La orfandad de México

La identidad mestiza

La discusión sobre la identidad del mexicano es un tema que se ha tratado con mayor o menor seriedad desde el siglo XIX y hasta nuestros días. En este breve texto la autora, académica española, ofrece un punto de vista sobre el eterno desprecio al indio.

el santo contra la magia negra“El problema de identidad en Hispanoamérica”, así se llamaba —lo recuerdo bien— una de las secciones del temario de la asignatura “Literatura hispanoamericana” que estudiábamos en la carrera de Filología hispánica en Madrid.

Los estudiantes de literatura de esos años memorizamos que en estas tierras lejanas, desde comienzos del siglo XIX, se hicieron grandes luchas por recuperar la independencia política pero también la independencia moral: su identidad, es decir, una respuesta clara a la pregunta “quiénes somos”.

Pero el mestizo, un colectivo relativamente reciente, a medio camino entre el indígena y el español, tenía no que “recuperar” su identidad, sino “crearla”.

En este proceso de “creación” se hicieron grandísimos esfuerzos culturales: himnos nacionales, ceremonias, banderas, cantos, ritos, leyendas acerca de las luchas y de los más valientes defensores de la libertad y mitos que legitimaran la existencia de los nuevos Estados.

Además de estos esfuerzos culturales, los países hispanoamericanos que, como México o Perú, tenían una abundante población indígena, tuvieron que incluir en la construcción de su identidad una postura frente a esta población originaria, además de frente al español-extranjero. Para contestar a la pregunta de “quiénes somos” tenían que poder responder a la pregunta de “de dónde venimos”.

En el caso de México, un país que siguió, a grandes rasgos, a los demás países de Hispanoamérica en esta construcción, la identidad adolece todavía, es aún “adolescente”.

Durante los primeros años de la Independencia, muchos de sus esfuerzos se centraron en negar al extranjero, al español, que pasó a ocupar el lugar de “el Otro”, el enemigo, aquel que había invadido “nuestra tierra” y se había apoderado de “nuestra riqueza”. Pero ese “Otro” ya estaba dentro del mestizo, era su padre o su abuelo. Aquél llevaba dentro la sangre del conquistador y, aunque luchara contra él, quería ser heredero de su estatus y aprendió a explotar al indígena con la misma o mayor crueldad que la del invasor de quien era hijo, a quien mató. Después de arrebatarle su poder, quiso ocupar su lugar y por ello explotó como él al indígena —su madre—, convirtiéndolo así también en “el Otro”.

El proceso de construcción de una identidad mestiza en México se ha sustentado sobre la doble negación de su origen indígena-español, es decir, sobre la negación de sí mismo, dejando al mestizo huérfano de padre y madre, aferrado a su virgen de Guadalupe y arropado por su bandera tricolor.

Hoy en día, el mestizo mexicano exalta el pasado indígena, pero el del indígena muerto, el prehispánico. Pirámides y museos arqueológicos forman parte del orgullo nacional. Se habla de la raza azteca como una raza poderosa y luchadora cuyo espíritu ha permanecido hasta hoy. Las culturas indígenas son estudiadas ampliamente en las universidades de México y son defendidas, incluso idealizadas, por muchos de los investigadores; pero siempre desde una distancia racial, cultural e incluso temporal. En realidad, el indígena de hoy es un fantasma en esta nación.

Cuando asistí al espectáculo celebrado con motivo del Bicentenario de la Independencia en la capital mexicana, me gustó ver que la presencia de “lo indígena” estuviera representada en las danzas que hacían un recorrido histórico de la nación por medio del baile. Pero mientras los bailarines comenzaban a escenificar su pasado prehispánico con sus bellísimos atuendos, una indígena se me acercó con una cesta de chicles, cigarros y otros dulces a ofrecerme su mercancía. La imagen fue desoladora: los poderosos estaban sacralizando un pasado indígena que no sólo estaba entre nosotros formando parte de nuestro presente, sino que, además, ocupaba el último escalón social de México. Esa indígena era la heredera directa de ese pasado del que se enorgullecían y se ganaba la vida vendiendo chicles y cigarros. Entonces comprendí la frase que me dijo un mexicano sorprendido por mi interés en los pueblos originarios: “Para nosotros los indígenas son invisibles”.

Parte de la construcción de la identidad indígena se sustenta sobre la narración de que en estas tierras había unos pueblos que fueron invadidos y luego “recuperaron” sus tierras echando al invasor. Pero ya no eran esos pueblos quienes las “recuperaron” sino los criollos, una nueva categoría intermedia entre el indio y el español. Ellos ya no son ni lo uno ni lo otro, pero dicen sentirse orgullosos de su pasado azteca, aunque ocultan su origen indígena si lo tienen, discriminan al moreno y al “naco”, pueden insultar a otro llamándolo “indio” o “pata rajada” y malbaratan su mano de obra.

El proceso de construcción de una identidad mestiza en México se ha sustentado sobre la doble negación de su origen indígena-español, es decir, sobre la negación de sí mismo, dejando al mestizo huérfano de padre y madre, aferrado a su virgen de Guadalupe y arropado por su bandera tricolor.

El indígena de hoy, por el contrario, no pretende ser otra cosa que sí mismo. Pese a su gran desventaja económica y al aislamiento que sufre como población, no se pregunta si parece muy indígena o no, no se blanquea la piel ni se pinta el cabello, no lucha por conseguir un novio güero ni por decir que vive en Europa. Sí quiere salir de la pobreza pero no tiene intenciones de librarse de su origen étnico. Para el indígena mexicano la identidad es algo dado, natural y presupuesto, no un conflicto interno.

El mestizo ha de crear su propia identidad y lo está haciendo desde hace ya dos siglos, sin embargo está inquieto, no acaba de hallarse y no descansará hasta aceptar a su madre india y a su padre español como parte de sí. Cuando ya no haya razones para una idealización de lo indígena, ni siquiera una bandera indígena, sino una convivencia normal con el pasado lejano o cercano; cuando ya no haya una negación de lo extranjero frente a lo mexicano ni, de paso, una idealización de aquél, ni un complejo por no ser él, ni una aspiración por llegar a ser como él; cuando se hagan las paces con estas dos raíces, la identidad de México podrá descansar y sentarse a contemplar sus bellísimas obras sincréticas e impuras como parte de sí y levantarlas como motivo de su orgullo. Entonces quizá también el indígena dejará ser un fantasma al que se idealiza en el museo y se abandona a su suerte a su suerte en las calles, los campos y las fronteras. ®

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Publicado en: agosto 2013, Identidades

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