Los abyectistas

El asesinato, por ejemplo, puede tomarse por su lado moral y, lo confieso, ése es su lado malo, o bien cabe tratarlo estéticamente —como dicen los alemanes—, o sea en relación con el buen gusto.
—Thomas de Quincey, Del asesinato considerado como una de las bellas artes

Silvio Migñón, becario del Fondo Nacional para la Cultura Abyecta (Fonca), está de pie en medio de la explanada del Palacio de las Artes, excitado, al acecho. Ésta es una tarde por demás especial para el joven, quien presentará su ópera prima ante la multitud de turistas y peatones que a esa hora, minutos después del medio día, deambulan por el lugar.

Su indumentaria lo distingue de entre la plebe. Siguiendo los dictados de la moda y la cultura abyectista, lleva puesto un jersey metálico color mostaza, ceñido y bordado a mano, cubierto de trenzas, entorchados y cordones militares. Un faldón abombado de lentejuelas negras que le llega hasta los muslos, medias transparentes oscuras y botines altos de color vino complementa su atuendo. De su cinturón, estilo buceador, cuelga una pistola semiautomática Desert Eagle, calibre .44, plateada.

En busca de la víctima perfecta, el joven observa el vaivén de la multitud, con atención y agudeza. Todos son iguales y ninguno se destaca. Cuando está punto de darse por vencido vislumbra a lo lejos la silueta de una mujer muy alta y obesa, que atraviesa la explanada con pasos lentos y pesados. Tiene que ser esa marrana, se dice. Da un profundo respiro y camina con determinación hacia su encuentro. Mientras cruza la plancha de las Artes la gente se vuelve a verlo, embobada. El joven siente las miradas y comienza a sudar profusamente. Nervioso, baja la cabeza y apresura el paso.

A escasos diez metros de la mujer, Silvio levanta el semblante y la mira directo a los ojos. Duda un segundo, pero cuando ella le sonríe, embelesada, experimenta una sensación de asco y, sin pensarlo, coge el arma, da un par de pasos adelante y jala del gatillo en repetidas ocasiones, descargando el cartucho entero. Se escucha el sonido hueco y sordo de las balas mordiendo el viento.

Éste es el instante donde el tiempo se detiene, y con él toda la atmósfera y bullicio de la explanada…

Nadie sabe con certeza si fue la violencia de lo real la que invadió las esferas del arte o fue la virulencia de éste la que infectó a la realidad. El hecho es que el Arte Abyecto o la Doble A (por sus siglas en castellano) se ha impuesto como una de las escuelas artísticas más influyentes de las que se tenga memoria, y es con toda seguridad la que mayor controversia ha desatado entre críticos y público en general.

En busca de la víctima perfecta, el joven observa el vaivén de la multitud, con atención y agudeza. Todos son iguales y ninguno se destaca. Cuando está punto de darse por vencido vislumbra a lo lejos la silueta de una mujer muy alta y obesa, que atraviesa la explanada con pasos lentos y pesados. Tiene que ser esa marrana, se dice.

Los historiadores conjeturan el nacimiento de esta poética del horror en el tiempo de la furia y el delirio, cuando hordas de matones a sueldo se disputaban las migajas de una nación que ya no existe. Algunos expertos defienden que el padre del abyectismo fue un tal Miguel Ángel Kurtycz, alías “el Poeta del Hacha Roja”, un sicario inmigrante del norte que, como su nombre lo indica, gustaba de martirizar y decapitar a sus enemigos con una gigantesca hacha de hierro, cuya cuchilla se teñía con el rojo espeso y brillante de la sangre del ajusticiado.

