La piel del ojo rebelde

El sentido olvidado, ensayos sobre el tacto, de Pablo Maurette

Maurette abre el camino para una serie de cinco libros, uno por cada sentido. Y el misterio para el sexto: donde pueden confluir el horror, el misterio, la maldición, y ese andamio en el que transita la vida al borde del abismo.

Escritura en la piel.

Escritura en la piel.

En El sentido olvidado, ensayos sobre el tacto, de Pablo Maurette (Buenos Aires: Mardulce, 2015) se interroga a ese lector que llegó a la madurez y en el cual la alquimia de la memoria se devasta contra el oportunismo destructivo de la experiencia vital. Digo: mi biblioteca perdida del primer matrimonio llora desconsolada sobre el hombro de mi actual. En la Babel insurrecta que es el sueño de haber leído algo mientras se lo lee nuevamente, Maurette insiste con que él lo leyó de otra manera. Tiene un espéculo, una forma del espejo irredento, clínico e íntimo, una herramienta atroz, que reclama en el lector (ahora sí, todos juntos, interpelados) que piense si lo que leyó es un sueño de lo leído o la pesadilla de su consecuencia. Qué difícil la memoria para sobrevivir a la muerte. Acaso la muerte piense que nuestra memoria debe ser representada como un friso inmóvil y a la vez inestable. Y en ese lugar indómito, tal vez incógnita infinita, es donde medra la filosofía. Tal vez, es una posibilidad, cuando no quede mirada alguna para dar cuenta —dar número o testimonio de una contabilidad inabarcable— de este vacío mismo que es concluir un párrafo asombrado por la letra misma que se desarrolla a pesar de nuestra sabiduría inútil. Para cerrar parte del círculo inacabado: la experiencia de vida, siempre incompleta, más cercana al suicidio que a otra imagen contundente.

Vayamos de la cola de la serpiente hacia los colmillos, la parte nutritiva del veneno definitivo en la serpiente literaria, en este caso, representada por el ensayo o, cómo definirlo, el libelo desestabilizador de los sistemas vigentes del universo académico estable. El sentido olvidado concluye con Kafka sobresaliendo con su En la colonia penitenciaria (o En la colonia penal), donde la máquina del castigo que inscribe el delito falla desmadrando el dolor seguido de muerte, aludiendo al infinito del párrafo anterior, o sea, al dolor absoluto como indecible. La tradición puede que ya no exista, es más, la tradición ha muerto hace treinta años con Borges, él supo constituir el universal a pesar de una lengua indómita y rebelde, pero rebelde en la ignorancia supina, que se enuncia a sí misma en un territorio por la violencia cíclica, vale decir, el decreto del salvaje asesino sin castigo posible, algo peor que lo impune. Y ahí intervino Tadeys (o Vomir), esa novela póstuma, oculta, de Osvaldo Lamborghini. Que no puso orden, todo lo contrario, especuló (como espejo inflamado) sobre un Renacimiento que América del Sur evitó tener no sin astucia malvada, o que no supo a secas.

Creo que Maurette no lo menciona, o sospecho que lo sugiere, pero de sus afirmaciones se deduce que la primera piel es la placenta que nos recubre mientras crecemos en el vientre materno. Se trata de un globo autosuficiente. Es el universo ínfimo, vital y eterno, que en nueve meses concluye la obra para desarrollar nuestras capacidades como especie.

Como lector interrogado, entonces remito a una duda referencial —y esto es ejemplo de lo que Maurette desata—. Con Luis Chitarroni siempre nos preguntamos sobre la similitud entre En la colonia penal (publicada en alemán en 1919) de Kafka e Invitado a una decapitación (titulado así por Alianza Editorial, publicada en 1938) de Nabokov. Y especulamos que el texto de Kafka fue leído en alemán por Nabokov en su primer territorio de exilio para de ahí evocarlo en un supuesto homenaje en el suyo propio. En sí, Nabokov le robó a Kafka, así de simple, fue la conclusión en San Telmo, Buenos Aires, en ese barrio malevo y tan de Borges como el olvido del filo de un puñal, allá por 1985. Digamos que Nabokov sufrió el justo sable de su indisimulable ego puesto en acto. Pero esto es un dato menor. Maurette supera estos detalles; vayamos, entonces, a la verdad del texto en cuestión, al “librito” —como lo llama Burucúa en el prólogo que es un colofón asombrado—, en esta serie desordenada de anotaciones, única anamorfosis posible.

