LAS NOCHES BLANCAS EN LIMA

Con plata, también en Lima puedes ser “tú”. Las noches son propicias para el exceso porque el deseo, cuando terquea por dentro, no repara en razón válida que le advierta el momento de parar, y eso en parte es peligroso porque ya nada tiene freno, todo se acelera y el daño es nada. Pero una cosa es cierta: te dañas rico, muy rico, se fuma harto, pero se jala más. La noche con su melancolía erguida culmina y aunque todos hacen como que se van, el amanecer, en las calles con sus taxis y micros, pide. El mediodía se abre con la bienaventuranza de un sol que te ciega. Puedes fumar en la playa, arrastrándote en la orilla y después aplastar tu nariz y aspirar cualquier pared, incluso la de tu cuarto; premio consuelo cuando lo poco que te resta se lo aspira tu mejor amigo, mirándote.

—Hay fiesta y tres cuerazos. Tú déjamelo a mí —asegura Manolo—. Está pura la coca, cristalina, alita de mosca. ¿A qué hora?

Esta vez es distinto.

—¡Ven ya, hijo de puta! —insiste Santiago.

Esta noche promete.

Cuando cae la tarde y es sábado a Santiago Antúnez le pica la nariz, pero desde que dos policías lo pillaron en el baño del Juanitos con un gramo entre las manos se resiste a inhalar así nomás. Y es que la gracia le costó 500 dólares que, maldiciéndose, desembolsó nervioso. Desde entonces sólo si Manolo lo llama para picarle la nariz dice que el tiempo es nada y se traiciona el alma y entonces en vez de arrepentirse lo celebra. Manolo no se resiste. Se cuida poco. Lo que en otros es asumido como culpa en él es nada. Tiene ojos sabios y complexión de faquir. Con un cigarro entre las manos, después de comer, atisba la tarde desde la ventana de su casa. Alza la cabeza hacia las nubes. Está más cerca del cielo que de Miraflores.

Arroja el cigarrillo por la ventana. Antes pasa por Breña. Ahí, en un callejón que apesta a alcantarilla recoge el cargamento para la noche. De casa de Santiago contacta a Rufino que además de servir en cualquier parte la vende limpia, alita de mosca que seca la garganta. Y es que en el Perú puede que ataque la crisis pero se jala rico. Hay coca para todos. ¡Muchachos, no se amontonen!

Antes de poner en marcha el coche y evitar el desmoronamiento, Santiago, con sus manos de alfiler, en silencio lame un misil por las esquinas. Contempla las calles de Magdalena mientras el sol se ahoga en la panza del mar. Decide a sacarle ventaja a la voz de Robert Smith que retumba en su coche. De Javier Prado rompe en dirección al zanjón y chillan los neumáticos como loros enjaulados. Manolo acordándose de Kurly empieza a sudar. A medida que el coche acelera no consigue librarse del día en que después de saltar una rampa con su Kawasaki Ninja Kurly se rompió el cóccix. Que reduzca un poco la velocidad, suplica Manolo, y se estacionan en una esquina. Con el motor rugiente, Santiago se pone en contacto con Marquiño; otra bala perdida o más bien una joya, cuya reputación aumentó después de ganar el campeonato nacional de tabla. Conquistar a Loreta para Marquiño fue también un  triunfo. Se la tiró sin condón en la orilla del mar: “Soy virgen, Marquiño”. “No te va a doler”. “Me duele un poco”. “Abrázate fuerte”. En Lima se tira rico también.

—Estoy vivo de milagro, carajo —dice Marquiño.

Se le partió la tabla y por poco le cae en la cabeza. De haber sido así, a lo mejor ni la cuenta.

—¡Drogadicto! Eso te pasa por fumar. Anda a mi casa. Hay hierba y a lo mejor cloro. Alita de mosca. La fiesta es hoy y son tres hembrotas, Manolo las conoció en Punta Hermosa. Así que no se te ocurra morirte, ¡drogadicto!

