Las cartas de Bosie
Postales apócrifas
Lord Alfred Douglas, el amante de Oscar Wilde que terminó enviándolo a la cárcel, el mismo que demandaría a Winston Churchill, ha sido enjuiciado por la historia como villano. ¿Acaso la reciente publicación de la correspondencia que mantuvo con Wilde podrá brindar nueva luz sobre su persona?

Lord Alfred Douglas
El pasado mes de febrero la Universidad de Oxford publicó una antología con las postales que Lord Alfred Douglas envió a familiares, amigos y por supuesto, al amor de su vida, Oscar Wilde. La vida de quien fuese mejor conocido como Bosie estuvo marcada genéticamente por la tragedia, más o menos como los Kennedy, pero del otro lado del espejo. A pesar del título nobiliario, su familia era despreciada, quizás no a gritos en la esfera pública, pero sí a murmullos durante la hora del té. Su padre, el Marqués de Queensberry, además de inventar las reglas modernas del box, era ateo furibundo, mujeriego empedernido y macho aviolentado. El abuelo se suicidó. Un tío se cortó la garganta en una estación de tren, otro murió en un accidente de alpinismo y un tercero metió a un sirviente al horno. Oficialmente se dice que su hermano también se privó de la vida, aunque cabe la suspicacia de que su padre, aficionado a los caballos, perdiese los estribos tras descubrir que él también mantenía una relación gay con el primer ministro Earl of Rosebery. El hijo de Lord Alfred fallecería esquizofrénico en un manicomio. Por lo menos fue el consentido de su madre, Sibyl Montgomery.
Su relación con el dramaturgo inglés comenzó en 1891 y contó siempre con el afrodisiaco de lo prohibido. En aquel entonces Wilde estaba casado y era padre de dos hijos, apenas un par de años atrás había comenzado a ejercer su homosexualidad; la belleza de Bosie lo capturó como una trampa mortal. El enamoramiento, cual suele ocurrir, degeneró en obsesión. Oscar pasaba más tiempo con su amante que con su familia, descuidó viejas amistades y en su momento de mayor éxito gastó hasta su última libra esterlina en los caprichos de Bosie. El destacado psicólogo escocés Thomas McFadden advirtió que fue la atracción natural entre la pulsión de vida (Wilde) y de muerte (Douglas) lo que unió a la (dis)pareja.
Te escribo desde nuestra habitación en Florencia, sin ti se siente como un hospital. Llevo toda la mañana bebiendo este vino caliente y ardo de fiebre pensando en tu cuerpo desnudo junto a la ventana. Si estuvieras aquí me besarías el cuello y hablarías sobre el amor o la virtud, no le daría demasiada importancia, en cambio cerraría las cortinas, acariciaría con firmeza tu verga y luego te follaría hasta la madrugada. Si vienes podríamos invitar a aquellos hermanos pelirrojos a cenar, ¿recuerdas sus nalgas pecosas saltando en la cama? No sabría si pellizcarlas, nalguearlas o morderlas. Ojalá regreses pronto. Me siento tan frágil sin ti, tan incompleto, hoy iré a la fiesta que ofrecerá el Conde de Savoia a ver si mejora mi endeble condición. [1892]
Douglas, Lord, Douglas, era de carácter volátil, apasionado y egocéntrico, en aquel entonces se daba a las apuestas, las orgías y el guateque. Era, para el infortunio de tantos otros en el mundo, muy parecido a su odiado padre. En cierta ocasión Oscar contrajo influenza después de cuidar a Bosie. Cuando fue su turno de consentir al novio enfermo se mudó a otro hotel y le envió la cuenta, el poeta padecía altas temperaturas el día de su cumpleaños. “Si el Odio cegó tus ojos, la Vanidad te cosió los párpados con hilos de hierro”, le escribiría Wilde años más tarde.