Su brutalidad, aclamada por la prensa, era proporcional a su erudición. Después de cada descabezamiento gustaba de escribir, algunas veces sobre las mantas que dejaba al lado de los cadáveres, en otras sobre la carne inerte de éstos, sus “poesías rojas”, es decir, poemas escritos con los fluidos de las personas que ejecutaba.1

Para otros, en cambio, la figura de Kurtycz nada tiene que ver con el abyectismo, por lo que su obra no puede ser considerada un antecedente directo de este movimiento. El argumento a favor de esta última conjetura es de naturaleza teórico-abstracta y se basa, por entero, en el Neo-Conceptualismo Unificado del Distrito M.2

Como toda ruptura vanguardista, el arte abyecto comenzó a ser practicado desde la clandestinidad, a contracorriente, en lugares de dudosa reputación y a altas horas de la noche. Autobuses solitarios, callejones oscuros, puentes peatonales, terrenos baldíos, basureros, piqueras, prostíbulos y tugurios de mala nota eran los espacios indicados para generar situaciones trazadas a la medida del peligro. En aquellos primeros años los artistas corrían múltiples riesgos. Muchos de ellos terminaban siendo linchados por la plebe o, peor aún, despedazados por el juicio obtuso de algún pedante crítico.

No faltaron los moralistas escandalizados, generalmente sacerdotes, padres de familia, intelectuales, periodistas y políticos hipócritas que se pronunciaron en contra de la nueva tendencia artística: “Esto es pura mierda”, “El arte es acerca de lo bello y debe generar epifanía”, “Piensen en los jóvenes y en el ejemplo que les están dando”, solían argumentar sus opositores.

Muchos críticos se preguntaron, y con razón, qué diferencia había entre un asesino ordinario y un creador abyecto. La pregunta, de lo más pertinente, enfatizaba una contradicción en el seno mismo del concepto de Arte, pues resultaba impensable que toda persona, sin importar su talento, genialidad o buen gusto, pudiera ser potencialmente creativa con un arma entre las manos. Cuando se hacía este tipo de reproches a los artistas, más acostumbrados a la praxis que a la teoría, no les quedaba más remedio que responder con una demostración de hecho. El crítico abandonaba su carácter pasivo, inútil y fagocitador para devenir entonces “soporte vivo y material” de una pieza abyecta.3

Tal fue la cantidad de críticos e historiadores de arte inmortalizados de esta manera que prácticamente ya no quedó nadie que desempeñara esta importante función social. Los abyectistas, más tarde que temprano, tuvieron que admitir que la crítica era un mal necesario. Dejaron seguir con vida a unos cuantos y se enfocaron más que nunca en sus presas habituales. Vagabundos, drogadictos, alcohólicos, migrantes centroamericanos, indígenas, prostitutas, homosexuales, lesbianas, limosneros, obesos, obreros, madres solteras, viejos pensionados, enfermos terminales, retrasados, lisiados y deformes, constituían el pan de cada día de los abyectistas.

En un intento por validar racionalmente su estética y discurso, el arte abyecto estimuló con insistencia los Anales de Julieta Ibarrola, acaso una de las pocas filósofas, historiadoras e intelectuales afines al movimiento. Si bien es cierto que el acercamiento a los Anales puede derivar en una experiencia contradictoria, tan reveladora y placentera como oscura y tortuosa, resulta ampliamente recomendable su exploración al menos una vez en la vida. A medio camino entre la teodicea, la enciclopedia filosófica (allí se compilan tratados enteros de estética, política, epistemología y lógica), elmanifiesto ideológico, la autobiografía y la crónica histórica, la obra de Ibarrola representa una especie de literatura sagrada y el canon para gran parte de los abyectistas. En sus decenas de miles de páginas, compiladas en 17 gruesos volúmenes, se engloba el conjunto de estrategias y dispositivos narratológico-visuales con los que debe cumplir toda expresión de este tipo.4

© Nobuyoshi Araki

El tercer volumen es de especial importancia, ya que ahí es donde se teoriza con mayor rigor y profundidad una ontología de lo abyecto. Su estilo, cacofónico y denso, invita a una lectura por demás atenta. En la estética trascendental de los Anales leemos lo siguiente:

