La nota roja que habitamos

Cuando el terror llega a tu casa

“¿Quién ordena estos operativos?”, pregunta el poeta y preguntamos los lectores: Felipe Calderón, Marisela Morales, Genaro García Luna, la Marina, el Ejército, quién. Más aún: de los encapuchados, ¿cuántos de la DEA participaron? Operativo registrado la primera semana de agosto de 2011 en la delegación Tlalpan de la Ciudad de México.

Efraín Bartolomé

Cada mañana, al verte reflejado en el espejo del baño, alguien corresponde a tu saludo. Ese mundo aparentemente simétrico y que corrobora tu identidad, es otro mundo, el mismo pero diferente, tu ojo derecho es el izquierdo, igual tu mano, tu oreja. Igual los libros de los libreros, igual las cortinas pendientes de los cortineros, lo mismo tus cejas y las canas del bigote. “Junto al mundo que habitamos existe otro mundo paralelo. Hasta cierto punto es posible penetrar en él y regresar después sano y salvo”,escribió Haruki Murakami.

En otro contexto, también lo expresó así el poeta Efraín Bartolomé, cuando narra en su crónica: “Antenoche volvimos a casa levitando, en la felicidad más plena, tras la amorosa y conmovedora recepción del público ante nuestro libro presentado en Bellas Artes”. Pero bastaron 24 horas —de noche a noche— para que emergiese la amenaza, la invasión, para que él y su mujer se arrodillasen ante la irrupción del puñado de desconocidos encapuchados, con las siglas de la PFP en la espalda, con las armas de asalto frente a ellos, a la altura de sus ombligos —de Efraín y Guadalupe, su mujer—, de sus labios cuando de rodillas en el baño, antes de derrumbarse, preguntaban por qué, cómo, quién.

El domingo pasado fui a un pueblo distante sesenta kilómetros. Había acordado con dos amigos que nos veríamos en la casa de los suegros de él, a las once de la mañana, para charlar sobre la violencia que asuela a Zacatecas. Llegué con media hora de retraso, aunque mis amigos todavía no llegaban, me dijo un joven que me vio llegar. Como llevaba un periódico bajo el brazo y un morral negro con una libreta, una agenda, un libro y el celular, me senté en una de dos bancas simétricas de cemento que presiden la entrada. Apenas empezaba a hojear el diario, salió un señor a preguntarme a quién buscaba. Le informé el acuerdo previo con mis amigos de vernos a las once. Era evidente la desconfianza. En otro momento, en otra época me habrían ofrecido la entrada, un vaso de agua, el uso del sanitario, acaso un refresco o acaso un café. Pero no ahora y en ausencia de mis amigos. No en balde la ONU ha clasificado a Zacatecas, en cuanto a violencia, próxima a Chihuahua, Tamaulipas, Nuevo León y Durango. El gobierno de Estados Unidos, igualmente, ha recomendado a sus ciudadanos abstenerse de viajar a esos puntos del norte mexicano. El mundo paralelo al que se refiere el autor japonés, quizá, es el especular del cuadro de azogue, la luna del espejo, o acaso haga referencia a los sueños, teñidos a veces de pesadilla, como la vivida por el poeta y su mujer.

No en balde la ONU ha clasificado a Zacatecas, en cuanto a violencia, próxima a Chihuahua, Tamaulipas, Nuevo León y Durango. El gobierno de Estados Unidos, igualmente, ha recomendado a sus ciudadanos abstenerse de viajar a esos puntos del norte mexicano.

Pero hoy lunes no fue necesario salir de la ciudad, sino entrar simplemente al café. Ahí estaba la maestra de primaria de toda la vida. Me dice que aunque en un principio se opuso a la “Operación Mochila” —va contra la privacidad y la individualidad del chico menor de catorce años o menos—, no ha tenido más remedio que aceptarla. ¿Qué se ha encontrado en ese morral de lona o de vinil, además de cuadernos, diccionarios y libros de texto gratuito? Navajas, cervezas, ánforas de tequila, preservativos, pistolas, otras armas blancas como punzones, abrecartas, cuchillos y un largo etcétera. ¿Ha detectado a algún halcón” o informante del crimen organizado? No, la degradación de ellos todavía no llega a tanto. Quizá sueñan con ganar cuatro mil pesos, que nunca han llegado a su hogar, acaso ni conozcan la tele a color, la video, el refrigerador, la estufa nueva. Pero no, me dice mirándome a los ojos. También antes de iniciar la clase les retiran los celulares para que se concentren en la clase. Hablamos de una escuela primaria localizada en el medio rural.

