Linda Lovelace y su garganta profunda

El triste fin de una pornstar

Aquella rutilante figura que alardeaba en revistas como Esquire o Playboy cosas como “los chicos americanos quieren que se la chupen, y yo vivo en América”, ahora formaba parte de grupos derechosos antipornografía y advertía a las teens gringas de los horrores de la vida pornocha, las drogas y el rock’n’roll.

And maybe sometime, through you, the truth will be known.
—Deep Throat, The X-Files

Deep Throat, © Blumpi.

Deep Throat, © Blumpi.

Ya se viene Lovelace, película basada en la vida de la protagonista de Deep Throat, con Amanda Seyfried y Peter Sarsgaard como protagonistas. Tiempo de recordar el primer gran filme pornográfico del siglo XX.

Nacida Linda Susan Boreman en 1949, Linda Lovelace fue protagonista a los veintidós años del filme que permitió que la cultura pop le abriera las piernas a la pornografía fílmica. Por ello debería portar un título nobiliario (aunque la retorcida fama de Traci Lords siempre le ha ganado terreno en el top porno), pero su triste historia tomó senderos inimaginables que la convierten en digna protagonista de las páginas de oro de la desgracia humana.

Las historias de degradación de Linda y W. Market Felt —aquel agente del FBI que pasara el chisme de Watergate— sacudieron al pueblo gringo en 1972, año en que los adormilados Estados Unidos, concentrados en el desenfreno discotequero, perdieron el himen en manos de dos personajes-fenómenos que el tiempo volvió grandes traidores.

Antes de la garganta existe algo

Primero, los antecedentes. Boreman nació en Yonkers, Nueva York, y, para variar, fue alumna en una escuela católica (¿qué pasará allí?) e hija de un agente de policía (¿cómo será tener un papá así?). A sus 21 años Linda no era una belleza, pero aun así, una tarde en la que se asoleaba junto a una piscina pública un hombre se acercó a ella. Su futuro estaba escrito: el hombre, llamado Chuck Traynor, era uno de tantos directores de la boyante industria pornográfica gringa, que en esos años no contaba con un público exigente y que, en cambio, se conformaba con películas filmadas con muy bajo presupuesto en cuartuchos infectos y no con esas flamboyantes actrices de hoy: cualquier chica que diera el gatazo y con suficientes habilidades servía. Esas habilidades, ya lo sabemos, que no se miden en exámenes escritos ni con tests psicosométricos. Financiadas por la mafia y bajo la seguridad que da la clandestinidad, las películas de Estados Unidos gozaban de popularidad entre la banda onanista-voyeurista; sin embargo, no era capaz de producir verdaderas piezas relevantes como las que filmaban los europeos. Los directores estadounidenses sólo necesitaban que su exigua inversión (siete mil dólares era el promedio) regresara a sus bolsillos, así que las historias eran lo de menos.

Financiadas por la mafia y bajo la seguridad que da la clandestinidad, las películas de Estados Unidos gozaban de popularidad entre la banda onanista-voyeurista; sin embargo, no era capaz de producir verdaderas piezas relevantes como las que filmaban los europeos.

Así fue como Boreman fue ingresada por Traynor a la industria del porno, en la que filmó ocho diferentes filmes de corte fetish. En corto: con el tiempo Traynor se volvió su esposo, no sin antes engancharla en las drogas y padrotearla para que participara en pelis. Más tarde Lovelace confesó que su infame esposo la golpeaba, permitía que la violaran entre varios hombres, le introducía mangueras por el trasero e incluso la forzó a fornicar con un perro pastor alemán para la pantalla, en una obra llamada Dogarama (aunque el rumor dice que Linda era bien conocida por su gusto hacia los canes y que tenía shows en la mítica mansión Hefner, del dueño de Playboy). Pero eso es la otra parte de la historia, que contaremos más adelante. Lo que importa ahora es que, sin saberlo, Traynor y Lovelace se embarcaron en la piedra de toque que cambió el rumbo de la pornografía contemporánea.

Garganta profunda

La película, filmada con poco más de 20 mil dólares, encontró cauce para pasar a la historia gracias a un ingenioso guión que, por su simpleza, sacudió al género. En ella, Lovelace (en el papel de… ella misma, cómo no) sufre una terrible dicotomía: le encanta el sexo, pero su clítoris se encuentra enclavado en el fondo de su garganta. Un pretexto para que, durante los 61 minutos que dura, desfilen fellatios en los que una Linda muy poco agraciada pero igualmente ávida de placer engulle un enorme miembro el cual logra introducirse hasta la base para terminar bañada en jugos viriles.

Linda Lovelace, los años felices.

Linda Lovelace, los años felices.

