Los campeones del odio

Jalisco y los feminicidios impunes

Escenas de violencia cotidiana hacen de Jalisco un teatro donde se suceden actos de discriminación, violencia y homicidios por misoginia y homofobia. El estado se ubica entre los primeros lugares de México por este tipo de delitos, frente a la impunidad y la indiferencia de las autoridades.

Alondra © Jorge Alberto Mendoza

Alondra © Jorge Alberto Mendoza

Un día de finales del año pasado iba hacia Chedraui Río Nilo —como se conoce esa zona del municipio de Tonalá— y cuando estaba parado a un semáforo de la Calzada Independencia, arteria que divide geográfica y socialmente a la ciudad de Guadalajara en dos partes, pasó a pie un travesti que usualmente ronda con su perro y duerme en la calle por la llamada zona rosa de Chapultepec. Es, por el acento, un migrante centroamericano, con un estilo punk-harapiento. Desde una pick-up a mi lado una familia entera sentada en la caja trasera, desde niños de cuatro años, mamá e hijos adolescentes, se burlaron alegre y obscenamente de él, que iba tranquilo, por la banqueta, sin hacerles mucho caso.

El recuerdo de esa escena se me hizo más vívido, como si lo estuviera viendo en el espejo donde nos reflejábamos Alondra y yo, una hora después, mientras ella me hablaba de la represión que vivió en su familia cuando todavía era un niño llamado César. “Cuando supo que era homosexual mi papá me desconoció. Me decía que le daba vergüenza que la gente supiera que era su hijo”.

Esta infeliz coincidencia en cualquier otro lugar podría haber parecido solamente eso: una coincidencia. Pero en Guadalajara, ciudad donde “se dan los hombres, pero unos con otros” —como dice sarcástica Alondra citando una vieja frase— es algo más. Porque la perla tapatía es uno de los lugares donde la fachada machista de sus hombres se convierte a menudo en violencia, que desemboca en actos de misoginia y homofobia que la ubican, con todo el estado de Jalisco, entre los primeros lugares del país por feminicidios y homicidios de homosexuales y transgéneros.

Maltrato. Foto © Jorge Alberto Mendoza.

Maltrato. Foto © Jorge Alberto Mendoza.

Historias de abusos, agresiones e impunidad se sumaron en mi libreta lo largo de más de cuatro años de reportear sobre este tipo de discriminación y de asesinatos, cometidos por parejas, amantes, proxenetas e instituciones. Familiares, víctimas y sobrevivientes fueron dibujando con sus relatos un panorama —del que aquí intentaré dar un fresco a través de algunos bocetos— poblado por distintas formas de aniquilar el “otro”, en el que, sin embargo, prevalece una constante: el odio hacia lo diferente.

El odio homofóbico I: El sueño

Desde los seis años, cuando se veía al espejo, César soñaba con ser mujer. Y, como mujer, se vestía y se veía; pero, como lo había aprendido en la familia, odiaba a los homosexuales. Pasarían muchos años, muchos espejos y muchas desventuras antes de que César Velázquez se convirtiera y se aceptara plenamente como Alondra Hernández.

Desde los seis años, cuando se veía al espejo, César soñaba con ser mujer. Y, como mujer, se vestía y se veía; pero, como lo había aprendido en la familia, odiaba a los homosexuales. Pasarían muchos años, muchos espejos y muchas desventuras antes de que César Velázquez se convirtiera y se aceptara plenamente como Alondra Hernández.

En la familia son seis hermanos: “Tres mujeres, dos hombres… y yo”, dice Alondra. Es allí, explica, donde uno empieza a generar la homofobia, desde el hogar, en el que se crean prejuicios que se van arrastrando desde la infancia. “Fue muy difícil: primero tuve que llevar un proceso de aceptación personal, yo no me aceptaba como homosexual, tenía mucho resentimiento hacia mí misma, porque no me podía realizar como yo quería ser”.

