LA TENTACIÓN DE LA JUVENTUD

La medicina antienvejecimiento

¿Vulgar? ¿Tal vez incómoda? Y desde luego poco querida como perturbador prolegómeno de la muerte. La vejez siempre ha sido un asunto, cuando menos, feo. Como decía la voz de Oscar Wilde en su Retrato de Dorian Gray: “La juventud es lo único que vale realmente la pena”. Un punto de vista.

Ya hubiera querido Dorian Gray vivir en nuestros días sin tener que soportar la desagradable visión de su cuadro en decrepitud. Los deseos por controlar la pócima de la juventud tienen numerosos ejemplos que van desde el Santo Grial al elixir que preparaban los lamas para lograr la vida eterna: un brebaje hecho de cuerpos en putrefacción que se habían dejado morir de hambre. Tal cual.

Pero lo cierto es que, según profesan cada vez más científicos, con críticas fervientes desde muchos flancos, la promesa de longevidad en plenas facultades es hoy más tangible. Como un Midas posmoderno, la nueva disciplina de la medicina antienvejecimiento viene haciendo oro de todo lo que toca y es la fuente de un negocio que suelta caudales de dólares año tras año. Y esto sin entrar a considerar la cirugía estética.

Las cifras hablan por sí solas. El mercado estadounidense de productos y servicios antiaging movió en 2005 más de 45.5 mil millones de dólares. Se trata de un mercado que crece a un ritmo de 9.5% anual, lo que significa que en 2009 el monto ascendería a 72 mil millones de dólares sólo en el país vecino, según estima la compañía de estudios de mercado Business Comunnication Company (BBC —a no confundir con la magnánima cadena británica).

Si en 1993 abría sus puertas la Academia Estadounidense de la Medicina Antienvejecimiento (A4M) con doce miembros, hoy son más de 16,500 en ochenta países. Además, la sociedad entrena a unos 30 mil doctores al año, de los que se calcula que la mayoría montan consulta desde donde atienden entre diez y cien pacientes cada uno.

Mientras, el monstruo no deja de crecer, cada vez más médicos se echan las manos a la cabeza por la temeridad que acarrean las afirmaciones de que la posibilidad de parar e incluso corregir la vejez sea aquí y ahora. Una de las líneas de tratamiento más seguidas (y también perseguidas) es la del tratamiento hormonal que va desde el uso de la hormona del crecimiento (que decrece a partir de los treinta años) al uso de otras muy conocidas entre los deportistas de fondo como la EPO o la DHEA.

Un profesor de la Universidad de Ohio, Jay Olshansky, acérrimo opositor a la vida y milagros de la llamada medicina antiaging, dice que “parece poco realista determinar el aumento de la esperanza de vida en humanos a los 150 años, tal y como apuntan los emprendedores antienvejecimiento”.

El profesor, que firmó un manifiesto aparecido en 2003 en Scientific American, ha afirmado que “los empresarios antienvejecimiento están tomando ventaja a los científicos legítimos, al apropiarse de nuestras investigaciones, exagerando nuestros hallazgos y vendiendo sus pócimas al público con la proclama de que hay ciencia detrás de ellas”.

Ese manifiesto del Scientific American, “No Truth to the Fountain of Youth” (algo como Sin evidencias para la fuente de la juventud), apuntaba que “aunque hay razones para pensar que los progresos continuos en salud pública y ciencias biomédicas contribuirán en el futuro a vidas más sanas y largas, los productos que se están vendiendo no han demostrado científicamente su eficacia”.

Sin embargo, hay vías de investigación en las que coincide gran parte de la comunidad científica. La dieta de restricción calórica, cuya veracidad ha sido auspiciada por Science, se cuenta entre ellas. Experimentos con roedores, realizados desde 1987, demuestran que una restricción en la ingesta de azúcares y la manipulación de la insulina y el IGF-1 puede provocar una extensión de hasta 30%. La vida saludable no suele caerle mal a nadie.

Si hoy la esperanza de vida en los países desarrollados es treinta años mayor que a principios de siglo XX —con aumentos tan espectaculares como el de las mujeres en Japón, donde han pasado de los 36.9 años en 1900 a los 81.1 de la actualidad—, los defensores de la medicina antienvejecimiento no dudan al decir que en quince años no será difícil que las nuevas generaciones alcancen los 122 años con que Jeanne Calment, fallecida en 1997, batió el récord de longevidad del ser humano.

