La última y nos vamos

Los buenos y nobles adictos

Más que juzgar al corazón adicto, me parece —dice el autor—, es necesario comprenderlo. No nos habremos mirado desnudos todavía si somos incapaces de dialogar con las furias que nos habitan.

Imagen tomada de www.beforeitnews.com

Desde luego no sucede por gusto, ni es algo que se realice de buenas o con insufladas esperanzas (por el contrario, más bien acontece como una fatalidad extraña), pero llega un momento en la vida del ser humano —particularmente de aquellos proclives al descontrol y el abuso— en que por más que lo posterguemos y maquillemos resulta imposible continuar sin asideros. En algún instante, antes del fulminante punto de quiebre, será necesario parar, cuando menos un poco: es imposible experimentar siempre y a toda máquina la fulgurante potencia de la vida.

Y puntualizo inmediatamente. El problema con la rehabilitación no debería encubrir una terapéutica moral catequizante, ese disfraz para transmutar una necesidad de alivio físico y psicológico con la conocida culpa judeocristiana que todo lo infecta y lo carcome. El problema no sólo radica en el hecho de consumir drogas como rockero o beber como un polaco: el problema aparece cuando ciertos hábitos o costumbres nos impiden ser lo que somos, en una versión mejorada de nosotros mismos: el infierno se desata precisamente cuando resulta indispensable rehabilitarnos.

La rehabilitación, fiel a su nombre, desea reinstalar al sujeto en un estado que le permita cumplir satisfactoriamente sus actividades, llevando a buen cabo sus placeres y obligaciones (en lo posible de óptima manera). En el instante en que esta sencilla ecuación se rompe estamos ante un adicto que necesita tratarse, toda vez que no supo escuchar el dictum que debiera estar tatuado en el corazón de los inquietos: el veneno radica en la dosis.

Rehabilitarse, sin embargo, implica corregir lo que a su vez ya intentaba corregir la realidad: la humana necesidad de transformar su circunstancia.

El último apaga la luz

En una serie de entrevistas exquisitas, y bajo la manera de un abecedario que puede consultarse en YouTube, Gilles Deleuze discurre en la letra B al respecto de la bebida: “Beber es una cuestión de cantidad y ésa es la razón de que no tenga equivalente con la comida. Cuando uno bebe a lo que quiere llegar es al último vaso, beber es literalmente hacer todo lo posible para obtener el último vaso. Un alcohólico es alguien que no deja de beber, es decir, que no deja llegar al último vaso. ¿Qué significa el último? Que ese día ya no aguanta más bebida. Es el último el que le permitirá empezar de nuevo al día siguiente; así que cuando dice el último vaso va en busca del penúltimo. No el último, porque faltaría a su compromiso”. Nunca he leído una descripción más certera de lo que acontece en la psique del bebedor —a diferencia del borracho, que nada entiende de responsabilidades. En efecto, se trata de llegar a la penúltima copa, de llenar los intersticios entre una y otra con cosas y palabras con la tenaz esperanza de volver a beber. Lo que sucede entre esos intervalos es lo que algunos llaman vida (de ahí la frase de Brendan Behan, que brilla con naturalidad: “I’m a drinker with a writing problem”).

Y puntualizo inmediatamente. El problema con la rehabilitación no debería encubrir una terapéutica moral catequizante, ese disfraz para transmutar una necesidad de alivio físico y psicológico con la conocida culpa judeocristiana que todo lo infecta y lo carcome.

A estas alturas, toda vez que el capitalismo salvaje ha hecho del consumista desenfrenado una figura omnipotente, el adicto ha devenido un fenómeno global que no respeta sexo, raza ni religión: el hastaelhuevismo es un humanismo. Sin embargo, el lugar de los mexicanos en relación con las adicciones sería digno de un sesudo análisis psicoanalítico. En la patria tricolor es sinónimo de hombría y virilidad el acto de “aguantar vara”, de ahí que aún sea bien visto no llorar en funerales (como una variante insana del estoicismo), ingerir chile hasta sudar la coronilla (así se acabe con el colón desollado) y, honor entre los honores, beber como un mariachi despechado dado que, según complejas asociaciones, el consumo de alcohol es directamente proporcional al tamaño del miembro viril. Si a ello se le añade cierta predisposición literaria estamos, con todas sus letras, ante la efigie de un poeta maldito, acaso bananero, pero poeta al fin.

Ante semejante mitología, una herencia mal entendida y peor metabolizada del romanticismo alemán, resulta consecuente que el atasque se imponga como un evangelio, hecho que no se reduce al horizonte mexicano. La necesidad de experiencias límite es una constante de la humanidad y en ningún caso privativa de José José, aquel príncipe de la canción que con menos lustros de trago seguramente se habría coronado emperador.