Mi vida ha sido un gran juicio en mi contra. Mi padre me acusa de fracasado, mamá se avergüenza de mi estilo de vida, ahora dices que carezco de voluntad. Tu amor juicioso me repugna. No se puede querer a alguien que busca ser admirado todo el tiempo. Eres débil, puedo recordarte encorvado al otro lado de la sala, mirándome toda la noche. No eres tan inteligente, tan poderoso cuando me amas, ¿verdad Oscar? Ya no me excita tu discurso sobre la justicia y la humildad, por el contrario, resulta tedioso. Me muevo por pasión como las pirañas. ¿No te gusto la traducción de Salomé? ¿Crees que no entiendo francés? Debieras agradecer lo que hice por tu jodida obra. En otras noticias: agonizo de hambre, gasté el dinero que me dejaste en una noche que se prolongó toda la semana. ¿Crees que soy un berrinchudo? Espérate a que incendie tu casa, jodido poeta flaciforme. [1893]
Para el año 1894 la sociedad británica comenzaba a sospechar del romance entre ambos. Mientras tanto el Marqués de Queensberry barajeaba la posibilidad de asesinar a su hijo. Robbie Ross, el mejor amigo de Wilde, quien tentativamente lo introdujo a su homosexualidad, intentó advertirle que su romance con Bosie lo llevaría a la ruina. Resulta curioso cómo Oscar le escribía papiros enteros y el joven sólo respondía postales, en aquel entonces ni siquiera contenían imágenes, la brevedad y la heladez: cada una color manila.
Mi amado, mi mentor, no sabes cómo te extraño, amanecí con la urgencia de sacarte a bailar un valz sobre los canales del Sena. La ciudad se ha vaciado y puedes escuchar tus pensamientos. Sopla un viento tibio del sur y tu sombra camina junto a la mía a pesar de que no estés aquí. He estado meditándolo y creo que debiéramos tomarnos una semana en París, nos sentaría bien. Tengo ganas de hacer tanto contigo, por ejemplo, morderte la oreja, comer en La Femette Marboeuf, pasear por Champs-Elysées o felarte hasta la deshidratación. Lamento si te ofendí en nuestra última discusión, sabes que puedo ser impulsivo, por eso mismo la próxima vez que nos encontremos vamos a caminar tomados de mano hasta la boca del dragón. [1894]
El enamoramiento, cual suele ocurrir, degeneró en obsesión. Oscar pasaba más tiempo con su amante que con su familia, descuidó viejas amistades y en su momento de mayor éxito gastó hasta su última libra esterlina en los caprichos de Bosie. El destacado psicólogo escocés Thomas McFadden advirtió que fue la atracción natural entre la pulsión de vida (Wilde) y de muerte (Douglas) lo que unió a la (dis)pareja.
La gota que derramó el cántaro fue cuando el Marqués de Queensberry se apareció en un pub, con todo y error ortográfico martilló una nota en la entrada: a Oscar Wilde, que alardea de somdomita. Diminuto y aterrorizado ante la amenaza del padre, Bosie convenció a Wilde de llevarlo a juicio. Los amigos y la esposa del poeta intentaron advertirle que la demanda se volcaría en su contra y así ocurrió, Queensberry llamó al estrado a una fila de pirujos que se habían visto involucrados en las orgías de la pareja. Wilde fue condenado, pero sus actos representan un momento clave en la lucha por los derechos homosexuales.
La relación con mi padre ha tocado fondo, ayer me dio una bofetada y pasé la noche llorando en el balcón. Quiere tu cabeza y no se detendrá hasta tenerla sobre un mondadientes. Me temo que perderemos el juicio, ¿quién hubiera pensado que la prostitución podría hacerle tanto daño a una persona? Papá amenazó con desheredarme y correrme del hogar. ¿Qué te puedo decir? el invierno es largo y la vida corta. [1895]
Wilde pasó dos años en la cárcel haciendo trabajos forzados, por ejemplo, deshilachando cuerdas en estopa. En aquellos años escribió De Profundis, extensa y rencorosa carta a Lord Alfred titulada originalmente Epistola: in carcere et vinculis. A pesar de que el joven se mantuvo cercano durante el proceso penal, el libro le recrimina desaparecer cuando Oscar fue puesto tras las rejas. William Ramsay, investigador de Oxford quien diera con media docena de postales en el sótano del nieto de un cartero, reconoció el giro tragicómico de que esta historia jamás hubiese ocurrido de no ser por un clásico descuido del servicio postal británico.
