LOS GRANDES DEBATES CONTEMPORÁNEOS

La escenificación mediática

En el vigésimoquinto aniversario de La condición posmoderna,* de Jean François Lyotard, en el siguiente artículo trata de mostrarse cómo actualmente el consenso de los expertos establece las reglas del juego con las cuales legitiman su posición como miembros de élites, vendiendo su saber y vendiéndose a sí mismos.

Jean François Lyotard

Posmodernidad “designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han afectado a las reglas del juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a partir del siglo XIX”, escribió Jean François Lyotard (1924–1998) en su análisis titulado precisamente La condición posmoderna. Publicado hace 25 años, desde entonces ha sido referencia constante en las ciencias sociales y en la filosofía como una línea de pensamiento con una lectura pesimista —desencantada y descreída— de los metarrelatos y sus promesas de redención y progreso.

Si la metafísica está en descrédito, “¿quién decide las condiciones de lo verdadero?”, pregunta Lyotard, si ya no el encuentro de una prueba primera o una autoridad trascendente, “no existe otra prueba de que las reglas sean buenas como no sea el consenso de los expertos”. Y este consenso ha antepuesto la búsqueda de la utilidad a la de la verdad.

Sobre la legitimación pragmática del saber

En las sociedades contemporáneas los saberes en áreas muy específicas son construidos, sistematizados y comunicados (narrados) por grupos pequeños altamente especializados. Aunque la participación de todos los miembros de la sociedad —con su trabajo, producción y reproducción de la información— contribuye a la construcción (o deconstrucción) e institucionalización de los saberes especializados y de los saberes populares, son esos grupos los que detentan el reconocimiento público como autoridades de las materias en las que se especializan. Conviene precisar que el saber no se reduce a conocer, sino que es “lo que hace a cada uno capaz de emitir buenos1 enunciados prescriptivos y también buenos enunciados denotativos” por lo cuales se decide, se valora y se transforma el conocimiento y sus aplicaciones (La condición posmoderna, 1989 [1979], pp. 49 y 50).

Las comunidades académicas legitiman el saber (su saber) y a sus miembros como autoridades de ese saber a partir de dos requisitos: uno, la posesión de títulos académicos preferentemente expedidos por universidades de prestigio y, otro, el cumplimiento de los métodos y procedimientos reconocidos socialmente como válidos.

Los grupos de expertos —constituidos jurídicamente como asociaciones o sociedades y culturalmente como comunidades académicas o colegios— son los que deciden qué es el saber, quiénes son los que saben y cómo debe comunicarse ese saber. De acuerdo con Lyotard, el consenso permite circunscribir el saber y diferenciar al que sabe del que no sabe [p. 51]. Las comunidades académicas, incluyendo las especializadas en ciencias sociales, están constituidas por individuos que se dedican profesionalmente a la construcción de los saberes, así como a la guía de su aplicación, legitimación, custodia, institucionalización y difusión. Por lo general, esas comunidades se encuentran enmarcadas en instituciones educativas de nivel superior y centros de investigación auspiciados por fundaciones u organismos estatales o internacionales.

Las comunidades académicas legitiman el saber (su saber) y a sus miembros como autoridades de ese saber a partir de dos requisitos: uno, la posesión de títulos académicos preferentemente expedidos por universidades de prestigio y, otro, el cumplimiento de los métodos y procedimientos reconocidos socialmente como válidos, tales como la forma narrativa, los productos comunicativos que realizan y los medios de comunicación que emplean o disponen para su difusión.

Así, el saber socialmente reconocido y legítimo es el que realizan los expertos o autoridades, narrado de forma válida por los medios válidos. La narración del saber y su socialización, por tanto, obedece a reglas pragmáticas y consensuales. De este modo, el saber se constituye también por su propio protocolo y su juego de lenguaje. Es decir, hay un juego de lenguaje que como tal tiene reglas, las cuales deben cumplirse para ser aceptado como jugador. Por medio de estas reglas las comunidades académicas “definen así lo que tiene derecho a decirse y hacerse en la cultura” [p. 56]. Esta situación se manifiesta públicamente, por ejemplo, en la entrega de premios nacionales e internacionales y los reconocimientos positivos que cada una de esas comunidades hace a sus miembros, de acuerdo con las reglas que han establecido. Por eso también, para el ejercicio de ciertas profesiones, se requiere la posesión de un título de grado académico.

