Literatura, Acapulco y José Agustín

Ser acapulqueño es la onda

Durante el IV Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores en Acapulco, durante la última semana de agosto, José Agustín fue homenajeado por sus cincuenta y un años de escritor. En el Museo del Fuerte Histórico de San Diego el autor leyó estas palabras dedicadas al más conspicuo representante de La Onda.

Palmeras mecidas por los vientos del sur o “when the outside is in”

José Agustín

Me dijeron que tenía que hablar de Acapulco más literatura igual a José Agustín. Reflexioné la siguiente ocurrencia: “Sin Acapulco no hay historia”. Me pareció una idea chingona por cómo se devanea en su polisemia, porque sin este noble puerto la Corona española, señorona rancia, no habría alcanzado esplendor y todo eso, y por el propósito de comentar una obra y vida en las que el tópico resulta esencial.

Voy a hablar desde la experiencia directa de ser nativo acapulqueño, lector y seguidor de la obra agustiniana, la arista más adecuada para abordar el tema, según yo, luego de considerar la talla de quienes han opinado acerca del máster Agustín y su obra. Y además porque también me eduqué con el binomio Acapulco-rock. Y porque sí. Hay que preguntarse qué siente el lector tropical cuando se avienta tiros como Se está haciendo tarde o como Dos horas de sol, porque ahí radica la provocación. ¿Qué siente el acapulqueño ante el espejo?, le arde al cabrón, tal como quema la vida en estas tierras duras, que aturden los sentidos, y en estas aguas que los limpian y los templan.

No exagero al decir que mi encuentro con la obra y con este autor tuvo carácter patafísico. Uno de esos días vacíos, cuando me expulsaron de la prepa por segunda ocasión, al pasar junto al librero de mi casa algo me hizo fijar la mirada en el lomo de una edición de La tumba. Está delgadito, me dije. Así me inicié de verdad en la lectura, atizado por esa historia buscona semejante a la mía. Le dije a mi papá Quiero ser escritor. Esa tarde veníamos en el carro, se emocionó un segundo y luego le valió madres. Recuerdo cómo mi hermano y yo nos burlábamos de mi padre porque con ese fleco lacio se parecía a José Agustín y a la vez a Satánico, el luchador.

No exagero al decir que mi encuentro con la obra y con este autor tuvo carácter patafísico. Uno de esos días vacíos, cuando me expulsaron de la prepa por segunda ocasión, al pasar junto al librero de mi casa algo me hizo fijar la mirada en el lomo de una edición de La tumba. Está delgadito, me dije. Así me inicié de verdad en la lectura, atizado por esa historia buscona semejante a la mía.

Cuando supe que el maese Agustín era acapulqueño, uf, se me vino la sensación kimosabi de un “nosotros”, los muy acá, de acá de Acapulco pues, lo miraba poncharse un taquito en la fotografía de contraportada de una vieja edición de Se está haciendo tarde, de Mortiz, que por cierto me había robado en una peda en casa de Ramón Sierra, historiador de Hermenegildo Galeana. De ahí saqué y contagié a mis amigos la idea de atizarnos en una panguita en medio de la laguna de Pie de la Cuesta, con el sol cauterizándonos la espalda, pero no importaba porque era loquísimo, como en la novela. Me quedaba claro por entonces que el asunto de Acapulco es darse el rol, el rocanrol, el mismo andar mítico de Ulises en La Odisea, el viaje humano de Cristo en Tierra, el bajón de Dante a los infiernos, el dédalo alucinado de míster Bloom y su híper conciencia en Dublín, el mismo frenesí telúrico, sagrado y visionario de Kerouac En el camino, con el mismo aliento alcohólico y el traspié de Lowry en Bajo el volcán, el mismo rol, pues, que se da uno en su nave por la costera Mickey Alemán una noche de sábado (ahora ese rol se lo dan los narcos y los guachos). Acapulco suele participar de aquella búsqueda frenética y vital de quienes anhelan tragársela toda. Acá no hay de otra, jalas o te pandeas, ésa es la onda aquí, medio rabiosa.

