Las agallas del patio

Apuntes para comprender un loop

El autor regresa a la infancia en busca del origen de su amor por la música, en el camino atravesará por sueños, lecturas, cassettes, enfermedades y más.

When I was a child I gave my fish to my uncle’s friend to keep it in better condition so that he could give it back to me on the due date, plus some more fishes.
On the other hand, it was the war time and a huge number of warriors were going to the war, my uncle’s friend was one of them.
He left one day and never came back, my fishes also didn’t come back.
—Saeed Ensafi, artista plástico iraní. War, war… until victory!

Madre, eres un pez.
—William Faulkner, Mientras agonizo

Ragel Santana, 1990

La casa en la colonia Mercedes Barrera, donde la familia se reúne, llena de niños jugando cerca del pozo cancelado en ese patio que una vez estuvo lleno de árboles frutales y que dos ciclones arrasaron dejando tan sólo el caimito, el zaramullo y dos limoneros, haciéndonos extrañar la guanábana, el mamey, la anona, la grosella amarga y pequeña que molíamos en molcajetes con pimienta y chile habanero rojo. La casa de mi abuelo materno fue el sitio donde supe de una vez por todas que la música era monstruosa, muy de noche ya y esperando a que mi padre regresase de la granja porcícola donde era veterinario para llevarnos de vuelta a nuestra casa en la Morelos. Como trasfondo y escenografía burda en el recuerdo aquella salida de la cocina al patio, al camino de cemento donde jugábamos a resbalar rozándonos los abdómenes, desde la pequeña pileta para remojar los pies hasta esa entrada de la cocina, friccionando la barriga propulsados por el agua de pozo, y ya de noche, tirados sobre el piso, extenuados, mirando, escuchando la televisión, un documental sobre los cuatro músicos: Eleanor Rigby es una canción monstruosa. Aquí no llegaba el otoño a ennegrecer las hojas de los árboles frutales, el color no cambiaba más allá de un rojo cárdeno y oscilaba entre amarillos, verdes vibrantes y cafés del humedal. No había ni hubo fábricas con chimeneas enormes de vapor emulando el bajo profundo de cien perros, aquí mi abuelo fue jefe del consejo de huelga de los trabajadores del henequén, durante su juventud, cuando México respetaba el dinero de los yucatecos acaudalados a los que ni la revolución ni la constitución han puesto bajo tierra. La casa era también una modesta barbería donde yo podía escuchar, si quería acercarme, el sonido de las tijeras, fino corte de aire como un seseo que se llevaba las fibras y dejaba las manos de mi abuelo pobladas de trazos, y podía leer, como lo hice siempre, las historietas para adultos dispuestas ahí para los clientes adultos, para mí algo normal, eran historias entre las historias, otros desnudos. Pero la música de los Beatles, eso sí estaba en todos lados, y seguía resonando en mi cabeza hasta que el azar la traía de vuelta para volver a ocuparla, enmudecerla, boca y ojos abiertos con el pecho pervertido en esqueleto entero, sin su piel. Aquí la radio todavía programaba los noventas. Y después del milenio llegamos a esa casa y aún puedo ver todo en su lugar, puedo recostarme sobre las losetas verdes y encender la misma radio, reflejarme como un recuerdo vivo en cualquiera de los hijos de mis primos, de los hijos pequeños de mis tíos jóvenes. La silla de peluquero sin embargo está en la casa de la Morelos, esperando a que mis manos lleguen a trabajarla y devolverle eso que a mi persona le falta, una memoria plena entre la sordera de los años. Es bueno saber que los cuatro músicos siguen vivos y que las cuerdas de esa breve orquestación llevan ya un tatuaje de tintas claras para el cráneo más poblado en el exterior, mañana me voy a rasurar de nuevo la cabeza recordando a mi abuelo quien hace poco descansaba a gusto escuchando cumbias instrumentales, esa de Mike Laure que también sonó en la juguería de la colonia Mezquitán, frente al cementerio en Guadalajara, entre ambos sitios la entrada a la línea del metro donde la gente solitaria puede caminar como uno más y “la cosecha de mujeres nunca se acaba”.