Después de una niñez llena de conflictos tanto con la familia como consigo mismo, decidió a los trece años salirse de su casa. “A esa edad empecé a ejercer el trabajo sexual, como niño”. A los diecisiete años salió por primera vez a trabajar vestido de mujer, empezando un recorrido que lo llevó por calles y esquinas de Tijuana, Ensenada, Los Mochis, la Ciudad de México, Morelia y Manzanillo.

“Viví violaciones, abusos policiacos, de los clientes y de los mismos compañeros con quienes convivía. Fue una vida mucho muy difícil. A un cierto punto me enfadé de estar parada en una esquina a esperar que me llegara el dinero, que a veces había y a veces no, de padecer frío, a la intemperie, de pasar hambre y de correr continuamente riesgos”. Y, después de catorce años de no ver a su familia, regresó a Guadalajara.

El odio misógino I: La paradoja

En 2006 Iris Angélica Martínez Larios resolvió separarse de su marido después de haberlo denunciado reiteradamente por agresiones físicas, que lo llevaron a la cárcel en dos ocasiones. A un año de distancia la separación, dice, “decidí salirme para Colima, él no lo sabía, me iba a ir a escondidas. Cuando llegó a la casa y no me vio, agarró el arma y fue a buscarme. Desafortunadamente me encontró”. La pareja vivía todavía junta, en Tonalá, pero ella se había refugiado en Tlajomulco —otro municipio de la Zona Metropolitana de Guadalajara—, en la morada de su hija mayor, donde con su mamá preparaba el traslado.

A pesar de que el DIF y la policía de Tonalá estaban enterados de la situación de violencia que sufría Iris, no tomaron cartas en el asunto, pues además de ser encarcelado dos veces, Manuel había sido denunciado por haber amenazado con matar a los hermanos de su pareja, y a ella misma.

“Se metió a la casa, mató a sus dos hijos, a mi hija, que estaba embarazada de ocho meses, a mi mamá, luego me disparó a mí y finalmente se suicidó”. Ese día, 31 de agosto de 2007, en la sala quedaron los cuerpos sin vida de Citlali González Martínez, de tres años y su hermanito Tonatiuh, de dos, y el de la septuagenaria Eva Larios. Nitzi González Hernández, de diecisiete años, hija que Iris tuvo con un matrimonio anterior, falleció en el nosocomio, donde lograron salvar a su pequeño, que actualmente vive con el padre.

Iris sobrevivió, a pesar de recibir un impacto de bala en el tórax y de ser el objeto principal de la furia misógina de Manuel González, quien después del múltiple homicidio se disparó a la cabeza. Sin embargo, ese drama ha sido para ella solamente el punto más álgido que se interpuso entre una vida familiar llena de maltratos y una difícil recuperación física y psicológica, agravada por la indiferencia de las autoridades a las que acudió para pedir sencillamente que se hiciera justicia.

A pesar de que el DIF (Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia) y la policía de Tonalá estaban enterados de la situación de violencia que sufría Iris, no tomaron cartas en el asunto, pues además de ser encarcelado dos veces, Manuel había sido denunciado por haber amenazado con matar a los hermanos de su pareja, y a ella misma.

Además de no poner en marcha acciones para evitar la tragedia, tampoco se procuró la recuperación del daño para la víctima. “Yo todavía tengo los mismos problemas, las mismas deudas de cuando salí del hospital, todo sigue igual, o peor”, dice la mujer, que hoy tiene cuarenta años.

Iris añadió que también interpuso una demanda ante la Procuraduría de Justicia, donde la citaron para prestar una declaración. “Me hablaron para que me hiciera un examen psicológico en el Instituto de Ciencias Forenses. Allí la doctora me dijo que no tendría que estar fuera, que necesito internarme para que me den un tratamiento completo. Según ella soy una bomba de tiempo en la calle”.

La paradoja: según la psicóloga, Iris, de víctima, pasó a ser una posible agresora. “¡Me pregunta si siento que soy un peligro para la gente! Claro que no, tengo años en tratamiento en el Centro Médico, y mi psiquiatra me dijo que no es así”.

