Las sardinas que somos

Viaje en el Metro de la Ciudad de México

Mientras arriba se recrean las fantasías de los ciclistas de domingo y se inventan nuevas rutas de metrobús, abajo sesenta trenes no pueden reingresar a dar servicio porque no hay presupuesto para repararlos…

Alguna vez uno de mis profesores me contó que Efraín Huerta, quien tampoco fue profeta en su tierra, que es la mía, y emigró como hicimos muchos antes y después que él, sin pena ni gloria a este monstruo de ciudad, solía decir que uno no se convierte en un escritor “chilango” hasta que publica su primer texto acerca del transporte público. Sea éste, pues, mi bautizo.

Como a toda digna hija de las “buenas conciencias” guanajuatenses se me inculcó un temor absoluto a todo lo que tuviera que ver con el Distrito Federal (esa ciudad de perdición), así que la primera vez que me subí al Metro rebasaba ya por casi un lustro la mayoría de edad. Mi primer viaje en el subterráneo coincidió, por supuesto, con mi primera visita en solitario a la Ciudad de México; había venido a cumplir con el rito iniciático de todos los tesistas de la Universidad de Guanajuato: pasar toda la tarde en la Biblioteca Central de la UNAM formada en la fila de las fotocopias… Cuando crucé el estacionamiento de la Central de Autobuses del Norte me temblaban las piernas pues ahí, en la otra acera, me esperaba acechante la mismísima boca del infierno, según los relatos de mi madre. Bajé las escaleras de la estación del Metro repitiendo mentalmente ¿o en voz alta? mi recorrido una y otra vez mientras abrazaba mi mochila contra mi cuerpo (dirección Pantitlán, luego la Raza dirección Universidad, te bajas en Copilco, dirección Pantitlán). Eran los tiempos en que el boleto costaba dos pesos y los vendedores de discos piratas aún no convertían sus mochilas en reproductores ambulantes. El viaje transcurrió tranquilo y no sé si sería la embriaguez de la independencia pero me enamoré del Metro a tal grado que al volver a casa aprendí de memoria rutas y estaciones y me convencí ingenuamente de que no existiría jamás una forma más barata, cómoda y rápida de viajar.

El viaje transcurrió tranquilo y no sé si sería la embriaguez de la independencia pero me enamoré del Metro a tal grado que al volver a casa aprendí de memoria rutas y estaciones y me convencí ingenuamente de que no existiría jamás una forma más barata, cómoda y rápida de viajar.

Hoy, varios años después, y al igual que ocurre con los amores a primera vista, llegó al fin el desencanto de la cotidianidad que día a día se transforma en un verdadero hartazgo. He sobrevivido sin amor a las horas pico en viernes de quincena, a las muchedumbres y los empujones, a los retrasos, a la repentina claustrofobia a causa de diez minutos estáticos en la oscuridad de un túnel. Nunca (hasta ahora) me atreví tan sólo a preguntarme si tendría que ser así. Es decir, desde que tengo memoria y muchos años antes de enfrentarme a él siquiera, el Metro ya existía en mi imaginario como uno de los peores tormentos de la urbanización. Llegué a vivir a esta ciudad dispuesta a padecerlo como he padecido toda la vida de miopía hereditaria. Yo, como miles de usuarios vivimos resignados de antemano a viajar en vagones a los que no se les da mantenimiento, a llegar tarde a nuestros trabajos a pesar de haber salido absurdamente temprano de casa, a las interminables filas delante de la única ventanilla abierta en las taquillas, a los cuartos oscuros involuntarios… todo ello porque hemos aceptado desde mucho antes de convertirnos en usuarios que así son las cosas, que está escrito en alguna parte que el destino de Tacubaya es mantener para siempre viva la memoria de Auschwitz y que por lo que pagamos de pasaje no tenemos derecho a bajarnos en donde se nos pegue la gana sino en donde nos den chance.

En la ciudad que gobierna el mejor alcalde del mundo también se barre la basura abajo del tapete (o del pavimento). Mientras arriba se recrean las fantasías de los ciclistas de domingo y se inventan nuevas rutas de metrobús, abajo sesenta trenes no pueden reingresar a dar servicio porque no hay presupuesto para repararlos mientras que los que sí están circulando requieren reparaciones de hasta el 80% de sus partes. Y mientras el sindicato de trabajadores de la Secretaría de Comincaciones y Transportes (SCT) seguía esperando un presupuesto del cual no han visto ni la tercera parte, hace unas cuantas semanas una de las llantas del vagón en el que viajaba se incendió a causa del desgaste y la fricción, el humo negro comenzó a meterse por las ventilas de un vagón sobresaturado y la habitual sensación de asfixia a la que uno termina por acostumbrarse se intensificó de tal forma que estuve a punto de un ataque de pánico. Pero lo verdaderamente alarmante fue que cuando por fin logré alcanzar los torniquetes de salida escuché a un par de mujeres comentando: “Esto cada vez está peor, pero pues ¿qué querías por tres pesos?”

Viajemos pues como las sardinas que somos, con la boca bien abierta pero sin emitir un solo sonido, aplastémonos, bullamos, mordamos y arañemos si es necesario, pero, por favor, no dejemos de disfrutar de las iluminaciones navideñas del Zócalo y ni se nos ocurra perdernos la pista de hielo. ®

Archivado en (Paréntesis), Octubre 2011

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Comentarios

2 Respuestas a “Las sardinas que somos”
  1. Mich dice:

    Me gusta mucho como escribes, hace mucho te seguía en tu blog, me alegra haberte encontrado nuevamente; escribes de una manera amena y atrapante!!!..Felicidades y mucho éxito! =)

  2. david almanza dice:

    a sonar las campanas y preparen el bolo, que estamos de fiesta…..

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