Durante las primeras actividades del día me pregunto últimamente si la música refleja también su anatomía de monstruo. Ante el espejo puede que sus trazos sean ritmo y que la pauta la marquen los huesecillos del aparato auditivo, pero todo sigue siendo una quimera que reta a los más avezados a esgrimir la espada sin siquiera darles respiro, una exhalación constante que nos invita a sustituir el cuerpo por otro que dejará en paz al instrumento para convertirse en un ejecutante que por obligación deberá regresar a ser humano para las cosas y los calendarios. No así la voz, único respiro entre la cerrazón de la medianoche. Yo supe apreciar mi voz desde niño, cuando repetía ante mis compañeros de clase los resúmenes de los hermanos Grimm, cuando pertenecí a la línea grave del coro escolar y cuando pregunté con un tono apagado si en Turquía todos eran malos, y si era posible y cierto que ahí los policías violaran y golpearan a muerte a los hombres. Alguien tenía que explicarme, por lo menos me quedaba la esperanza de una canción, Giorgio Moroder y su didactismo electrónico, la fuga del hombre que mató al policía, el expreso de medianoche que nunca apareció en pantalla, los pasos del mal tomando de la mano a la locura y los latidos de mi corazón expectante, el cine seguía siendo una bestia y yo era un cachorro de bestia, un pedazo de crimen como todos los que han bailado desde niños. A los niños y a los hombres ahí encerrados no se les permitía bailar pues eran parte de la claraboya, la misma luz, no se les permitía moverse de ahí, yo era libre, y con toda libertad tuve en vivir a los once mi primera gran depresión, al menos ya se habían inventado los teclados para los otros. La lección siempre ha sido una: no traficar opio encintado al cuerpo, mucho menos en Turquía, no por el crimen ni por la moral, dejemos de lado los años de cárcel, tan sólo pensemos en que el dolor al quitarnos la cinta del abdomen será inversamente proporcional al sonido que eso creará.

Yo supe apreciar mi voz desde niño, cuando repetía ante mis compañeros de clase los resúmenes de los hermanos Grimm, cuando pertenecí a la línea grave del coro escolar y cuando pregunté con un tono apagado si en Turquía todos eran malos, y si era posible y cierto que ahí los policías violaran y golpearan a muerte a los hombres.

Cuando el gallo cantor de la fábula de Robin Hood (vamos poco más de un lustro atrás de los Beatles, aún me vestían) empezaba a aventar falsetes desde su árbol de cartón en la cuja del vinil rojo transparente, Robin Hood ya no era humano. Es una pena que uno pueda encontrar cosas buenas en algo tan patético como el mundo Disney, mucho más penoso el tener que reafirmarlo y situarme entre los que lo han hecho por convicción, yo lo hago por comodidad, porque Mickey Mouse no es una abstracción de mi gusto y como toda abstracción es también un símbolo de algo. Lo que fuese, ha matado a muchos, creo. Me causa escozor el admitir que ese ratón ha sido orquestador de algo que disfruté, pero como dice Silvio Rodríguez: “Que se acerquen los niños, los amantes del ritmo”. Música y voz son a lo que recurren las imágenes cuando sus autores necesitan marcarlas a futuro, más que una característica esencial, la música para los dibujos animados es música de quien la ejecuta justo como en la vida de carne y hueso. Yo apreciaba por sobre muchos a los ejecutantes de Mel Blanc y a los de los estudios japoneses, hoy día quizá a los compañeros de la voz de Damon Albarn y en demasía a Quasimoto. Vamos, nací en occidente, debí adaptarme, no me mostraron la diferencia palpable entre salir a jugar a la calle y mirar la tv, mis horarios de clase diferían y por ende los horarios de programación, las vacaciones, sin embargo, desde los siete años, fueron para leer, primero adaptaciones a cómic de la literatura universal, después cuentos completos de los hermanos Grimm, luego lo que cayera en ese mundo del enciclopedismo por abonos al cual toda familia debería tener cuidado, según yo. Siendo un lector precoz de enciclopedias, libros de historia de la economía agraria y veterinaria para grandes especies, tuve suerte al haber recibido poesía cubana por azar, un casete en concierto del dúo Silvio Rodríguez/Pablo Milanés con sus mejores éxitos, suerte felina, un regalo de una tía a mi padre y que yo rebobiné hasta agotarlo y escuché con audífonos profesionales. Aquí es preciso doblar el cuello y decir: benditos sean los audífonos, bendita su invención, bendita la sofisticación de la burbuja que de ser invisible pasa a la metamorfosis y se convierte en sonido estéreo, bendita mi ignorancia. Al traste la religión. Crecí siendo educado por hermanos maristas, cada viernes debía escuchar el sermón de un sacerdote justo después de los honores a la bandera, además de tener que soportar la misa de cada viernes, tener que confesarle al padre los pocos pecados de pensamiento que tenía en mente confesar (un niño de clase media tiene muy poco que confesar si nació con la mente en blanco y creció educado por mentes pálidas), recuerdo con firmeza el pasaje de Jericó, cuando los hijos de Yahvé soplaron cuernos de buey para derrumbar la ciudad cananea para como hoy seguir fastidiando a Palestina (cada que uno abre la biblia ese pueblo y el palestino se fastidian mutuamente, en tiempo real). “Padre, confieso haber tenido fantasías con la virgen de Fátima”. Excomulgación. No dejar esas estatuas a la vista de los niños. También empecé a obviar la existencia de los lps de Dylan al encontrar coincidencias armónicas entre su obra y lo que sonaban los hermanos maristas durante la comunión. La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento. Tengo reservas, me doy cuenta de que me tomaron el pelo, porque yo y mis hermanos nos levantábamos (hubo una temporada en que nos levantábamos de la misma hamaca porque no había más), desayunábamos avena con leche hirviendo, llegábamos a clases con el cerebro chispeante para que poco a poco a mí me lo fueran apagando con tanta humedad, cuando ya de por sí el ambiente en esta ciudad es húmedo y penetrante, capaz de apagar y aplacar cualquier intento de intrusión a la muerte en vida. Los del Vaticano saben poco de morir para vivir y no tienen la fibra para resucitar, pregúntenle a un sacerdote sobre, por ejemplo, la resiliencia en el carácter propio y se la adjudicarán a Dios, no sólo eso, dirán que se la debemos. Mis padres por su parte no iban a misa, el hecho de que mi padre, cuando me llevaba a cualquier lado y era menester atravesar el centro de la ciudad para tomar camiones o colectivos, caminara a un paso atroz, ese hecho, me doy cuenta ahora, se debía a una ira contenida que me heredó y que por haber pasado los días en contacto con la tranquilidad de mi madre puedo controlar, pero esa ira no se deja encerrar en la frescura de la iglesia, no da concesiones a amoríos fuereños, mucho menos si éstos están más allá de la exósfera. Esa ira sí se detenía en el puesto de jugos del mercado municipal meridano por un vaso de zanahoria licuada en agua, y mientras bebíamos era un gusto enorme parar oreja a las melodías de Mike Laure, Chico Ché y Los Ángeles negros. Luego de acabar el vaso el caminar era todavía más veloz ya “que aquel que camina sin amor una legua siquiera, camina amortajado hacia su propia tumba”. Whitman el vidente.

