Las letras con sangre entran

© Peter Beard

© Peter Beard

—Algún día saldré en los periódicos relacionado con algún libro… Me late… Con el gran talento que tengo y la sabia asesoría de Mauricio, de seguro que año próximo consigo ganar el Nobel… O cuando menos el Premio Nacional de Literatu…

¡SSSHHHHH! ¡Silencio!

La bibliotecaria recorría vigilante la sala de lectura donde se hallaban varios usuarios y en donde Raúl estaba sumergido —como buzo rarísimo y gracioso— en medio de montones de libros y pensando en voz alta (“otra vez como idiota”, decía su madre), siguiendo una añeja e inagotable costumbre.

Cuaderno y bolígrafo en mano, Raúl se dedicaba pacientemente a copiar textos azarosamente de entre todos los voluminosos libros abiertos, con la intención de estructurar la que sería su primera novela.

—Después de todo —pensaba, ahora sí en voz baja—, mi amigo Mauricio dice que Gabriel Zaid argumenta que copiar trozos de libros para conformar poemas es una excelente manera de escribir. Dará lo mismo si lo hago para una novela. Sí… El estilo medio surrealista de los fragmentos unidos dará la impresión del estilo de Cortázar o de García Márquez. Lo que tengo que hacer es igualar todos los nombres de los personajes y ya está… Lo más avanzado en la nueva narrativa latinoamericana…

Su deseo por aparecer en los periódicos por causa de algún libro, era un motor que Raúl llevaba en su interior desde que, una casual tarde de domingo, encontró a un sujeto leyendo en el café de Chava y sintió el llamado de la “sangre de los poetas”. Desde entonces, aquel individuo —su amigo Mauricio— se había convertido en el motivo de sus deseos de escribir larvariamente aplazados. Y ahora sucedía que el gusano de la envidia le roía el sueño haciéndolo buscar el reconocimiento literario a cualquier costo, inclusive al del plagio disfrazado de surrealismo. Por eso ahora se hallaba ocupado en armar su escrito, aprovechando para ello los trozos de punzante narrativa que extraía de los polvorientos libros (recomendados por Mauricio, desde luego).

—Qué tal un buen apunto sobre marxismo —se dijo Raúl intempestivamente al llegarle una onda de inspiración—. El escritor actual debe sonar comprometido con su tiempo. Debe tener el fuego revolucionario en su obra. Bueno, al menos eso decía “el Bugui”, mi maestro de filosofía en la prepa. A lo mejor así logro conseguir por fin mi sueño de toda la vida: aparecer en los periódicos por causa de algún libro… Terminó con gesticulación teatral.

De inmediato Raúl se levanto de su silla encaminándose hacia el archivo de consulta. Luego de buscar durante algunos segundos, cerró el cajón del mueble y dirigió sus pasos hacia un viejo estante de madera cargado de gruesos volúmenes empastados en color rojo. Acercó la pequeña escalera y, trepándose en ella, extendió su brazo hacia un rincón del último entrepaño del librero. Estaba atorado el libro (nunca había sido movido de su sitio desde la inauguración de la biblioteca), por lo que Raúl tuvo la necesidad de emplear mayor fuerza. Jaló por el lomo al ejemplar de violento rojo estampado en la piel del forro y…

¡Traaaassss!

Todos los reunidos en la sala de lectura voltearon rápidamente hacia donde provenía tal ruido y percibieron grandes olas de polvo flotar en ese rincón.

ABSURDA MUERTE

Ameca, Jalisco, 18 de julio de 1987. (EPA) Ayer, al filo de las doce horas del mediodía, en la Biblioteca Pública de esta ciudad, un joven resultó muerto al caerle encima un estante repleto de libros.

Al retirar el mueble pudieron comprobar que el muchacho mostraba fractura expuesta de la región frontal del cráneo, misma que le causó la muerte, según reveló la autopsia practicada.

Junto al cadáver se encontró un ensangrentado volumen de 1750 páginas, edición anotada e ilustrada de El Capital, de Carlos Marx. ®

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Publicado en: agosto 2013, Narrativa


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