Los artistas del engaño

y el periodismo en Internet

Lo sucedido en la redacción de El País, más que asombro, risa sutil de la competencia o incluso terror para algunos, debe entenderse como una señal de la necesidad de reivindicar el papel del periodismo en la sociedad contemporánea: ser una herramienta de uso social, aportar datos para la toma de decisiones, explicar la realidad, contrastarla.

Creerse a pie juntillas lo que está en Internet o en Twitter o en Facebook, es de una inocencia que no es precisamente el atributo que debería tener un periodista.
—Gumersindo Lafuente

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Discutir la “inmediatez” y “la exclusiva” en los tiempos del periodismo en Internet parece más un asunto de negocios que de ética periodística. Los medios de información vuelan por ser el primero o ser el punto de referencia. Si se falla, existe la posibilidad de parafrasear aquel refrán de “más vale pedir perdón que pedir permiso”: más vale equivocarnos que quedarnos atrás.

La discusión abrió este año con más fuerza detrás del error del periódico español El País: la supuesta y luego más que demostrada falsa fotografía del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, entubado previo a una operación. La imagen que le costó al periódico no sólo los 30 mil euros que habría pagado por “el dato” sino un golpe más a su crisis interna y de credibilidad.

El País responsabilizó primero a la agencia de noticias Gtres Online, que proporcionó la imagen. Luego hizo el mea culpa y pidió perdón a sus lectores. El diario de referencia en buena parte de Europa y América Latina mostró la cara verdadera de la crisis del periodismo, que también es debate hoy entre los analistas del ecosistema infocomunicacional en el mundo.

Ahora todas las miradas apuntan al diario español y, recurriendo abiertamente a lugares comunes, se curan en salud y desgarran las vestiduras, en lugar de reconocer cuántas veces también han incurrido no se diga en el popular gazapo, sino en explícitas aberraciones informativas. Es obvio: si fallan los grandes, las sombras de sus errores tapan a los más chicos e incluso a sus pares.

Ahora todas las miradas apuntan al diario español y, recurriendo abiertamente a lugares comunes, se curan en salud y desgarran las vestiduras, en lugar de reconocer cuántas veces también han incurrido no se diga en el popular gazapo, sino en explícitas aberraciones informativas. Es obvio: si fallan los grandes, las sombras de sus errores tapan a los más chicos e incluso a sus pares.

Periodismo en crisis

La tan mencionada crisis de los periódicos se atribuye generalmente al costo de producir un medio de información impreso en medio de la migración de los lectores y anunciantes a las pantallas de las computadoras, tablets y dispositivos móviles, o se quiere circunscribir al surgimiento de los llamados prosumers —usuarios que generan contenidos en la web— y la velocidad con la que información emerge y se difunde a través de las redes sociales virtuales: el social media.

Se habla de periodismo ciudadano como si los ciudadanos pudieran hacer periodismo, como si cualquiera que le receta una aspirina a alguien con dolor de cabeza ya pudiera decirse “médico”. Se analizan y buscan opciones para los reporteros, los editores y directores de periódicos, informativos de radio y televisión para saber cómo aprovechar el flujo constante y veloz de datos, de hechos… de versiones y rumores.

Los especialistas le dan vueltas al papel de los medios de información: si han dejado de ser la parte fundamental en el proceso de intermediación entre lo que sucede y la sociedad en general. Pocos se atreven a decir que sí, que los informativos aún tienen ese papel.

Los especialistas le dan vueltas al papel de los medios de información: si han dejado de ser la parte fundamental en el proceso de intermediación entre lo que sucede y la sociedad en general. Pocos se atreven a decir que sí, que los informativos aún tienen ese papel.

Se confunden al social media y a la circulación de datos en la web como fuente de información directa, precisa y veraz, en lugar de un espacio en el que se generan tendencias. Se pierde la perspectiva y la noción precisa de que la red es útil para contextualizar, para medir y probar los temas que le interesan a la audiencia.

