La verdadera historia del marqués de Sade

Justino o los infortunios de la virtud

(AGENCIAS).— Peritos de la Comisión de Asuntos Sociales, Humanitarios y Culturales de la ONU en colaboración con arqueólogos al servicio de la UNESCO y autoridades de Francia confirmaron que los restos humanos hallados cerca del antiguo castillo de Lacoste, en París, pertenecen al siglo XVIII. Sin embargo, no ha podido ser explicada satisfactoriamente la indumentaria que utilizaba el hoy occiso en vida: según pudo comprobarse se trata de tela de mezclilla y de algodón, en combinaciones que en aquella época no existían.

Además, hay consternación entre la comunidad científica citada debido a que los rasgos del cráneo y la forma de los huesos delatan una manera de alimentación y de desarrollo corporal que no coinciden con otros restos de los mismos años. Trasciende de la misma forma que los huesos de las manos denotan cierto desgaste que de acuerdo con los expertos sólo pudo ser producido por rasguños; se dice que el sujeto fue enterrado vivo y que en su desesperación intentó salir de su tumba con las manos.

Más inquietante aun ha sido la localización junto al cadáver de una estructura metálica de cinco centímetros por uno y medio de grosor, que según las primeras versiones se trataría de un encendedor con una fecha grabada: 2007. Los científicos están consternados, pues —aunque no se ha querido oficializar— el encendedor fue manufacturado hace apenas unos años, pero los análisis aplicados a su estructura confirman que lleva al menos más de dos siglos enterrado.

Ante la polémica creada por este descubrimiento ya han surgido opiniones que aseguran que se trata de un fraude perpetrado por algún experto en ciencias forenses que logró avejentar los huesos para hacerlos parecer más antiguos de lo que son, versión ya descartada por la autoridad científica tras innumerables pruebas realizadas a los restos.

El caso continua en estudio.

[…]

Más inquietante aun ha sido la localización junto al cadáver de una estructura metálica de cinco centímetros por uno y medio de grosor, que según las primeras versiones se trataría de un encendedor con una fecha grabada: 2007.

Justino debió detener en el aire la cuchara sin percatarse de que la sopa se derramaba en su pantalón de mezclilla cuando vio la nota del periódico. No solía leer salvo las historietas vulgares de camionero que compraba a tres por diez pesos, pero no pudo evitar que la noticia le llamara la atención desde el diario del tipo de al lado que se había distraído hablando con alguien y lo dejó sobre la barra. No pudo explicarse qué le sucedió, exactamente qué lo motivó a levantarse repentinamente, tomar el periódico y leer con pasmosa atención la noticia entera para luego dejar caer al suelo el diario y olvidar su plato ante el asombro de la mesera que en vano trató de llamarlo dos, tres veces antes que saliera a la noche cerrada en la carretera y abordara su trailer.

Condujo con los ojos bien abiertos, irritados de no parpadear, sin decir palabra, estupefacto, profundamente confundido.

Cerca de las seis de la mañana del día siguiente el trailer estaba vacío, con la puerta del conductor abierta, abandonado junto a la carretera.

[…]

Hay una teoría que asevera que dos puntos opuestos del planeta pueden comunicarse entre sí a través del vacío que se forma debido a su distancia diametral, esto es: a través de un cálculo que tiene que ver con la angulación de dos lugares del mundo y su equivalencia con el ecuador y los meridianos, estos dos puntos pueden ser, para utilizar una palabra sencilla, sinónimos en su ubicación geográfica, lo cual significaría que existe una interrelación entre una y otra mitad del planeta que se comunica sólo en puntos específicos, matemáticamente perfectos y que en teoría podrían permitir en ciertas circunstancias incluso el movimiento, o la transportación molecular de uno a otro punto de forma independiente al tiempo, como una máquina natural que a través de un vacío tonal transporte un objeto a otro punto del planeta alejado por millones de kilómetros.

[…]

Los hechos que he de relatar serán seguramente cuestionados por esos pseudofilósofos que quieren analizarlo todo sin entender nunca nada, esos artífices de la razón que pretenden contabilizar la lista de derechos y de virtudes a que están obligados todos los seres del mundo como si la naturaleza no fuera por sí misma lo suficientemente extravagante como para dejarla actuar a su antojo. Corría el año de 1763 y yo acababa de ser desmovilizado del ejército francés que luchó en la guerra contra Prusia. Mis antecedentes en la nobleza me permitían vivir holgadamente y en esos años me encontraba indeciso sobre el camino que pretendía para mi propia vida. Ya mi tío el abad me había abierto los ojos al delicioso camino del libertinaje pero mi ser aún trastabillaba en lo que debía ser mi oficio, o mi razón de vida. Una gran parte de mí se inclinaba sin embargo hacia los placeres de la carne y su consecución sin límites.

