La pianista y el enciclopedista

María Luisa Lizárraga y José Rogelio Álvarez

María Luisa Lizárraga y José Rogelio Álvarez, pianista e historiador, fallecieron recientemente. Aquí un pequeño homenaje a ambos personajes tapatíos.

María Luisa Lizárraga

Por esta ocasión, el comentarista se desentiende de algunos asuntos que están en el candelero como el nuevo round entre el alcalde Tlajomulco (Enrique Alfaro Ramírez) y el grupo político que controla la Universidad de Guadalajara, o las peripecias del que se considera el documental más taquillero en la historia del cine mexicano (Presunto culpable).

Tampoco serán materia del comentario de hoy las últimas cuentas —incluidos los cuentos— alegres del gobernador Emilio González Márquez que, sin ningún rubor, acaba de decir que él se cuenta entre las “personas buenas” que en este mundo son y han sido.

Y aun cuando el comentarista lamenta dejar pasar éstos y otros asuntos no menos jugosos, la verdad es que tiene razones para ello y la principal es el reciente deceso, apenas la semana anterior, de dos personas importantes de la cultura mexicana y, particularmente, de la de Jalisco.

Esas sentidas ausencias son las de la pianista María Luisa Lizárraga, quien falleció el pasado martes 1 de marzo, y la del historiador, polígrafo y enciclopedista José Rogelio Álvarez, que tres días después vio la última luz, el jueves de la semana pasada (3 de marzo).

Aun cuando era originaria del estado de Sinaloa y una parte de su formación profesional la hizo en la Ciudad de México y en el extranjero, María Luisa Lizárraga pasó la etapa más prolongada y provechosa de su carrera profesional (como pianista y como animadora de la vida musical) en Guadalajara.

Siendo muy joven, a fines de los años cincuenta y en los tempranos sesenta, comenzó sus estudios musicales en esta ciudad, donde fue alumna, entre otros, del maestro Domingo Lobato.

Después de pasar una temporada en la Ciudad de México, en donde estudió la carrera de piano en el Conservatorio Nacional, volvió a Guadalajara. Durante la primera mitad de los años setenta María Luisa Lizárraga fue la encargada de la Dirección de Música del Departamento de Bellas Artes de Jalisco, en la época más provechosa que ha conocido la promoción cultural de nuestro estado.

Tan apreciada fue su gestión en ese cargo que, en 1976, fue invitada por Juan José Bremer, a la sazón director del Instituto Nacional de Bellas Artes, para hacerse cargo del Departamento de Música del INBA. También estuvo entre los fundadores de la Escuela Superior de Música y Danza de Monterrey.

Pero fue en Guadalajara donde la maestra María Luisa Lizárraga pudo realizar, para beneficio de la vida musical tapatía, lo mejor de su obra; lo mismo como intérprete del gran repertorio para piano que como promotora de los compositores más grandes de la historia.

El otro ilustre difunto fue José Rogelio Álvarez. Perteneció a una generación de jaliscienses y heredo-jaliscienses excepcionales en los campos de las letras y la historia: Juan Rulfo, Juan José Arreola, José Luis Martínez, Alí Chumacero, Antonio Alatorre, Luis González y González, Alfonso de Alba, Moisés González Navarro, entre otros.

La importancia de José Rogelio Álvarez para la cultura mexicana —y de manera particular para la de Jalisco, su tierra natal— se dio en varios ámbitos. Como historiador, como periodista, como editor, como enciclopedista y como funcionario público, José Rogelio realizó una obra digna de encomio.

Cuando apenas contaba con diecinueve años el gran novelista Martín Luis Guzmán le confió la jefatura de redacción del semanario Tiempo. Y dos años más tarde, su antiguo maestro en la Preparatoria Nacional, Agustín Yáñez, lo invitó para que fuera uno de sus colaboradores más cercanos en el gobierno de Jalisco.

Durante la administración de Yáñez, José Rogelio Álvarez estuvo al frente del exitoso plan para desarrollar la costa jalisciense, región en la que, por cierto, estaban sus raíces familiares.

Para fines de los años cincuenta y comienzos de los sesenta editó una serie de trece hermosos breviarios sobre asuntos relacionados con la cultura jalisciense. Esa colección, que casi de inmediato se volvió una joya muy buscada por los bibliófilos, se llamó “Jalisco en el Arte”.

Como historiador de asuntos regionales, José Rogelio Álvarez publicó La iglesia católica en Jalisco, La Nueva Galicia, Jalisco en nueve ensayos y varias monografías sobre las artes populares de nuestro estado.

La empresa de mayor calado de José Rogelio Álvarez es, sin duda, la Enciclopedia de México, pues se trata, nada más y nada menos, que de la más importante obra de consulta sobre nuestro país.

Y no obstante la gran significación que José Rogelio Álvarez tuvo —y sigue teniendo— para la cultura mexicana y para la vida jalisciense, es muy triste constatar cómo su muerte ha pasado inadvertida para el gobierno del estado, para la Universidad de Guadalajara y para las autoridades municipales.

Sólo El Colegio de Jalisco publicó una pequeña esquela, dando cuente del deceso de este tapatío tan ilustre como injustamente ninguneado y del cual bien se podría decir aquello de que nadie es profeta en su tierra.

Descansen en paz la pianista y el enciclopedista: María Luisa Lizárraga y José Rogelio Álvarez. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, marzo 2011


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