Lamentaciones del viaje

(fragmento)

Viajabas en el tren como viajando hacia dentro de ti misma, y eso que veías por la ventana era también el paisaje de tu alma. No sabías aún lo que aprenderías después, cuando no fueras otra cosa que un alma en movimiento.

© Gianni Berengo Gardin

Era infinita la vastedad de los campos a tu alrededor, sucesión interminable de colinas, suave oleaje de vegetación que empezaba a asomar entre el lienzo grisáceo del invierno. A lo lejos, el espinazo de los montes Catskill se entreveía como un velo pálido de luz violeta, un fantasma de forma nada más inflamado sobre el horizonte en la extensión azul brillante del cielo. Los campos estaban poblados de ciervos, miradas que estás a punto de calificar como mansas, pero te detienes, porque eran en realidad expresión de algo distinto a la mansedumbre: profundidad de un ojo de agua oculto entre el ramaje; ligereza de un rayo de luz parda que no puedes tocar, que se manifiesta como una concreción material de la belleza y después desaparece, dejando en el aire un rumor quedo, el vaho invisible de su respiración. Campos infinitos, o vastedad concreta pero intangible que habitabas. Eso te parecían entonces, o eso crees recordar que eran, si es que el recuerdo tiene algo que ver con lo real.

A veces los azotaba el viento. La promesa amenazante de la nieve, que nunca habías visto. Llegaste en un tren que corría paralelo al río, entrevisto a través de una cortina de árboles desnudos. Los retoños de las hojas nuevas se abrían paso apenas en la punta de sus ramas y recuerdas una bruma en el paisaje que lo volvía todo apacible, apagado. Un paisaje que atemperaba los sonidos. Viajabas en el tren como viajando hacia dentro de ti misma, y eso que veías por la ventana era también el paisaje de tu alma. No sabías aún lo que aprenderías después, cuando no fueras otra cosa que un alma en movimiento: que tu ropaje para encarnar la libertad sería a partir de ese momento tu integración absoluta a los paisajes, tu forma casi incorpórea de fundirte en ellos, de ser tú misma entorno: luz, viento, tierra y agua, más que una historia, más que un rostro.

Viste de paso la gran ciudad, la mítica urbe de los sueños modernos, fragmentados, hechos de luz metálica; sucesión de grises y ocres por la ventana del autobús que te llevó del aeropuerto a la Grand Central Terminal.

Ya cuatro años atrás habías conocido la ciudad, encandilada recorriendo sus calles como una muñeca diminuta con tacones altos, tras una multitudinaria comunión en un valle cercano al que te dirigías ahora, hundido entre los bosques. Aquella había sido una comunión de quinientas mil almas, música rompiendo el aire, resonando contra los muros de árboles, lluvia, lodo y drogas, su carácter idílico a medias real y a medias producto de tu irritante ingenuidad. La ingenuidad de otros también, supones. Oyes la voz femenina, bien modulada, como en la radio, una y otra vez desde las inmensas bocinas extendidas por el valle: This is Woodstock, 1994. Ahora te incomoda pensar en esa euforia, haces a un lado el recuerdo con algo parecido al fastidio, sin saber bien por qué. Te muestra con demasiada nitidez a alguien que fuiste y que es ahora irrecuperable. No sabes siquiera si sientes verdadera pena por haberla dejado atrás, porque esté tan lejos, todavía ahí sonriente y perdida bajo la lluvia. Pero ése era el único recuerdo que tenías de la ciudad, aún fresco y verosímil mientras la veías pasar por tu ventana rumbo a la estación de tren: recuerdo de un día glorioso de verano, de una fe conmovedora, por decir lo menos, en la humanidad; una alegría algo excesiva, difusa y centelleante, como la luz del sol de ese día iluminándote a ti. Y es que quizá eras tú la alegría, tú la centella. Pese a todo, pese al fastidio y casi vergüenza con que regresas a ese punto animado de tu historia, te gusta cómo te ves en tu recuerdo: hermosa, luminosa, hace ya tanto tiempo.

Esa imagen de la ciudad, y de ti en ella, iba a cambiar muy pronto. Cambiaría el mundo, y cambiaría también tu mundo pequeñito. Tu universo entero hacía una pausa —el tren corriendo paralelo al río—, preparándose para empezar a girar, y a girar: una espiral de rizos interminables a los que estas palabras intentan detener de alguna forma.

Esa imagen de la ciudad, y de ti en ella, iba a cambiar muy pronto. Cambiaría el mundo, y cambiaría también tu mundo pequeñito. Tu universo entero hacía una pausa —el tren corriendo paralelo al río—, preparándose para empezar a girar, y a girar: una espiral de rizos interminables a los que estas palabras intentan detener de alguna forma. Como si las palabras pudieran ser el mapa del país extranjero en que se convirtió tu vida; la gráfica que contuviera las figuras dibujadas por el azar, o el destino si es que existe un destino.