Así me encontraba, pues, a la edad de 23 años, y apenas mi padre había decidido por mí que debía casarme con Renée, una señorita hija de un enriquecido magistrado. A mí no me gustaba la idea de la boda, pero intuía que a través de ella sería completamente dejado a mi suerte por la casa familiar y que además tendría un cuerpo siempre dispuesto en casa, situación por demás satisfactoria de mi parte.

El desconocido se desmayó cuando yo intentaba hablarle y fue imposible despertarlo. Eso sucedió el primer día. Al siguiente mandé traer todo un banquete para saciar al desconocido y para saciarme de una vez de la duda que me producía el origen y la razón de la estancia del forastero en mis propiedades.

Esa mañana me hallaba ocioso en una de mis habitaciones junto con mi criado siempre fiel a mis excesos y con un mutismo admirable cuando de pronto la cocinera del castillo entró dando grandes voces, asustada porque dijo haber hallado a un desconocido merodeando mis propiedades. Enseguida me vestí y acudí al lugar donde mi servidumbre me indicó que había visto al desconocido, y enseguida, he de confesarlo, su vestimenta me extrañó profundamente. Llevaba puestas unas mallas que eran más gruesas de lo habitual y no pegadas a las piernas: eran azules y gruesas, además de una blusa blanca sin mangas y sumamente extraña. Lo primero que pensé fue que el desconocido se había extraviado de algún circo de la ciudad; al acercarme me di cuenta que el forastero no hablaba francés, y creí reconocer un acento español pero con un uso del lenguaje muy distinto al que yo conocía. El tipo parecía sumamente confundido y balbuceaba y señalaba en todas direcciones y parecía preguntar en dónde estaba, pero como lo he dicho su lenguaje fue indescifrable. El desconocido se desmayó cuando yo intentaba hablarle y fue imposible despertarlo. Eso sucedió el primer día. Al siguiente mandé traer todo un banquete para saciar al desconocido y para saciarme de una vez de la duda que me producía el origen y la razón de la estancia del forastero en mis propiedades. Junto a la comida llegó otro de mis criados que sabía además la lengua española para traducir las palabras del sujeto, quien dijo llamarse Justino y ser mexicano. Recordé entonces la existencia de una colonia de la Corona de España por las crónicas de los viajeros, y le pregunté más detalles al respecto, pero Justino insistió en terminar de comer antes de hablar. Me preguntó entonces dónde se hallaba y le contesté que en París, en mi castillo, y luego casi riendo señaló mi traje y me preguntó por qué vestía de esa manera. Contesté que era la usanza natural, pero parecía no entender. Luego sacó de su pantalón, en una bolsa pequeña instalada inteligentemente en un costado, detalle que alabé de su vestimenta, una especie de cuadrado metálico del que extrajo fuego; mi criado se asustó cuando de las manos del forastero se vio brotar la lumbre como si él la controlara, y yo mismo estuve cerca de correr por el susto, pero luego Justino nos explicó que se trataba de un encendedor y que no entendía cómo no sabíamos lo que era. Le expliqué que en mi vida había observado un artilugio semejante pero él parecía más incrédulo de mi ignorancia que yo de lo que imaginaba como sus artes mágicas. Justino se acercó a mí y me mostró el funcionamiento de su encendedor que a través de una piedra y su fricción creaba una chispa que luego se volvía fuego con ayuda de una pequeña mecha instalada en la parte más alta del aparato. Seguido de esto, Justino debió explicar de dónde había sacado una caja donde se reunían varios cigarrillos correctamente forjados y con una esponja en una de las puntas. Y debió explicarlo porque el sabor de esos cigarros era muy distinto de los que antes se habían probado en toda Europa. Justino simplemente contestó que los había adquirido en una tienda, así, sin mayor explicación. Yo comencé a sentirme atraído por el enigma del visitante, pero aún más por el visitante mismo, y noté su olor a aceite y sus músculos duros aunque ostentaba una gran barriga; con todo, su presencia comenzaba a parecerme seductora.