No es el deseo del culo del Otro, sino la fornicación anal del Nombre del Padre lo que dispara la abyección. Es el “yo” sin “objeto”, forcluido y desalojado, que se diluye y hunde en la pura positividad del goce escatológico. Gran asco primigenio que sube por la glotis ante lo extraño; náusea y síntoma intestinal ante la imposibilidad de simbolizar lo real. Retorno del espectro, del fantasma, que atormenta toda síntesis y estabilidad del “yo”. Lo abyecto es, literalmente, lo desechado, lo evacuado, lo vomitado, lo arrojado ante la nada.5

Páginas adelante Ibarrola asevera que el arte abyecto “es como tirarse un pedo, hay una sutil diferencia entre que se te salga, y otra en sentirlo, quererlo e intencionalmente sacarlo. Todo estriba en el instante de la elección, en la voluntad libre y desbocada del artista para estremecer su tiempo y realidad. ‘¡Tiempo, instante, paren! ¡Esto es una obra de arte!’, tiene que ser la consigna existencial y política de nuestro movimiento”.6

Desde entonces los Anales se han convertido en el manual por antonomasia de las juventudes abyectas. A su vez, la frase “¡Tiempo, instante, paren! ¡Esto es una obra de arte” se convirtió en el lema de todos los autores posteriores. Incluso hoy en día, aquel que no la enuncia en el instante preciso de ejecutar a alguien se arriesga a dos cosas: 1) ser ridiculizado públicamente por la crítica especializada, y 2) ser expulsado de la propia comunidad abyecta.

Establecido el canon, el género experimentó una inusitada explosión creativa.

Pronto la Asamblea del Distrito encontró una manera económica y eficaz de limpiar las calles de gente indeseable y comenzó a estimular a la emergente vanguardia. Se otorgaron cuantiosas becas y apoyos económicos para la creación, a la vez que se erigían museos, galerías y casas culturales capaces de albergar su propuesta. Y cuando la clase aristócrata comenzó a coleccionar y a pagar por encargo una que otra ejecución la Doble A se convirtió, en definitiva, en el arte oficial de la ciudad. Ante tales incentivos muchos poetas, escultores, músicos, cineastas y pintores abandonaron los soportes tradicionales del arte y se sumaron a la cresta de la nueva ola. A esta primera etapa de consolidación los expertos la han denominado como “clacisismo abyecto”.

A este periodo corresponden las acciones del Colectivo Deshecho, quienes bajo la batuta de Malaquías Esparza y Ana María Bustos, mejor conocidos en los círculos abyectistas como “el puerco desollador” y “la chaquetera cubana”, irrumpían con salvajismo en bailes y antros, donde se arremolinaba la juventud empobrecida, gamberra y sin estudios, de las periferias de la ciudad. Ataviados con antifaces, trajes en color pastel y zapatos de charol blanco, como solían uniformarse para sus presentaciones, portaban armas largas y de grueso calibre como fusiles de asalto AK-47, rifles y ametralladoras Heckler & Koch MP5, con las que gustaban de cargar de plomo a sus víctimas.

“¡Tiempo, instante, paren! ¡ESTO ES UNA OBRA DE ARTE!”, gritaban al unísono, y acto seguido acribillaban a todos los desgraciados comensales. Luego, desmembraban los cadáveres y esparcían por toda la ciudad cabezas, torsos, genitales, brazos y piernas de los desventurados. “Naturaleza muerta no. 27”, “Retrato de una cabeza hueca” o “Genitales y abdomen con gusanos” son algunas de las obras más exquisitas y valoradas por la crítica.

Menos prolífica, pero más provocativa y extrema fue la apuesta de la Brigada Satánica, otro colectivo fundado por los artistas Teresa Ventura, alias “la conejita prieta”, Ricardo Amorales, alias el “muñeco sodomita” y Felipe de Jesús Constante, alias “el monje defecador”, quienes habrían de llevar a su apogeo el “clasicismo abyecto”.

La Brigada, de clara orientación quinciana, gustaba de ahondar dentro del patetismo épico: mientras más inocentes e indefensas fueran las víctimas, mientras más viles y monumentales fueran las ejecuciones, mayor sería el efecto dramático de la pieza. Se especializaron entonces en el asalto de guarderías, primarias y secundarias públicas de la ciudad, cargando escopetas, granadas de fragmentación y poderosos lanzallamas.

