La paciente labor del crítico de libros

El viaje literario, de Victor Sawdon Pritchett

Autor de relatos, poemas, piezas teatrales, amén de frecuentar varios géneros periodísticos, Pritchett lanza observaciones, verdaderos atisbos en la psique de grandes escritores —de Dostoievsky a Borges—, algunos de los cuales resultan memorables.

Existen dos grupos de personas que suelen darse a la tarea de analizar y comentar libros y autores: por una parte, profesores y alumnos en el ámbito universitario se abocan al estudio formal de la literatura; por otra parte, legos, en el sentido de no académicos, con cierta afición a la lectura —y en algunos casos a la escritura— que, partiendo de un fuerte anclaje en las humanidades, en el mejor de los casos, pretenden dirigirse a un público igualmente de gente común, aficionados a la lectura a fondo de materiales periodísticos, principalmente suplementos culturales en los diarios y revistas de contenido. Entre estos últimos no es inusual hallarse con aquellos que a su vez también se han ensayado como autores de obras de ficción e incluso conciben el oficio de abordar la obra ajena como una suerte de arte, donde el lenguaje apropiado a la materia a tratar, la atmósfera y la secuencia de los argumentos o razones aducidas desempeña un papel principalísimo. Este bregar en dos aguas —la ficción y el análisis— fue hace tiempo una de las cualidades distintivas de los litterati u hombres de letras, que los había y aún los hay de distintos calibres, desde autores de primera línea, verdaderos clásicos vivos en sus respectivos idiomas, hasta figuras más modestas —escasamente conocidas por sus trabajos de ficción— que pasan más bien por periodistas literarios.

La labor de acercar al gran público obras de importancia, y a quienes las forjan, conoce diversas restricciones. En primer lugar, está la cuestión del espacio periodístico que es siempre limitado. La mayor parte de las veces no es posible explayarse, como ameritaría la materia y el interés que ofrecen ciertos autores, debido al número de palabras o caracteres con espacios, según sea el conteo, que asignen los editores para las colaboraciones. Con el predominio de la imagen sobre la palabra, la ilustración del artículo consume buena parte del espacio disponible en la página. Sin profundizar en la competencia respecto de los medios impresos que entraña Internet, donde el espacio a causa del formato es ilimitado, la pregunta es cuántos usuarios leyeron en realidad el texto de principio a fin, no contentándose únicamente con el sumario o bien el encabezado. En segundo lugar, y aquí surge la pequeña diferencia entre un artículo bien escrito, de manera sugerente y sutil, y otro que meramente pasa revista —a guisa de escueta enciclopedia— a los hitos más destacables, se plantea el problema de la calidad intrínseca del texto. Mientras más alta sea ésta, aumenta la probabilidad de recoger algún día en un futuro esa pieza aislada en una obra mayor, un libro de ensayos. En tercer lugar, y por último, viene lo que decía Montaigne: “Ensayamos siempre acerca de nosotros mismos”, en otras palabras, es la subjetividad particular de cada comentarista, con una historia personal, rica y profunda en experiencias como lector, la que se proyecta en cada texto, confiriéndole un color determinado, un sello característico. Siempre existe el peligro de atraer en demasía las luces hacia el recensor y sus matizadas opiniones, perdiendo de vista el punto de partida y de llegada que se proponía ese texto, es decir, un autor en una obra ajena determinada.

Este dilatado preámbulo, considero, era necesario para presentar una colección de ensayos acerca de libros y autores titulada El viaje literario [FCE, 2011], salida de la pluma de un hombre de letras británico, sir Victor Sawdon Pritchett (1900-1997). La selección de cincuenta piezas, más un estudio preliminar, es del profesor y escritor Hernán Lara Zavala. La traducción es de Ramón García, no exenta de ciertos reparos aunque, en general, bastante bien, más que todo apegada al español peninsular. Volumen denso en conceptos y variado en pormenores, puede cuestionarse la selección y el tino de incluir ciertos nombres con la exclusión de muchos otros. A grandes rasgos, se desbrozaron tres secciones: Autores británicos, Autores europeos (franceses, rusos, portugueses, suecos y austriacos) y Autores españoles y latinoamericanos. Las secciones, en cuanto a la extensión y número de autores cubiertos, se presentan en orden decreciente: con 24 la primera, diecisiete la segunda y únicamente cinco la tercera. Era difícil en medio millar de páginas hacer algo que no resultara necesariamente parcial y fragmentario. Ahí quedan editados en inglés The Complete Essays (1991) para quien desee una visión más abarcadora. Es obvio que Pritchett escribía para publicaciones periódicas inglesas y que el grueso de sus artículos está consagrado al mundo anglosajón, si bien su vasta curiosidad por la cultura del continente lo llevó a medirse con autores en otras lenguas, tantas veces a raíz de la aparición de traducciones de éstos al inglés. Su interés por España queda más que manifiesto: Marching Spain (1928) y The Spanish Temper (1954), más sus libros de viaje y otros sobre ciertos aspectos de la guerra civil, son prueba de ello.