En nuestros tiempos, los casos de celebridades con adicciones han dejado de ser simbólicos para transformarse en una suerte de rito de habilitación cultural. De Britney Spears a Kate Moss, pasando por Robert Downey Jr., Amy Winehouse (quien fue consecuente hasta la muerte) y coronándose con Charlie Sheen —el hombre sin contenido— se ha hecho de la rehabilitación un atributo curricular (y si bien Sheen no se ha sometido a terapia todavía, nadie debe dudar de que se trata de un becerro de oro). Los casos de Morrison, Hendrix y Joplin le dieron a las adicciones una impronta épica, crudo testimonio de que traficar con el fuego primordial puede incendiar hasta al mismísimo diablo. Hay temperamentos a los que no les basta mirar la hoguera: necesitan arder con ella.

En el camino, generalmente asfaltado por músicos, actores y artistas debido a su visibilidad con los medios, muchos se han perdido antes de que acabe la noche. Pensar en el speedball, esa mezcla letal de cocaína con heroína, es remitirse a John Belushi, Chris Farley, River Phoenix y Layne Staley: Jean-Michel Basquiat, el artista, murió de una sobredosis de heroína en el momento más productivo de su vida.

Enumerar casos de gente talentosa sería cosa de nunca acabar —por algunas razones intrincadas la lucidez suele exigir el cuerpo que la contiene en sacrificio. El poeta más grande del siglo XX, Fernando Pessoa, murió debido a un cólico hepático derivado de la cirrosis ocasionada por su afición al alcohol. Por tanto, más que juzgar al corazón adicto, me parece, es necesario comprenderlo. No nos habremos mirado desnudos todavía si somos incapaces de dialogar con las furias que nos habitan.

Al respecto, y a manera de paréntesis, me gustaría rescatar una anécdota referida por Guillermo Cabrera Infante, en ocasión de una cena de fin de año en casa de Carlos Fuentes en Londres en 1967, para ilustrar que la moralización contra las drogas nunca es una buena consejera; muy por el contrario, expone de manera lamentable los prejuicios de inteligencias en llamas (particularmente las de tufo burocrático).

Cuenta el cubano que cierto amigo

con motivo de la Navidad me había regalado un cake de chocolate —que estaba hecho con cacao y hash. Era grande y lo llevé a la reunión de Carlos y Rita como mi regalo. Era un sustituto de la clásica botella de champán: Moët & Chandon de hash. Algunos creyeron que era una broma aunque el día de los inocentes había pasado ya. Cuando les aseguré que el cake de chocolate era de veras también de hash (siguiendo la receta original de Alice B. Toklas que lo ofreció a Gertrude Stein en su cumpleaños), el anfitrión, Carlos Fuentes, dio dos sobresaltos hacia atrás para declarar: “No necesito drogas para expandir mi conciencia”. Mario Vargas (Llosa), que acabó por reconocer el chocolate como hachís puro, se fue al baño más próximo.

Los ingleses permanecen borrosos como sombras en mi memoria. Pero recuerdo muy bien a Octavio (Paz), a quien acababa por fin de conocer. Cuando le ofrecí un pedazo de chocolate Carruthers… Octavio lo tomó como el manjar que era y se lo llevó a la boca —y se lo comió. Octavio, que conocía el peyote y la ganja, aceptó el regalo … Se mostró como se mostraría otras veces: un intelectual que no vacila en enfrentarse a la experiencia más provocadora de la cultura: ese cake venía de la cultura hippie … El gesto de Octavio sería igual ante la poesía y la política.

En este caso, como en los cigarros Benson, todo está dicho.

Por otra parte Aldous Huxley, que algo sabía sobre las adicciones, sostuvo que “el deseo por el alcohol etílico y los opiáceos ha sido más fuerte, en toda esta gente, que el amor hacia Dios, el hogar, los niños e incluso la vida”, y añadió, siendo él mismo un usuario reflexivo, que “todas las drogas existentes son traicioneras y dañinas. El cielo al que invitan a sus víctimas se convierte en un infierno de enfermedad y degradación moral. Primero aniquilan el alma, luego, en unos pocos años, el cuerpo”, y sabemos que las inquietudes intelectuales que lo desvelaban iban encaminadas a transformar la mente, alterando el mundo de las percepciones en pos de infinitos maravillosos para regocijo del espíritu. Sin embargo, es necesario someter las pulsiones y los deseos a un permanente ejercicio crítico, a un examen que sepa que la evasión combinada con el placer es sólo el primer peldaño de la vasta escalera de la experiencia humana que facilita la droga: cada quien tiene los infinitos que se merece.

Creo que no hay que ser muy brillante para saber que, si no queremos tomar la última copa con la putilla del rubor helado extemporáneamente, tendremos que ser dueños de nosotros y abandonar la noche (la puntualidad es una cortesía que no debe escatimársele ni a la muerte).

Después de todo, rechazar la última copa o dejar de lado cierta pócima de embriagadores venenos no sólo nos dará el indispensable gobierno sobre nosotros mismos: también nos dejará intacta la certeza de que, todavía, en algún lugar inesperado, estará esperando por nosotros el trago final. ®

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Publicado en: Agosto 2011, Ensayo

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