La pertinencia de usar sombrero

Una corona de palma

Puede sentirlo cualquiera que haya saludado a una dama con sutil toque en la visera e inclinación del cuello, aunque la dama no lo sea tanto y el sombrero sea de oferta.

Siempre he deseado utilizar sombrero. Darme un baño, cambiarme de interiores, elegir un pantalón holgado, cómodo, y la camisa más favorable o la que esté menos arrugada. Afeitarme, y allí, frente al espejo, asegurarme de que todo esté en su sitio: ninguna prenda al revés, los botones de la camisa en simetría con los ojales, el cuello rígido y, al final, la mejor parte: el sombrero; el elástico suavemente adhiriéndose con la copa justo encima de la coronilla, las alas rozando ligeramente las orejas, la visera colocada exactamente en el nacimiento del cabello.

Hay una especie de aura de protección en quien utiliza un sombrero, y se ve en la sombra que genera: como las aureolas de los santos. Hubo un tiempo en que su uso era fundamentalmente una credencial para marcar un estatus, diferenciarse del resto; hoy cualquier hijo de vecino usa sombrero sin importarle siquiera el sol: es sólo una protección contra la caca de las palomas, aves asquerosas sin rango social, o una manera de declararle al mundo la naturaleza hipster de su portador, mejor aún si se acompaña la prenda con una de esas carpetas para las tortillas que usaban nuestras abuelas a manera de bufanda, ridícula, en el cuello.

Hay una especie de aura de protección en quien utiliza un sombrero, y se ve en la sombra que genera: como las aureolas de los santos.

Pero aún existe cierta elegancia no artificiosa, cierto sentimiento en quien usa un sombrero. Puede sentirlo cualquiera que haya saludado a una dama con sutil toque en la visera e inclinación del cuello, aunque la dama no lo sea tanto y el sombrero sea de oferta. Y es que en realidad no importa si se trata de un Stetson o de uno huichol de treinta y cinco varos en el puestito de las pipas y los colguijes: el sombrero eleva a su portador con esas alas de mimbre, de palma o de fieltro, a la altura de la elegancia que transforma hasta a los vagabundos en grandes señores de su propio reino, el del pensamiento coronado para saludar con dientes rotos a las meninas del Centro, para demostrar el estatus de indiferencia ante las otras clases, para reverenciar al sol sin ofenderlo, y, por qué no, para cubrirse la cabeza de los detritus voladores que poco saben de elegancias pretéritas.

He ahí una buena fórmula que podrían adoptar los presidentes de países pobres para dignificar a sus pueblos: tal y como algunos mandatarios latinoamericanos pintan de colores brillantes los suburbios menos favorecidos, dótese de sombreros a los parias, a los vagabundos y a los estudiantes de posgrado: démosle elegancia y dignidad a quienes más lo necesitan. ®

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Publicado en: Marzo 2012, Narrativa


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