La traición de la balanza

Justicia, de Gerardo Laveaga

Laveaga no se extiende en contarnos el decálogo de razones por las cuales la justicia debería traducirse en una ley que nos tratara igual, y tampoco nos vocifera al oído que la justicia debería ser un ideal protagónico para una ciudadanía desconfiada. Laveaga es un novelista con trazas de pedagogo jurídico.

La justicia se negocia. La justicia es mediática. La justicia es relativa. Éstas son las tres máximas que Gerardo Laveaga (1963) se explaya en contarnos en su novela Justicia, publicada por Alfaguara y que ya circula en librerías. La historia comienza cuando se descubre que a una estudiante de la secundaria “Ernestina Salinas” le han roto el cuello y le han pintado en su uniforme la palabra “puta” con bilé morado. El cadáver aparece en un discurso del jefe de Gobierno del Distrito Federal y es labor del procurador Ballesteros —antes incólume académico, hoy sagaz funcionario— investigar qué ha sucedido. Emilia, la protagonista, es una estudiante de Derecho que confía en el equilibrio normativo, en la protección constitucional, en la igualdad ante la ley. Pero, al igual que Ballesteros, sus ideales van cayendo conforme contrasta los códigos con su aplicación real y las prácticas ministeriales y administrativas con lo debido. La amplitud de miras de la novela le permite abarcar el espectro completo de incoherencias legales, supuraciones normativas, opacidades procesales. El sistema de leyes mexicano es un ideal cansado que se mantiene por la inercia del juego procesal y por la ficticia autoridad judicial.

Laveaga no se extiende en contarnos el decálogo de razones por las cuales la justicia debería traducirse en una ley que nos tratara igual, y tampoco nos vocifera al oído que la justicia debería ser un ideal protagónico para una ciudadanía desconfiada. Laveaga es un novelista con trazas de pedagogo jurídico. El autor se sube al púlpito para exponer. Y traza. Dibuja. Señala sin miramientos. Cada uno de los personajes tiene claras las motivaciones para que un juez dicte determinada sentencia; para que un secretario de Estado coaccione al Ministerio Público; para que un abogado se incline ante su cliente. Es, en este sentido, una llamarada que alumbra: aquel que ha tenido algún contacto con el universo de las leyes va a ruborizarse, identificarse o asentir. La gran virtud de Justicia radica en su similitud con la práctica, pues es una novela-denuncia; una crónica de la inverosimilitud de nuestro sistema de leyes; una historia que le toca la mano a la realidad.

Laveaga le confiere a lo novelesco creíbles brochazos de lo ambivalente: por un lado la protesta ciudadana de atrapar a los culpables; por el otro, el atropello indiscriminado de los derechos fundamentales. Cualquiera podría decir que esto no debería confrontarse. Y puede tener razón, pero eso no importa, y es que Justicia sólo se aboca a poner sobre la mesa lo que sucede, sin tomar postura.

Y es, en última instancia, una novela de la vulnerabilidad, la coincidencia teórica entre un Leviatán corrupto y un ideal manoseado. Y Laveaga nos dice: el sistema de justicia permite el atraso indiscriminado en un proceso: “Aprendiste que, dentro de un juicio, un abogado diestro puede provocar muchos pequeños juicios y conseguir que el problema principal no se resuelva nunca, cuando así convenga a su cliente”; también: el sistema de justicia consiste en la eterna pugna entre un debido proceso y la certeza de tener al culpable: “Mira […], te confieso que no le entiendo bien a eso del debido proceso y de los derechos humanos. No soy abogado. Lo que sí me queda claro es que los granujas deben estar en prisión y las personas decentes tienen que estar en libertad”; por último: el sistema de justicia excluye a quien no puede pagarlo: “Contra lo que pensó en un principio, le parecía insufrible darse cuenta de que muchos estaban en aquel sitio por no haber podido pagar los honorarios de un abogado habilidoso”.

La riada de casos actuales que pasan por las páginas de esta novela es abrumador: un recordatorio constante al lector de no dejarse llevar demasiado por la tinta sin elucubrar lo que sucede allá afuera. Es una novela ósea, de carne y hueso, con un sistema circulatorio que lleva sus consecuencias a la Suprema Corte de Justicia o a la oscuridad de las cárceles. Laveaga le confiere a lo novelesco creíbles brochazos de lo ambivalente: por un lado la protesta ciudadana de atrapar a los culpables; por el otro, el atropello indiscriminado de los derechos fundamentales. Cualquiera podría decir que esto no debería confrontarse. Y puede tener razón, pero eso no importa, y es que Justicia sólo se aboca a poner sobre la mesa lo que sucede, sin tomar postura. Es una novela que no actúa y que no tiene un trato preferencial hacia nadie; que sólo modera el debate. Es una novela en donde no triunfa el bien, pero tampoco el mal. Un álbum fotográfico al cual recurrir como glosa. El texto demuestra sin ambages que lo técnico-legal importa al tomar decisiones, pero aún más los motivos por los cuales éstas se toman. Es una novela desnuda que propone narrar el imperio de humo que es la ley. Justicia es una memoria novelada. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2012


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