La realidad y la ficción, el original y la copia

Copia fiel, de Abbas Kiarostami

Suma y recomposición de elementos presentes en sus filmes anteriores, ambientado esta vez en una Europa meridional que mira hacia el nutrido acervo de su pasado artístico, el último trabajo de Abbas Kiarostami (Teherán, 1940) siembra estupefacción y asombro ante quienes desconocen su trayectoria y, en contraste, admiración y reconocimiento ante quienes han seguido a este renovador del cine que se viene realizando en el Medio Oriente.

Entre ecos del neorrealismo italiano y Luigi Pirandello, iniciaría aquella legendaria Trilogía de Koker, con filmes como ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1984), Y la vida continúa (1991) y A través de los olivos (1994). Desde su primer cortometraje de diez minutos en blanco y negro, El pan y la calle (1970), realizado a los treinta años de edad, el trabajo con actores no profesionales, la narración a través de imágenes (Kiarostami estudió pintura y diseño gráfico en la Universidad de Teherán) y las historias de la vida cotidiana, particularmente en la visión infantil, en este caso con un niño de escuela infeliz y un perro rebelde, signarían su carrera. Copie conforme (Francia-Italia-Bélgica, 2010), traducida al español como copia fiel o copia certificada (certified copy en inglés), es un filme que permite y —de antemano— suscita varias lecturas.

La cinta arranca con la presentación en Italia, en la región de Toscana, más concretamente en la ciudad de Arezzo, de un libro de ensayos que lleva por título Copia fiel, cuyo autor, el británico James Miller (William Schimell), comienza llegando tarde al acto y declarando de entrada que el libro ha gozado de mejor acogida en la culta patria de Dante y Miguel Ángel que en la suya propia. En la vida real, William Schimell es un cantante de ópera, de tesitura barítono, que había colaborado ya con Kiarostami en su puesta en escena de Cosí fan tutte de Mozart, por desgracia más reconocido en el exterior que en Inglaterra. A la presentación del libro, hecha en un sótano de antiquísimos muros, llega una madre (Juliette Binoche) en compañía de su pequeño hijo (Adrian Moore). Binoche había trabajado antes con el realizador iraní en la cinta Shirin (2008), donde se refiere una leyenda persa que se escenifica pero jamás se ve. La madre llega cargada de libros (ejemplares o copias, como se dice en inglés) que pretende que el autor le autografíe. El discurso da inicio con las controvertidas tesis del estudioso, quien pretende que una copia bien hecha y un original tengan un valor equiparable. Este razonamiento, en apariencia abstruso y desligado de la trama del filme, va a convertirse en un tema recurrente de conversación, pues la mujer al día siguiente invita al escritor a hacerle una visita en su tienda de antigüedades. Una de las muchas pistas falsas que contiene este filme. El espectador cree por un momento que es la común profesión, o afición más bien de ambos, la que los hermana. Pronto surgirá un flirteo manifiesto que irá pasando por curiosas transformaciones a lo largo de la cinta.

La fotografía impecable, los encuadres siempre originales, los planos abiertos y las tomas con la cámara fija a un vehículo en movimiento constituyen algunos de los elementos visuales que vuelven atractivo y al mismo tiempo retador este trabajo.

La fotografía impecable, los encuadres siempre originales, los planos abiertos y las tomas con la cámara fija a un vehículo en movimiento constituyen algunos de los elementos visuales que vuelven atractivo y al mismo tiempo retador este trabajo. En la tienda James no quiere quedarse encerrado entre cuatro paredes, pide a su anfitriona que lo saque a pasear. Ella le dice que tiene un auto. Desorganizada, busca las llaves en un cajón a la salida de su casa y todavía al subir al coche debe retirar unos zapatos rojos con tacones altos del asiento del copiloto. En la escena del recorrido los reflejos en los cristales, el paisaje y los personajes incidentales que van dejando atrás se mezclan en la conversación, que quiere ser la de un erudito, cortés y distante, y la de una mujer, madre con un marido ausente, mujer que se basta a sí misma, inteligente, domina su lengua madre, el francés, además de manejar con soltura el inglés y el italiano. La cinta oscila de un idioma a otro, todos ajenos al director por cierto, quien habla únicamente farsi o persa. Los diálogos son sumamente logrados y debieron recibir no sólo la estructuración de un magnífico libretista sino también recoger algunas sugerencias de los intérpretes.

La excursión, al principio sin fin aparente, encamina sus pasos a Lucignano, un poblado en el corazón de la Toscana, con un Museo comunale, que resguarda una copia de una pintura romana, conocida como La gioconda della Toscana. Ahí continúan los extraños escarceos que, ante la confusión de la dueña del café, la protagonista prefiere seguir. La señora cree que son marido y mujer. Le pregunta que cuántos años llevan de matrimonio. Ella responde que quince. Esa inocente broma acaba por confundir la realidad —en la ficción— con la fantasía. Los conflictos de pareja, la figura de un padre irresponsable, una madre que tiene que sobrevivir y un niño que reclama toda la atención son motivos que vuelven una y otra vez en el filme. De nuevo el tema del arte, el original y la copia, surgen con el supuesto valor humano de una estatua colocada en medio de una fuente que representa una pareja de enamorados. Para dirimir la cuestión se hace necesario pedir el parecer de una pareja de ancianos franceses que pasa casualmente por ahí. Él, un hombre muy correcto, se trata nada más y nada menos que de Jean-Claude Carrièrre, guionista de los últimos filmes de Luis Buñuel, y su mujer (Agathe Natanson), asumen el papel de consejeros y casi de padres.

