La prueba de las promesas

El olor desnuda

El olor nos desnuda, nos pone en evidencia y saca de nosotros el secreto que está sometido a las insistencias de la ropa. ¿Quién podría negar que es mejor besar y lamer un sexo de aromas delicados que uno de repelentes hedores a basurero de marisquería?

En Vida secreta (Espasa, 2005), uno de los libros más hermosos de Pascal Quignard, el erudito y el narrador se conjugan, y entre sus páginas reflexivas se lee: “No hay desnudez humana. El otro de la fascinación es lo perdido. Cultivados, educados, formados, hablantes; ya no estamos desnudos. Por mucho que quisiéramos, ya no podríamos estar desnudos… El cuerpo humano es el paisaje supremo. El olor es lo que más se acerca al significado del desnudamiento humano. La desnudez es una llamada”.

Uno de los fenómenos civilizatorios que mejor definen al hombre actual es la pérdida de su capacidad olfativa. Olemos lo estrictamente necesario, sólo que nuestros umbrales se han reducido de manera notable. En la mayoría de los casos en beneficio nuestro. ¿Qué haría un individuo actual con una nariz que le permitiera detectar aromas que están a cientos de metros de él? La basura y los desechos reinan por doquier en un planeta devastado por toda clase de poluciones. ¿Qué decir del cuerpo? El siglo XX fue un periodo en que se valoró la higiene, sobre todo en términos de salud. Pasaron los tiempos en que había que asearse el ano con hojas secas o que una joven menstruante debía olvidarse del baño hasta que pasara su periodo. Antes, los hedores flotaban con cinismo, eran parte de un entorno olfativo. Rubén Bonifaz Nuño escribió: “¿Qué golpe venido de qué fantasma de estrella vino a introducirse, desde qué distancia inconmensurable, en los peldaños de esa ínfima y doble escalera de caracol, para mudar el orden llamado natural e injertar el pescado sobre los muslos de la mujer?” Ahora bien, esos aromas naturales quedan sepultados gracias a la higiene que enseñó y otorgó el siglo XX. Ese aroma de bacalao putrefacto asoma en medio de la inmundicia. Esto porque dentro de las enseñanzas del aseo estaba el ocultar aquellos olores que pudieran delatarnos ante el otro. Lavarse las axilas y los genitales formaba parte de lo que se lograba con un simple aguamanil con agua y una toalla. El escritor decimonónico Emile Zolá presumía que él podía olfatear a una pareja de amantes que acababa de tener una relación sexual; bastaba con que se subiera a un tren para que esos efluvios impregnaran su nariz. Esto en los albores del siglo XX. Quignard tiene toda la razón cuando dice, de algún modo, que el olor desnuda. En prisiones europeas les resulta de mayor efectividad el tomar una huella olfativa de los reclusos que la clásica digital. Ya se ha visto que algunos narcos, entre ellos un colombiano atrapado en México, se quemaban con ácido las yemas de los dedos para evitar que se le identificara.

Lo que sobrevive ante todo es una base olfativa, ya que el olor es único e infalsificable. Los libertinos que se complacían en sus conquistas podían elaborar todo un catálogo de olores del sexo femenino. También está claro que unos genitales sin un aseo adecuado tendrán un aroma repugnante. Las bacterias de esta zona corporal actúan con rapidez inaudita, por ello es necesario mantenerlos limpios, salvo gustos peculiares. En el caso de los varones, según dice Piet Vron en La seducción secreta: Psicología del olfato (Tusquets, 1999):

La mayor concentración de androstenos se encuentra asimimismo en las axilas. El sudor en sí es inodoro, pero bacterias como Corynebacterum y Proteus vulgaris transforman ciertos compuestos químicos en androstenos y otras sustancias, lo que a menudo produce un olor penetrante (algunas personas sufren de bromidrosis, un olor anormal a sudor, que puede deberse a la existencia de una cantidad excesiva de estos microorganismos). Hasta ahora han sido identificados cuatro androstenos en el sudor, como la androsterona y su derivado alcohólico, el androstenol. La base inodora de la androsterona es probablemente la testosterona, la hormona sexual masculina. Hay otras sustancias que tal vez intervengan también en la producción de los androstenos, tales como el colesterol, la pregnanolona, la androsterona y la dehidroxi-epi-androsterona. ¿Se aprecian los androstenos? Es un tema que no está claro. El androsteno tiene un olor similar al de la orina, que desagrada a la mayoría de la gente, mientras que el androstenol huele a almizcle y suele agradar.

