el pene lograba que me hiciera el amor. Ahora infiero que era un perverso y que le excitaban mis ruegos, mis gritos, las súplicas para que de menos me metiera los dedos a la vagina. Decidí acabar con los desaires y mezclé un polvito en su café. R me contó que había leído en una revista de ciencia un artículo acerca de una sustancia que, ingerida en pequeñas y continuas dosis, cercenaban los intestinos. Me enteré de la muerte de Antonio por una esquela en el periódico. Estoy segura de que le habría alegrado saber que en su velorio mucha gente importante elogió su “obra” y que en los diarios aparecieron una infinidad de notas acerca de él y de sus libros.

A Gerardo le fascinaban mis rodillas: “Son la antesala del paraíso”, me decía. Yo me limitaba a abrir las piernas, llevar su lengua a mi ombligo (me excita que lo besen) y esperar a que me penetrara. Fuimos muy felices, andábamos juntos de un lado a otro, de arriba a abajo. Cumplía mis caprichos (principalmente los sexuales), hasta accedió a pintar de color durazno su habitación (a él tampoco le gustaba el blanco). Después de hacer el amor planeábamos largas travesías por el país. Queríamos viajar mucho y lo hicimos: Veracruz, Colima, Morelia, Sinaloa, Tabasco, Puebla, Campeche, Chihuahua… La visita a Tijuana la hizo solo, yo me quedé en la ciudad para terminar unas ilustraciones que me había encargado R. Gerardo era fuerte, guapo y tierno, únicamente se violentaba si lo hacía enojar, pero siempre me pedía perdón. Me adoraba. No entiendo qué pasó, aunque cada vez me convenzo más de que fue lo mejor. Dios me cuida, y por algo mi Gerardo murió. Había pasado una semana, llegaba el viernes en el último vuelo. Ese día me compré un vestido precioso —rojo, mi color favorito—, quería que me viera bonita, llegué a casa y me lo puse; así, con una indumentaria especial, decidí esperarlo. Me dispuse a terminar las ilustraciones cuando el teléfono me interrumpió. Era R.

—Me faltan unos detalles.

—Sí, está bien. Ya las veremos. ¿Aún no sabes?

—Aún no sé qué.

–Gerardo murió.

Desde entonces el miedo ha crecido al igual que esta angustia por despertar y no reconocer al que duerme a mi lado.

Sobre la cama

Fijo la vista en esta pared. La rabia se instala en mi cabeza, siento cómo se expande y galopa por el cuerpo. Temo volver la vista hacia Ezequiel y no encontrarlo. Soy una mujer tolerante. Me he esforzado por entender su personalidad coqueta; trato de controlar los celos, de adaptarme a su inestabilidad, a su falta de compromiso. Siempre están la fotografía, las reuniones, los amigos, el trabajo antes que yo. Tengo ganas de morder su pene, de frotarlo hasta que se endurezca.

Ahora mismo, mientras me acaricio los muslos en un vano intento por tranquilizarme y mis pupilas se recuperan de la ausencia de color, quisiera ser valiente, levantarme en silencio, vestirme sin mirarlo, marcharme y nunca, nunca más despertar angustiada pensando que no estará ahí, ni con la impertinencia de esta pared.

Aspiro profundo. Intento tranquilizarme, pero esta sensación y esta blancura me enloquecen. Giro la vista hacia Ezequiel, ahí está, duerme plácidamente (¿en quién pensará?). Me chupo las yemas de los dedos y me pellizco los pezones. Trato de adivinar el color del cuarto de R. Me pregunto cómo será despertar temiendo no reconocerlo.

La luz rebota en la pared y blanquea mis ánimos, me avisa que todavía es temprano. Solamente tengo que abrir las llaves del gas y olvidarme de este muro. Después, el día será largo. Quiero un bilé que combine con el vestido que me compré para Gerardo. Deseo verme bonita, muy bonita. Esta noche veré a R. ®

Archivado en Mayo 2013, Narrativa

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Comentarios

7 Respuestas a “La noche que veré a R”
  1. Ma1z1n dice:

    Muy buen relato

  2. AleR dice:

    Es un excelente relato… muchas felicidades a la autora :) ha sido un placer para mis ojos.

  3. DBLQ! dice:

    Tan cercano y abrumador, excelente estilo, gracias por publicarlo.

  4. Jorge dice:

    ¡¡Suavena y suarroz!!
    Tuiteado

  5. Héctor Avélica Leyva. dice:

    Me gustó mucho, soy fan de Miriam Mabel.

  6. viki toro dice:

    esta muy bien escrito, expresa sentires sensaciones de quien ama y necesita ser amado/a. felicitaciones tambien

  7. RAÚL dice:

    Excelente.

    Mis felicitaciones a la autora, aunque un poco convencional el final, quizá en el futuro dejarlo más abierto, y buscar generar una identificación mayor con el lector, que nunca sepa quién duerme a su lado.

    Pero me gustó.

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