Esta vez se trata de un Zepellin. No es grande como un misil pero mucho más consistente y robusto que un petardo. Santiago los arma con el papel de una escuálida Biblia que carga por si las moscas en el maletero del coche. Sólo le quedan versículos de Hechos de los apóstoles. El mensaje de Rufino recibido en el móvil es otro hecho, el más preciso de un Judas Iscariote: Hago servicio hasta la media noche, dejar mensaje de cuánto, fijar hora y lugar. Manolo después de conocer el contenido del mensaje mira a Santiago y contesta como quien arroja una botella al mar. Cien dólares es la cantidad del alivio. Con la sangre marihuaneada caen a la alfombra persa de la sala. Por la radio Janis Joplin canta “Summertime” en Woodstock treinta años atrás. Santiago enciende un Camel, se incorpora y llama a Pizza Hut: una hawaiana, por favor, dice. De su bolsillo y después de frotar el terciopelo con las manos Manolo rescata un pequeñísimo petardo. De pie, sin más, lo enciende y con valentía le da una, dos, tres, cuatro, cinco profundas caladas y Santiago se lo arrancha para atosigarse más. Ya no quiero, dice con los ojos inyectados. Tambaleándose, después de meterse un chicle globo en la boca elige una canción de Pink Floyd de hace treinta y cinco años. Ya han apagado las luces cuando empieza a sudar frío. Su corazón es una lavadora centrifugando. Le tiritan los dientes. Los pómulos son de hielo, lo mismo que su nariz y las manos. Suena el timbre. ¡Santis! abre, grita alguien desde la calle. Soy Lucía. Con cautela Manolo atisba por la mirilla de la puerta. La imagina desnuda para él, envueltos los dos en la alfombra, como orugas en un mismo capuchón. De sólo pensarlo como una zanahoria se le yergue la verga y aun cuando está a punto de ceder a su carnoso deseo le inquieta la súbita palidez de Santiago. Recuerda que en casa de Loreta a Marquiño le sucedió igual. Recuperarse es cuestión de tiempo. Cansada de tocar, Lucía se larga. Manolo prefiere el silencio, la ve alejándose hasta hacerse pequeñita en la distancia y pensando, pensando, pensando se masturba en el baño. Inmediatamente después de llegar la pizza se presenta Marquiño. Tragan con hambre africana en el salón de la casa. Con los ojos en el vacío mastican como cerdos angurrientos. Dejan todo hecho un asco. Eructan los tres y  con un grasiento misil Scud entre las manos juegan ruleta china, que consiste en aguantar el humo hasta un próximo turno. La comida les sienta fatal. Pasan de las once y ni un rastro de Rufino. La necesidad les disuelve el habla. En Barranco, a fin de reconocer los gestos que identifican a los dealers, Manolo desciende del coche y empieza a intercambiar miradas. Una batida policial ha barrido con esos inmundos personajes que pueblan la calle Pasos de salvadores gestos decisivos. Se lo revela un niño de facciones  ancianas.

—Habla, ¿cuánto? —le pregunta después de informarle de la noticia.

Manolo se siente a salvo, por fin. Otro sábado más, piensa. Tiene pena del niño pero se trata de esas penas que fácil se olvidan.

—Dame uno de veinte —exige.

Detrás de un ladrillo roto que conforma la fachada de una desvencijada casa y sólo después de recibir el billete y comprobar la autenticidad el niño extrae una bolsa con infinitos papelitos blancos, como los premios otorgados en fiestas infantiles. Manolo jala primero. A Marquiño le resulta escasa cantidad, toda una estafa en cuanto a precio-calidad, pero acerca la narizota y barre  con la parte que le corresponde, ayudándose del dedo pulgar se cubre aliviado el orificio derecho y respira profundo. Santiago apaga el coche y se gira para servirse y se queda con el papel, le da rabia haber pagado para tan poco. Intranquilos y con las pupilas dilatadas se sientan en un bar para ahogarse en cerveza. Como sea necesitan llenar el vacío de esa maldita ansiedad que los obliga casi a treparse por las paredes. Contactar a ese niño anciano y comprarle toda la bolsa o parte, en todo caso, es un último recurso. Manolo vuelve a marcar el móvil de Rufino. Vamos a Miguel Dasso, propone Marquiño, y hasta se ofrece, en vista de que nadie coge el teléfono, a negociar con un conocido de la playa. Al quinto tono una voz contesta.