Por otro lado, está claro que la fetidez de la orina de los hombres va a contrapelo de la sutileza de la micción femenina, aunque, claro está, todo esto depende de muchos factores, sobre todo los alimenticios, o de hábitos como el del tabaquismo. En El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (1990), de Peter Greenaway, el personaje del Ladrón, interpretado por Michel Gambon, recomendaba a su esposa (Helen Mirren) que dejara de fumar porque su orina se volvía amarga y, en consecuencia maloliente.

Uno de los fenómenos civilizatorios que mejor definen al hombre actual es la pérdida de su capacidad olfativa. Olemos lo estrictamente necesario, sólo que nuestros umbrales se han reducido de manera notable.

Los burdeles de baja estofa del XIX padecían con los hedores de pescado podrido que desprendían los sexos de las prostitutas, que, a su vez, debían compartir sus genitales con hombres de penes sucios y olores de esmegma —los restos secos de semen— pútrida. Los cuerpos, y sobre todo la nariz, se adaptaban a esa circunstancia. Algo semejante pasaba con el harem, que en su recelo por mantener la custodia de las mujeres enclaustradas descuidaba algunos aspectos de la higiene corporal femenina, lo que daba un tufo peculiar que se desprendía de los genitales de esas damas, según las crónicas de viajeros de principios del siglo XX.

¿Por qué el olor nos desnuda? Saca de nosotros ese aspecto que podía quedarse oculto bajo la cubierta de la ropa y que al remover esas envolturas entonces fluye sin tregua. Entre los animales está claro que usan el olfato con el objeto de encontrar los mecanismos de atracción para llevar a cabo el apareamiento. Julius Fast y Meredith Bernstein, en Química sexual (Plaza y Janés, 1984), se preguntan:

¿Poseen los seres humanos unas feromonas iguales o semejantes a las de los animales? Esto ha sido objeto de estudios científicos durante muchos años, sin que se haya obtenido respuestas definitivas, aunque la evidencia parece señalar que los seres humanos también las poseen y funcionan. Un amigo nuestro, escritor de ciencia-ficción, nos explicó un argumento en el que intervenían las feromonas. —Presento a este individuo de nuestra época, que retrocede en una maquina del tiempo hasta la Edad Media, y lo que más le disgusta es el olor humano. En aquella época nadie se lavaba, y esto, al principio, le parece horrible, pero a cabo de cierto tiempo empieza a acostumbrarse, y más tarde le gusta y reacciona positivamente a tal olor. “Mi teoría es la de que los seres humanos que no se lavan producen una enorme y poderosa atracción, no sólo sexual, sino en los niveles de amistad, agresión e incluso odio. Algunas personas provocan el odio simplemente por su olor, mientras que otros olores despiertan el amor”. Nuestro amigo nunca llegó a escribir su novela, pero el argumento puede contener la respuesta a la pregunta sobre las feromonas humanas. En la cultura occidental de nuestra época —por lo menos en Estados Unidos— nos lavamos, eliminamos cualquier rastro de olor de nuestros cuerpos y utilizamos desodorantes para limpiarlos todavía más.

