La resaca de una civilización enloquecida

La destrucción de la memoria y de la historia

Lo que no saben estos imbéciles es que convirtieron esas bellas piezas históricas en arte conceptual. Y el arte es lo más difícil de borrar. Eso es una verdad histórica. Ni siquiera reflexionaron en que su bestialidad es una obra de arte en sí misma.

La destrucción de la historia. Fotografía © AP.

La destrucción de la historia. Fotografía © AP.

El 26 de febrero unos miembros del autoproclamado Estado Islámico (de Irak y Siria: ISIS por sus siglas en inglés) irrumpieron en el museo de la ciudad de Mosul, al norte de Bagdad, y destruyeron invaluables piezas históricas, obras de arte pertenecientes a la civilización sumeria, la más antigua cultura de la que se tiene registro, con vestigios que datan de tres mil años antes de Cristo. El motivo declarado de la destrucción es que se trataba de obras de arte paganas, falsedades que preceden a la venida del Profeta.

Lo que sabemos de los hechos es básicamente por un video que los propios perpetradores del crimen grabaron e hicieron circular en donde se muestran derribando, rompiendo con mazos, taladrando. La noticia apareció en el Times y en Al Jazeera y en minutos se volvió una nota internacional de primera importancia. El director del Museo Metropolitano de Nueva York inmediatamente se pronunció condenando el hecho. El escándalo, la indignación, la tristeza y la rabia. Lo sorprendente es que a los miembros del ISIS, en otro más de sus estrambóticos afanes paradojales por conquistar la trascendencia, se les ocurrió grabar y transmitir algo que en principio debía ser una condena al olvido, transfigurando así el significado de manifestaciones de civilizaciones cuyo sentido hace siglos se extravió, condenándolo a un silencio ensordecedor y sin fin, el de la roca devastada fragmentándose, el taladro reverberando con la violencia de una ideología ciega para siempre en el futuro.

La destrucción de este fragmento de la memoria de Sumeria ha sido y sigue siendo presenciada y discutida por todo el globo. El poeta Horacio Warpola compartió el video en su perfil de Facebook y comentó:

Lo que no saben estos imbéciles es que convirtieron esas bellas piezas históricas en arte conceptual. Y el arte es lo más difícil de borrar. Eso es una verdad histórica. Ni siquiera reflexionaron en que su bestialidad es una obra de arte en sí misma. También nos recordaron que de la destrucción viene una transformación, y que la ignorancia a veces produce una ineluctable belleza involuntaria. Ver 3000 años desaparecer en minutos [sic] es la gran metáfora del arte y la tecnología de nuestro tiempo. Es el enojo, es la tristeza, es el absurdo, es la resaca de una civilización enloquecida.

Destruir una obra de arte, algo tan parecido a un objeto con vida propia, objetos que en este caso han vivido más de cinco mil años, destruir esa vida en instantes y registrarlo, es un acto estético de profundidad inaudita. El incendio de Alejandría y su biblioteca es un conocimiento fantasma que no ha dejado de perseguirnos; las obras de arte de Emil Nolde, el Cristo Crucificado de Ludwig Gies, destruidos a manos del Tercer Reich, son recordados por las fotografías que nos quedan y tal vez están más presentes que si aún estuvieran entre nosotros. Los vándalos demostraron un talento muy superior al de los hermanos Chapman cuando éstos compraron una edición de los grabados de Goya (los Desastres de la guerra) para “corregirlos”, dibujándoles encima caricaturas grotescas en un soberano acto de impotencia artística. Pero la iconoclasia del ISIS no tiene precedentes. Hitler destruyó apenas una pequeña parte de la Vanguardia (tal vez porque tenía planes de venderla), la Iglesia de Bizancio destruyó imágenes que es difícil que se haya tratado de obras maestras (es muy probable que se haya tratado más bien de imágenes parroquiales para el culto), en tanto que a lo que ISIS aspira es a borrar del mapa todo lo anterior a la Gran Venida del Profeta (la implicación homoerótica no se pierde en las expresiones de ninguna organización radicalmente viril).

Dos hermanos, uno filósofo y otro terrorista; el símbolo de una oposición que se encuentra ahora frente a frente. Es una señal portentosa que los nacidos en la llamada Cuna de la Civilización decidan destruir su pasado ancestral, es una señal ominosa para el concepto de civilización en general.

A principios de marzo el Ministerio de Turismo y Antigüedades de Iraq anunció que miembros del ISIS entraron a las ruinas de tres ciudades, entre ellas Nimrud y Hatra, antigua ciudad fortificada que resistió el sitio de una invasión romana, para destruir cuanto fue posible, pero sin prisas, industriosos, sistemáticos, con bulldozers y maquinaria pesada. Esto no es un arrebato, un explosivo desenfreno extático religioso, es un plan calculado, que requiere recursos e infraestructura.

El pasado 18 de marzo, en Túnez, el horizonte del que se desprendiera la optimista Primavera Árabe, y el único país donde esa primavera no terminó en masacres públicas restauradoras de un régimen igual o más autoritario que los anteriores, sino en un exitoso pasaje al sistema democrático, dos hombres entraron al museo Bardo y abrieron fuego contra los asistentes. Los “Soldados del Califato”, un grupo asociado al ISIS, se hizo responsable por el ataque, y amenazó con escalar la violencia contra los civiles. El museo Bardo acababa justamente de finalizar una colaboración de seis años con el Louvre para restaurar sus piezas del antiguo imperio romano. Uno de los terroristas, asesinado durante el ataque, era hermano de un estudiante de filosofía que precisamente en ese momento se manifestaba contra el terrorismo en otra parte de la ciudad.

Dos hermanos, uno filósofo y otro terrorista; el símbolo de una oposición que se encuentra ahora frente a frente. Es una señal portentosa que los nacidos en la llamada Cuna de la Civilización decidan destruir su pasado ancestral, es una señal ominosa para el concepto de civilización en general, y creo que la formulación de Warpola es precisa: si es así, si la destrucción de obras de arte histórico a manos de terroristas es una inadvertida manifestación estética, significa que el arte contemporáneo, el que nos corresponde y refleja, concentra el recuerdo en una especie de memoria sin pasado, una memoria sin objetos físicos, la pura permanencia fantasmal de la idea, y cabe la posibilidad de que se trate también de la otra dimensión del arte contemporáneo, la que consiste en un gesto frívolo sobrecargado de nada, como el de los hermanos Chapman; la vanidosa impotencia de pensarse en la cumbre de la Historia y con la autoridad de actuar a capricho con base en una ególatra inspiración divina, cuyo precio es regularmente la destrucción del pasado en sacrificio de un presente yermo, donde los dioses hace mucho se despidieron.

Por más lejano que se encuentre, el conflicto de Medio Oriente representa el estado actual de Occidente y lo occidentalizado, y en esto es plenamente contemporáneo, así los del ISIS se presenten como una ideología y una estética sin edad y fuera del tiempo. La ubicuidad de su rabiosa existencia es un síntoma de Occidente, en sentido simbólico y estrictamente político y económico, desde que, como sostienen algunos analistas, su movimiento fue posible gracias a la política exterior estadounidense y de algunos países europeos. Estas imágenes de barbarie muy bien pueden ser, al contrario de lo que se podría pensar, un signo culminante de una civilización que, metamorfoseada y obsesionada con el olvido, hizo de la memoria uno de sus conceptos fundamentales. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas


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