Lo que yo necesito es una mujer

Sífilis no es un pueblo de Europa del Este

Para renovar mi oxidada ars amatoria recurrí a los anuncios personales. Lo cual quiere decir que aprendí a recorrer Tinder como un prestidigitador en pánico y a leer perfiles personales con la agudeza de quien avista patrones en las manchas de Rorschach.

Con estas palabras, Yo–Yeon ascendió a los cielos, cabalgó el viento y desapareció de la vista de Soyu, a pesar de que éste insistió en que se quedara.
“El sueño de las nueve nubes”, Kim Manjung

La soledad del héroe.

Luego de sentirme como un tambor roto tras mi separación, quedé sorprendido cuando a las pocas semanas estaba decidido a volver al mercado del amor. Me di entonces a la tarea de resucitar el eros más allá de las inmediaciones de un monitor. Necesitado de entrenamiento y técnica acudí a los recursos que proveen las redes sociales.

Para renovar mi oxidada ars amatoria recurrí a los anuncios personales. Lo cual quiere decir que aprendí a recorrer Tinder como un prestidigitador en pánico y a leer perfiles personales con la agudeza de quien avista patrones en las manchas de Rorschach. Pero pronto advertí que había que manejar esas herramientas con el cuidado con que se manipula el plutonio enriquecido. Mi alusión a la ciencia no es gratuita. La primera candidata con que me topé resultó ser una determinista furibunda. Su semblanza se reducía a una afirmación categórica: “Todo pasa por algo”. Me pregunté si podía ser yo ese algo, pero la red de causas y efectos del Universo me deparó mi primer desengaño. Su lema, que había malinterpretado, se alineaba con los insondables designios de la Providencia, no con la ciencia positivista.

Supe lo enmohecida que estaba mi teoría del cortejo cuando leí que una candidata de sonrisa franca y cabello revuelto se definía a sí misma como una connoisseiur de helado de yogur y “outdoorsy in the sense that I love to get drunk in patios”. Esa noche, luego de ver decenas de retratos y leer otros tantos perfiles, soñé con la frase acuñada por Lavrenti Beria, jefe del Servicio Secreto durante las purgas stalinianas, “Show me the man and I’ll find you the crime”.

Pasé la mañana siguiente buscando una fotografía para mi perfil que no mostrara mis crímenes. Al cabo de unas horas supe que todas me delatarían frente a una hipotética Beria, por lo que preferí invertir mi tiempo buscando coartadas verosímiles. Bajo circunstancias semejantes los hombres actúan de manera semejante, fue la de mayor espectro exculpatorio que encontré. Esa justificación podría ser mi lema. Aquella tarde supe cuán necesario resulta tener a la mano una definición de sí mismo para venderse en el implacable mercado de la seducción.

“Hombre parco” me pareció precisa, pero desmesurada. Rechacé también “varón morigerado” por los aires monacales que despedía y que contradecían mis intenciones concupiscentes. La tarea no iba a ser sencilla. Envidié la mitología amorosa de los años setenta en que era bien visto expresar las intenciones últimas sin rodeos: “Quiero motivar tu vientre”. A las mujeres de hoy esa metáfora les sugeriría un laxante. En su época su autor era una tentación, hoy sería un boticario con colitis. Es el problema de las metáforas con connotaciones anatómicas. Las mujeres son semiólogas natas.

“Hombre parco” me pareció precisa, pero desmesurada. Rechacé también “varón morigerado” por los aires monacales que despedía y que contradecían mis intenciones concupiscentes. La tarea no iba a ser sencilla. Envidié la mitología amorosa de los años setenta en que era bien visto expresar las intenciones últimas sin rodeos: “Quiero motivar tu vientre”.

En esos predicamentos recordé lo que un periodista dijo de un político que se definía a sí mismo como un “compassionate conservative”: la descripción es exacta salvo por el adjetivo y el sustantivo. Supe que definirse era exponerse a críticas gramaticales y psicológicas acerbas. Flaqueé. Un amigo acuñó una frase para describir el estado en que me encontraba: “We all experience moments when we are entirely free of fear, they are called panic”. Esa noche doblé mi dosis de rivotril.

Durante la semana siguiente busqué inspiración en los anuncios personales de mis competidores. De alguna parte tendría que llegar la inspiración. “Si crees que el amor es extraño, espera a que veas mis pies”, decía uno que podría llamar la atención de alguna fetichista. Aunque, según me dijo una amiga, sólo los hombres somos fetichistas. Pensé en emular a otro más mundano que se anunciaba: “Mi dedo en el pulso de la cultura, mi oído en los fundamentos de la filosofía, mi cadera en el bote de basura del Hospital Real de Glasgow”, y que concluía con la confesión: “14% plástico y contando”. Tenía la virtud de ser sincero, pero si lo usaba corría el riesgo de exasperar al amplio segmento de las ambientalistas hipster y reducir significativamente el tamaño de mi mercado.

Estos anuncios me convencieron, contra mi intuición, de que ser sincero era una estrategia ganadora. Decidí no ocultar mis defectos. No caería en las travesuras de la mercadotecnia. Sólo debía tener cuidado en ser lo suficientemente espontáneo. En su anuncio, un “hombre maduro” se describía a sí mismo sin tapujos en tercera persona mayestática: “Los años le han sentado bien, posee un aspecto de gris nobleza, está en forma y es activo, sensato y ecuánime ante las caprichosas exigencias de la sociedad moderna… Uta madre, tengo que mear otra vez”. Me identifiqué de inmediato con sus problemas de próstata, y pensé también en las posibilidades diuréticas del cortejo. Hermano, pensé en confortarlo, nadie controla las circunstancias de su vejiga.