Creo que Maurette no lo menciona, o sospecho que lo sugiere, pero de sus afirmaciones se deduce que la primera piel es la placenta que nos recubre mientras crecemos en el vientre materno. Se trata de un globo autosuficiente. Es el universo ínfimo, vital y eterno, que en nueve meses concluye la obra para desarrollar nuestras capacidades como especie. La madre sería una única burbuja ideal, externa, que perdimos para siempre. Un dirigible sin posibilidad de vuelo, un contenedor donde todo estaba por ser, no sin el riesgo de muerte. Esto significa que cada página de El sentido olvidado es un disparador de posibilidades. Además, reflejo de nuestros saberes que murmuran en duda —o desesperan en las llamas de la conjetura—.

La filosofía es una actividad tan original como primaria. Si pensamos en qué forma logramos articular las ideas, esa materia —o fundación retrospectiva— es tan inconstante como dinámica. La filosofía, entonces, es la instancia del estilo que duda sobre si su actitud (y aquí la gestualidad, posición del conjunto piel con su relleno ordenado) es filosófica o banalidad circunstancial.

La identidad de la piel es el camuflage del sujeto, una pátina prestada por el saber y que puede diluirse en lo social como negación del individuo, hoy un fenómeno habitual en la extrema piratería de Estado Islámico. Y es aquí donde se convoca a la literatura como salto de la superficie a la página (esa otra piel fabricada para la reproducción infinita e insomne). Entonces, ¿es factible la crítica a un texto que desampara los argumentos del goce? Esa noción de tormenta conceptual, de cataclismo del pensamiento, apunta a una iluminación inevitable. Pero esta luz evade lo religioso así como la promiscuidad de la universidad (su ostracismo en el claustro especializado), por eso la aspiración de ESO es universal.

Los textos borgeanos —al estilo de…— son poco habituales en nuestra literatura, la sombra del ciego (su tacto inmenso al tratar al lector con deferencia, haciéndolo partícipe del razonamiento sin humillarlo), remite al sabio, erudito, y no al diletante ahogado en una soberbia efímera. El concepto de superficie no euclidiana, el rizo de doble piel acude aquí como figura inquietante: las dos caras de una imposibilidad, algo que fascinó a Lacan quien murió mudo, dibujando en un pizarrón formas que pudieran explicar el todo y sus partes, hasta lo inasible en la muerte de sus pacientes últimos.

La constatación de los distintos universos filosóficos (el de Kant o el de Hegel), habla más —y el hablar, en este caso, no es un juego, y menos de palabras— remite al uso de una imaginación imprescindible, puesta en acto, para conjeturar el saber de todos los saberes, una imaginación literaria, por ende fantástica. La observación no es mía, sino del más grande escritor argentino después de Borges y Osvaldo Lamborghini. Me refiero a Pablo Farrés. Su materia, mal que le pese a los talleristas del buen escribir (universitarios y escolásticos del ego), es la filosofía: es profesor de profesores, algo así como un mago entre tahúres. Su universo es el de las ideas, esas que le sobraban a Philip K. Dick pese a un manejo insuficiente de los recursos literarios. O en todo caso, de una diversidad lingüística apropiada para tal propósito. Tal vez por ello el cine se hizo de él con tanta reproducción prolífica: los guiones completaron su falla, le dieron entidad trascendente. Pero regresemos sobre ese imaginar el universo: allí se constituye la literatura como fantasía absoluta. ¿Qué línea filosófica no recurrió a la imaginación? O peor: sobran los filósofos sin imaginación alguna, y así les fue… Algo que se puede apreciar con los escritores…

Los textos borgeanos —al estilo de…— son poco habituales en nuestra literatura, la sombra del ciego (su tacto inmenso al tratar al lector con deferencia, haciéndolo partícipe del razonamiento sin humillarlo), remite al sabio, erudito, y no al diletante ahogado en una soberbia efímera.

