La novela, el tiempo y el deterioro

Entrevista con David Toscana

Hace veinte años se publicó Las bicicletas [Fondo Editorial Tierra Adentro, 1992], primera novela de David Toscana, tal vez el escritor norteño más importante del momento. Aquí una conversación con el autor de Estación Tula, El último lector, El ejército iluminado y Los puentes de Königsberg, entre otros libros.

David Toscana © David Gaillarde

Desde un tiempo para acá la ausencia física de Toscana en México, específicamente de su natal Monterrey (1961), lo hace presente en el imaginario literario de una ciudad que se cae a pedazos debido a la inseguridad vivida en sus calles. A la distancia, en algún lugar de Polonia, el narrador reflexiona sobre la figura del tiempo y la nostalgia.

—¿El tiempo te ha hecho consciente de su paso, o tú te has hecho consciente del paso del tiempo?

—Nunca he comprendido el tiempo como dimensión física, no sé si Einstein tiene razón o si el tiempo es una mera invención humana para explicarse el movimiento, el cambio y el deterioro. En el caso de la literatura, me interesa esto último: el deterioro, tanto de las ciudades como del ser humano. Me maravilla cuán injusta es la naturaleza con el hombre, pues ningún otro animal se deteriora tanto con la edad.

”El tiempo me interesa mucho como dimensión literaria, pues entre todas las artes la novela es la que mejor maneja el tiempo. El único aspecto temporal que se le escapa es la simultaneidad; esto se logra mucho mejor en la música.

—Si pudieras viajar en el tiempo en el DeLorean de Volver al futuro, ¿qué le dirías a ese treintañero David Toscana que se decidió a publicar su primer libro?

—Al de los treinta años no le diría nada. Me iría más atrás, al de los quince años. Le jalaría las orejas para que leyera más, bebiera más y viviera más. Pero nunca usaría un DeLorean. Prefiero viajar en el túnel del tiempo.

—¿Para ti tiene peso la figura simbólica del “viaje” en tu creación artística?

—Me gusta mucho viajar, conocer sitios y, sobre todo, comer en esos lugares. También me gusta montarme en la bicicleta y recorrer largas distancias o echarme una mochila encima y meterme días en algún bosque. Pero extrañamente, siempre llego con mi libreta en blanco. No se me da la literatura de viaje ni mis personajes viajan en mis novelas. Para saber si algún efecto tienen los viajes en mi creación necesitaría un psicoanalista, pues de manera directa no lo percibo.

—¿Cómo fue tu encuentro con Europa, sobre todo, qué te acercó a Polonia?

—Siempre me gustó la literatura de esta zona de Europa, principalmente la rusa y polaca. La historia de Polonia como un país con terribles vecinos también me atrae. El aspecto de Varsovia como ciudad que vivió lo peor del ser humano es fascinante para la literatura o el arte en general. En fin, puedo enumerar mil razones artísticas, sociológicas o filosóficas para estar aquí, pero lo cierto es que vine por una mujer.

—¿Cuál es el libro que jamás tiene pensado publicar David Toscana?

—Nunca voy a escribir una novela policiaca. Y si intentara escribir una novela erótica me saldría una chambonada.

—Cuando viajas físicamente o intelectualmente a Monterrey, ¿qué es lo que te sigue gustando de esta ciudad?

—La carne de res. En Europa es carísima y parece suela de zapato. Para mí, donde comienza la carne asada comienza la civilización. Me gusta la comida de Nuevo León, que no es muy variada, pero en esa poca variedad es sabrosísima. La cerveza ya no me gusta. Nuestra cervecería cayó en manos de terribles fabricantes de cerveza.

“La novela es un juguete extraordinario. Hay que mantener el espíritu lúdico, atreverte a decir lo incorrecto, disfrutar con los malabares de palabras, emocionarte porque descubres una frase, dejarte acompañar por esos amigos imaginarios que son los personajes”.

—En cuestión de folclor, los mexicanos siempre sacamos buenos premios con nuestra picardía, ¿en la literatura polaca que se escribe hoy en día existe un gran juego con el lenguaje?

—Los juegos del lenguaje son más bien tradición de épocas de totalitarismos. El mismo Kapuscinski contaba que estos juegos no sólo eran de los escritores, sino que los lectores buscaban y encontraban dobles y triples sentidos hasta en las frases más inocentes. Se nos acaba de ir la buena Szymborska, que era una juguetona con las palabras. Otros malabaristas fascinantes fueron Milosz y Herbert. Tradicionalmente, la poesía polaca ha volado más alto que su prosa, aunque por razones de difusión es más conocida su prosa. Recordemos que tienen cuatro premios Nobel: Sienkiewicz, Reymont, Milosz y Szymborska. Más muchos otros que se han quedado en la orilla.

—Te lo preguntan siempre, ¿qué libro te marcó definitivamente como esas películas que pasan ya a cada rato por televisión abierta y uno nunca quiere perderse aunque las hayamos visto más de tres veces?

—Dado que no tengo interés por el cine, el símil no me funciona, pero el libro que me marcó fue Don Quijote. No sólo lo leo y releo, sino que lo tengo muy presente al escribir. Todas mis novelas tienen algo de quijotesco, ya sea en lo argumental o en lo espiritual: el gusto por vivir en una realidad que creamos en nuestra mente.

—¿Crees que el libro impreso va a morir, o sobrevivirá a los gadgets como el cine sobrevivió al sistema Beta y VHS?

—El libro impreso seguirá existiendo, pues las versiones digitales seguirán siendo subproductos del trabajo que se hace en el papel: diseño, portadas, corrección, traducción. Además, ¿donde quedaría el orgullo de poseer una amplia biblioteca? ¿Qué pasaría con quienes buscan la firma del autor? ¿Qué chiste tiene regalar libros electrónicos en Navidad o un cumpleaños? ¿Qué pasaría con el placer de entrar a cazar libros en una librería? Después de trabajar años en un libro, el escritor necesita verse recompensado con algo físico, con dimensiones, peso, olor y textura. El libro electrónico es práctico, pero no es bello, no es romántico.

—En la vida se tiene positivos y negativos, amigos y enemigos que hacen que la energía aparezca, ¿de quién tienes más conciencia, de los amigos o los enemigos?

—Para beber una cerveza siempre quiero estar con los amigos. Para escribir, prefiero siempre a los enemigos.

—¿En qué estás trabajando ahora?
—Ah, esa pregunta preferimos evitarla casi todos los escritores. Los únicos que la responden libremente son los autores de policiacos, pues dicen cosas como: “Estoy con otra novela de mi detective Fulano”.

—Finalmente, ¿qué te funciona más en la literatura, ser un niño bueno o un maldito?

—Maldito no soy. La malditez por la malditez me parece aburrida. No creo que el fin de la literatura sea asustar a tu abuelita. Pero es importante que el escritor conserve algo de niño. La novela es un juguete extraordinario. Hay que mantener el espíritu lúdico, atreverte a decir lo incorrecto, disfrutar con los malabares de palabras, emocionarte porque descubres una frase, dejarte acompañar por esos amigos imaginarios que son los personajes. ®

Archivado en Julio 2012, Libros y autores

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