Ragel Santana, 2012

Fue a mis diecisiete cuando encontré la literatura en mi idioma, el mejor amigo durante los años en la preparatoria leía a Cortázar y no tuvo inconveniencia en prestarme las historias de cronopios y famas que al principio y con pretenciosidad tomé como dogma y código de conducta, después como base de una fórmula para encausar el pensamiento hacia la difícil tarea de cesar. Me expulsaron de la preparatoria, las escuelas después de la secundaria pública han sido para mí como terrenos en donde los cables de electricidad están a ras del piso y yo camino sin zapatos por el mero gusto de caminar descalzo. Así que debí empezar con la que es aún hoy día mi labor diaria, el oficio de veterinario. El sueldo semanal era al principio un pago simbólico pues había hecho un pacto con mi padre y la cláusula fue tener muy en cuenta que el negocio era de ambos y que lo estábamos levantando sin mucho espectro de funcionamiento. Ese dinero se me iba en los bazares de libros y cuando podía ahorrar al no haber gastado en cajetillas de Alas sin filtro (en esas fechas los hipsters ni se los olían), en libros de editoriales prestigiosas y discos compactos. Me incomoda recordar el día en que llegó a mis manos el O.K. Computer, pude haber disfrutado de otras cosas en mi juventud, sin embargo tuve a Patti Smith, a Pink Floyd, a los Sex Pistols, a Roxy Music, Black Sabbath, PJ Harvey, aquí mi repertorio se empareja al de muchos. Tenía predilección por Radiohead, por su arte visual y su música, por sus letras, por sus posturas políticas, por esa manera en que composiciones como “Let Down” o “The Tourist” enchinaban la piel y efectuaban verdaderos orgasmos neuronales. Trabajé con otros compañeros para la radio independiente y puedo decir que fui el primero en programar Radiohead fuera de “Creep” en una estación pública de frecuencia modulada en Mérida. Ahora sé que no debo dar predilección a nadie, que todo autor tiene un lugar de referencia hacia otros en un casillero aparte, y puedo regresar al sonido que me plazca sólo si lo mandan la memoria y el tacto. La memoria y el tacto, la vista sobre las piernas de Catalina en el aula de tercero de secundaria que logré marcar con el nombre de cada banda que se me cruzaba en la fm, llegando a más de cien talles. Después de la secundaria no le di importancia al hecho de tener una pareja, me sentía confiscado, aturdido, necesitaba enterarme de lo que los libros me querían decir, ¿alguno de ustedes podría acompañarme a mis diecisiete para leer de nuevo a Birgit Vanderbeke? Podríamos caminar entre los muebles y mi cuerpo entumido frente a la pantalla del televisor que programaba dieciséis bits de información sonora desde los cartuchos de RPG, los ocho bits del “Nintendo cuadrado”, amplitud y frecuencia de la apatía que se disfruta pues la familia está en conflicto y no es necesario estudiar, no lo es. Necesito la opinión de mis oídos, pero no se callan jamás, incluso en el sueño que en realidad es poco, la música se asoma en forma de atmósfera y respiro. El pasado octubre cuando estuve en el hospital por un derrame de pleura, soñé antes de dejar de respirar que yo y algunos conocidos de bandas exponentes de géneros tropicales oíamos la lluvia mientras escuchábamos un compilado de la escena yucateca, desperté después de una cumbia, con la espalda hirviente y la desesperación en proporción directa a la luz que mis ojos absorbían.