Incapaz de superar el grado de espontaneidad de ese hombre maduro pensé en promocionarme a la manera de los románticos. La idea no surgió ex nihilo. El anuncio de otro camarada me sugirió esa línea de acción. Su método no caía en rigidices tipo Marcel Proust: “Saber que era posible besar las mejillas de Albertine era un placer acaso mayor que el de besarlas”. En cambio empleaba una perífrasis sutil: “I like my women the way I like my kebab”. Me intrigó, sin embargo, que hablara en plural. Intenté una versión monogámica, pero no logré encontrar un equivalente gastronómico.

No sin desilusión entendí que el amor trovador no vive sus mejores días. Los tiempos exigían movimientos de espíritu más temerarios y pragmáticos. Es culpa del neoliberalismo, deduje. Mi nuevo modelo a seguir rezaba: “Dame la lista de tus diez álbumes favoritos. No para comparar afinidades, sino para saber si hay algo que valga la pena conservar cuando terminemos”. Para mi perplejidad, tampoco versiones de este anuncio pudieron atraer sobre mi humilde persona ninguna atención.

Luego de varios días de intentar redactar un anzuelo amatorio decidí emprender una investigación de mercado echando una ojeada a los anuncios de mis potenciales destinatarias. Una aconsejaba: “No me manden poemas. Estoy hasta la madre de poemas”. Sentí cómo en ese instante mi arsenal hechicero quedó demediado. Otra acicateó mi inseguridad proverbial con una frase que me provocó un pellizco gástrico: “Me he divorciado de mejores hombres que tú”. Cuando me repuse de las arcadas le pedí si me podía proporcionar más información. Otra exigía “un mínimo de 20% de capacidad pulmonar”, pero pedía “a full medication history”, con lo que tendría reservas cualquiera que hubiera pasado por toda la farmacopea psicoactiva. La tarea sería extenuante. Otra que anunciaba: “Woman, 56, much happier now”, me hizo recordar el sutil arte femenino de la manipulación pasiva contra el cual el hombre se encuentra inerme evolutivamente. Por eso me alegré mucho por ella y le escribí confesándole que tenía una predisposición innata a aceptar la culpa, cualquiera que fuera. Le dije que lo sentía. Mi aceptación la hizo tan feliz como el tamaño de mi contrición. Huyamos juntos a donde puedas gozar de tus culpas, me propuso: “Hay suficiente litio en mi gabinete para alimentar la batería del auto eléctrico en el que cruzaremos un desierto de tamaño moderado”.

Me albergaba un sentimiento de optimismo cuando rectificaba mis tácticas seductoras. Creí que la dialéctica de ensayo y error iría afinando mis habilidades naturales. Pero pasaban las semanas y mi entusiasmo comenzó a disminuir, y yo a entrar gradualmente al territorio del desasosiego. Mis logros no correspondían a mis empeños. El repetido ciclo expectativa–frustración que oscila entre el frenesí y el desaliento terminó por extraviar mi brújula emocional. De algún modo logré estar, al mismo tiempo, abatido por mis fracasos y excitado por las expectativas de un romance inolvidable. Me encontré en el predicamento de tener que buscar orientación terapéutica o abrir el gabinete de la felicidad en píldoras.

Encontré entonces una candidata adecuada a mis tribulaciones. Para un hombre extraviado y dócil qué mejor que una cartógrafa con tendencias magisteriales. Su anuncio: “Sífilis no es un pueblo de Europa del Este”, me hizo recordar que en mi adolescencia creí que Escoliosis había sido un filósofo griego. Me imaginé susurrándole al oído que guardo mis radiografías de columna en el estante de los clásicos.

Pasé los siguientes días postrado en cama y observando cómo de mi espíritu fértil nacían brotes psicóticos. Tenía sueños extraños. Ora recibía donativos, ora era devorado por una mujer panteísta. Una mañana sentí que tenía material suficiente para fundar una religión. Como pude me levanté de la cama, me hice un café y busqué un anuncio personal de la London Review of Books que había leído y que, creí, se acomodaba a mi situación. Lo encontré: “I suffer stigmata and holy visions dance around my bedroom like so many drunken midgets. Man, 41, Leicester. Possibly the Messiah, or something.” Me revisé con la atención de un insomne las manos, los pies y el costado. Sentí algunas protuberancias. Me estoy estigmatizando, pensé con alarma. Pero como todo hombre es un oportunista, eché la cabeza atrás, volteé hacia el techo y exclamé: Padre, lo que yo necesito es una mujer. ®

Nota: Hace años descubrí los anuncios personales de la London Review of Books, un género literario menor. Recuerdo que empecé a seleccionar algunos con el fin de hacer un pequeño relato y publicarlo en la revista que entonces editaba, Tedium Vitae, “Papeles para la supresión de la realidad”, pero pasaron los años, no escribí nada y terminé perdiendo mi colección. Hace unos meses, buscando ese archivo, me topé con un libro de David Ross que justamente contenía el valioso tesoro: They Call Me Naughty Lola: Personal Ads from the London Review of Books. Este breve divertimento es un centón hecho de algunos de esos anuncios y una que otra frase recogida aquí o allá para zurcir la pedacera.

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Publicado en: Narrativa


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