Un olor que delata y desnuda es el de las axilas. Las glándulas apocrinas son las culpables de establecer una atmósfera olfativa a través de los vellos. El olor atrae a las bacterias que producen un olor almizclado. Desde luego que el “olor fresco” admite la tolerancia, sobre todo porque una parte de la población usa desodorantes; el problema radica cuando han pasado los días sin una ducha y lo que podía ser agradable se convierte en un estercolero. Debe tenerse en cuenta que el vínculo amoroso permite conocer la “desnudez olfativa del otro” y ligarse a ese olor. Michel Serres, en ese libro maravilloso que es Los cinco sentidos (Taurus, 2002) establece que:

La unión orgánica y rara: especificidad singular, que lleva en mi lenguaje el nombre de amor, ¿cómo conocerla o anudarla sino por una intersección de esta forma, por una circunstancia, estable o inestable, alrededor del estado local de las cosas? He ahí la estrella, ¿cómo reconocerla sino por un aroma, formalmente hablante; cómo reconocerla si no es por un olor, sensorial, sensual, que estalla en todos los sentidos? Amo tu olor y tu espíritu. La emanación de tu cuerpo, en mi idioma, antaño, se llama espíritu. El lenguaje actual, aséptico lo llamaría aroma.

Los amantes reconocen sus olores, los disfrutan y los paladean si vale la expresión. Aparece la embriaguez de lo que exhala un cuerpo trastocado por los hilos del deseo amoroso. Entonces el conjunto de los olores íntimos, incluso los cambios hormonales de acuerdo con la biología femenina, son bienvenidos para el olfato del amante. Mauricio Ortiz, brillantísimo científico y escritor notable, en Del cuerpo (Tusquets, 2001), concluye:

De los olores ajenos ninguno es más fuerte y penetrante y a la vez más delicado que el que viene del amor a través de los genitales. Se impregna por horas y días (es una lata para los adulterios) y en su caso años o vidas, olor a ti, olor a como sabes. Olor de superficie tersa y abruptas profundidades, húmedo, caliente, víbrico.

En el filme Asuntos privados en lugares públicos (2008) de Alain Resnais aparece una escena de celos: la esposa engañada (Fanny Ardant), indignada por la situación, se acerca a su marido (Peter Weller) y lo huele para captar el olor de la otra mujer. Siente ese vaho delator, un aroma que crece y estalla en esas relaciones sostenidas en el engaño. ¿Quién podría olvidar las insistencias del personaje de Teresa al olisquear a su compañero Tomás por sus infidelidades en La insoportable levedad del ser (Tusquets, 1984) de Milan Kundera? En uno de esos párrafos se describe esta acción:

Teresa, a la una y media de la mañana, se metió en el cuarto de baño, se puso la pijama y se acostó junto a Tomás. Dormía. Se inclinó sobre la cara de él y al besarlo notó en su pelo un perfume extraño. Volvió a olerlo otra vez y otra más. Lo olfateó como un perro y entonces comprendió: era el olor de un sexo de mujer.

©Claude Fauville

Páginas adelante, la dama engañada reconfirma sus certidumbres: “Llegó a casa a la una y media. Tomás ya dormía. Su pelo olía a sexo de mujer”. Después lo que era hallazgo se convierte en costumbre: “Estaba mirando a Tomás, pero su mirada no iba dirigida a sus ojos, sino, diez centímetros más arriba, a su pelo que olía a sexo ajeno”.

En el erotismo las elecciones y los descubrimientos son de una naturaleza múltiple. Sus hallazgos tienen el sello de la oportunidad y del encadenamiento que libera. Muchos pondrán objeciones a tal o cual ejercicio, a tal o cual afinidad. Nada de eso importa. La experiencia es subjetiva y se modula de acuerdo con el momento y las circunstancias. Los convencionalismos de la moral o del aseo están fuera de este escenario tan peculiar. En “Macareos”, relato incluido en La marea y otras narraciones (Hiparión, 1977), de André Pieyre de Mandiargues, aparecen estas palabras:

Saber amar es, en primer lugar, haber reconocido que nada es impuro en el momento de la comunicación, en el tiempo de la atracción y en el del contacto. Y es preciso, sin ninguna preocupación higiénica, velar por la pureza del espacio que el relámpago de la comunicación ilumina, conservar purísimo el domicilio del espíritu del amor.