Lo sucedido en la redacción de El País, más que asombro, risa sutil de la competencia o incluso terror para algunos, debe entenderse como una señal de la necesidad de reivindicar el papel del periodismo en la sociedad contemporánea: ser una herramienta de uso social, aportar datos para la toma de decisiones, explicar la realidad, contrastarla.

Hace dieciocho años quien esto escribe escuchó una frase-pregunta que se atribuye a Gabriel García Márquez respecto del quehacer del periodismo: ¿Cuál es la mejor nota, la que se da primero o la que tiene más información? Hoy el debate está fresco, pero podría tener solución: dar las dos. Salir a tiempo, con sigilo y seguridad, en tanto se confirma, verifica y contextualiza para luego salir con la cascada de información al tope.

La lección la da Robert Quigley, multipremiado reportero, especialista en social media y periodismo en Internet, el primer editor de la versión en la web del Stateman de Austin, Texas, y profesor de la Escuela de Periodismo de la Universidad de ese mismo sitio, uno de los faros más reconocidos por quien se lanza a navegar entre los engañosos mares periodísticos en la web.

La pregunta que le hice durante un curso impartido por él fue simple: ¿Y si tengo una versión no confirmada, un rumor incluso, que puede ser una gran noticia, qué hago, lanzo el tuit, posteo en Facebook, doy un adelanto en la página web? Pero, ¿y si no es cierto?

La respuesta fue más simple de lo que esperaba y la puedo traducir de la siguiente manera: infórmale a la audiencia que te llegó la versión del hecho, pero que no está confirmada y están, tú y tu equipo, trabajando a fondo en verificarla. Que estén atentos a la información que darás en las siguientes horas o minutos. Una vez confirmado, tendrás más datos que los que tenías al principio y la cobertura será mejor. Si el dato es falso, es lo que hay que decir: Después de verificar, encontramos que no es cierto. La premisa del periodismo está cumplida: el propio proceso de verificación y negación del rumor son noticia útil.

La liebre que se le escapó a El País y a quién sabe cuántos medios, editores y reporteros que perdemos de pronto la perspectiva por ser los primeros tiene ese nombre. Es como una V de Vendetta. Se paga la osadía… aunque quizá también para otros es más fácil, reitero, pedir perdón, con la desfachatez de la ética violada sin ambages.

Verificación. La liebre que se le escapó a El País y a quién sabe cuántos medios, editores y reporteros que perdemos de pronto la perspectiva por ser los primeros tiene ese nombre. Es como una V de Vendetta. Se paga la osadía… aunque quizá también para otros es más fácil, reitero, pedir perdón, con la desfachatez de la ética violada sin ambages.

Los artistas del engaño en Internet

Sus nombres son Tommaso De Benedetti y Shane Fitzgerald. Uno es un experiodista y el otro hoy día un graduado de la Universidad de Oxford. En común tienen una sola cosa: ambos han logrado engañar con información falsa a algunos de los más prestigiados medios de información en el mundo.

Tommaso De Benedetti © Stephanie Gengotti / Iberpress / Caters

Tommaso De Benedetti © Stephanie Gengotti / Iberpress / Caters

El objetivo de ambos —sigue siéndolo para el primero y lo fue para el segundo—: exponer las debilidades de los grandes corporativos, sus reporteros y editores en materia de verificación informativa, irónicamente, cuando retoman datos desde la principal herramienta de la llamada sociedad de la información: Internet.

El primero ha falseado la muerte de personajes como Juan Pablo II, Fidel Castro y Pedro Almodóvar. Hace no mucho creó una cuenta de Twitter con el nombre de Umberto Eco y la manejó tan bien que cuando la usó para decir que el escritor colombiano Gabriel García Márquez había fallecido no faltaron crédulos que lo publicaron.

Hoy es considerado uno de los más exitosos creadores de falacias en la red de microblogging. “Twitter funciona bien para las muertes”, dice en una entrevista con el periódico inglés The Guardian. La frase, más que un descaro, debería tomarse como advertencia para quienes ejercemos el periodismo.

El social media es la fuente más inverificable de información del mundo, pero los medios de información creen lo ahí expuesto por sus necesidades de inmediatez”, aseguró en esa charla con The Guardian… el mismo periódico al que Shane Fitzgerald había engañado en 2009.