¿La posición que tomamos al dormir refleja una desprotección, una amenaza, un despojo pasado o futuro? El edificio donde vives, con seis departamentos, dos por piso, se mantiene cerrado con llave desde que allanaron la casa de una vecina para saquearla. Nos hemos acostumbrado a una violencia latente, a una amenaza presentida, observada, intuida, olfateada. En la crónica de Efraín Bartolomé se refleja ese estar en guardia siempre: “Quité la tranca que protege la puerta de nuestra recámara y me asomé al pasillo: hacia el comedor veía luces…” Una noche lluviosa y oscura —los arbotantes de la calle se habían apagado—, escuchaste, en la privada de al lado del edificio, un camión pesado que salía en reversa, alguien daba indicaciones como cuando pasa el camión repartidor de agua Ciel o el de la Coca-Cola. Te asomaste por la ventana: era un tráiler lleno de militares y dos jeeps descubiertos con más. Andan buscando droga, pensaste. En la víspera viste que tres elementos militares, vestidos de civil, se estacionaban a la entrada de la misma privada, que en realidad es un callejón pues tiene una sola entrada-salida. Después te dijo una vecina que era un recorrido de rutina.

La crónica “¿De verdad estamos tan solos?” describe esa amenaza presente en la novelística de Murakami y en la prosa del chileno Roberto Bolaño. Después de que la pareja del poeta y su mujer se refugia en el baño, último reducto de una casa violada, invadida, hollada por desconocidos, al tiempo que ella marca el número de emergencia, él toma un silbato colgado de una pared y lo utiliza, acaso para llamar la atención de los vecinos o engañar a los invasores. Pero el llamado de auxilio no es atendido —como en el 066 de cualquier parte de México—, aunque es la Policía Federal Preventiva (PFP) la que allana la casa de la pareja de sesenta y 54 años, ambos profesionistas. El enemigo se agiganta antes de destrozar la puerta de entrada; el poeta, en la desesperación, empuja una caja —con herramienta o libros, no lo dice— para retrasar el acorralamiento. “¡Abran la puerta, hijos de la chingada…!”, gritaban mientras empujaban y metían sus rifles negros hacia el interior.

En la crónica hay un suspense progresivo: “Oigo ruidos en toda la casa. Están vaciando cajones, abriendo puertas, pisando fuerte sobre la duela de madera. Oigo ruidos afuera, en el cuarto de huéspedes, en la torre, en el estudio de abajo”. En cada hogar de este país puede, en ese momento, estar ocurriendo algo semejante, con variantes: una granada de fragmentación que estalla, puertas rociadas silenciosamente con gasolina antes de prenderle fuego, un terremoto antes del amanecer, un ex militar entrenado por kaibiles de Guatemala, que degüella a una familia completa, una chica que salió del trabajo a las diez de la noche y que extravió el camino de regreso a casa. Todos somos sujetos de protagonizar una nota roja perdida en interiores.

Ambos domicilios saqueados y sus habitantes vejados. “Pudieron habernos matado”, le dice la mujer al poeta, quien imagina los cuerpos ensangrentados en el baño que utilizaron como último reducto. “¿Quién ordena estos operativos?”, pregunta el poeta y preguntamos los lectores: Felipe Calderón, Marisela Morales, Genaro García Luna, la Marina, el Ejército, quién.