Sirva esto de entrada para entrar en un texto tan polémico como La vida sexual de Catherine M. (Anagrama, 2002), donde Catherine Millet cuenta con singular desenfado algunas de sus experiencias vinculadas al desnudamiento del “otro” a través del olor y del hedor. Ella cuenta sus relaciones eróticas con un intelectual que vivía en un lugar que podría ser un chiquero y cuyo habitante estaba a la altura del sitio:

Fue para mí una fuente jamás agotada de perplejidad comprobar que no debía de realizar el acto elementar de confort y de urbanidad de cepillarse los dientes. Cuando se reía, su labio superior alzaba un telón sobre un emplasto amarillo moteado aquí y allá de puntos negros.

Luego narra que lo primero que le gustaba al personaje es que le acariciaran y le lamieran el ano. Si carecía del aseo dental es de esperarse que tampoco lo tendría en esa otra zona del cuerpo:

Yo remplazaba los dedos con la lengua, luego me deslizaba debajo de él para componer lo que se conoce como un sesenta y nueve… El agudo placer que yo alcanzaba entonces fue también objeto de interrogación recurrente. Follar venciendo toda repugnancia no sólo era rebajarse, sino invirtiendo ese movimiento, elevarse por encima de los prejuicios. Hay quienes transgreden prohibiciones tan poderosas como el incesto. Yo me conformé con no tener que elegir a mis compañeros, fuera cual fuese su número… Y ello a la espera de tener un día encima a un perro adiestrado, cosa que me prometía Eric y que no llegó a realizarse nunca, sin que yo sepa si perdimos la ocasión o si él consideraba que aquello debía permanecer en el terreno de la fabulación.

¿Es posible sentirse atraído por el deseo ante tanta inmundicia? Un simple beso a un personaje con esa costra asquerosa en los dientes aporta un elemento extra a la lujuria? Al menos a la autora del texto le mantenía vivos los ímpetus y nada refrenaba sus búsquedas sexuales.

Más adelante Catherine Millet trata de explicarse su apertura ante la tolerancia por la falta de higiene de algunos de sus compañeros sexuales; ella comenta que siente la

necesidad de suturar el corte entre el interior y el exterior de mi cuerpo y, sin llegar hasta una franca facultad de encontrarme cómoda en la suciedad: algunos rasgos de mi personalidad sexual contienen pequeñas tendencias regresivas.

Esto justifica párrafos como el que sigue:

No me disgusta rozar la decadencia o la abyección, y así como eso alimenta mis fantasmas, y no me repelen los fruncidos de un ano que cosquilleo con la lengua (“¡Hum! Huele a mierda”, me oigo decir, “pero está bueno”), y me he prestado de buena gana al papel de “perra en celo”, así tampoco me repugna, lejos de eso, que me llene los ojos la visión un cuerpo un poquito degradado.

Jean Luc Henning, el gran ensayista francés, en Breve historia del culo (R&B, 1996) acota:

Paul Verlaine hunde la cara dentro (del trasero). En el hueco de todos los huecos del cuerpo, Verlaine está al acecho de olores fermentados, como si se tratara de aguas estancadas recalentadas por el sol. Se sepulta en esa emboscada de tinieblas y perfumes con olor a pimienta. “Estoy lastimado. Me has vencido. / Sólo me quedará tu culo gordo / Tantas veces besado, lamido, olido…” (del libro Mujeres). Se abisma en ese “sudor particular / Que a la vez huele bien y mal, / Seminal y húmedo, culero”. La lengua farfulla y tartamudea en el milagroso agujero, se embriaga con ese olor “agrio y fresco, como de manzana”, se vuelve “alegre, golosa y huracanada, está enamorada”.

Resulta obvio que ese espectro de aromas, de seguro fétidos, quedan alfombrados con los perfumes que otorga el deseo. Catherine Millet y Paul Verlaine, según los comentarios referidos, se rindieron ante la ofrenda del desaseo que se tradujo en vahos eróticos.

