La señora de las palabras perdidas

“No me gusta hablar de los muertos”

De sonrisa coqueta y ojos amables, Ofelia saluda a todos los que pasan por la banqueta en la que descansa. Tirada de panza o sentada estirando los pies, le pide a todo aquel que pasa una moneda para comprar comida. Algunas veces, cuando su mente está lejos de ella, le grita incoherencias a los transeúntes.

Vivir en la calle.

Vivir en la calle.

Incoherente en su razonamiento, en sus palabras, perdida en un mundo que no la entiende, la señora Lorena Ofelia Sandoval Fuentes vive en las calles de la colonia El Mante, al sur del municipio de Zapopan. Duerme todos los días expuesta a los caprichos del clima, resguardada entre una cobija desgastada, bolsas de plástico (“por si acaso”, “me podría ser útil”, “lo necesitaré más tarde”) y un par de cobijas y ropa vieja como almohadas.

Las huellas de la indigencia se han ido ensañando con su cuerpo, la mugre acumulada forma manchas negras en su piel. Los pies y las manos son los más dañados, marcados por grietas blancuzcas que desembocan en uñas negras por la tierra acumulada, y que fácilmente podrían sacarle un ojo a cualquiera.

De sonrisa coqueta y ojos amables, Ofelia saluda a todos los que pasan por la banqueta en la que descansa. Tirada de panza o sentada estirando los pies, le pide a todo aquel que pasa una moneda para comprar comida. Algunas veces, cuando su mente está lejos de ella, le grita incoherencias a los transeúntes. Algunos se ríen, otros sólo agachan la cabeza, los más explosivos le contestan con alguna grosería.

“Aquí nadie me molesta y los vecinos son buenos, sólo una vez una mujer me gritó cuando estaba orinando en el basurerito, me dijo que ya que había orinado por lo menos me quitara las pantaletas, pero de ahí en más nadie me ha regañado”. Muchos de los vecinos ya la consideran al momento de repartir la comida, algunos le regalan fruta, otros agua o refrescos y a veces “el Negro”, el taquero de la cuadra, le regala una torta. “Hoy en la mañanita me dieron agua y con unos pesos me compré un pan de chocolate y una fantita, hoy sólo he comido eso, pero no tengo mucha hambre, mejor quiero un cigarrito”.

“Hoy en la mañanita me dieron agua y con unos pesos me compré un pan de chocolate y una fantita, hoy sólo he comido eso, pero no tengo mucha hambre, mejor quiero un cigarrito”.

“A mi amiga Esther le hacía daño el pan, decía que le brincaban los ojos, yo creo que era la azúcar. Como que se los comía muy rápido no dejaba para otro día”. Al preguntarle por su amiga responde: “No sé, Esteban la dejó en otro lado”. ¿En dónde?, le pregunto, y ella contesta: “En Las Palmas”. ¿Y dónde están Las Palmas?, vuelvo a preguntar. Ella, confundida, señala primero hacia el norte y luego hacia el sur sin encontrar ubicación. “Allá, para donde está un puente grande”.

Me sorprendió que por primera vez su rostro dejara de sonreír al hablar de Las Palmas. ¿Dónde están Las Palmas?, le pregunto de nuevo para averiguar si podía contestarme con relativa coherencia, pero no contesta, o más bien no sabe contestarme. Me dice que un tal Esteban Ramírez la había dejado en otra colonia, pero que a ella le había dado miedo cruzar el puente y que así había llegado al Mante, caminando.

Le pido que me cuente cómo llegó hasta ahí: “A mí me recogió una patrulla, de ésas que recogen mugrositos. Esteban me llevó a Las Palmas y allí estaba mi amiga Esther. Nos dijeron: Pónganse a barrer si quieren ganarse un taco, pero alguien donó un pan para mi amiga y para mí, yo le pregunté a Esteban que si también había pan para las demás, él me dijo que no me preocupara y que siguiera comiendo”.

“A mí me recogió una patrulla, de ésas que recogen mugrositos. Esteban me llevó a Las Palmas y allí estaba mi amiga Esther. Nos dijeron: Pónganse a barrer si quieren ganarse un taco…”

¿Cómo había llegado realmente a esta banqueta? ¿Quién era Esteban? ¿Serán reales o tan sólo personajes de su mente? Su acento norteño podría ser una pista sobre su origen, por lo que me animo a preguntar si recuerda dónde están sus papás. Antes de terminar la pregunta contesta: “Sí, a mis papás los extraño mucho, pero ellos están bien en el Guamúchil”.

“Tengo la mala suerte de tener muchos enemigos y encontrármelos siempre”, dice Ofelia con una cara de susto. Repite: “En Las Palmas tenía muchos enemigos pero yo no los buscaba”. Hace una pausa y sigue: “Aquí el señor me dijo: Estate unas cuatro horas en la banqueta y después vete para la otra, para que no te hagan nada, pero no tengo miedo”, dice. “Pero me voy porque allá está más a gusto y me dan más cosas”.

Paradójicamente, la Casa Albergue para el Desarrollo Integral de Personas en Situación de Indigencia no tiene un registro de esas personas en Jalisco, aunque publica en su portal de internet que se tiene que cumplir con ciertos requisitos para ser considerado una persona “en estado de calle”; uno de ellos es no contar con problemas psiquiátricos, por lo que Ofelia no puede aspirar a la ayuda que proporciona esa institución. Al igual que otras instituciones en el estado, ésta limita sus programas para indigentes a la temporada de invierno, como si solamente existieran en esa época.

Ofelia me pregunta: “¿Sabes si Esteban va a venir?” Le contesto que no lo conozco, pero ella sigue con su historia: “Cuando estaba en Las Palmas nos bañaban con agua fría; un día a mi amiga Esther la mató una de sus enemigas”. En ese momento mira al cielo y dice: “Me dan muchos escalofríos porque no me gusta hablar de los muertos”. Trata de persignarse pero sus movimientos no corresponden a los de la señal religiosa. Con sus palabras perdidas, perdida en un mundo que no la entiende, Ofelia me deja pensado si sus historias son producto de su mente o de una horrible experiencia. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2013


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