Así, en todas las comunidades académicas hay saberes que van reconociéndose como tales, de modo que deja de discutirse sobre su veracidad; pero hay temas que resultan polémicos, de los cuales se construyen diversos relatos teóricos que pueden ser distintos o contrapuestos siempre y cuando cumplan con los procedimientos reconocidos como válidos. Por eso, en el mismo número de una revista científica pueden encontrarse textos con tesis opuestas sobre un mismo fenómeno. Para la lógica aristotélica, si una es verdadera, las otras son falsas, pero en la performación del saber posmoderno, no obstante lo opuestos que los relatos puedan ser entre sí, todos ellos —presentados en forma de artículos o capítulos— serían igualmente válidos en tanto hubiesen sido escritos por sujetos válidos que cumplen con el tipo narrativo válido y comunicado en un medio válido. Cada quien tiene “su verdad”, llega a decirse.

Las formas del discurso del saber reconocidas actualmente como desarrolladas (válidas) admiten un solo juego con reglas invariables [p. 52], pero los relatos pueden ser distintos o contrapuestos entre sí, tanto como los jugadores. Lo sorprendente es que ha llegado a ser más importante el cumplimiento de las reglas que la veracidad del relato, pues un enunciado que sea verdadero no será reconocido como tal si no cumple con ellas, mientras que todos aquellos que cumplen con las reglas tienen un reconocimiento homólogo de su veracidad (relativa), salvo, quizá, por el prestigio de su expositor. Por lo tanto, explica Lyotard,

se abandona la búsqueda metafísica de una prueba primera o autoridad trascendente, se reconoce que las condiciones de lo verdadero, es decir, las reglas del juego de la ciencia son inmanentes a ese juego, no pueden ser establecidas más que en el seno de un debate ya en sí mismo científico, y además, que no existe otra prueba de que las reglas sean buenas como no sea el consenso de los expertos [p. 70].

El párrafo anterior habla de uno de los problemas claves de la posmodernidad: la invalidez (rompimiento de reglas) de proclamar y reconocer verdades absolutas e incontrovertibles, determinada por la performatividad del saber y sus reglas de juego, y en la que su legitimidad está dada por criterios más políticos que epistemológicos. Esto es lo que Lyotard llama la legitimidad pragmática del saber, sea científico o narrativo. Al respecto, en un texto titulado Pragmatismo e inteligencia política global, José Luis Orozco, profesor de posgrado de Relaciones Internacionales, afirma que el neopragamatismo “cuenta con los controles científicos del aparato analítico, matemático y lingüístico más sofisticado, como con las certezas discursivas de un modo de pensar”. Este modo de pensar pragmáticamente legitimado con sus grandes (pre)supuestos —los del intercambio, la tolerancia y la productividad— “desbanca cualquier cosmogonía, teleología o historicismo en la que se posasen el pensamiento sólido y sus corolarios revolucionarios o utópicos” [p. 7].

Dentro de esta legitimidad pragmática llamaremos actores a los sujetos válidos (jugadores que cumplen con las reglas), mientras que a los relatos que cumplen con el tipo de narración válido los llamaremos discursos y arenas a los medios válidos por los cuales se comunican.

Pluralidad y jerarquía en las arenas de discusión

Un mismo campo de conocimiento es compartido por varias comunidades que no necesariamente coinciden en cuanto a la totalidad de los saberes, pero todas ellas reconocen y cumplen las reglas del juego. Así, sobre un mismo tema puede haber una pluralidad de discursos que, en tanto divergentes o contrapuestos entre sí, dan lugar a debates. Y también en cada comunidad puede haber miembros que no coincidan con la totalidad de saberes que reconoce esa comunidad ni con todos sus relatos. En el juego de lenguaje todo enunciado es una jugada. Por eso, explica Lyotard, “hablar es combatir en el sentido de jugar” [p. 29].

Los miembros distinguidos de las comunidades académicas especializadas en ciencias sociales —de manera especial por la naturaleza de su objeto de estudio— llegan a llamar la atención de una parte de la opinión pública y de políticos en el poder cuando debaten entre sí, con lo cual pueden llegar a influir en la toma de decisiones en las políticas y finanzas públicas. Esto se debe a que los relatos de este tipo de intelectuales son esfuerzos por explicar de manera analítica la complejidad de escenarios socioculturales, predecir posibles desenlaces o consecuencias y, opcionalmente, proponer posibles acciones para incidir en la realidad presente y futura, un juego literario que fascina a los políticos. Esas explicaciones, predicciones y propuestas de los discursos representan implícitamente las convicciones, las ideologías o los intereses de los actores en juego, lo cual se percibe en tanto que en los debates está manifiesto el esfuerzo de cada uno por legitimar su relato a partir de la procuración o defensa de algún valor, como la justicia, la paz, la igualdad, la soberanía, la democracia, etcétera y, ocasionalmente, la simple y llana verdad.