En la novela Guía del seductor (Plaza y Janés, 2005), de Edmundo González Llaca, aparecen las siguientes líneas:

La besé en el ombligo y luego en su triángulo maravilloso. Cogí sus nalgas y oprimí su cuerpo contra mi cara. Su intimidad todavía no llegaba a esa descomposición contradictoria, fétida y placentera, del sexo de la mujer adulta.

Otro hito en este itinerario olfativo es el que comenta Cyril Collard en Las noches salvajes (Tusquets, 1989), novela autobiográfica de asombrosa sinceridad, al igual que La vida sexual de Catherine M.; ahí el narrador dice:

Pronto dejé de conformarme con masturbaciones. Reaparecieron mis obsesiones de adolescencia: las braguetas de pantalones ajustados que dibujan la forma del sexo, la orina que moja los calzoncillos… Habitualmente, cuando era noche cerrada, iba a un lugar santo, ávido de martirios. Era una gran galería sostenida por pilares de cemento de sección cuadrada, junto al Sena, en la margen izquierda, entre el Pont de Bercy y el de Austerlitz. Como en la caverna de Platón, la luz sólo se percibía allí por sus reflejos, y los seres por sus sombras. Buscaba hombres viciosos, sexos duros, gestos humillantes, olores fuertes… Tras el orgasmo, justo al río, mancillado, martirizado, me sentía bien, fluido y claro. Transparente.

©Jane Burton

Las apetencias que describe Collard exigían la complicidad olfativa. El desaseo era parte del desafío de esas incursiones clandestinas donde la oscuridad y el anonimato eran parte del juego. Hace ya varias décadas, un director de telenovelas de gran éxito, ahora fallecido por el Mal del Siglo, al hacer la crónica de un viaje a Nueva York contaba sus experiencias dentro del cine “Adonis”. Los homosexuales subían a un segundo piso que integraba una suerte de cuarto oscuro que simulaba la caja de un tráiler. De la mañana hasta la madrugada la democracia de la sexualidad agrupaba a toda clase de participantes en una orgía perpetua. Había desde vagabundos hasta tipos con Ferrari, todos cabían en un espacio de dimensiones reducidas. El director escénico hablaba de los “hedores tórridos”, la pestilencia era una combinación de sudores, eyaculaciones, secreciones y excreciones. Él lo consideraba algo que molestaba al principio para después formar una atmósfera lúbrica. Está claro que todo esto desnudaba a los integrantes de esa gran cópula.

El psicoanalista Theodor Reik, en Las mil facetas del sexo, (Diana, 1971) acotaba que: “Un hombre que va al baño a lavarse los genitales inmediatamente después del coito ofende a su compañera. Una mujer que hace otro tanto no lo ofende”. En otros textos se ha mencionado esa práctica de origen centroeuropeo que consistía en conservar las secreciones de la cópula, de ese modo cuando se diera el caso de ir a orinar, por ejemplo, el hombre olisqueaba sus manos y recuperaba el aroma de su reciente compañera sexual. De esa manera se prolongaban los placeres eróticos aunque era posible que se expusiera el sujeto a una enfermedad venérea.

En el ya mencionado libro La seducción secreta: Psicología del olfato, de Vroon, se establece una paradoja:

Recordemos, por ejemplo, que el olor vaginal no suele agradar a los hombres. Por el contrario, Enrique VIII se enamoró para siempre de María de Cleves tras oler su ropa interior (¿feromonas?), y Goethe confesó en una ocasión que le había robado a la señora Von Stein uno de sus corpiños para poder olerlo a sus anchas. Una sustancia parecida al estradiol fue encontrada en flujos vaginales humanos; se le llamó en consecuencia copulita humana, y se elaboró un proyecto de investigación para comprobar su funcionamiento. Participaron sesenta y dos parejas. Se aplicó en los pechos de las mujeres una friega de copulita, perfume, alcohol o agua. Los resultados no confirmaron la hipótesis: la sustancia no influía en la actividad sexual. Sin embargo, esta investigación no fue lo suficientemente rigurosa.