Las categorías de la enunciación de El sentido olvidado abren secuelas para que fluyan conceptos, relaciones entre ellos, que al decantar hacen al tiempo humano para especulación, puro gesto desesperado. En nuestra autopista actual, una especie de piel mutante que nunca termina de constituirse, también digital (háptica, dispuesta al tacto o a su falta social), el saber está aplanado por la falsa ilusión de reciprocidad democrática o igualitaria. El saber, como el pensar, son actividades que aspiran a lo aristocrático, así el sujeto niegue su origen para diferenciarse del todo, como si el todo no abarcara la mediocridad más absoluta, ágrafa, brutal…

Si en la piel curtida se ejerció la primer escritura, el siguiente rollo humano donde ejercerla es el continuo de un movimiento primitivo hacia el dejar constancia, elaborar una memoria porque el olvido es inminente, una amenaza. Entonces, podemos pensar que la segunda piel es la del lenguaje, mientras que la primera es aquella que perdimos en la placenta. Nuestra imaginación, entonces, es un mal recuerdo de una pérdida… Ahora, el lenguaje como membrana (mediadora) entre la imaginación y la materialidad háptica (la experiencia sensible), es una posibilidad para justificar la dimensión de la experiencia, de la sensación sufrida. En las formas plebeyas (incluso en los proverbios inmortalizados por Brueghel, el viejo) —digo inmortal, como la fotografía y la pintura dejaron el acto de representación para ocupar el lugar del pasado, a secas— se encuentra el magma de la resurrección de la duda: ¿qué era verdad entre tanto horror y terror esparcido entre aquellos que no tenían manejo del lenguaje? La educación, seamos sinceros, es un fenómeno joven, reciente. La humanidad, en toda su historia, fue básicamente ignorante, careció de acceso al conocimiento.

Tal vez Maurette no pensó —o no completó el argumento— sobre la noción de párpado, que es la piel que recubre al ojo, lo protege, le da brillo (lubricación) para seguir percibiendo. No olvidemos que el cine mismo se basa en el fenómeno del parpadeo, por el cual el ojo percibe como continuo un movimiento (por darle una cifra: 24 cuadros por segundo, pueden ser más, o menos, depende del formato fílmico o tecnológico). Por eso es atinente referir a este presente efímero e inestable (como el texto mismo de El sentido olvidado), por el cual lo “digital” (vale decir, lo háptico, el tacto en juego dinámico presente e inmediato) cobra relevancia en todos los ámbitos de lo humano. Al punto que podemos imaginar que en breve una pantalla digital reemplazará a todos los sentidos, o peor, los hará sentir satisfechos sin necesidad de alimento o de concretar un inevitable deseo. La noción de “dispositivo” incluye al de lectura, medio de comunicación (noticias), escritura, cámara (estática o en movimiento, con sonido), música y diálogo instantáneo. Esta intromisión en la privacidad, esta omisión arbitraria del silencio, invasiva de la individualidad del sujeto, enciende una alarma en el campo simbólico: con tres sentidos ensimismados, tecno formados, la deriva es el ostracismo sin paisaje, es el oprobio de la miseria individual sublimada.

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Maurette abre el camino para una serie de cinco libros, uno por cada sentido. Y el misterio para el sexto: donde pueden confluir el horror, el misterio, la maldición, y ese andamio en el que transita la vida al borde del abismo, me refiero al destino. Vuelvo al prólogo de Burucúa. Allí refiere a la colaboración entre Rubens y Brueghel, el viejo. Algo así como un esfuerzo para salir de una época oscura, pérfida y criminal. Hoy vivimos la iluminación exagerada, en demasía, al punto que el atardecer es un suceso sin importancia, que carece de potencia para emocionarnos.

Tengan cuidado. El último amanecer no se anuncia, solamente ocurre. ®

Publicado en: Libros y autores

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