Los medios reconocidos como válidos para la narración de estos discursos son aquellos que gozan del prestigio basado en los estatus de sus fundadores, de sus directivos y de los actores que en ellos han participado como expositores. Cada uno de estos medios puede ser en sí mismo un lugar imaginario o concreto en el cual los discursos se confrontan, contraponen, apoyan, complementan o sólo se exponen. También un conjunto de medios puede formar una arena más amplia y el total de los medios puede dar lugar a una multitud de arenas cruzadas por dos principios: uno democrático, ya que la pluralidad es una de sus características en tanto que hay libertad para que puedan crearse y exponer puntos de vista distintos, y otro aristocrático, puesto que entre ellas hay una escala jerárquica. En las arenas estelares participan las autoridades reconocidas de manera más amplia como autoridades del saber de su materia, mientras que en las arenas con menos prestigio participan los jugadores menos cotizados como autoridades de un saber.

No obstante el desarrollo de los medios electrónicos y la aparición de otros nuevos, la revista (impresa) es el medio que sigue siendo más importante dentro del convencionalismo pragmático para el reconocimiento y la difusión de los saberes, así como para la realización de los debates. Pero no todas las revistas son válidas, sino solamente aquellas especializadas en un área de conocimiento, cuyos consejos editoriales están integrados por miembros que poseen estatus de autoridad en esa área y en las que sólo se admiten discursos y actores con las características señaladas.

Los artículos publicados en esas revistas también se conocen como papers y, dependiendo de la polémica o el interés que susciten, sus argumentaciones se amplían o desarrollan en más artículos o, a veces, dan lugar a libros en los cuales se continúa el debate, así como en diarios, semanarios y revistas de difusión. Aunque las revistas especializadas son las arenas más importantes, la participación de los actores estelares en diarios de prestigio y programas de radio y televisión hace de estos medios otras arenas para introducir los discursos y los debates en la opinión pública, socializando así su legitimidad y moviendo simpatías a su favor, con lo cual se influye en la toma de decisiones y se ganan apoyos para mantener o elevar sus estatus.

La multiplicidad de arenas en las cuales se escenifican los debates representa la pluralidad que hay en las sociedades democráticas y la multitud y diversidad de los escenarios socioculturales sobre las que se narran los discursos y construyen las arenas, pero también representa la estratificación de la jerarquía de los actores.

Reconózcase pues como incontrovertible la importancia para el debate público internacional a medios de difusión como The New York Times, Newsweek, Le Monde, The Economist o, para el público de habla hispana, El País, así como los numerosos programas de radio y televisión de cada país con mesas de discusión. Actualmente, la revista más importante, la arena estelar para la exposición mundial de los discursos y la escenificación de los debates es Foreign Affairs (¿si no, cuál?), que se presenta a sí misma como “la publicación más influyente” (“the most influential publication), influencia que no depende de la simpatía o antipatía que a cada quien cause, sino de su vinculación al poderoso Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos (Foreign Affairs Council) desde su fundación hace cerca de 75 años, para la discusión de la situación política mundial y el papel de este país en ella. Foreign Affairs tira más de 110 mil ejemplares de cada número, cantidad superior a cualquiera otra publicación de sus mismas características de formato y periodicidad, ahora también con una edición en español a cargo del prestigiado Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), uno de los principales centros de formación en el país para la clase gerencial de la iniciativa privada, para la clase política y para los altos mandos de la administración pública.

La multiplicidad de arenas en las cuales se escenifican los debates representa la pluralidad que hay en las sociedades democráticas y la multitud y diversidad de los escenarios socioculturales sobre las que se narran los discursos y construyen las arenas, pero también representa la estratificación de la jerarquía de los actores. Esto quiere decir que hay distintos niveles de debate. Distintos no tanto por el nivel intelectual o la capacidad argumentativa (en el supuesto de que los jugadores cumplen con las reglas del juego), sino, sobre todo, por el prestigio que la sociedad, en especial sus élites y las propias comunidades, reconocen o le dan a cada arena y a sus actores, así como a la importancia que a cada escenario se le reconozca. Existen, pues, debates de temas internacionales, nacionales, regionales, efectuados en arenas que ocupan distintos niveles dentro de una jerarquía determinada por su prestigio y el de los actores que en ellas se admite.2

Tres grandes protagonistas de los debates contemporáneos

A partir de la demolición del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética ha habido tres discursos que ocupan posiciones preponderantes en el debate contemporáneo por la recurrencia de referencias a ellos en las arenas más importantes. Sus autores se han convertido en celebridades reconocidas mundialmente y constituyen citas inevitables para todo aquel que quiera participar en la polémica. El fin de la historia, de Francis Fukuyama; El choque de civilizaciones, de Samuel P. Huntington y La tercera vía, de Anthony Giddens. Los debates sobre El fin de la historia y El choque de civilizaciones surgieron a partir de sendos artículos publicados en revistas especializadas que dieron lugar a libros en los cuales los autores confirmaron sus tesis, replicando en ellos las críticas que recibieron (en artículos publicados también en revistas especializadas). La réplica y la contrarréplica se ampliaron y trasladaron también a la arena bibliográfica con el sello de las editoriales Planeta, Paidós y Taurus en sus ediciones en español.