La tensión cada vez más densa es trazada con mano firme: los uniformados y con pasamontaña destrozan la tranca de la entrada principal (primera violación), luego la puerta de la recámara (segunda), luego la puerta de la sala, “la chapa en el suelo y fragmentos de duela en el piso” (tercera). La pareja invadida comienza el recuento de daños después de escuchar que se han retirado —“se oyen motores que se prenden y carros que arrancan”: se llevaron una cámara fotográfica con que pensaba ella tomar instantáneas del desorden y los destrozos (el miedo y la rabia no pueden tomarse), desapareció la memoria de la computadora y un reloj Omega Speedmaster Professional. Otras dos llamadas infructuosas a Emergencias de la policía.
Luego del recuento del reguero de daños registrados en un tramo de la madrugada, Efraín y Guadalupe preguntan al joven que ha llegado qué se le ofrece: viene a ver a una amiga que vive a la vuelta, cuya casa fue también allanada —es Patricia Magaña, bióloga e investigadora universitaria, que vive con su hija—, simultáneamente con la de sus padres, que viven solos. Ambos domicilios saqueados y sus habitantes vejados. “Pudieron habernos matado”, le dice la mujer al poeta, quien imagina los cuerpos ensangrentados en el baño que utilizaron como último reducto. “¿Quién ordena estos operativos?”, pregunta el poeta y preguntamos los lectores: Felipe Calderón, Marisela Morales, Genaro García Luna, la Marina, el Ejército, quién. Más aún: de los encapuchados, ¿cuántos de la DEA participaron? Operativo registrado la primera semana de agosto de 2011 en la delegación Tlalpan de la Ciudad de México.

Desde principios del mes de noviembre de 2010 se apostaron halcones en cada esquina de los municipios de Jerez, Fresnillo, Calera y Trancoso, pues a uno de esos lugares llegaron a vivir de modo temporal, capos importantes. Claro que el hecho llamó la atención a los lugareños pues eran adolescentes y jóvenes que con lluvia, frío o sol permanecían las 24 horas de cada día, en dos turnos, observando quién entraba al poblado, qué movimientos sospechosos eran dignos de reportar por el celular (como signo distintivo cada uno traía un móvil y una mochila a la espalda). Eran fuereños, parecían de Veracruz, Oaxaca o Guerrero por la complexión física, la pronunciación nasal de algunas palabras y los giros coloquiales del habla; por el vocabulario. Acaso la “toma” programada de los cinco municipios obedeció al movimiento de mercancía desde o hacia algunas bodegas, o a la ejecución de ciertas acciones contra blancos específicos; quizá en vísperas del último mes del año había que afinar detalles con las nuevas autoridades pues apenas a mediados de septiembre había nuevo gobernador y 56 nuevos alcaldes en todo Zacatecas. (Durante las elecciones de julio, por cierto, en algunos municipios se observó a integrantes del crimen organizado que llevaban a votar a ciudadanos, quienes recibían indicaciones por cuál candidato votar.)
Cerca de la media noche del 16 de noviembre, en el municipio de Trancoso, distante sesenta kilómetros de Zacatecas, se registró una balacera a la entrada del poblado. El enfrentamiento sucedió entre sicarios apostados junto a la carretera contra alguien que desde la planta alta de una casa repelía la agresión. Algunos testigos narran que entre ambos focos del conflicto había una luz potente que se había colocado a tiempo para iluminar desde las camionetas de los forasteros, una especie de reflector como los utilizados en los circos para invitar a la población a las funciones. Alguien que regresaba al poblado, sin detenerse, alcanzó a ver cuerpos tirados sin vida entre la iluminación del fanal y los vehículos automotrices que respondían también con balazos. Aunque se desconoce el momento en que terminó el conflicto entre los dos bandos, se sabe que el clímax sucedió cuando arrojaron granadas de fragmentación al punto de donde procedían los proyectiles lanzados al enemigo. Cuando vino el silencio, los agresores subieron a la planta alta y recogieron los cuerpos del anciano de ochenta años y su sobrino, destrozados, y se los llevaron. Así murió el cacique del pueblo, quien decidía quién subía al poder y quién no. Esto durante buena parte del siglo XX. ®

Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2011

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  • Andrea

    …uffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffffff….

    y mas ufffffffffffffffffffffffffffffffff

    esta vez me quede sin palabras… ocurre cuando la realidad rebas mis ideas… mi mente… : (

    uff

    excelente tejimiento,

    un abrazo desde este lado de la realidad.. que parece la sana : D

    y si ese libro de Murakami es buenisimo.. : D

    saludos atrincherados : D

  • manuel

    La nota roja ya no es exclusiva de los medios de comunicación tradicionales en México, ahora en medios culturales también tiene presencia ese tema. La prosa pulcra de Uriel martínez, zacatecano, es ejemplo de ello. No sólo nos informa, nos recrea y transporta a una microregión que no escapa a la guerra emprendida por FECAL en contra del crimen organizado, con un saldo de unos 50 mil muertos en lo que va del sexenio.