El pasado octubre cuando estuve en el hospital por un derrame de pleura, soñé antes de dejar de respirar que yo y algunos conocidos de bandas exponentes de géneros tropicales oíamos la lluvia mientras escuchábamos un compilado de la escena yucateca, desperté después de una cumbia, con la espalda hirviente y la desesperación en proporción directa a la luz que mis ojos absorbían.

Siempre fui un niño delgado, poco realista, insolente, necio, memorioso, tímido, asustado, televisivo, melancólico, miedoso de mi padre, asombrado y curioso por el mundo de las seis mujeres grandes de mi familia, las cinco hermanas de mi madre, la tía que me cuidó, me enseñó a leer fuera de esa primaria cubicular y me hizo ver que los libros eran por definición un objeto inexistente de tanto repetirse, ventanas que alguien saca a pasear trazando la ruta insignificante e irreal que un libro sigue hasta perderse en el túnel de la retina como la pata Oka de Selma Lagerlöf, que voló hablando y aterrizó en silencio. Volar hablando y drogarse en silencio, esa fue la máxima hasta que a mis 26 llevé la autodestrucción al punto de apagarme, queriendo regresar a mis diecinueve para acompañarme a leer a Burroughs-viejo-hombre- gato publicado en aquel suplemento del Financiero, y leerlo sobrio. Era imposible siquiera seguir regresando, en mi hamaca con el cuerpo rojo por eritemas multiformes, atacado por una candidiasis sistémica, anhelando una cerveza oscura en pro de la elocuencia, esperando el momento para volver a fumar, “sobre todo fumar” para seguir a Rimbaud, habiendo estado con chicas casi locas, trabajadoras, independientes, precoces, morenas, delgadas, rubicundas, voces de varios tonos, rubias que se lo pintaban rojo, las que escuchaban música balcánica, las que preferían el rock, las que no escuchaban nada, las que iban a la iglesia y las que no habían tenido nunca el privilegio de cuestionar su fe ante nadie pues habían empezado a coger desde los trece y bueno, Dios no existía en las paredes. “No tienes sida, pero manifestaste todos los síntomas de un retroviral agudo y en tres años de recaídas y tratamientos llegaste a una neumonía con rotura pleural, lo que nos impulsa a pensar que lo tuyo no tiene clasificación y si, como dices, te cuidaras, no enfermarías de nuevo porque tu cuerpo responde maravillosamente a los tratamientos en siete días de internamiento, es un cuerpo sano por naturaleza”… “Y mejor hazles caso porque ya te diste mucho en la madre”. ¿Cómo explicar que soy de esas personas que en verdad pueden ser salvadas, reanimadas, resucitadas por una composición musical? Aún si pudiera la música sigue siendo un monstruo, a veces encerrado en una botella, en ocasiones paralizado por verse en el escudo de mis huesos de vidrio que se cuartea cada que un perro en el empleo ladra buscando el nervio. Es el sonido que reclama su lugar sin importarle haber ya erosionado la tranquilidad en mis procesos vitales, tengo derecho a reclamar el instante, el sonido se lo roba, me queda amaestrarlo, aprender a tirar el anzuelo, poco a poco, pacientemente, cortar el aire con el cordel, recibir el premio: un cuerpo retorciéndose bajo la gravedad aplastante, fuera de su hábitat y con boleto a mi sistema digestivo para ser absorbido por la trama intestinal y de ahí pasar a las neuronas, obviemos que todo empieza en el pabellón de mis orejas. La gente que trabaja el sonido es otra especie: nacen, crecen, se reproducen y nacen como si el cono de una bocina se reprodujera en feedback por el micrófono interno de un ordenador para generar ruido, pero esa gente no es ruido sino que su trabajo los obliga a silenciarse y la acción predomina sobre el gesto. Existe un tomo de mitología para sordos. Mi familia refiere que cuando yo tenía tres años, el breakbeat, el rap y el hip hop sonaban desde cualquier coordenada y mi reacción era la de un pez fuera del agua, con los pulmones limpios. ®

Compartir:

Publicado en: Apuntes y crónicas, Febrero 2012


Te invitamos al curso Presencia en internet para escritores el próximo sábado 2 de septiembre.
Pide informes y confirma tu participación.

Suscríbete gratis a Replicante:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.