La revista National Interest publicó en el verano de 1989 (no. 16) el artículo “The End of History?” del neoyorquino Francis Fukuyama, profesor de la Universidad Johns Hopkins. En 1992 apareció su libro The End of History and the Last Man, confirmando así su tesis y rebatiendo a sus críticos. Desde entonces no ha dejado de hablarse de Fukuyama para bien o para mal. Diez años después, el propio Fukuyama escribió un artículo en el que hace un recuento de las críticas recibidas durante ese tiempo y las refutaciones que hizo a ellas.

En el caso de Huntington, profesor de la Universidad de Harvard, Foreign Affairs publicó en el verano de 1993 (vol. 72, no. 3) “Clash of Civilizations?” Solamente dos números después de su publicación (vol. 72, no. 5) apareció otro artículo suyo, “If Not Civilizations, What?”, en el que contestaba a sus críticos, pues el número anterior había ocupado buen número de sus páginas a confrontar o descalificar su tesis. En 1996 se publicó The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order. Luego de los ataques a Washington y Nueva York el 11 de septiembre de 2001 ese texto adquirió un auge renovado y es poco menos que insalvable su mención en los análisis al respecto.

Hoy Huntington vuelve a acaparar la atención al haber detonado una nueva polémica con su libro ¿Quiénes somos? (Barcelona, Paidós, 2004), donde expone seis argumentos por los cuales considera que la inmigración de mexicanos a Estados Unidos amenaza la identidad cultural nativa de ese país.

Mientras ese debate crece, otro ha fenecido. El caso de La tercera vía es distinto al par de textos mencionados pues su autor, Anthony Giddens, director de la London School of Economics, es abierto partidario de la democracia social, según manifiesta en su libro The Third Way. The Renewal of Social Democracy, publicado en 1998. Más propositivo que descriptivo y más político que académico, el texto de Giddens ha tenido éxito por su influencia en el primer ministro británico, el laborista Tony Blair, quien supuestamente orientaba sus políticas públicas con base en una visión de La tercera vía, así como por la simpatía por ella de Gerhard Schröeder, primer ministro alemán.

Al cancelarse la legitimidad de las proclamas revolucionarias por la demostración fallida de los desenlaces de sus proyectos históricos, desde el marxismo parece haber poca capacidad para articular una propuesta de fondo (no revolucionaria) dentro del marco de la legalidad.

Giddens ha recibido críticas provenientes de variados tonos del espectro ideológico, a las que contestó con The Third Way and Its Critics, en 2000, el cual se publicita en su portada con una frase de Blair: “An Important Contribution to the Debate”. Pero fue el propio Blair, el autoabanderado promotor de la obra de Giddens, quien acabó no sólo con el debate sino con la misma tercera vía cuando, en la Cumbre de Gobiernos Progresistas, en julio de 2003, declaró que fueron ideas para la década de los noventa, pero que ya no respondían a la realidad del momento, es decir, a las exigencias de la belicista política exterior de Estados Unidos. En Londres, ante catorce de los más importantes jefes de Estado y de gobierno del mundo y de quinientos políticos e intelectuales prestigiados, Blair arrió la bandera de la tercera vía para izar la de la “guerra contra el terrorismo” (Reforma, 11–14 de julio de 2003). De este modo, un saber que se había instituido como válido quedó derrotado por el mismo pragmatismo que un día lo encumbró como discurso de legitimación del poder.

En cuanto a los actores que participan en las arenas más importantes, el único desde una posición marxista parece ser el estadounidense Noam Chomsky, más con emociones que con argumentos, sólo superado por la horrorización de Viviane Forrester y su fobia al “neoliberalismo”. Al cancelarse la legitimidad de las proclamas revolucionarias por la demostración fallida de los desenlaces de sus proyectos históricos, desde el marxismo parece haber poca capacidad para articular una propuesta de fondo (no revolucionaria) dentro del marco de la legalidad. Quizá por eso es en la literatura donde los marxistas mantienen una posición importante y con influencia en la opinión pública, sobre todo a partir de la entrega del Premio Nobel a José Saramago. Éste, junto con el Subcomandante Marcos y su retórica romántica parecen ser un par de inspiradores de la resistencia marxista y su crítica al sistema.