El odio homofóbico II: La realización

Hace apenas tres años que César se realizó como transexual y que afirmó su nueva identidad de género como Alondra.

Ahora, a los 33 años, frente al espejo de su estética ubicada en la periferia de Guadalajara —“allá por el Chedraui de Río Nilo”—, Alondra luce una blusa de tirantes, un pantalón apretado y largas extensiones negras que contrastan con la piel trigueña y los ojos claros. Es una transgénero imponente, corpulenta y de grandes senos. En su voz y su tono levemente afeminados, en sus modales amanerados, no se percibe una afectación mañosa y mujeril, sino una franca y escueta complicidad masculina, casi de compañero de correrías. “Físicamente soy media lesbianona; soy amoderadita como una mujer pero no soy femenina”, dice con mirada pícara.

Alondra ya no es un hijo renegado por su familia ni un niño violado en las calles de alguna triste ciudad fronteriza; no es ni siquiera una mujer transexual; es lo en que se ha convertido después de años de luchas y sufrimientos: un hombre transexual al que le gusta verse como mujer, y que se siente y actúa como quiere, y que ahora quiere ser un político: un político transexual.

De regreso a Guadalajara Alondra terminó la secundaria, la preparatoria y al mismo tiempo cursó un diplomado de enfermería. Empezó también, aún como hombre, a trabajar como voluntario en el Comusida de Tlaquepaque en el tema de diversidad sexual y también en la Cruz Verde.

Boda simbólica en la Plaza de la Liberación, Guadalajara. Foto © Jorge Alberto Mendoza.

Boda simbólica en la Plaza de la Liberación, Guadalajara. Foto © Jorge Alberto Mendoza.

Después de colaborar activamente y recibir capacitación en el Centro de la Diversidad y los Derechos Sexuales, César llevó a cabo plenamente su cambio de identidad de género. Ya como Alondra, dice, “se me cerraron las puertas en el Ayuntamiento de Tlaquepaque, a pesar de que varias personas habían reconocido mi trabajo y mis capacidades de liderazgo”.

“Yo creo que en todos los lugares la discriminación es muy fuerte, pero donde más han sonado los crímenes por homofobia y transfobia es justamente en Jalisco”, añade. “Aquí vivimos en una ciudad de doble moral, y de la cultura que impulsa la religión católica es donde se empieza a fomentar la discriminación”.

Y con su aire entre abrumado y polémico, se pregunta: “¿Por qué la gente no ve el talento de las personas, sino solamente las apariencias?”

El odio misógino II: El drama

Altar a Imelda Virgen ©  Gandhi Rodríguez

Altar a Imelda Virgen © Gandhi Rodríguez

La noche del viernes 28 de septiembre de 2012 doña Mary tuvo un presentimiento. En su corazón sabía que algo malo había pasado. Sobre todo, sospechó de inmediato que él le había hecho algo terrible a su hija. Cuando dieron las diez y Pina no había regresado aún a la casa, tuvo la primera negra corazonada. “No tarda en llegar”, pensó a las diez y cuarto, a las diez y media, a las once. Pero él no la había regresado. “No tenga pendiente, voy por ella al trabajo y se la llevo”, le decía todos los viernes por teléfono, desde hacía un mes. Ese viernes no recibió la llamada usual, y los teléfonos de los dos estaban mudos. Llamó a sus otras hijas, que fueron a buscarla al trabajo, a la casa de él y en la en que hasta hace poco vivían juntos. Nada. La preocupación aumentaba de minuto en minuto, y también el presentimiento. “No tarda en llegar”, era la única esperanza a la que doña Mary seguía aferrándose con todas sus fuerzas.

Lo supo a las tres de la mañana. Una patrulla de la policía se paró en frente de su casa. Con dificultad, apoyándose en su bastón, salió a su encuentro. “¿Conoce a Imelda Josefina Virgen Rodríguez?”, le preguntaron los uniformados. “Urge que alguien de la familia vaya a la Cruz Verde de Tlaquepaque. Está golpeada y hay que reconocer a un detenido”. “¡Gilberto!”, gritó ella, y se sintió desfallecer.