Siempre hay hueco para mayor optimismo. Aubrey Degrey, de la Universidad de Cambridge, se pone radical al decir que “envejecer es un fenómeno barbárico que no debería ser tolerado en una sociedad civilizada”. Así de claro. Su fe es tal que afirma que el ser humano llegará “a una media de mil años eliminando las enfermedades relacionadas con el envejecimiento y manteniendo la vitalidad”. El profesor se atreve con más y dice que en el año 2100 la expectativa de vida al nacer será de cinco mil años, basándose “no sólo en los descubrimientos antienvejecimiento sino en los cambios tecnológicos”. Tal vez suceda como en las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, en que los ilusos terrícolas llegaban a Marte y encontraban a sus familiares gozando de su bonus track. Malo que todo fuera un mero juego de hipnosis.

Degrey, como otros médicos entre los que se cuentan los cofundadores de la A4M, Robert Goldman y Ronald Klatz, se basan no sólo en la dieta no calórica, los antioxidantes o la cuestionada sustitución hormonal, cuyos efectos secundarios no están aún demasiado claros, para pronosticar una juventud casi interminable. Con una secuencia de ADN más cerca de conocerse por completo y las esperanzas depositadas en los tratamientos con células madre, la ciencia avanza hacia una vida más larga y de mayor calidad. Pero la especulación científica puede con más, y que en un futuro no demasiado lejano los latidos humanos sean los de un corazón de cerdo o que un nanodispositivo libere las hormonas que se vayan necesitando para recompensar el paso de los años es hoy carne de escrito de los científicos más entusiastas.

Por lo pronto, y tal y como editó National Geographic de noviembre de 2005, las claves más certeras de una juventud más larga, o al menos una vejez más ágil y digna, hay que buscarlas en lugares tan remotos entre sí como la isla de Okinawa en Japón, Cerdeña en Italia o Loma Linda en California. Sin ungüentos de última generación ni jeringas de hormonas los habitantes de esos tres lugares tienen a demógrafos y gerontólogos con la boca abierta.

En Okinawa sus habitantes mantienen amistades duraderas, comen pequeñas porciones de comida, sobre todo verduras, y buscan motivaciones en la vida, lo que, entre otros factores, ha permitido que la expectativa de vida llegue a los 86 años en las mujeres; entre los sardos beber vino tinto con moderación, compartir las cargas de trabajo en la familia y el consumo de queso pecorino, rico en Omega 3, ha contribuido a que 91 de las 17,865 personas nacidas entre 1880 y 1900 hayan cumplido los cien años (más del doble que en el resto de Italia), y para los adventistas de California comer nueces y frijoles, cultivar la fe y cumplir con el shabat, jornada de sacralidad y distensión que les permite liberar estrés, ha sido clave para que vivan de entre cuatro y diez años más que el californiano promedio. Todos han desterrado los cigarrillos, mantienen una vida activa con fuertes lazos sociales y comen verduras y granos enteros, según la misma publicación.

Lo que no se debe olvidar es que si los países desarrollados empiezan a tener problemas con una población cada vez más entrada en años, el gasto en pensiones con una población que viva una media de 150 años se dispararía. ¿O pondremos a trabajar a un joven de 105 años?

De cualquier forma, los babyboomers y su desenfrenada mistificación de la juventud, acompañada de la visión de la vejez como una enfermedad, han dado el impulso definitivo al acelere a ritmo de probeta en la carrera para retardar el envejecimiento. Los avances en la ciencia han dado esperanzas a un anhelo tan viejo como el ser humano. El santo Grial que todo lo cura está hoy más cerca.

Tal vez lo más fiable sea el consejo que daba Lord Henry a la Duquesa de Harley: “¿Puede usted recordar un error que haya cometido en sus jóvenes años, duquesa?… Entonces, cométalos otra vez. Para revivir la juventud no hay más que revivir sus locuras”. Amén. ®

[Publicado originalmente en Replicante no. 8, “Sólo ciencia”, verano de 2008.]
Archivado en Hemeroteca, Octubre 2010

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