Actores y arenas del escenario nacional

Actualmente en México, por su formación social y sus procesos históricos particulares, el tema de la transición a la democracia es el más recurrente en el debate nacional, en especial a partir del triunfo electoral de Vicente Fox. El debate consiste en que unos hablan de transición; otros, de alternancia sin cambio, mientras que algunos niegan el cambio y sostienen que la continuidad persiste. ¿Democracia sin adjetivos o con cuáles adjetivos? parece haber sido la pregunta clave.

No obstante la importancia de las mesas de análisis sobre los asuntos públicos que hay en la mayor parte de los canales televisivos y estaciones radiofónicas que, sin duda, han contribuido a la transformación del sistema político y a inculcar la conciencia ciudadana, no se prescinde de las revistas especializadas en este proceso y, de hecho, son la fuente primaria de la que surgen los analistas más destacados ante cámaras y micrófonos. Han sido las revistas con formato de difusión, pero con textos especializados, las que mayor venta, difusión e influencia tienen al respecto, como Letras Libres y Nexos.

El debate consiste en que unos hablan de transición; otros, de alternancia sin cambio, mientras que algunos niegan el cambio y sostienen que la continuidad persiste. ¿Democracia sin adjetivos o con cuáles adjetivos? parece haber sido la pregunta clave.

A propósito de Letras Libres, los días 15 y 16 de abril esta revista realizó su Tercer Encuentro para intercambiar ideas sobre el tema “Ustedes y Nosotros: Convergencias y Divergencias en la Relación México–Estados Unidos”. El motivo del tema no fue gratuito, sino que se trató de una reacción de su director, Enrique Krauze, contra el nuevo libro de Huntington mencionado anteriormente: ¿Quiénes somos?

Ante la hispanofobia identitaria de Huntington, Krauze, como buen caudillo cultural posrevolucionario, ha asumido la defensa de nuestros paisanos en Estados Unidos, para lo cual el número de Letras Libres de abril se dedicó a rebatir al académico estadounidense y reivindicar “el genio del mestizaje”. Pero como Krauze no se conforma con discusiones aldeanas, expondrá también su discurso contra “el falso profeta” en la revista The New Republic. ¿Por qué allí? Porque, “sin duda —afirma Krauze—, a Huntington hay que combatirlo en Estados Unidos, no estar intercambiando ideas con una sombra… estoy preparando un largo ensayo al respecto y, bueno, esperar a ver qué dice, que me conteste y debatir” (Reforma, 17 de abril de 2004).

De Nexos puede decirse que forjó su porvenir y llamó la atención a partir de provocar polémica desde su primer número, cuando entonces declaró de manera triunfalista que la cultura literaria había dejado de ser el eje de la vida artística y crítica del país, lo cual detonó una confrontación con la predecesora de Letras Libres, Vuelta, dirigida por Octavio Paz, que desencadenó en un asunto de Estado cuando el ganador del Premio Nobel condenó que se hubiera patrocinado con recursos públicos un coloquio organizado por particulares (Eduardo Guerrero Gutiérrez, “25 años de Nexos”, Metapolítica, julio–octubre de 2002, pp. 115 y 116). Más allá de este incidente ampliamente conocido, lo que vale la pena destacar es el cambio en el estatuto de autoridad del saber, que ha dejado de ser patrimonio exclusivo de escritores y uno que otro filósofo ampliándose este reconocimiento social a favor, por un lado, de los profesores–investigadores de instituciones de educación superior de prestigio y, por otro, de una élite de periodistas a los que se les ha dotado de una aureola de almas democráticamente puras y se les rinden honores como si fueran la encarnación de lo políticamente correcto, de la personificación de todas las virtudes cívicas y la preclara conciencia crítica de la sociedad.

Aunque Nexos no pertenece formalmente a una institución académica, se trata claramente de una revista que desde hace muchos años ha estado conformada principalmente por académicos de El Colegio de México (Aguilar Camín, Loaeza, Peschard, Casar, Segovia, Meyer, Rubio, etcétera). Nexos existe desde 1978, entonces bajo la dirección de Enrique Florescano, pero alcanzó un lugar privilegiado en la opinión pública cuando la dirigió Héctor Aguilar Camín, de 1983 a 1995, gracias, en buena parte, a la difusión que de ella se hacía por el programa televisivo homónimo, en el cual debatían buena parte de sus colaboradores, varios de los cuales también son articulistas de los diarios de circulación nacional más importantes.3

