La sombra erguida

uno

A fines de otoño regresé al occidente. Hacía justamente un año que no pisaba la tierra de mis antepasados, los orígenes de mi abuelo paterno, aquel hombre de ojos claros que un día empezó a cargar los años sobre el lomo como el Pípila cargó la losa en los libros de texto gratuito. El pretexto para el viaje de cinco horas fue, una vez más, la exposición y venta de libros. La promesa de encontrar amigos viejos y nuevos, la confianza del regreso con la mochila llena de novedades para entregar antes de los días fríos nublados y ventosos. Por eso fui y regresé en un viaje y estancia de seis días.

dos

A aquella ciudad llegué un día antes: desde el año 2009 decidía viajar 24 horas previas a la vendimia. Quise evitar alojarme em uma posada en el perímetro de la central camionera; quise darme tiempo para encontrar el mesón higiénico, amplio y soleado lo más cercano a mi presupuesto; quise encontrar la brújula y el norte de las arterias que confluyen en la Plaza Mayor; la serie de tranvías y diligencias que van y vienen del lugar de mi interés. Antes del almuerzo ya estaba en el mesón indicado. Tenía la tarde casi completa para mí. Pregunté dónde y entré en un cyber: ahí despaché un par de recados menos lentos que los escritos en Clave Morse por Villa a su Estado Mayor. Saló del lugar y me planté en el marco de la entrada: acababa de encender un Delicados de tabacos rubios y, justo enfrente, vi el negocio con el rótulo de Iridólogo. Apagué el cigarro, crucé Madero y entré.

tres

Entre los quince y los diecisiete años de edad hice algunos ensayos para huir de casa. Uno de los ejercicios fue mi arribo a esa ciudad que me llamaba; sin yo saberlo, tierra de mi tata. Alló estuve en dos o tres casas por referencias de amigos que se habían aventurado conmigo. Hasta que ellos desisitieron y regresaron a La Laguna, de donde nos habíamos ido. La vagancia me llevó a guarecerme de la noche en los parques, a recibir invitaciones de última hora a hoteles de marquesinas apagadas y cobertores luidos, a humedades presentidas, a meriendas pospuestas una y otra vez. A despedidas no formuladas tête à tête, al Buenos días en ayunas. En esa ciudad vi una película de Jodorovsky, La montaña sagrada.

Creo que la novedad de los anteojos marcó el fin de una etapa en mi vida pues a partir de ahí se redujo mi capacidad de desplazamiento y que había que evitar la pérdida del equilibrio y la vista a un tiempo.

Aquí es preciso aclarar que en ese entonces yo todavía no llevaba lentes, que éstos me los impuso el optometrista mientras trabajaba en la antigua Casa de España en México, y eso hasta un poco antes de mi renuncia al cargo que tuve en el departamento editorial. Creo que la novedad de los anteojos marcó el fin de una etapa en mi vida pues a partir de ahí se redujo mi capacidad de desplazamiento y que había que evitar la pérdida del equilibrio y la vista a un tiempo. Y aunque eran irrompibles había que cuidarlos de rayones. Con todo y eso, una madrugada, en una cervecería de Monterrey un parroquiano me los quitó antes de sellarme un ojo de un madrazo: nomás por mi necedad.

cuatro

Sería 1995 o un año antes cuando te propusiste buscar datos de la rama paterna: las cuestión era saber si hubo muertos en esa franja familiar por aborto inducido, accidental o por anomalía orgánica. Francisco tuvo un hermano, muerto a los dieciséis años de edad, pero nadie sabóa nada de criaturas no nacidas. Así supiste que el abuelo había llegado de Jalisco a Zacatecas, donde se asentó y formó familia. Por otra parte, ambos pueblos se enlazan como se hermanan dos palmas al trenzar los dedos, al encabalgarlos cuando el propietario anda pesaroso, con el corazón nublado o con la intención de meditar sobre una catástrofe en ciernes. Por eso hay corazones de Huejúcar que se encrespan de un culo vecino, o viceversa. Por eso hay bandas de forajidos que atraviesan fronteras imaginarias de allá para acá. Entonces, volver al occidente es como atender un conjuro secreto, un volver sobre los pasos de uno mismo por caminos ya trillados, por donde una vez alguien ya anduvo, ya vino y fue. Es porque alguno, como Hanzel y Gretel, dejó pistas para evitar la pérdida del norte, del cauce, del hilo.

cinco

Así que el nuevo técnico me encontró irregularidades aquí, allá y acullá: salí de la consulta con seis envases de cápsulas, obleas y pastillas elaboradas a base de herbolaria que se da en abundancia en el clima templado y llovedor de occidente. De esto hace ya dos meses…

No era la primera vez que decidía el auscultamiento con un iridólogo. El especialista anterior era de Morelos y estaba aquí en un encuentro de herbolaria, me había enderezado la sombra a base de suplementos alimenticios y vitaminas que requería mi organismo. Me prescribió unas gotas a base de extracto de lima que no conseguí ni en el mercado de Sonora. Cuando le hablé a Cuernavaca él se percató que sólo se elabora en Morelos. Pero no fui. Así que el nuevo técnico me encontró irregularidades aquí, allá y acullá: salí de la consulta con seis envases de cápsulas, obleas y pastillas elaboradas a base de herbolaria que se da en abundancia en el clima templado y llovedor de occidente. De esto hace ya dos meses…

seis

Tardé mucho tiempo en dedicarle atención a mis pies. Nací con los pies planos, creo que es por herencia familiar y, por lo mismo, tengo salidos los metatarsos. En Torreón encontré a un médico que me los atendía, salía del consultorio con parches en cada uña y en cada callo extirpado. Fue necesario que asistiera una buena temporada con una maestra que impartía clases de gimnasia reductiva para comenzar a darle atención a mis extremidades inferiores. No me gustaba que una compañera del trabajo me dijese que tenía pies de hamburguesa, cuando caminaba mucho, me fatigaba —por sobrepeso— y por la ausencia de arco. El médico de Torreón me ofreció un par de plantillas metálicas, que al paso del tiempo se quebraron. No fue sino hasta hace unos tres años que, en un viaje a la Ciudad de México, fui a un negocio especializado, me hicieron las plantillas que requería conforme a un molde que me sacaron de cada planta. Así, con la ayuda de una podóloga, conseguí que ya no me retoñasen las callosidades de las plantas a base de disciplina en el uso de las famosas plantillas. Y aunque aún tardo en domar un par de zapatos nuevos, esto es, amoldarlos a mis extremidades, camino más y me canso menos. Que el Señor guarde muchos años a mi podóloga. ®

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Publicado en: Febrero 2012, Narrativa


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  • Andrea

    Lo he leido….

    y no se como llamarle a tu estilo.. ciertamente no es tan agresivo
    como mi querido Ibarguen…pero por ahi vas… aunque quizas más dulce
    pero no por ello menos entretenido…

    me clavo leyendote sin que pueda despegar mis ojos de las letras…

    eres un buen tejedor de frases y tus historias aunque realmente
    comunes las haces muy especiales…

    a menudo pienso en esa forma de escribir en lo que importa no es lo
    que digas sino como lo digas…

    me agradan tus textos y por favor sigue compartiendo….

    siempre dibujan una sonrisa en mi rostro : D

    saludos acalorados desde esta bendita tierra adoptiva…

    andrea.