Los amantes reconocen sus olores, los disfrutan y los paladean si vale la expresión. Aparece la embriaguez de lo que exhala un cuerpo trastocado por los hilos del deseo amoroso. Entonces el conjunto de los olores íntimos, incluso los cambios hormonales de acuerdo con la biología femenina, son bienvenidos para el olfato del amante.

Llega a la memoria el comentario que hacía con frecuencia el ingeniero y coleccionista de arte erótico José Ludlow: “A mí me gusta que las mujeres huelan, que tengan un olor. Si se ponen desodorantes y perfumes acaban con la magia que poseen”. Es un hecho que los vapores sexuales son excitantes hasta cierto punto. Desnudan la intimidad de los participantes. El olfato está listo para recibir una carga aromática que emana de los genitales de la pareja o de los participantes en el acto. Si se rebasa el umbral, es decir, si esos olores aparecen sin que medie una aproximación tan cercana, entonces habrá que decidir hasta qué punto atrae o repele el hecho. Como se ha visto, existen quienes aprecian la contundencia de los aromas que se desprenden de una vagina, de un pene, de un ano. La higiene que sería algo asimilado en términos culturales de pronto salta las trancas y se ubica en otras latitudes. Ya se sabe que Jean Paul Sartre retaba a sus amantes: era desaseado al extremo, su suciedad era consentida y formaba parte de los lujos que podría darse. Feo, bajo de estatura, con olores reconcentrados de sudor y con la ropa interior sucia, según los comentarios de sus cercanos, la inteligencia soberana del pensador francés se colocaba por encima de las “nimiedades” de la higiene. Las mujeres cedían a sus deseos y sus peticiones eróticas se cumplían de manera cabal, sin reticencias. El cuerpo, en ese sentido, parece tener una amplitud ante lo que por lo regular causaría desdén o repugnancia; para otros, el momento de la cópula, una vez iniciada la excitación, es casi imposible detener los augurios del deseo. También está el caso de la actriz francesa Bulle Ogier, personaje protagónica de la Salamandra (1971) de Alan Tanner, que en los festivales cinematográficos era famosa por su desaseo: las uñas con la evidencia de la mugre, el hedor de la ropa de varias puestas y con el sudor acumulado; el golpe olfativo que provocaban sus axilas era mayúsculo. Otros enemigos de la higiene, amantes de sus sudoraciones, han sido los cantantes Joaquín Sabina y Enrique Iglesias.

Podría determinarse que las lecciones de higiene del siglo XX dieron al traste con la contundencia de los olores corporales. El baño diario y el cuidado en el aseo personal ha otorgado a los convidados al banquete sexual una atmósfera menos turbia que la de otros tiempos. Es posible que esa acumulación de secreciones y la persistencia de los hedores masculinos y femeninos fuera un aliciente poderoso. Sólo que la comparación es imposible, sobre todo porque los humanos somos seres de costumbres y en ese momento la sexualidad se llevaba a cabo sin los rigores de hoy. La cuestión es simple: la limpieza era muy relativa.

Entre los ingleses, todavía en los años ochenta, se calculaba que los varones pertenecientes a la clase trabajadora cambiaban su ropa interior con al menos cuatro días de uso; esto provocaba un aumento sensible en la concentración bacteriológica en la zona genital y anal.

En otros países se carece de encuestas. De nueva cuenta puede decirse que el olor nos desnuda, nos pone en evidencia y saca de nosotros el secreto que está sometido a las insistencias de la ropa. ¿Quién podría negar que es mejor besar y lamer un sexo de aromas delicados que uno de repelentes hedores a basurero de marisquería? En fin, cada quien sus aficiones: el olor nos desnuda. ®

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Publicado en: Destacados, Erotismo y pornografía, Febrero 2011

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  • Mstro. De Luna:

    Gran (y documentador) texto. Gracias por las citas bilbliográficas.
    Refresca la animalidad que nos es propia y que el olfato nos actualiza.
    Loados sean los perfumes naturales.
    (Recordé una novela en que se solaza su personaje –un enólogo- , antes que Suskind, en los perfumes femeninos: Florián o el placer de vivir de Antoine S (seudónimo) editado por Robinbook)