Menos prolífica, pero más provocativa y extrema fue la apuesta de la Brigada Satánica, otro colectivo fundado por los artistas Teresa Ventura, alias “la conejita prieta”, Ricardo Amorales, alias el “muñeco sodomita” y Felipe de Jesús Constante, alias “el monje defecador”, quienes habrían de llevar a su apogeo el “clasicismo abyecto”.

“¡Tiempo, instante, paren! ¡ESTO ES UNA OBRA DE ARTE!”, se escuchaba y uno sabía que los salones, saturados de niños inocentes, serían bañados por cascadas de plomo y fuego y después volados por los aires. Si alguna criaturita llegaba a salvarse, peor para ella, pues con el cuerpo mutilado y desmembrado moría calcinada por las llamas. Las acciones de la Brigada culminaban siempre de la misma manera: en una estela de carne chamuscada y despojos humeantes. Al estilo se le bautizó rápidamente como abyectismo incendiario, una deriva hiperviolenta y explosiva del género. “Recreo dantesco”, “Juguetes vueltos cenizas” y “Los quemados” fueron las primeras piezas de este tipo. Además, con el estallido de las armas, los llantos y las voces de dolor de los niños, grababan diversas pistas musicales, remixes y hasta sinfonías enteras con títulos como “Poesía para leer en el kinder”, “Caminito de la escuela”, “Suplicio y estertores en do menor” o “Sinfonía Negra No. 7, la macabra”. Surgió así el abyectismo sonoro.

Por otra parte, el colectivo de Ventura-Amorales-Constante fue la primera agrupación en llevar un registro documental, pormenorizado, de todo su proceso creativo. Secuestraban a los más desposeídos, quienes a riesgo de perder la vida eran obligados a grabar, fotografiar y participar activamente en sus matanzas. Muchos comenzaron a teorizar acerca de la muerte del autor. Nació entonces el abyectismo conceptual.

A raíz de la Brigada y sus cruentas acciones infanticidas, la Doble A se dividió entre puristas y no puristas, entre tradicional-naturalistas de derecha y artificial-conceptualistas de izquierda. Los primeros se limitaban a los procesos y métodos clásicos de ejecución, es decir, las masacres con armas de grueso calibre y de gente anónima e improductiva. Los segundos, en cambio, abogaban por métodos nuevos y cada vez más sofisticados y delirantes. Los abyectistas de izquierda defendían la idea de que todo mundo, sin importar la raza, la clase social, la edad o el sexo era susceptible de ser inmortalizada como una obra de arte. El movimiento se radicalizó llevando al límite sus propios postulados y expandiendo sus horizontes. A esta nueva fase, particularmente violenta, se le bautizó con el nombre de la “fiebre abyectista”.7

Fue en este punto, dicen los expertos, cuando las cosas empezaron a salirse de control. Entre los montones de bultos y pedazos de carne que se recogían a diario en las calles se fue encontrando todo tipo de personas: oficinistas, amas de casa, comerciantes, banqueros, sacerdotes, intelectuales y hasta deportistas y estrellas de la farándula. Por aquella época no había persona que no participara, directa o indirectamente, de la “fiebre abyecta”. Las autoridades sanitarias no se daban abasto para limpiar y desinfectar las calles, cubiertas de vísceras, sangre y demás materia purulenta. Los muertos se apilaban unos sobre otros y el inconfundible olor fétido y aniquilador de la muerte desquició la ciudad.