Llama la atención el reciente crecimiento en la participación en las arenas más importantes de los académicos del Centro de Investigación y Desarrollo Económico (CIDE) (Mayer Serra, Chabat y varios más provenientes del propio Colmex, como Casar). Es también interesante que el CIDE, desde el sexenio pasado, ha venido desplazando al Instituto Nacional de Administración Pública (INAP) como la institución capacitadora de la administración pública, formadora de sus cuadros y, sobre todo, como espacio del pensamiento y los estudios para el desarrollo de ésta. La reflexión y la propuesta de lo que debe ser una administración pública moderna, de políticas públicas y análisis político proviene del CIDE.4

El saber como mercancía

De acuerdo con Lyotard, la naturaleza del saber se ha modificado en tanto se ha vuelto un valor de cambio en el mercado, una mercancía que es la principal fuerza de producción; fuente de riqueza y poder, afectada por la tecnología tanto en la investigación como en la transmisión de los conocimientos (pp. 13–19). La legitimidad pragmática de la que hablaba el filósofo francés parece también una pragmática de marketing: no sólo hay que saber, también hay que saber vender el conocimiento (know how) y saberse venderse como autoridad del saber. En este caso, el grupo o los grupos académicos de Nexos han sabido promover mejor públicamente su nombre gracias a medios impresos y electrónicos o, por lo menos, resultaron afortunados para triunfar en el show business. La afirmación no es gratuita, pues la reproducción de sus artículos en cadenas periodísticas y sus participaciones en cadenas radiofónicas a no pocos de los miembros de las élites académicas les ha permitido ocupar puestos en los más altos niveles gubernamentales, según se comprueba con los cargos que han alcanzado como consejeros del Instituto Federal Electoral, de comisiones de derechos humanos y de academias científicas, como asesores de los políticos más importantes o, recientemente, como diputados impuestos por partidos políticos vía “representación proporcional”.

Sin embargo, ver en la televisión a Héctor Aguilar Camín proponiendo la migración de campesinos a las grandes ciudades para reducir la miseria en el campo o la renuncia como secretario de Relaciones Exteriores de Jorge Castañeda por convenir así a sus intereses para dedicarse a la cátedra y luego a su campaña a la Presidencia, connota que “la transmisión de los saberes ya no aparece como destinada a formar una élite capaz de guiar a la nación en su emancipación, [más bien] proporciona al sistema los jugadores capaces de asegurar convenientemente su papel en los puestos pragmáticos de los que las instituciones tienen necesidad” (pp. 104–107.) ®