Pasaron sólo un par de días antes de poder acceder al cuerpo del invitado ahora huésped de mi castillo, sucedió justo después de que lo invité a una de esas casas de amor sin límites y cuando me di cuenta que Justino era más afecto a los placeres de la carne de lo que me pude imaginar. Fundamos entonces una buena amistad sumamente libertina y nuestros placeres sólo se saciaban entre nosotros mismos aun teniendo en casa grandes orgías. Justino me confesó que él no acudía comúnmente a esas tendencias con su mismo sexo, pero yo le mostré que nada de malo había en ello, y nos hicimos grandes amigos, incluso un poco famosos en los burdeles. Al siguiente día de su llegada ya casi había olvidado que se hallaba en un lugar desconocido, y completamente abandonado a lo que se le presentaba dejó de pensar en que venía de otro mundo, o tal vez otro tiempo, aunque no dejaba de imaginar que se hallaba en una especie de sueño. Yo intentaba alcanzarlo todo y llenarme de todo antes de que la inevitable boda con Renée de Montreuil me dejara en suspenso. No dejaba de consternarme la tonta idea de un sacerdote lujurioso y poca cosa obligándonos con solemnidad a abandonar el camino del libertinaje para consagrarnos a un solo cuerpo a través de la boda: la sola idea me parecía desquiciada.

Fue al tercer día cuando Justino me permitió leer unos libros que portaba en la bolsa trasera de su pantalón con imágenes de libertinos dando rienda suelta a sus placeres carnales sin ningún menoscabo, y la idea me encantó porque jamás había visto literatura semejante: los dibujos eran de hombres que portaban vestimentas similares a la de Justino, y él me explicó que en su tiempo todos visten de esa manera. Había historias de maridos cornudos y de jóvenes agraciadas acostándose con todos los hombres dispuestos a satisfacerlas.

En mi vida había siquiera imaginado que libros así fueran posibles y pensé que el futuro debía ser simplemente mucho mejor que el presente que vivía, con libertad para leer este tipo de letras y de observar estos dibujos que mostraban con toda la sinceridad posible la naturaleza del hombre que es un libertino en estado normal, pero acallado siempre por las voces de una autoridad perpleja ante el grado de superioridad que tiene el ser humano frente a los tontos preceptos de la moral y la religión. Me convencí entonces con ayuda de Justino de que mi camino debía ser el libertinaje y que debía explotarlo sin ninguna misericordia de quienes se opusieran a ésta que era definitivamente mi felicidad; entonces me alegré de saber que yo era imperioso, colérico, irascible, extremo en todo, con una imaginación disoluta como nunca se ha visto, ateo al punto del fanatismo… Mátenme de nuevo o tómenme como soy, porque no cambiaré.

Pero entonces comenzaron algunos problemas porque Justino, que ya se había olvidado del pasado que había dejado atrás y se había entregado a los placeres y los excesos de la nobleza, quiso irse de mi castillo, a lo cual me opuse firmemente: le dije que bien podría denunciarlo por su procedencia y que muy seguramente creerían que se trataba de un demonio o de un hechicero que había manipulado el tiempo para llegar a estas mis épocas. Pero el muy libertino me golpeó hasta cansarse y ya sin fuerzas se dedicó a satisfacer sus oscuros instintos con mi cuerpo, cosa que no me pareció del todo mala, pero que no me dejaba dudas sobre lo que tendría que hacer para lograr el que ya vislumbraba como mi oficio sin testigos de cómo me había decidido a llevarlo. Recordé entonces a la cantárida, y me hice a través de mis criados de ese afrodisíaco y, ya para despedir a Justino, mostrándome falsamente de acuerdo en que se fuera y buscara sus propios rumbos, le di a beber vino envenenado con el que no moriría, pero que me permitiría cavar su tumba y enterrarlo vivo en las inmediaciones de mi castillo en Lacoste.

Ese fue el final de Justino.

Poco más tarde me casé finalmente con Renée y ambos nos fuimos a vivir al castillo de Montreuil. Secretamente comencé a escribir mi obra, inspirada en los libros que había leído y en Justino, en cuyo honor escribí una novela que después debí negar pero que aparecería más tarde firmada por mi titulo nobiliario, como marqués. ®

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Publicado en: Diciembre 2011, Narrativa


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