Sin embargo, la “fiebre” fue de corta duración. Los historiadores atribuyen su debilitamiento a dos factores: 1) el hartazgo de la comunidad artística que prácticamente ya lo había visto y presenciado todo, y 2) la amenaza que representaba para el poder político de la ciudad la voluntad incontenible y destructiva de la Doble A. En efecto, no fue sino hasta que la clase político-empresarial se convirtió en parte de la dieta cotidiana de los abyectistas cuando se tomaron las medidas necesarias para combatirlos. La paradoja fue evidente para todos: “Si no exterminamos este virus maligno, este maldito cáncer del abyectismo, pronto no quedará nadie más a quien mandar. Sólo a nosotros nos compete controlar y disponer de la vida del otro”, se dijeron, enfurecidos, los políticos.

Se proclamó el estado de excepción, se sacó al ejército, se pidió ayuda a las potencias extranjeras y, para sorpresa de todos, la cosa no hizo más que empeorar. El Distrito M se convirtió en un caos y recibió el bautismo del fuego durante semanas. Tal y como lo deseaban los artistas abyectos, todo estallaba, todo se caía a pedazos, todo mundo respiraba muerte.

Pero el ingenio del político, perverso por naturaleza, tenía un as bajo la manga. A alguien se le ocurrió un maquiavélico plan. Su razonamiento fue el siguiente: el arte es la cosa más inútil que puede crear una cultura. No sirve para nada, sólo está ahí para deleitar el gusto del hombre. Ahora bien, todos los abyectistas hacen arte. Ergo, todos los abyectistas son inútiles.

Fue entonces que se amenazó con clausurar los museos, las galerías y ferias de arte y, lo que es peor, se amenazó con retirar los apoyos, las becas y los patrocinios económicos a todo aquel creador que no moderara sus acciones. Ante la perspectiva de tener que ganarse la vida por sí mismos, viviendo sin el apoyo y la aprobación del Estado, la comunidad abyecta entró en una especie de crisis y estancamiento creativo. Al final tuvieron que ceder y pactar con los oligarcas, que, magnánimos y triunfantes frente a los hijos rebeldes, no prohibieron del todo su actividad. Al contrario, se promulgaron leyes y se dotó de un marco jurídico capaz de limitar el campo de acción de la Doble A.8

Este inesperado giro en la historia de la vanguardia representó finalmente el declive la “fiebre”. Para los críticos y amantes de lo nuevo, al haber sido domesticada y subsumida por la ley, la escuela abyectista entró en plena decadencia. “Está más que pasado de moda, ya huele a cadáver de tres días”, dijeron justamente aquellos que antes la alababan. Así, nuevos estilos han aparecido desde entonces, como los turingistas o los aionistas, disputándose el lugar privilegiado que antaño ocupara la Doble A, dentro de la siempre caprichosa esfera del arte.

Sin embargo, a la fecha, el arte abyecto sigue dando de qué hablar. Cuenta con un sinfín de admiradores y fieles devotos que no se han dejado intimidar por el poder. Todavía, si se corre con algo de suerte, se pueden escuchar por las calles de la ciudad los gritos y lamentos de dolor de hombres y mujeres desesperados que ruegan por sus vidas, ante la presencia iracunda de algún creador abyecto…

El instante pasa y el tiempo corre con regularidad. El estallido de los proyectiles es tan violento y ensordecedor que su sonido se propaga varias decenas de metros a la redonda, en todas las direcciones. Algunas balas se incrustan en el pecho y el vientre de la mujer obesa, otras vuelan sin rumbo fijo, por los aires, perdidas. Con una mueca de horror en su rostro la víctima se desploma sobre el piso de mármol.

Debido al estruendo, y más por inercia que por espanto, la multitud se vuelve hacia el artista y su ejecutada. ¡Ah, un abyectista!, dice uno. ¡Oh, eso es tan demodé!, dice otro. La mayoría observa la escena por unos momentos y sigue su camino, inconmovible. Sólo los turistas y extranjeros, poco habituados a este tipo de eventos en sus lugares de origen, algunos morbosos y uno que otro crítico improvisado, se acercan a juzgar con detenimiento la pieza. Forman un círculo y contemplan a la mujer, que yace tendida sobre el suelo, desangrándose. Nadie mueve ni un dedo para salvar su vida. Luego, miran con severidad e insistencia a Silvio. Algo falta, algo no está bien. Por qué me ven así, piensa el joven. Las miradas quisquillosas del público lo atraviesan como dagas. Invadido por los nervios, se da a la fuga y corre presuroso hacia el estacionamiento subterráneo del recinto.