La película, que fue filmada en Miami y Nueva York durante doce días, recaudó ni más ni menos que 600 millones de dólares. Inicialmente tenía un título diferente (The doctor makes a housecall), pero en el casting Linda demostró sus habilidades bucofaríngeas y el título y la historia cambiaron para bonanza de su creador, Gerard Damiano. El magnífico éxito alcanzado dio de rebote en diferentes direcciones: Lovelace aprovechó su fama para autopromocionarse, publicando una autobiografía titulada Inside Linda Lovelace en la que, en un tono superficial y sospechoso describe su técnica para retacarse la boca: “La única manera de llegar a una penetración completa era ponerme de modo que mi boca y mi garganta estuvieran sobre el mismo eje del pene, como hacen los faquires”. Una muy buena analogía… a pesar que se sabe que en realidad era xylocaína la facilitadora del proceso completo.

La fama de Deep Throat volvió locos a más de uno. Uno de ésos, the Voice, Frank Sinatra, logró conseguir una copia para pasarla en sus fiestas con Sammy Davis Jr. Este último, dicen las malas lenguas, se prendía tanto al verla que organizaba reuniones con su esposa y la pareja Traynor-Lovelace, en las que le pedía a Linda —en lenguaje corporal— le explicara sus complicadas técnicas (m)amatorias. Otras estrellas que cayeron redondos ante el encanto de la peli fueron Jack Nicholson, Truman Capote y Warren Beatty, a los que se les unieron diez millones de gringos que la vieron, en cines porno y “decentes”.

El fondo de la garganta

“Cuando ves Deep Throat estás viendo cómo me violan. Es un crimen que aún la exhiban; todo el tiempo había un arma apuntándome a la cabeza”. Ésas eran las palabras de Linda cuando tiempo después decidió limpiar su reputación; años distaban desde que se había revolcado con actores como John Holmes —y disfrutado la fama y el reconocimiento que eso traía a la vida de uno… si era estrella porno. La industria porno, of course, no le compró su triste historia y no sólo eso, desde entonces la ha repudiado y se ha burlado de su pretendida victimización. Por ello, en el argot porno existe el término “síndrome de Linda Lovelace”, aplicable a esas ex estrellas del porno que deciden encontrar la redención al retirarse y echar pestes de su otrora bien remunerada carrera. Lovelace, ya en rehabilitación, escribió dos obras en las que se deslindaba de su negro pasado: Ordeal y Out of bondage. Al Goldstein, editor de la popular revista Screw, y a quien Linda, en los buenos tiempos de la peli, le chupara la polla como parte de la “promoción”, enojado por su escandalosa salida de la industria, decía: “Era buena mamadora de pitos. Era un pedazo de mierda. Era una golfa, una escoria”. Y esa era su mejor opinión. El resto es impublicable, o por lo menos imaginable, pero son opiniones que se acercaban a la opinión que ella tenía de sí misma. “Ésta soy yo, lo que puedo hacer y cómo soy en realidad”, gritaba antes de que el cristianismo desaforado le carcomiera la memoria.

Amanda Lovelace...

Amanda Lovelace…

De por sí, si de la lanota que arrojó Garganta… ella y su pimp Traynor sólo vieron 1,200 dólares (nada, comparado con las súper sumas que logró en taquilla), ahora había que sumar que su carrera ya se precipitaba hacia el vacío, pues sus películas posteriores (Deep Throat 2, Confessions of Linda Lovelace, Linda Lovelace for president, entre otras) no redituaron ninguna clase de éxito ni de ganancia. La primera estrella de las llamadas gulp girls, y número 5 en la lista de los actores y actrices porno más importantes (justo detrás de Ron Jeremy, Jenna Jameson, John Holmes y la Lords) ahora protagonizaba escándalos policiales por posesión de coca y anfetas: el lugar común del lugar común de la rockstar (pornstar, en su caso) venida a menos. Aquella rutilante figura que alardeaba en revistas como Esquire o Playboy cosas como “los chicos americanos quieren que se la chupen, y yo vivo en América”, ahora formaba parte de grupos derechosos antipornografía y advertía a las teens gringas de los horrores de la vida pornocha, las drogas y el rock’n’roll. Traynor la había forzado a implantarse silicona en los pechos para poder ser regenteada por la agencia de la entonces archipopular Xaviera Hollander, pero ésa era la menor de las infamias que Lovelace ahora denunciaba en programas de tele.

La decadencia física empataba con su deterioro público: por haberse inyectado silicón por su propia mano en sus años mozos tuvo que ser intervenida en una mastectomía doble. Su último recurso era el dinero que cobraba para aparecer en público arrepintiéndose de su horrible —pero gozosa— vida pasada. Una de sus últimas apariciones tuvo lugar en Leg Magazine, pues su despistada moral le dictaba denostar la pornografía pero también le decía que las poses sexys no tenían nada de malo.

Linda Boreman-Lovelace terminó mal: el miércoles 22 de mayo, tras un mes de estancia en un hospital por un aparatoso accidente automovilístico, falleció. Y la historia de la primera reina del porno contemporáneo ya sólo vive en la memoria fílmica XXX. Ya saben cómo homenajearla. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Octubre 2013

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