[Publicado originalmente en Replicante no. 1, “Migraciones, racismo y mestizaje”, otoño de 2004.
Referencias
Alberto Aguirre M., “Los intelectuales detrás de Santiago Creel”, revista Milenio no. 177, México, 2001.
Francis Fukuyama (1992 [1991]), El fin de la historia y el último hombre, Planeta. Título original: The End of History and the Last Man, Free Press, Nueva York.
Anthony Giddens (1999 [1998]): La tercera vía: la renovación de la socialdemocracia, México, Taurus. Título original: The Third Way. The Renewal of Social Democracy, Cambridge, Polity Press.
—————— (2001 [2000]): La tercera vía y sus críticos, México, Taurus. Título original: The Third Way and Its Critics, Cambridge, Polity Press.
Samuel P. Huntington (1997 [1996]), El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, Barcelona, Paidós. Título original: The Clash of Civilizaciones and the Remaking of World Order, Nueva York, Simon & Schuster.
Elisabeth Nöelle-Neumann (1998 [1974]): “La espiral del silencio” en J.M. Ferry, D. Wolton, et. al, El nuevo espacio público, Barcelona, Gedisa. Título original: “The Spiral of Silence” en Journal of communication, Núm. 24.
Letras Libres, “El genio del mestizaje”, México, no. 64, abril de 2004.
Jean François Lyotard (1993 [1979]): La condición posmoderna, Barcelona, Planeta. Título original: La Condition postmoderne, París, Éditions de Minuit.
Metapolítica, dossier “Instituciones culturales en México: El ágora secuestrada”, México, no. 24–25, vol. 6, julio–octubre de 2002.
José Luis Orozco (2000): Pragmatismo e inteligencia política global, México, Universidad Autónoma Metropolitana.
Paulo Sotero (2002): “Los think tanks y su visión washingtoniana del mundo”, en Foreign Affairs, edición en español, otoño-invierno.
Notas
1. La palabra buenos, en este caso, se refiere a hacer los enunciados de la manera en que los decididores reconocen o definen como correcta. Para mayor claridad, en las siguientes líneas expresaremos esta idea diciendo que los enunciados se hacen de forma válida. Por ejemplo, cumplir con las reglas para hacer las citas textuales o las referencias bibliográficas en un artículo es uno de los requisitos para que un comité editorial de una revista especializada pueda tomar en cuenta un texto para su publicación.
2. Un ejemplo de esta jerarquía está descrito en un artículo de Paulo Sotero, publicado precisamente en Foreign Affairs (otoño-invierno de 2002), que trata sobre el interés de los think thanks estadounidenses por lo que ocurre en las distintas regiones del mundo, reflejo del interés del gobierno de Washington en ellas. Los think tanks se definen a sí mismos como creadores de ideas, pero, a diferencia de las universidades, que crean conocimiento, a veces abstracto y otras con orientaciones políticas, los think tanks también se encargan de impulsar esas ideas en el proceso político. Sotero explica que, dentro de la industria de las ideas de los think tanks, los “socios menores” son los centros de investigación y debate dedicados a América Latina y el Caribe, los cuales “suelen movilizar audiencias menos estelares que sus congéneres más establecidos”, pues, según cita a Moisés Naim, editor de Foreign Policy (revista fundada por Samuel P. Huntington), “la relevancia del público que atraen refleja la importancia de la región en Washington”. En contraste, “la conferencia de un ministro de Singapur o de China en la Brookings Institution, en el Carnegie Endowment for International Peace o en el IIE [Institute for International Economics] atrae miembros de los niveles más altos de la administración y del Congreso y una audiencia de especialistas calificados”. Tal ejemplo coincide con el análisis de Orozco: “El compromiso científico del pragmatismo propicia, primero, al intelectual corporativo, empresarial, preocupado por empedrar el camino de los intereses y, a su lado, al intelectual estratégico, militar, orientado directa o indirectamente a la seguridad nacional. Sus habitáculos intelectuales, los think tanks, rompen la tradición de los cenáculos y camarillas prevalecientes entre los seguidores y amigos del intelectualismo europeo y latinoamericano” [p. 18].
3. Cabe comentar que, en sus memorias, Daniel Cossío Villegas afirma que mientras la Universidad Nacional Autónoma de México fue creada para educar a las masas del país, El Colegio de México lo fue para educar a su élite (citado por Agapito Maestre en “Del exilio del saber al saber en el exilio”, ibidem, pp. 37 y 38). Las revistas de El Colegio de México —las de sus centros de investigación— tienen un tiraje limitado y son de escasa difusión y distribución (canje con bibliotecas, puede suponerse). En cambio, Nexos tiene un tiraje muy superior y con amplia distribución en el territorio nacional, tanto en locales cerrados como en puestos de periódicos. El grupo o los grupos académicos del Colmex tienen así una presencia importante en la opinión pública nacional. Sin duda, Nexos es un importante punto de referencia en el debate político y cultural de México, a diferencia de otras como Contextos y El Cotidiano, ambas de la Universidad Metropolitana, o la revista Universidad, de la UNAM, las cuales, no obstante que han crecido en cuanto a su distribución, tienen muy poco eco en la opinión pública y casi ninguno en la discusión académica.
4. Sobre María Amparo Casar, coordinadora de asesores de la Secretaría de Gobernación, véase la revista Milenio no. 177.
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Publicado en: Agosto 2010, Hemeroteca


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  • RICHAGAINST

    Qué tal, Replicantes.

    Me parecen interesante los textos de este autor. Es una pena que no se comenten tanto como otros, pues pueden dar pie a intensos debates filosóficos.

    El texto me ha producido una cierta inquietud, la cual formularé al final de mi comentario al texto. Pero la pregunta antes de ser plantearse, requiere de una cierta disquisición, de un cierto desvario de mi parte para ser pronunciada.

    Por una parte, esto del “Fin de la Historia”, la reflexión posmoderna sobre el debilitamiento de las ideologías, la ramifiación de las luchas sociales en pequeños microrelatos o microhistorias, es un añejo debate que me parece no se limita únicamente a los posmodernos, sino curiosamente, tiene también una larga historia.

    El así el llamado “Fin de la Historia”, ya había sido reflexionado por Alexander Kojéve, un filósofo ruso de mediados del siglo XX que leyó y comprendió -asunto verdaderamente espinoso- de cabo a rabo a Hegel, y que justamente dedica gran parte de sus reflexiones a eso que Hegel, en pleno inicio del siglo XIX denominó el “Fin de la Historia”, es decir, el momento en que el hombre es libre finalmente; cesan las guerras, las revoluciones y la filosofía, la religión, el arte y la cultura entera llegan a su apogeo, el momento en que se consuman de manera absoluta y se perfeccionan todas las capacidades, aptitudes y creaciones de la especie humana, y por lo tanto, ya consumadas, no pueden tampoco superarse -las páginas finales de la Fenomenología del Espíritu son bastante elocuentes al respecto.