El respetable desenfunda sus dispositivos móviles y toma diversos videos y fotografías del cadáver para documentar la obra (un par de despistados, por cierto, lograron captar, íntegramente, el instante preciso de la ejecución).

Minutos después la acción da la vuelta al mundo entero a través de la red cuántica y los medios electrónicos. Decenas de reputados expertos y conocedores de lo abyecto la juzgan, la discuten, la valoran. Se corre el rumor, nunca del todo comprobado, de que la mujer estaba tan gorda porque llevaba en su vientre la vida de otro ser humano. Por el momento no saben si denunciar la acción, pues la ley no contempla los casos de mujeres embarazadas, o bien, clasificar la obra dentro del abyectismo abortivo y clásico fiambrero.

Sin embargo, la pieza pronto es descartada, literalmente despedazada, o mejor dicho, abyectada por la crítica. Alguien señala un detalle fundamental. Antes de ejecutar a la mujer, al artista se le olvidó pronunciar la frase:“¡Tiempo, instante, paren! ¡ESTO ES UNA OBRA DE ARTE!” ®

Notas

1 Los versos podían ser suyos o de algún otro. Dominaba la obra antigua y fragmentaria de poetas como Paul Verlaine, Charles Baudelaire y su favorito, el Conde de Lautréamont, a quienes citaba en su lengua original. Al final rubricaba la manta de la siguiente manera: “K., el Poeta del Hacha Roja”.

2 El concepto, dicen los defensores del neo-conceptualismo unificado, traza un diagrama de puntos y líneas de fuerza, cuyas constantes y variables, al yuxtaponerse, representan las mediaciones absolutas entre las palabras y las cosas, entre el pensamiento y la realidad. El concepto o la noción demarca además los límites, efectuaciones y posibilidades de todo acontecimiento histórico, científico o cultural. Según la teoría, clasificar la obra de Kurtycz como parte del acontecimiento abyectista constituye un craso error dado que el autor nunca se entendió a sí mismo ni definió su actividad bajo el concepto de lo abyecto. A lo mucho, su obra podría ser catalogada como protoabyectistismo o abyectismo involuntario. Para más información acerca de esta doctrina científico-filosófica, sus simpatizantes, detractores y polémicas, favor de consultar el ensayo “Concepción, proliferación y aniquilación de un concepto”, incluido en esta misma antología.

3 Tal es el caso de Georgina Ledesma, quien arremetía con rencor y amargura, y hay que decirlo, sin demasiados argumentos, contra todas las formas de expresión abyecta. Luego de su último artículo titulado, “Abyectismo, mediocridad, crueldad y estupidez en el arte”, la periodista cultural desapareció misteriosamente. A los tres días su cadáver, prácticamente irreconocible, apareció en la sala cuatro del Museo de Arte Contemporáneo, intervenido de una forma para muchos exquisita y no libre de ironía. Su cuerpo, brutalmente violado y destripado, estaba emplazado de tal manera que asemejaba la postura de un trabajo de parto; sentado y con las piernas abiertas, de su torso, completamente partido por la mitad, emergían como frutos podridos sus riñones, hígado, corazón, útero, pechos, ojos, tripas y lengua, así como una variopinta colección de reseñas y panfletos difamatorios de su autoría. La pieza se tituló “Cuerno de la abundancia”. En la hoja de sala se leía lo siguiente: “Esto les va a pasar a toda la bola de críticos y periodistas culeros, si siguen escribiendo pendejadas. ¡Larga vida al Arte Abyecto!”