El ímpetu y la ansiedad carcelaria se identifican inyectados en Se está haciendo tarde, escrita en prisión, con las formas natas del ser acapulqueño, arrechas y bullangueras per se. Estoy convencido de que en Acapulco hay demasiada energía, por ello es este activismo sísmico que caracteriza esta latitud, por eso es que acá todo el mundo se pone excited, este suelo que están pisando, señores, prende, pone ganoso, enciende el revuelo sin límite que se da Francine zurrando grotescamente a Gladys y a Rafaelito. Aquí la dama armándola con Gladys:

—…infecta te conozco te conozco ya sé qué te traes entre manos acuérdate del agua lodosa muddy waters old bag y del pozo al que te voy a echar y remember Montego Bay. ¡Qué rápido se te olvidó que querías saber! Se te calentó el agujero y por allí te vas, ¿no es así? Quiero saber quiero saber sí sé quién eres Francine qué has hecho pero quiero saber. Quieres ***** Como si no te bastara lo que recibes, y luego sucede que nadie se preocupa por ti, poor darling, y que tienes buenas cualidades pero nadie las ve, ¿no? Qué bien te conozco, hipopótamo, barril sin fondo, eres inagotable.
Gladys sonrió suavemente y abrazó a Francine.
—Ya déjame en paz, Franny.

Así ocurre en este Acapulco loco, acá los camaradas se ofenden durísimo hasta degradarse, pero lo hacen con toda probidad, sin verdadera ofensa, y el asunto no pasa de finalizar con una conciliadora chuchada de cola, u otra frase doblemente perforadora. Dejando los juegos, mucho del asunto acapulqueño se trata del desenfreno, del delirio en fuga, la experiencia de Acapulco como destino posee algo de dionisiaco e indefectible: irremediable colisión granítica que se desmorona y va a dar al fondo del mar. Este frenesí chamagoso de vivir a cuarenta centígrados se revela como el derrotero forjado por la tragedia tropical, cuyo destino es la degradación necesaria para alcanzar el renacimiento (y no hablo de la periferia de la ciudad, aunque tiene cierto sentido). En Acapulco uno puede atragantarse de libertinaje hasta enloquecer, pero tendrá que corregir el alma si no quiere tener un final en laguna. Ser acapulqueño es radical, me dice la obra agustiniana, lo comparto y lo celebro con media sonrisa, aunque me regocijo en secreto. Así son los caminos del sur, vámonos para Guerrero.

En Acapulco uno puede atragantarse de libertinaje hasta enloquecer, pero tendrá que corregir el alma si no quiere tener un final en laguna. Ser acapulqueño es radical, me dice la obra agustiniana, lo comparto y lo celebro con media sonrisa, aunque me regocijo en secreto. Así son los caminos del sur, vámonos para Guerrero.

Cuando leí Dos horas de sol estudiaba comunicación en la universidad jesuita de Acapulco y fue una confirmación de identidad: comunicación, rock y un Acapulco sumido en plomizos días de tormenta, normal; recuerdo al huracán Paulina (éste no es un luchador). Discutía entonces con el doctor Alejandro Oscós, mi maestro de psicología, el mismo doctor Acaso, inventor del “elesedé con chile” en Dos horas de sol, acerca del ser humano de cara al universo y al control total de la libertad, cómo un grupo de políticos y empresarios culeros ordeñaba y sigue haciéndolo al puerto, como si fuera una prostituta enferma, vieja y decadente, todavía capaz ofrecer sus bondades; frente a este mar que promete estar ahí por siempre, para todos; conmovedor. En suma, la obra de José Agustín me ha puesto a pensar y a sentir en idioma acapulqueño, desde afuera y desde adentro, implicado en el peligro de la fascinación o el trauma de reconocerme en seco y en cueros, de saberme rabón.

Al final me precipité un poco, hice de mi tesis de licenciatura un remedo metodológico con tal de hablar de literatura de la Onda, rocanrol y contracultura. Me inventé que estaba analizando, ahí les va, “La influencia de la literatura de la Onda en la generación de la juventud actual”. Sólo buscaba motivos para alardear mis referentes culturales, mi educación alterna, mi moral tropical y mi animalidad de mar.