Imelda no estaba solamente golpeada. Antes de salir hacia el hospital, Leocadia Rodríguez —mejor conocida como doña Mary—, habló con una persona cercana a la familia, quien le dijo: “Ojalá y este menso no haya hecho lo que me dijo”. —¿Y qué dijo?, le preguntó ella. —“Si no es para mí, no es para nadie”.

Camino de la Cruz Verde seguía diciéndose para sí misma: “Padre mío, si me la golpeó, si la violó, cualquier cosa, no importa, pero que esté viva”.

Sus esperanzas resultaron vanas; su presentimiento, certero. “Cuando llegamos una trabajadora social nos dijo que había fallecido. Ya estaba afuera en la camilla, para llevarla al Semefo. Ni me dejaron verla, y es mi dolor más grande. Sea como sea de cómo haya estado, ¿por qué no me dejaron verla? ¿Por qué a la prensa sí y a nosotros no?”

El asesinato de Imelda fue orquestado por su ex pareja, Gilberto Vázquez, quien estuvo presente mientras dos sujetos, que había contratado previamente, violaban y mataban a pedradas a la mujer de cuarenta años, que lo había dejado tres meses antes. A un año, el ex marido todavía no ha recibido una sentencia.

La tipología del crimen —la confianza que existía entre el activo y la víctima, la relación conyugal que habían tenido, la saña con que se perpetró el homicidio— se ajusta perfectamente a la de un feminicidio, como lo establece la ley 24064/LIX/12, que tipifica ese delito y que entró en vigor en Jalisco el 23 de septiembre del año pasado. Sin embargo, y a pesar de ser considerado por grupos de activistas el primer caso de feminicidio registrado en Jalisco después de la tipificación, la PGJ no lo consignó de esta forma con el pretexto de que no existían todavía los protocolos de investigación con perspectiva de genero.

Imelda —Pina, para sus familiares— era psicóloga y daba clase en diferentes preparatorias y centros universitarios de la Universidad de Guadalajara. Rescataba perros de la calle y hacía yoga, era un activista de los derechos de los niños, a la que desde chica le gustaba dibujar y que seguía haciéndolo en revistas infantiles que ella misma editaba y distribuía en librerías.

Su hermana mayor, Guadalupe, médico de 42 años, la describe como una persona que emanaba paz, tranquilidad y que sabía escuchar. “Es muy bonito que se te acerque gente y que te diga que la conocía, que era una persona amble y linda. Lástima que ya no está con nosotros”.

El presentimiento de doña Mary no venía de la nada. En los últimos meses el ex marido había desaparecido las llaves de la casa donde vivían juntos, después de que Imelda se fuera con su mamá. Le perdió sus títulos universitarios, la credencial de elector, las tarjetas bancarias y hasta le robó dinero de su cuenta. “Yo me lo sentía, en las últimas semanas lo vi muy nervioso. Estaba desesperado porque los narcos querían matar a su papá”, dice doña Mary. La familia supone que Gilberto la hacía seguir cuando salía, y llegaba a su trabajo sin avisar, con el afán de controlarla.

“A veces son cosas tan sutiles”, dice Guadalupe, “de cómo te pueden chantajear haciéndote creer que te aman, de que eso ‘lo hago porque te quiero y te cuido’. Hasta el punto de tenerla tan controlada, que llega a ser hostigamiento. ¿Cómo te la crees?”

¿Imelda se la creyó?, pregunto. “Yo creo que sí, pero también la veía molesta de que él estuviera tan presente, de que le estuviera hablando siempre”. El 29 de octubre cumplirían ocho años de casados y él no podía aceptar la separación, como le confesó Imelda días antes de morir. “Yo siento que Pina procuraba dar tanto hacia fuera, que se olvidaba de ella misma. Pienso que esto fue su error más grande”.