Me encantaría estar sentado en tu regazo, contándote a detalle esos pequeños episodios que no trascienden. Por ejemplo, ayer acompañé a papá al box, yo sé que no era tu espectáculo favorito, pero debiste verlo en primera fila, esos hombres semidesnudos salpicándome sangre y sudor, si el viejo se hubiera dado cuenta de lo excitado que estaba me hubiera mandado a fusilar. La semana pasada escribí un verso que decía “él me abandonó mientras dormía” y me poseyó una carcajada incontrolable. No ha parado de llover, anoté mi puntaje más bajo en golf, la gente camina contemplando sus pies, me invade la sensación de que el mundo complota contra mí. Ayer salí a caminar con mi hermano, un ruiseñor aterrizó en la rama de un árbol, justo cuando me disponía a enseñárselo cayó muerto, jamás se lo conté, he estado pensando en eso desde entonces. [1896]

Oscar Wilde y Bosie
Cualquiera que haya leído De Profundis habrá de sorprenderse tanto como yo al enterarse que Wilde se reconcilió con Bosie al poco tiempo de haber sido liberado. Junto a la Carta al padre, de Kafka, representan los juicios morales modernos más severos que un individuo ha emprendido contra otro, revelando en el trayecto un retrato hipersensible de la polaridad que habita el espíritu del ser humano. En el libro, entre una larga lista de reclamos, asegura estar convencido de que de no haberse cruzado con Lord Alfred hubiese sido un mejor escritor y una mejor persona también. Su convivencia con un ser tan “egoísta”, con “tan poco control sobre sus emociones”, lo sumió según sus propias palabras, en una “total degradación ética”. “Tu motivo más ruin, tu apetito más bajo, tu pasión más vulgar, eran para ti leyes a las que había que amoldar siempre las vidas de los demás, y a las cuales, llegado el caso, había que sacrificarlas sin escrúpulo. Sabiendo que con una escena podías siempre salirte con la tuya, era lo más natural que recurrieras, no dudo que casi inconscientemente, a todos los excesos de la violencia ruin”. Bosie nunca lo entendió así. Wilde abandonó la cárcel en 1897. Constance, la esposa que le había perdonado el escándalo público, le prohibió ver a sus hijos y falleció al poco tiempo.
Falta un mes para que te liberen y no puedo dormir pensando en tu odio. Recuerdo una ocasión hace años cuando alquilamos esa casa en Goring. Discutimos porque yo quería ir a una fiesta con mis amigos de la universidad y tú insististe en quedarte a terminar una escena. Empaqué mis pertenencias tan rápido como pude y me apresuré al carajo, no regresé al hogar en más de una semana. Esa fue la primera vez que pude detectarlo en tu mirada: el odio que me profesabas era tan intenso como el amor. Hasta el día de hoy no entiendo de dónde salió y cómo fue creciendo ese resentimiento. También me pregunto quién te nombró autoridad moral, con qué derecho te colocas por encima de los demás. Espero que esta noche tu odio tampoco te deje dormir. Y al mismo tiempo, sin que exista contradicción alguna, ansío verte tan pronto estés del otro lado de la reja. [1897]
En el año 1900 fallecieron Oscar Wilde y el Marqués de Queensberry. Marcado irreversiblemente por ambos fue como si saliera por primera vez al mundo. Nunca dejó de escribirle a su amado.
Dime querido, ¿cómo es la vida en el limbo? Difícilmente será peor que en la tierra. Esto del matrimonio, no sé como explicarlo, es más o menos como una partida de ajedrez en que sólo quedan dos reyes. Es mentira eso que dicen, si saben bailar no implica que sepan follar. Ella dice algo sobre mi corbata y respondo “me gusta la azul” por decir cualquier cosa. Habla de comida y chismes de sociedad mientras yo anhelo irme adormeciendo hasta morir. Mis hijos parecen de juguete. Hace un par de semanas llegué borracho de madrugada y casi vomito encima de uno. ¿Qué se le va hacer? La vida en familia no es lo mío, hay días en que quisiera matarlos a todos, anhelo esas noches de carnaval. [1903]
En 1905 Robbie publicó una primera versión abreviada de la obra epistolar de Wilde; hasta 1910 se daría a conocer la versión integra. Lord Alfred le hizo saber su opinión antes de llevarlo a juicio por su homosexualidad.