Entre juegos y confusiones semejantes la pareja de presuntos desconocidos acaba en la pensione donde pasaron —al parecer— su primera noche. Ella le pide a él que mire por ambas ventanas y recuerde el panorama. Él no recuerda nada. ¿No se acuerda porque todo es ficción o bien se trata de una realidad que se quiere conscientemente obliterar? Alain Resnais y Antoine Robbe-Grillet, director y guionista, en El año pasado en Marienbad (1961), ese legendario filme experimental, ya habían intentado una historia semejante donde una pareja de extraños se encuentra quienes, en realidad, ya se conocían o bien no es así pero provocan esa impresión. En el caso concreto, Copie conforme permanecerá con un final abierto. Es la interpretación que cada espectador quiera otorgarle. El motivo de la copia fiel aparece en repetidas ocasiones: primero es el tema de la conferencia y el libro, después son algunas piezas de arte en la tienda de antigüedades, en Lucignano es la Musa Polimnia o La gioconda della Toscana, cuando comienza la farsa (o bien en una etapa pretérita y rediviva de la relación), la copia será el vínculo que aclare la semejanza entre el padre y su reputado hijo también sumamente difícil de entender, para concluir, la copia representa quizá la farsa misma o tal vez el pasado vivido de nuevo.

Lo que ha logrado el realizador iraní es más que todo una epistemología estética, un modo de aproximarse a la realidad sumamente refinado, pues pretende entregar al espectador en toda su auténtica complejidad, sin falsearla, aunque sí poetizándola, la vida misma, en un cuadro armonioso de personas, imágenes e ideas.

Con cintas en su haber como El sabor de las cerezas (1991), El viento nos llevará (1999), ABC África (2001), Ten (2002), esta historia en diez episodios que se suceden en un taxi con la cámara fija que toma al chofer y los distintos pasajeros, Five (2004) y Tickets (2005), en colaboración con Ermanno Olmi y Ken Loach, resumen hasta cierto punto la filmografía de Abbas Kiarostami. Su trabajo como director de escena, instalador y artista gráfico merece mención aparte. Copia fiel es un filme hecho de sutilezas, una depuración del mejor enfoque académico, la realización más pulcra, actuaciones verdaderamente logradas (Juliette Binoche obtuvo la Palma de oro en Cannes a la mejor actriz; por su parte, Schimell se convirtió en toda una revelación, ambos son ellos mismos y, sin embargo, también personajes, copias y originales). Este filme es una muestra de lo que un artista formado en una civilización milenaria puede hacer en cualquier otro lugar del mundo. Abbas Kiarostami ha anunciado que su próxima cinta la rodará en Japón. La tradición cultural de Irán no sólo va hasta los persas y los medos, sino más allá hasta los asirios y los sumerios, la cuna misma de la civilización.

Desde el punto de vista de la interpretación o bien el sentido profundo de la cinta, esos juegos con la realidad y la ficción, el original y la copia, la visión típicamente masculina y la femenina, las diversas y contrastantes perspectivas fotográficas, uno es el punto de vista de los agentes o personajes principales, otro es el de los personajes incidentales que conforman el entorno, de ellos está plagado el filme (el público de la conferencia, los paseantes en la calle, los visitantes del museo, la gente del pueblo que atiende los negocios, las diversas parejas de nuovi sposi o recién casados que aparecen con sus atuendos tradicionales para la fotografía, una pareja de novios habla de hecho con los protagonistas, quienes los compadecen por no saber las asperezas y pruebas que los aguardan, está también el matrimonio de viejos, la señora del café, el camarero del restaurante que acaba exasperando a James y, en fin, el viejo encargado de la pensión, de quien sólo se oye la voz). Todos ellos y especialmente quizá el primero, con ecos de los trabajos iniciales de su carrera con niños, es el pequeño y en apariencia caótico hijo de la madre, quien la cuestiona sobre sus verdaderas intenciones al asistir a aquella presentación de libro, si se había expresado mal de la obra y criticado con dureza la visión del autor. “¿Por qué no quisiste que en la dedicatoria de mi ejemplar pusiera el autor mi apellido? ¡Yo también tengo uno como todo el mundo!” Todos estos detalles también narran la historia y parecen hacer hincapié en que las declaraciones u opiniones de los personajes principales no son más que una parte del todo, lo demás es el contexto, el ambiente. Sentido elusivo, sutil, in modo obliquo, el que Kiarostami debió usar en las películas hechas en su país, a contrapelo de un régimen autoritario y fundamentalista, siempre sediento de víctimas, especialmente creadores de ideas perniciosas. Lo que ha logrado el realizador iraní es más que todo una epistemología estética, un modo de aproximarse a la realidad sumamente refinado, pues pretende entregar al espectador en toda su auténtica complejidad, sin falsearla, aunque sí poetizándola, la vida misma, en un cuadro armonioso de personas, imágenes e ideas. La complejidad de las relaciones de pareja, sobre todo con el correr de los años. Los distintos lenguajes e idiomas de los protagonistas ponen aún más de realce la difícil comprensión mutua. ®

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Publicado en: Cine, Febrero 2012


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