El odio homofóbico: Los datos

El 8 de septiembre de 2011, Ricardo, alias Débora, fue asesinado en su estética de Tlaquepaque con 96 puñaladas, infligidas con sus mismas tijeras, que le encontraron enterradas en el cuello. Un mes antes la transgénero Gaby fue levantada cuando ejercía trabajo sexual en el rumbo de Plaza del Sol, en Guadalajara, luego fue torturada y degollada en una brecha apartada. Después la metieron a una maleta y le prendieron fuego.

Éstos son dos de los 45 homicidios por homofobia perpetrados en Jalisco en los últimos dieciocho años (de un total de 798 en el país), que ubican el estado en el cuarto lugar en el mapa nacional, de acuerdo con el Registro de homicidios contra LGBTTT, elaborado por la Comisión Ciudadana Contra Crímenes de Odio por Homofobia.

Sin embargo, hay una elevada cifra negra, ya que los datos se recaban de notas periodísticas a falta de un registro oficial por parte de las procuradurías de justicia.

El 8 de septiembre de 2011, Ricardo, alias Débora, fue asesinado en su estética de Tlaquepaque con 96 puñaladas, infligidas con sus mismas tijeras, que le encontraron enterradas en el cuello. Un mes antes la transgénero Gaby fue levantada cuando ejercía trabajo sexual en el rumbo de Plaza del Sol, en Guadalajara, luego fue torturada y degollada en una brecha apartada. Después la metieron a una maleta y le prendieron fuego.

Karla Grajeda, presidenta del Centro de la Diversidad y los Derechos Sexuales, comenta que en entre 2011 y 2012 han documentado por lo menos diecisiete asesinatos de este tipo en Jalisco, lo que representa un aumento de más de cien por ciento con respecto al promedio registrado en años anteriores. “Éstos son solamente los de que tenemos conocimiento, donde la saña y el odio se hicieron patentes en la brutalidad de los homicidios, lo que revela un móvil homofóbico”. Las víctimas, en su mayoría, eran transexuales, “hacia los cuales hay una doble aversión: la misoginia y la homofobia”.

Esos casos, según la activista, representarían un pequeño porcentaje de los que hay en realidad, un subregistro que en la práctica no es ni siquiera tal, pues no existe en la legislación estatal una figura jurídica y penal para catalogar crímenes por homofobia. “Siempre se van por la tangente, y los archivan como crímenes pasionales”.

Los atrasos en la legislación y los prejuicios que permean las autoridades jaliscienses ponen en evidencia un desfase con la vitalidad del ambiente gay en Guadalajara. Grajeda dice que llegaron a contabilizar en un solo día en la capital tapatía setenta puntos de encuentro para gays, entre cafés, bares, antros, cibercafés, sexshops, parques, cuartos oscuros y lugares donde se puede tener sexo ocasional.

“Pero esto no significa que haya habido avances en la cuestión política y legal, al contrario, están aumentando las agresiones. El que haya mucha oferta no garantiza que la gente esté segura; qué bueno que haya lugares de encuentro, pero al final de cuentas son escapatorias para salirse de una realidad donde siguen matando a la gente por homofobia, donde prevalecen los contagios por VIH-sida y la estigmatización por parte del resto de la sociedad”.

El caso de Lisbet Alejandra, investigado por posible feminicidio. Foto © Jorge Alberto Mendoza.

El caso de Lisbet Alejandra, investigado por posible feminicidio. Foto © Jorge Alberto Mendoza.

El odio misógino III: La indiferencia

El pequeño cuarto sigue clausurado. Por la reja que hace las veces de puerta se puede atisbar ropa tirada por todos lados: en el piso de cemento, en la cama sin hacer o colgada de un poste a manera de clóset. Ropa de mujer adolescente. Afuera reina la desolación. El barrio de La Piedrera, en el municipio de El Salto, ofrece un paisaje lunar: calles de tierra blanca serpentean entre cráteres y escampados que un tiempo habían sido ríos y pastizales. Aquí, dicen, es un tiradero de cadáveres, no pasa semana sin que en éste o en los barrios cercanos aparezca uno. Sólo las dos primeras cuadras que dan a la carretera Guadalajara-Chapala están asfaltadas, en un intento para maquillar el desamparo que está más abajo, esconderlo a los turistas y visitantes que van y vienen a la ciudad desde el vecino aeropuerto internacional.