A grandes rasgos, se desbrozaron tres secciones: Autores británicos, Autores europeos (franceses, rusos, portugueses, suecos y austriacos) y Autores españoles y latinoamericanos. Las secciones, en cuanto a la extensión y número de autores cubiertos, se presentan en orden decreciente: con 24 la primera, diecisiete la segunda y únicamente cinco la tercera. Era difícil en medio millar de páginas hacer algo que no resultara necesariamente parcial y fragmentario.

Autor de relatos, poemas, piezas teatrales, amén de frecuentar varios géneros periodísticos, Pritchett lanza observaciones, verdaderos atisbos en la psique de grandes escritores, algunos de los cuales resultan memorables. En “La mujer de Dostoievski”, por ejemplo, Pritchett recuerda a Ana Grigórievna Snítkina, segunda mujer del escritor, a quien ella conoció veinteañera siendo en cambio él un hombre de 45 años. El escritor había enviudado, quedándole un entenado de su primera mujer, el hijo de otro hombre que debía sostener. Ahogado en deudas y compromisos adquiridos con los editores, no dándose abasto para entregar Crimen y castigo, se vio obligado a contratar a una taquígrafa o más bien dicho estenógrafa, como se prefería designarlas por aquel entonces, para que lo auxiliara con el dictado y pasar en limpio el manuscrito que debía encomendar al editor. De esta forma terminó El jugador días antes de que se cumpliera el plazo fijado. Poseído por un temperamento de naturaleza paranoica, dominado por la pasión lúdica y bajo el fuego cruzado de sus parientes que sólo deseaban explotarlo arrebatándole el poco dinero que le caía, Ana —ya casada con él— vio como una posible solución emprender un viaje a través de Europa. No fue sencillo convencer al marido, quien era un nacionalista a ultranza y abominaba de las costumbres y modas que prevalecían en el exterior. Finalmente, el escritor da su anuencia para el proyecto. En Suiza se desata, de nueva cuenta, su pasión desbocada por el juego. Hasta llega a idear un sistema, supuestamente infalible, para ganar en la ruleta. Si Dostoievski hubiese sido inglés o alemán y hubiese sabido mantener la sangre fría, sin perder la concentración a causa de sus ansias y temores interiores, su plan habría sido un rotundo éxito, pero el escritor estaba enfermo. Tiempo después, ya de regreso en Rusia, Ana se enteraría de los ataques de epilepsia que padecía al igual que el príncipe Mishkin, protagonista de El idiota. Durante su segundo matrimonio escribió algunas de sus novelas más extensas y ambiciosas. Antes de regresar a Rusia, Dostoievski había sido prisionero político con un tiempo de reclusión en Siberia, por esa razón el escritor tuvo el impulso de quemar el manuscrito de El idiota. Ana logró disuadirlo y convencer a su madre de que fuera ella quien contrabandeara los peligrosos cuadernos, pues su equipaje no iba a ser registrado con tanta minucia como el de ellos. Cuando su marido escribió Los demonios Ana se dio cuenta de que tenían que librarse, de una vez para siempre, de las garras de los editores, quienes no les concedían respiro. Se determinó ella misma a pasar por los costes de imprenta y empezar a distribuir el libro por su cuenta. Cada vez comisionaba más ejemplares a la imprenta, pues no dejaban de llegar cartas de los lectores solicitando los libros, en ocasiones sin siquiera recordar el título exacto. Ana llegó a adquirir tal pericia, en achaques editoriales y de derechos de autor, que incluso la mujer de Tolstói, la condesa Sofía Andréievna, acudía con ella a pedirle consejo de cómo proceder en los asuntos de su marido, siempre tan desentendido de los dineros y pensando solamente en su legado social para los pobres, por desgracia administrado por hábiles y déspotas colaboradores. Incluso alguna vez, durante un viaje, Dostoievski llegó a extraviar en una estación de trenes, el manuscrito de El adolescente y Ana se las ingenió, en circunstancias comparables a las de una película de espías, para recuperar la maleta.