Para eso quieres los trazos en el papel. Para estudiarlos, como la cartografía del viaje de un navío que, aun siendo tú, prefieres entender como un barco visto desde lejos, con puntos de salida y de retorno: puertos. Quieres saber si hay puertos. Si es azar o destino. Aunque te aterra ver la estela que se va dibujando en el agua. Sucumbir en silencio, dice, y luego desaparece.

Entonces, antes de haber imaginado mapa alguno, mientras atravesabas la ciudad casi sin verla para llegar al campo, con un recuerdo único de ella en un día radiante de algún verano, aún hacía frío y una bruma colgaba quieta en el aire. A ti, que nunca habías sabido lo que era el frío de verdad, su cercanía —la sentías en la boca al respirar— te emocionaba y te daba algo de miedo, pero la primavera se abría paso y en las ramas desnudas de los árboles suavizadas por la niebla el mundo a punto de florecer te hacía señales, era una promesa tan vasta como el campo que te iba a rodear durante meses. Traías amor dentro de ti: un amor real, vigoroso como savia en las venas; amor que era raíz, la tierra que penetraba la raíz, fronda del árbol y el viento acariciando las ramas. Y te habitaba también una entelequia, un espejismo de gloriosos colores que era más bien, eso piensas ahora, la advertencia inconsciente de tu cuerpo y de tu corazón, insinuando cómo iría a desfigurarse el mundo en un espacio tan breve de tiempo.

Al caos adoptando en el silencio sus anárquicas formas, a los signos de destrucción acumulándose en el corazón del torbellino, tú los leíste como plenitud. “Hay tanto amor en mí”, pensabas, “tanto gozo y belleza, que cabe el amor en mi corazón de muchas formas”. Entendías tu amor como una esencial pureza. Pureza era el deseo también, ciega como estabas a la negrura submarina que dicta obstinada su oleaje. Tú lo pronunciabas como lluvia, como un torrente vivificador. Sortearías el abismo sin caer, como una guerrera victoriosa. Sacrificarías si era preciso la consumación de tu deseo: te arrojarías a la experiencia de su fuerza y a esa forma sorpresiva de amor y de ternura que creías real. En lo que creías tu corazón no habría fronteras; atravesarías erguida las aguas de un mar que entonces veías sólo como brillo, una acumulación de resplandores, y afrontarías el dolor del sacrificio.

¿Por qué? Porque vivías en un universo de ideales. Porque cuando fuiste más tú viva y de la tierra no pisabas lo real. Y porque no había en toda la tierra amor ni deseo ningunos, ninguna luz deslumbrante capaz de quemar el amor en que dormías, la savia espesa y dulce que te alimentaba. Eso, el frondoso ramaje que protegía tu casa, eso que era tu hogar, el único hogar que has tenido, era el único sacrificio al que no estabas dispuesta.

Con esa intensidad vivías. Con la entrega desbocada a tu imagen del amor y tus pasiones que era una forma poderosa de fe en tu propia abundancia, en tu promesa. Ahora te sorprende. ¿De dónde creías tú que ibas a sacar la fortaleza? Si no sabías lo que era un sacrificio. Nada, ni los más hondos abismos que habías conocido hasta entonces —y vaya si eran hondos y temibles, una imagen gris y borrosa de ti como otra, perdida, que querías olvidar— podría haberte preparado para contemplar el lastimoso recorrido de una mujer caminando a tropezones al filo del precipicio, quebrada y sin certezas y sin fe, que sería tu espejo y tu suerte y tu nombre.

De ese huerto en flor que fuiste, de ese cuerpo generoso y vivo bajo el sol y el aire, te convertirías en el cuerpo más olvidado y roto, abrazado al cadáver pestilente del amor, adormecida en tu propia súplica en voz baja y ronca y animal que buscaba aún el amor en el cadáver y luego ya ni amor; sólo piedad.

Para eso quieres los trazos en el papel. Para estudiarlos, como la cartografía del viaje de un navío que, aun siendo tú, prefieres entender como un barco visto desde lejos, con puntos de salida y de retorno: puertos. Quieres saber si hay puertos. Si es azar o destino. Aunque te aterra ver la estela que se va dibujando en el agua. Sucumbir en silencio, dice, y luego desaparece.