En Jalisco en 2012 hubo más feminicidios que en toda España, cerrando con un total de 152, según un recuento del Comité de América Latina y El Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Cladem), cuando en el país ibérico fueron alrededor de noventa. Hasta el 21 de noviembre de este año ya van 122 mujeres asesinadas.

En el pequeño cuarto con sellos de la procuraduría, en la calle Agua Marina, la madrugada del 24 de diciembre de 2012 Lisbet Alejandra Romero Cardona, una muchacha de dieciséis años, con un embarazo de seis meses, fue brutalmente asesinada: la desmayaron con un golpe en la cabeza para luego estrangularla y abandonarla allí, en una pequeña cama con colcha de dibujos infantiles. El supuesto homicida, ahora prófugo, fue su novio, un hombre de 32 años originario de Veracruz.

La madre, Isabel Cardona, fue quien la encontró sin vida a las diez de la mañana. El padrastro, Cesáreo Patiño, que ya tiene doce años viviendo con la familia, llamó a la policía: “Llegaron de varias dependencias, municipales y estatales. Pero lo que para mí fue desesperante, fue la actitud bien prepotente, la ignorancia completa. Te preguntan de todo, pero nadie te dice quiénes son ellos, te tratan como a un delincuente”, explica.

Para la familia, que se dedica a la fritura de la papa —que reparte a domicilio o vende en el tianguis—, empezó un doble calvario: superar el dolor por la pérdida de la hija y al mismo tiempo enfrentar la displicencia y la opacidad de las agencias del Ministerio Público. “Lo que quería yo era aportar información sobre el homicida”, dice Patiño. “Pero a mí, como soy padrastro, ni siquiera me tomaron la declaración, y mi esposa no puede con eso. Estamos traumatizados con lo que pasó”.

Su otra hija, Anayely, de catorce años, que tiene un bebé de tres meses, fue amenazada de muerte por su novio, un amigo del presunto homicida, a raíz de que Cesáreo lo corrió de la casa. “Llamé a la policía, lo arrestaron porque andaba borracho y drogado. No alcancé a llegar a la agencia para declarar, que ya lo habían soltado”, dice Cesáreo. “A las pocas horas ya estaba pisteando en la calle con sus compas, aquí atrás de la casa”. Añade: “Mi preocupación es de proteger a mi hija y a su bebé. La llevé a Guadalajara y luego le hablé a unos amigos, para que vinieran a la casa. No nos queda más que autoprotegernos”.

El odio misógino: Los datos

En Jalisco en 2012 hubo más feminicidios que en toda España, cerrando con un total de 152, según un recuento del Comité de América Latina y El Caribe para la Defensa de los Derechos de las Mujeres (Cladem), cuando en el país ibérico fueron alrededor de noventa. Hasta el 21 de noviembre de este año ya van 122 mujeres asesinadas.

Jalisco se encuentra entre los ocho estados de México (con Distrito Federal, Estado de México, Chihuahua, Baja California, Michoacán y Veracruz) que concentran 61 por ciento de los homicidios de mujeres, según la Secretaría de Gobernación, en un país donde se cometen 6.4 feminicidios por día y de los cuales la ONU estima que 95 por ciento queda impune.

Según comprobó la Misión Internacional “Por el Acceso a la Justicia de las Mujeres en la Región Mesoamericana”, entre enero de 2010 y junio de 2011 se verificaron en Jalisco 142 feminicidios, lo que representa un aumento de 73.5 por ciento con respecto a los que contabilizaron de 2008 a 2010, cuando los casos habían sido 83. Después de Nuevo León, Jalisco es la entidad que experimentó un mayor incremento en todo el país.