Victor Sawdon Pritchett

De manera comprensible, son los autores ingleses y estadounidenses aquellos que reclaman la mayor atención y son objeto de las opiniones más autorizadas por parte del autor. Desde clásicos como Jonathan Swift y sir Francis Burton hasta verdaderos autores anómalos e inclasificables como el irlandés Laurence Sterne (1713-1768), cuya novela Tristram Shandy influyera en Thackeray y Firbank y se constituyese como el antecedente más conspicuo del Ulises de Joyce. Lewis Carroll (1832-1898) es recordado por sus comedidas epístolas dirigidas a niñas, de quienes se prendaba con casto amor, puramente platónico. Profesor de matemáticas y clérigo de la Christ Church en Oxford, Carroll fue uno de los autores más prolíficos de cartas en la historia de la literatura inglesa; sobrepasan el millar, aparecidas en dos volúmenes de la universidad de Oxford, al cuidado del profesor Morton N. Cohen, asistido de Roger Lancelyn Green, también editor del diario del escritor. Joseph Conrad, E.M. Forster, Virginia Woolf, Bernard Shaw, Oscar Wilde, Evelyn Waugh, Cyril Connolly (director de Horizon, la revista donde colaboraba Pritchett, al igual que en New Writing, The New Yorker y New Statesman, donde aparecería desde 1926 su columna “Books in General”) son autores que aparecen en el libro, al igual que George Orwell, V.S. Naipaul, Mark Twain, Henry James, Edmund Wilson, William Faulkner y Saul Bellow.

Con ojo escrutador, armado de una gran sensibilidad, Pritchett pasa revista a las filas de autores ibéricos y su descendencia en América. Benito Pérez Galdós (1843-1920), el gran novelista español del realismo, nacido en Las Palmas de Gran Canaria, le parece de un aliento y una prolijidad comparables solamente con Tolstói. Fuera del mundo hispánico es apenas conocido, pues la sociedad española que retrata es un poco contrastante respecto del resto de Europa, en cuanto se refiere a sus fijaciones religiosas, defensa de la honra, contraste en las costumbres entre el campo de cepa medieval y las nuevas ciudades. Pérez Galdós es un autor que no se podía sentir como moderno cuando estaba vivo, por lo menos a ojos de los europeos. Su dominio absoluto del lenguaje, no obstante, el cabal control de las atmósferas y la fiel pintura de los personajes lo colocan a la altura de Stendhal. El argentino Jorge Luis Borges (1889-1986), por un lado, y el colombiano Gabriel García Márquez (1928), por otro, se abordan como dos de los representantes más señeros de las letras hispanoamericanas, altamente contrastantes entre sí, pero que guardan en su gusto por la desmesura, las historias cruentas y fundacionales, la fe inquebrantable en las virtudes del estilo —en cada caso individualísimo— ciertas afinidades. Federico García Lorca (1898-1936) es el único nombre de poeta cobijado en este volumen. Se lo menciona, sobre todo, por su trágica y hasta hoy no del todo aclarada muerta violenta. Representantes de la cultura lusitana, como el portugués Eça de Queirós (1845-1900) y el brasileño Machado de Assis (1839-1908), son objeto igualmente de un veloz y revelador escrutinio, muy a la manera de Prichett, un autor hecho a escribir en los periódicos, con un estilo condensado y elíptico. Entre los autores rusos, además de Dostoievski, pueden destacarse a Pushkin, Turguéniev, Tolstói, Chéjov y Nabókov, mientras entre los franceses descuellan Stendhal, Balzac, Flaubert, Proust, Camus, Genet y Simone de Beauvoir (1908-1986), esta última con un libro que dedicara a la vejez en los seres humanos, cuyos puntos de vista censura Pritchett por varios títulos. Unas veces absolviendo, otras condenando, el crítico de libros ejerce su paciente y útil labor, primordialmente encaminada a los lectores comunes y corrientes. ®

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Publicado en: Diciembre 2012, Libros y autores


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