Desde hace años he escuchado rumores de que pretendes publicar la carta que Oscar me escribió. Al parecer esta ocasión va en serio. Me pregunto si él mismo dejó indicaciones. Yo sólo podré defenderme con la verdad: todos esos niños que te follaste van a aparecer en el juzgado como si en el funeral de tu madre los muertos se levantaran de sus tumbas para aullar. [1909]
“Mi vida ha sido un gran juicio en mi contra. Mi padre me acusa de fracasado, mamá se avergüenza de mi estilo de vida, ahora dices que carezco de voluntad. Tu amor juicioso me repugna. No se puede querer a alguien que busca ser admirado todo el tiempo”
Bosie hizo su vida y deshizo la de otros a través de demandas. En una ocasión aseguró que Oscar fue la mayor fuerza maligna que había aparecido en Europa durante los últimos trescientos cincuenta años. La más celebre de ellas en ocurrió 1923 contra Winston Churchill, a quien acusó de conspirar con otros judíos para asesinar a Lord Kitchener, el secretario británico de guerra. Esa ocasión las cartas se voltearon en su contra y terminó pasando seis meses en prisión. Esa experiencia lo transformó en antisemita, se dedicó a editar revistas de extrema derecha y defender causas reaccionarias.
Estoy envejeciendo y no pasa un día sin que lo piense: seré recordado como tu puta vanidosa, traidor, egocéntrico, débil. Yo era bello y el mundo era mío. Lo arruinaste. Presiento que final se acerca y no puedo evitar estallar en risa ante la imagen que restará de mí para la historia. Sólo fui un personaje más de tu obra maestra: tu vida. Y que gran final, una tragicomedia redonda: Robbie, tú y yo, tres maricones que al final del camino no encontraron mejor refugio que la iglesia católica. Siempre hallaste el humor en la ironía, hoy yo sólo puedo reconocer en ella un profundo e irremediable dolor [1928].
Lord Alfred alcanzó a publicar varios libros con su poesía y dos más sobre su relación con Wilde. En sus últimos años también mantuvo correspondencia con Marie Stopes y George Bernard Shaw. Más tarde inclusive se estrenaría una obra basada en su amistad epistolar con este último. Falleció en 1945 a los setenta y cuatro años, el corazón le jugó otra mala partida.
Me estoy muriendo, los nazis han bombardeado Londres y no puedo dejar de pensar en la naturaleza del hombre. Recuerdo como insistías en que cada quien debiera perseguir la suya, lo decías como siempre, convencido de tener la razón. Pero lo siento, querido, te equivocaste de nuevo, es la naturaleza quien persigue a uno y ni siquiera queda tiempo para dormir. Siempre busqué el placer por encima de cualquier virtud y no entiendo por qué habrían de enjuiciarme antes que quienes se desvivieron por la verdad o la justicia. ¿Por qué nacemos de cierta forma y tenemos que morir así? El castigo es eterno y la penitencia ninguna: mi naturaleza siempre fue más fuerte que yo. [1944] ®
































Hola, muchísimas gracias por el articulo, no tendrá más sobre los escritos de Alfred? En la web casi no se encuentran..
Ricardo, gracias, también prefiero esta entrega de la columna.
Jorge, te soy honesto, en mi investigación no di con Teleny. Espero publicar una versión mejorada del texto en un libro que estoy trabajando, definitivamente incluiré un par de líneas al respecto. Gracias por el tip.
Buen texto. Gracias.
Y Joaquín, no mencionas Teleny, ¿es porque no está clara la autoría de Wilde? y/o porque Bosie no fue su “modelo”.
Simple curiosidad, -digo a la mejor no venía al caso- :p
Saludos,
Jorge
Wow, están geniales dichas cartas. Gracias por la reseña Joaquín, escogiste pasajes tremendamente poderosos y esclarecedores. Sigue con esto, olvídate de Calle 13 y de las cabronas. Saludos