4 Son muchas las constantes y variables que intervienen en la génesis de una pieza abyecta. No obstante, a continuación se mencionan las más importantes: 1. Corporalidad y truculencia. No hay ejecución sin un cuerpo. El artista depende enteramente para culminar su acto de la vitalidad sufriente y pavorosa de una persona con vida. No hay obra abyecta sin desfachatez, crueldad ni violencia. De hecho, mientras más resistencia y lucha exista entre el artista y su víctima, mayor será el tono dramático de la obra. 2. Fugacidad y espacialidad. Indica la no permanencia en el tiempo y en el espacio de la acción. Todo acontece de manera efímera. No necesita de un marco escénico: cualquier lugar es bueno, sobre todo sí hay mucha gente presente. No es ficción ni representación. Es un acontecimiento, pura singularidad. Nace y muere de improvisto, justo como la vida del ejecutado. 3. Veracidad e intencionalidad. Debe ser ante todo una presentación, una ejecución totalmente acabada, que exprese alguna inquietud, concepto o emoción del artista. Su principio es la veracidad, no la verosimilitud. Presenta y ejecuta abyecciones. 4. Humanidad y compromiso social. Señala el carácter político del movimiento. El hombre inferior y sus monumentos a la medianía tienen que estallar, más aún, el artista tiene la obligación moral de hacerlos estallar. Débiles, subnormales, desposeídos, parias, mediocres, enfermos y moribundos, serán entonces sus objetivos principales. El abyectismo es, en este sentido, un humanismo.

5 Julieta Ibarrola, Anales de filosofía abyecta, Tomo III. Distrito M.: Aquelarre Editorial, p. 745.

6 Ibid., p. 1324.

7 El concepto de “la fiebre” fue propuesto por Rogelio Garavito, alias la “bestia ablandadora” o “el conde pederasta”, violador de infantes, necrófilo y caníbal, además de brillante crítico y filósofo. A propósito de este fenómeno escribe lo siguiente: “La lección más importante de la Brigada fue desnudar que nadie es inocente, y por lo tanto, nadie puede salvarse. Todos, por el hecho de tener un cuerpo, estamos condenados de antemano. La caída de lo Uno en lo múltiple, la enajenación del reino del Espíritu en esta materia corrupta destinada a morir, debe purificarse cuanto antes. Hagamos pues de la muerte, de la destrucción del Otro, y después de uno mismo, el performance más importante y bello de nuestras vidas”. Cfr. Rogelio Garavito, Crítica de la Ortodoxia Abyectista, Distrito M.: Aquelarre Editorial, p. 38.

8 Por ejemplo, en la Ley de Convivencia Abyecta se proclama lo siguiente:

“Art. 1. Quedan absolutamente prohibidas todas las ejecuciones de políticos, empresarios, inversionistas, figuras públicas o distinguidas de la sociedad, sin las cuales el progreso de la humanidad sería imposible. Art. 2. Todo aquel artista de lo abyecto que transgreda el canon será proscrito y perseguido como criminal, terrorista y enemigo de la ciudad. Art. 2.1. El canon, a su vez, queda definido a partir de las consideraciones de la derecha abyectista y el libro tres de los anales de Julieta Ibarrola. Art. 3. Sólo se permitirá acabar con la vida de los individuos y grupos marginales que no contribuyan al bienestar, la felicidad y producción de riqueza de la sociedad. Art. 3.1. Se recibirá con agrado la aniquilación de los siguientes grupos: vagabundos, indigentes, niños de la calle, ladrones, prostitutas, desempleados, drogadictos, estudiantes revoltosos, intelectuales de izquierda, desahuciados y gente obesa. Art. 3.2. Los métodos de ejecución serán, en todo caso, rápidos e indoloros para la víctima. No se permitirán excesos ni fastuosidades de ningún tipo por parte del artista. Art. 3.3. Las acciones se limitarán a espacios públicos y al aire libre tales como parques, plazas, calles y avenidas transitadas”. La Ley incluye más de 67 artículos y 23 cláusulas, divididos en 20 secciones diferentes. Al final de ésta se incluye la siguiente leyenda: “Y recuerden, perros, que nunca hay que morder la mano que les da de comer”.

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Publicado en: Julio 2011, Narrativa


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