Y ahora estoy aquí, junto a este maestro de la literatura y de la vida, con la tarea de sumar algo propositivo al montón de laudos, me siento inhibido como el día que pedí autógrafo a Fishman, el gran pez. No sólo eso, también debo sumar al tema la presencia de este puerto de leyenda. Se me ocurre entonces proporcionar una imagen. En una entrevista José Agustín señala los modos elementales del ser acapulqueño, dice: “Hablan hasta por los codos y no tienen la menor idea de qué es la inhibición…, son muy lisos”. El maestro reconoce esta alma querreque. Cuenta su biógrafa Luisa Calvillo que un día estaba Agustín de chavito, cuando era Pepecutín, comiendo con sus hermanos y de repente soltó una retrocarga de infamia. Cito:

—Cállate, Pepe.
Agustín disfrutó el pasmo en que había dejado a todos y volvió a decirlas.
—Que te calles, no seas grosero, o te voy a pegar.
Agustín repitió la dosis con voz más fuerte.
—¡Cállate ya! —Augusto le propinó un golpe.
—Chingó a su madre el verija culero cara de pedo ojete cagado…
Su hermano hizo todo por callarlo…, José Agustín nunca cerró la boca. Aunque ya estaba llorando por los golpes.

Este pasaje es una muestra del espíritu endémico de la costa de Guerrero, aferrado hasta la última consecuencia, para bien o mal, como trama correosa de árbol de amate. Así somos, los de acá, muy acá, de acá de Acapulco pues, con mar azul, palmeritas y todo.

A pleno sol o “the inside is out”

Actualmente en Acapulco y en Guerrero tiene resonancia el trabajo de un grupo de escritores jóvenes que lo hacen con mucha hambre y que quieren ser reconocidos. Aquí la única constante es que somos coetáneos, y al parecer esto es un hecho sin precedente histórico. Pero hay que decir que acá cualquier cosa parece innovación si la vemos en contraste con este espectacular atraso social que se padece, y que llega a petrificar la vida. Por ello justamente se hace chingón que desde la perspectiva histórica somos unos bichos salidos de la nada, aferrados a no ahogarnos con nuestros propias historias; mejor que se enfermen los otros, los lectores. Literariamente venimos de la orfandad porque carecemos de tradiciones poéticas natas e incorporadas a nuestro visionario, a nuestro aparato creador, porque los antepasados legítimos de Guerrero, aunque protesten en sus tumbas, Juan Ruiz de Alarcón o Ignacio Manuel Altamirano, por decir las figuras originales y consagradas, aquí nadie los reconoce en cultura viva ni los siente como suyos, a menos que sea para farolear en alguna disquisición, así que cada quien se puso a ver a dónde se afiliaba y de qué autores aprendía, al fin que con la globalización todo está a pedir de boca, y pues eso, más la ayuda de los que vienen de fuera, la chingonería de las redes sociales y la colaboración entre colegas. De modo que desde la formalidad opino que no alcanza para discutir el tema de una literatura acapulqueña o guerrerense desde una visión orgánica. Sólo tomar nota y observar lo que está sucediendo. Lo verdaderamente sustancial de esto es que tenemos aquí y ahora la fortuna de compartir lo acapulqueño con el maestro Agustín, en vida, por eso huelga el reconocernos, que el maestro mire qué hay y quiénes están por acá, que la role un rato con nosotros, que somos los suyos, los de la casa, que el carnal mayor se moche y preste para la orquesta, que nada le cuesta. Una vez el doctor Juan Miguel de Mora se expresó así respecto de la cultura en Guerrero: “Es una aspiración legítima”. He aquí pues la solicitud histórica, maestro, parece que estas plumas jóvenes anhelan batirse más alto, sólo faltan los aires precisos.

Epílogo

Entonces, maestro, aquí estamos, todos estos escritores con onda lo saludamos y lo invitamos a este rocanrol, al festín vital de las letras y el sol, un vértigo que usted ya domina. Larga vida pues a José Agustín Ramírez Gómez, maestrísimo de la gran literatura y del rocanrol, así sea. Gracias. ®

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Publicado en: Libros y autores, Septiembre 2011

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