Así que aquellos campos, en los que te adentrabas sin más armas que una inocencia que entonces no sabías siquiera que fuera tuya, fueron el paraíso. Una estampa en la que, pese a la quietud, el viento mueve las hojas de los árboles y los personajes le dan otra vuelta a su destino, como en uno de esos cuentos de M. R. James en que cambia la escena de un cuadro si se detiene en él suficientemente la mirada. Ahí te refugiaste sin saber cuánto irías a necesitar refugio. Como un animal recién salido al mundo te entregaste al aire puro y fresco en tus pulmones, a los paseos por los bosques aledaños de árboles frágiles aún en el recuerdo del invierno, los sembradíos secos de maíz esperando la renovación de la cosecha, y por las noches, tras la cena y conversaciones reveladoras con gente que apenas conocías, salías a pasear bajo cielos negros y profundos, una oscuridad limpia y silenciosa que no se parecía en nada a ninguna forma de la noche que hubieras conocido hasta entonces. Las estrellas más brillantes parecían sumar su esplendor a los gentiles sonidos nocturnos. Despertaban un eco como copas de cristal que se rozan; lo escuchabas dentro de ti, era un murmullo que te arrastraba a otras noches de oscuridad en calma como bálsamo en la piel; noches de ver las estrellas tendida en la arena junto a un hombre que amabas, oyendo a lo lejos el fragor de música, voces y risas desde los bares junto a la playa; recuerdos que entonces aún no sabías que lo eran, eso y nada más, porque creías que eran parte de tu vida.

No volviste nunca a pisar esas playas, pero eso era entonces impensable. Paseabas en la noche aún fría del campo neoyorquino tendiendo un puente entre el momento vivido y recuerdos de un tiempo que creías presente. La calma de la noche te parecía benigna, como era benigno el oleaje en tu corazón, los deseos aplazados con su dolor y su dulzura y el amor firme que esperaba en tu hogar como un árbol magnífico de fronda tupida y generosa donde el sol se fragmentaba en un mosaico de verdor y cristales de luz. Ese árbol ya no existía en tu hogar, había sido arrancado de su débil raíz, yacía sangrante en una zanja inmunda pero tú lo ignorabas y te entregabas a la noche envuelta en un ropaje de pureza: el canto de los grillos y el aullido del coyote, la absoluta, estática, ignorante paz del paraíso.

* * *

Quizá es verdad, después de todo: que están encantados esos cerros, azules, inmensos, esos gigantes dormidos que veías un día tras otro, alzándose lejos, lejos, mucho más altos que la arboleda y el follaje que empezaba a asomar apenas. Quizá es verdad que su promesa de un momento infinito de ocio, de abandono a las sensaciones con que el cuerpo percibe los contornos del paisaje no es más que la forma de la vasija en que bebes su veneno: cerraste ahí los ojos, te hundiste plácidamente en ese sueño y despertaste vieja, extranjera de un mundo transformado, tu propio mundo montando irreconocible el corcel del tiempo arrojado al futuro en su carrera, dejándote atrás. ¿Será verdad?

Era tu sueño quizá esa región crepuscular, ese limbo entre la vida y la muerte en que dormían los antiguos cuidadores de la casa. Alguna vez el paseo diario te llevó junto a sus tumbas, sencillas y casi invisibles en la hierba, junto al camino. No era tierra consagrada, y esa simplicidad de la muerte acogida sin más en el paisaje, integrada a él como los árboles y la hierba mismos, como el cielo y el viento, era un imán, un llamado, la promesa de un sueño igual que, en su calma digna, anónima e ininterrumpida desharía todos los nudos, aclararía los más profundos misterios y te regresaría libre a algún lugar aún no nombrado al que pertenecías, al que aún tenías que llegar. Te dejaste seducir por ese sueño, bajaste las armas, te hundiste, te hundiste, te dejaste arrastrar flotando como en un río que todo lo borró. Todo. Esa debe ser la explicación.

Recuerda, por ejemplo, que hubo una noche de luna llena iluminando el bosque, rodeada de un halo inmenso como si la luna fuera un astro con luz propia. Toda la noche parecía que estaba a punto de amanecer y por lo tanto no era ni de día ni de noche, ni amanecer ni crepúsculo. Era otro momento aún no inventado ni reconocido por los hombres, arrancado de esta tierra nuestra, el verdadero limbo investido con todos los mantos de lo sagrado, de una belleza irreal que se fue cerrando sobre ti y levantó la invisible barrera entre ti y el retorno. ®

Éste es un fragmento del libro Lamentaciones del viaje, terminado hace algunos años, y uno de los varios libros inéditos de la autora, que son ya casi tantos como sus libros publicados. Un fragmento de su novela más reciente, Ciudad doliente de Dios e igualmente inédita, apareció también en la páginas virtuales de Replicante.

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Publicado en: Destacados, Diciembre 2011, Literatura y viaje


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  • Bellísima, toda su prosa es un delirio. Se me había olvidado y me regresó a ese lugar tan enigmático.
    Gracias por publicar a Adriana, gran maestra.