A pesar de esto, dice Guadalupe Ramos Ponce, representante del Cladem, “no hemos visto políticas de prevención, no sólo de los homicidios sino de la violencia en general. Mientras no exista este interés público y social para que esta violencia termine, la problemática va a ir empeorando”.

La ley que tipifica el feminicidio entró en vigor en Jalisco el 23 de septiembre de 2012, aunque hasta ahora solamente catorce casos han sido consignados por este delito, por lo que siete personas se encuentran en el reclusorio de Puente Grande y de las cuales sólo una ha sido sentenciada.

“No es tanto la cuestión de la pena”, explica Guadalupe Ramos. “Por lo que luchamos desde hace años es que se reconozcan las peculiaridades de los homicidios que son perpetrados por los hombres a cargo de las mujeres, para visibilizar esta problemática y la violencia de género que existe en México, y de las cuales todas podemos ser víctimas”.

Odio homofóbico III: El orgullo gay

A pesar de los rechazos y el descrédito en que había quedado su trabajo debido a su identidad de género, Alondra metió en 2012 la firma decisiva que cambiaría su vida para siempre. Fue la regidora del PRD en Tlaquepaque, Lourdes Macías, quien la invitó a formar parte de su equipo, hasta que obtuvo la Coordinación de la Diversidad del partido en el estado.

“Luego los eventos se dieron uno tras otro. A un cierto punto me encontré a llenar el registro de mis bienes, y cuando estaba por firmarlo, me dije: lo firmo o no lo firmo, porque sabía que mi vida iba a cambiar para siempre”.

Es la decisión que sancionó su entrada al mundo político. En las últimas elecciones intermedias Alondra fue candidata a regidor en Tlaquepaque, la primera transexual que aspiró a un cargo de este tipo en Jalisco. Recibió más de ocho mil votos, que no le alcanzaron para obtener una regiduría. Pero para ella el camino hacia el mundo político apenas comienza.

Su objetivo principal lo tiene claro: “En tres años me voy a lanzar para diputada y voy a conformar un equipo de gente de pura diversidad sexual, para que no se etiquete la homosexualidad de que es igual a muerte y destrucción. Voy a demostrar que la homosexualidad no es una maldición, sino una bendición”.

Acto final: lo que queda es el dolor

En la casa de doña Mary dos velas arden en al altar de muertos. En medio de las flores rojas y amarillas se recorta una foto de gran tamaño que retrata a Imelda, sonriente, viendo un punto lejano en el horizonte. Arriba, en un estante, sus cenizas reposan en una cajita a un lado de las de su padre, fallecido hace nueve años. Ambas están esperando irse junto al panteón. En frente, sentadas en un sillón, Guadalupe y su mamá se abrazan, se secan las lágrimas. El recuerdo duele, pero también puede ayudar a los demás.

Ésta es la filosofía que adoptó la familia desde aquel 28 de septiembre: que el caso de su hija pueda ayudar a salvar a otras mujeres. “Yo creo que una de las características de Imelda era justamente que no se sentaba a esperar que le cayera algo del cielo, ella trabajaba, creía en algo, tenía objetivos. Y poco a poco intentaba contagiar a los demás con esas ideas”, dice Guadalupe.

“Imelda va a ser nuestro ejemplo, si ella podía hacer tanto sola, nosotros como familia podemos unirnos y hacer más. Y si las autoridades no hacen nada, tenemos que luchar nosotros para que se pongan a trabajar.

“Queremos que se haga justicia. Bien podíamos agarrar la bandera de la venganza, pero no lo hicimos, en memoria de ella. Mi dolor nadie me lo va a quitar, pero por lo menos que sea un ejemplo. ¿Cuánto vale una vida, los 25 mil pesos que le iban a dar a cada uno de los asesinos para matarla con esa brutalidad?”

La madre y los cuatro hermanos de Imelda quedan unidos en la memoria, en la decepción y en el dolor: “Porque con un feminicidio no se mata sólo a una mujer”, concluye Guadalupe, “se mata a toda una familia”. ®

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Publicado en: Diciembre 2013, Racismo y discriminación


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