Shane Fitzgerald © Foto AP

Shane Fitzgerald © Foto AP

El caso de Shane Fitzgerald saltó a la fama antes que De Benedetti, y confirma lo expuesto por el italiano: el 28 de marzo de ese año, ante la muerte del músico Maurice Jarre, Fitzgerald entró a la página de Wikipedia del artista y dejó una supuesta cita que se atribuía a Jarre en el lecho de muerte.

La cita poética fue retomada por diversos medios de información en Europa, como The Guardian. Para Fitzgerald fue un experimento escolar que dio el resultado que él esperaba: el periodismo había reprobado. Pasó más de un mes sin que nadie verificara el dato. Luego decidió aclararlo él mismo.

La cita poética fue retomada por diversos medios de información en Europa, como The Guardian. Para Fitzgerald fue un experimento escolar que dio el resultado que él esperaba: el periodismo había reprobado. Pasó más de un mes sin que nadie verificara el dato. Luego decidió aclararlo él mismo.

Terminó convencido de que si él no hubiese confesado, la cita hubiese quedado para la historia como algo dicho por Maurice Jarre y que en realidad él había inventado.

El periódico inglés hizo lo mismo que El País, pidió una disculpa a los lectores, sancionó al reportero que tomó la información de Wikipedia y más tarde incluso atrajo a Fitzgerald como columnista invitado del periódico.

Y esto último no es una especulación, la redacción de The Guardian me lo confirmó vía correo electrónico el año pasado: “Luis – Shane Fitzgerald has only contributed to The Guardian on a single occasion, over two years ago. We don’t give out private contact details, but I will certainly forward a message if you would like to send us one. I can’t, however, guarantee that the contact details we have on file are up to date. Helen Hodgson, Assistant Readers’ editor”.

Referir a Tommaso De Benedetti en este texto tiene una razón: el italiano se ha atribuido la invención del caso del Hugo Chávez entubado. En más de una entrevista ha comentado que tomó la foto haciendo screenshot de un video en YouTube en el que se exponía una operación quirúrgica en un centro de salud mexicano, en una fecha que señala imprecisamente entre 2007 y 2008.

Una vez más, el que podría ser llamado sin problemas “el terrorista de los informativos en Internet” puso a temblar el escenario de los procesos periodísticos. Lo volvió a evidenciar y en grande.

Irónicamente, el periódico que, como señala la periodista Roberta Garza en su artículo del martes 29 de enero en Milenio Diario (“La foto de Chávez”), también habría podido caer en el engaño de Di Benedetti fue El Mundo, también de España y la más constante competencia de El País. La ironía estriba en que después de los atentados del 11 de marzo de 2004 El Mundo aceptó sin miramientos la versión oficial de que se atribuían al grupo vasco ETA, lo cual era más que conveniente para un José María Aznar que al cierre de su segundo periodo como presidente de España buscaba la permanencia de su partido, el Popular, a la cabeza del Gobierno de España.

La ironía se duplica, pues luego de que El País expusiera la falsa foto como verdadera, la redacción de El Mundo publicó que ellos también tuvieron oportunidad de comprar la foto, pero no lo hicieron porque bajo un precepto ético les pareció inadecuado mostrar una “imagen del presidente de Venezuela” expuesto así, en un proceso íntimo. A fin de cuentas, también se habían tragado la pildorita enviada por Di Benedetti. Si esa decisión “ética” que señalan no se hubiera dado, la foto de su portada ese mismo día sería la misma de El País. Es decir, su disculpa no es: verificamos y no era, sino creímos que era, pero no nos pareció que debíamos exponerlo.

La crisis del periodismo, más que económica, es de credibilidad, pero no de lo que crean o no sus lectores sobre sus publicaciones, sino de aquello en lo que los periodistas creen noticia y sin verificar ponen en primeras o segundas planas, sin menoscabo de las consecuencias que ello pueda traer, más allá de sus redacciones, entre quienes los siguen. ®

Publicado en: Febrero 2013, Medios

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