—¿Aló? —dice Manolo sujetando el móvil con ambas manos.

—Lugar y hora —contesta la voz.

—¡Señor Rufino! ¿Se acuerda de mí? Nos conocimos en…

—Lugar y hora —insiste Rufino.

Aquel hombre tosco de mediana edad que sujeta una bolsa de papel en las manos tiene que ser el compinche de Rufino porque está en el lugar indicado. En dirección a él, Manolo, después de cerrar la puerta del coche, con el billete de cien apretujado entre las manos, se juega el pellejo. Ninguno de los dos tiene la conciencia clara como para mirarse a los ojos. Aquel sujeto tiene uñas largas, como alas de mosca. Es un negocio breve. A vista y paciencia de los transeúntes que caminan apurados, pues las piezas mayores y menores del juego prohibido saben que el miedo en situaciones así más bien es un veneno. Dentro del coche y después de que Santiago vuelve a acelerar los tres son dominados por un vocabulario infantil recuperado de intensas jornadas camino a la escuela, hace ocho años. En aquella piedra de coca que pasa de mano en mano está la razón de su existencia. Se asemeja a una piedra de hielo. Los tres son anestesiados por ese inmediato sablazo que les traspasa el cerebro. Es como un puñete que les impide tragar saliva. En el cielo que esta vez Manolo ve más distante que de la ventana de su casa las estrellas advierten una ahumada mañana de calor. Está limpia, dice Marquiño, convencido y con la boca terca. El verano apenas empieza. Para despejarse, al día siguiente correrán como salvajes al mar. En una gasolinera Santiago detiene el coche, con el dedo índice que se le mueve solo indica que le carguen el tanque de gasolina. Además de cervezas compra ron Bacardí, coca cola y una bolsa más de hielos. Por mutuo acuerdo mandan al carajo la fiesta y a esas tres hembritas. Ya encontrarán ocasión para verlas. No son las mejores, ninguna llega a serlo, siempre hay otra, como las noches blancas. Dispuestos a darlo todo enrumban al kilómetro 43. Ahí las “armadas” son de campeonato. La música hace respirar las ventanas. El cloro empieza a descender como una riada por la garganta. Un hilo fino y amargo que se agradece. Hablan de sus cosas, de los planes futuros. Son tres bombas de tiempo listas para estallar en el cielo de esa velocidad bestia que los incendia, tres paracaidistas extraviados en la nada, convencidos de que transcurrido el efecto no se encontrarán como perros desorientados porque hay coca de sobra. Más que ganarle a Robert Smith, ese cantante que nunca llegará a ser la Cura, Santiago opta por dejarlo atrás, muy lejos, hasta verlo pequeño e insignificante, como los otros autos que detrás de ellos viajan al sur. Con las manos temblorosas Marquiño se abrocha el cinturón. Sujeta una tarjeta más dura para peinar bien la coca, empieza a relatar lentamente cómo se cayó y se quebró su tabla en mitad del mar. Sueña convertirse en el mejor surfer del mundo y esa noche lo sueña más. Manolo no le teme a la velocidad. Se fija en los rígidos brazos de Santiago al volante, como dos maderas indestructibles. Le invade la curiosidad por preguntar acerca de la tal Lucía pero se contiene y cuando recibe la tarjeta con aquella media piedra empieza a disparar a su abollado interior ayudándose de la deteriorada punta de una Mastercard. Uno tras otro escucha el raspa y raspa de su insaciable nariz. Por ambos orificios, como túneles sin salida, en silencio aspira. Acerca la nariz, apunta y aspira dos veces más, como una máquina que nadie puede parar coge un puñado con los dedos y, después de tragárselo, uno por uno se lame los dedos. ®

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Publicado en: Mayo 2010, Narrativa


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