    Fukuyama, como otros que se mencionan en el texto, retoman los análisis de Kojéve sobre la idea de Hegel, pero la actualizan -piratean más bien- para releer nuestro tiempo y justificar muy tramposamente el bache histórico contemporáneo en que nos encontramos: la historia como progreso lineal ya no es posible puesto que ha terminado y ha triunfado – frente a esa desviación de la historia que constituye el comunismo- la economía de libre mercado, la tecnocracia, la sociedad del espectáculo, la democracia como renovación del poder político y el Estado moderno liberal como régimen homogéneo universal, etc.

    Ahora bien, el “Fin de la Historia”, ese agotamiento del movimiento de la consciencia, dado que se ha agotado, tampoco puede traer ya nada nuevo más que repetición, revival. La estética del pastiche posmoderno en arte, cine o literatura es un buen ejemplo. El “Fin de la Historia” es pues reificación de lo mismo, inmovilidad, indiferencia. La cultura pues se transforma en un gran simulacro, un deja vu de las formas simbólicas del pasado. Todo está hecho, y por ende, no hay nada más por hacer, nada más que cambiar. Sólo hay un camino a seguir: democracia, liberalismo, producción capitalista, consumo masivo, hedonismo y narcisismo generalizado.

    Así, las teorías posmodernas de Lyotard, Lipovetski, Baudrillard y compañía -al menos mucho más sugestivas que las de Fukuyama- parecen regodearse apolíticamente en estas ideas, puesto que también están emplazadas dentro de la misma marea de inmovilidad y de la historia entendida como repetición de lo mismo; a la escuela posmoderna entonces no le queda más que cultivar los microrelatos, las microhistorias, reivindicar al Otro y las estrategias de la Diferencia.

    Las luchas emancipatorias de grupos sociales aislados o atomizados son un buen síntoma de esto: feministas, gays y lesbianas luchan por sus propios derechos civiles, las culturas indígeneas por su dignificación social, los obreros, maestros y sindicatos por mejores salarios y condiciones laborales, los estudiantes por mejor educación, los globalifóbicos por un “comercio justo”, los ecologistas luchan por salvar al planeta, las focas y las ballenas, las señoras y señores ricos de Polanco y las Lomas marchan, protestan y firman acuerdos para combatir la delincuencia, el crimen organizado y el secuestro, y hasta los intelectuales de moda -y esto es para reírse- lanzan plataformas políticas y llaman a la ciudadanía a anular el voto durante tiempos de elección. Hay pues mucha movilización y “resistencia civil” pero subsumida y administrada bajo las reglas de la Democracia liberal y el Estado de Derecho, el diálogo siempre es bajo ciertas normas, bajo cierta legalidad, tolerancia social y respeto a las Instituciones. Se trata de la vida controlada mediante sexenios, siempre a la espera de las “grandes Reformas que necesita el país”.Hasta el zapatismo terminó por sucumbir a esta lógica y fue a parar a la cámara de diputados.

    Y creo que esto es precisamente lo más peligroso del “Fin de la historia” y los microrelatos posmodernos, a saber, que toda “emancipación social” se atomiza en su propia burbuja y se efectua bajo ese gran mito del “diálogo político” y bajo las reglas de un proyecto histórico bien determinado y homogéneo. En el fondo lo que hay en realidad no es sólo una fragmentación de la resistencia social, sino una total erosión y debilitamiento de la acción política, de la capacidad de individuo contemporáneo para cuestionar su realidad, de disentir de lo Dado, ya sea individual o términos de comunidad. Eso que sí hicieron, por ejemplo, lo que el autor del texto denomina como “romanticismo Marxista” y los pensamientos críticos de izquierda que se gestaron a partir de éste.

    Pregunto pues: ¿No resulta más bien que los posmodernos lejos de constituirse como grandes críticos se constituyen, al igual que Fukuyama, paradójicamente, como grandes cómplices de la cultura establecida, pues en su pesimismo, nostalgia y congoja por el “Fin de la Historia” (la muerte de la filosofía, el arte, la política y las ideologías que tanto han mentado) se convierten, por lo tanto, en apologetas de lo “Mismo”? ¿No haría falta pues un poco de esa fuerza disruptiva y radical que anima al marxismo?

    Lo pregunto porque parece que en nuestra época -tan posmoderna- hablar, retomar o siquiera acercarse a la crítica Marxista y la larga, extensa y riquísima tradición de izquierda que le sigue constituye el peor de los pecados, algo políticamente incorrecto, pasado de moda, mierda vieja, vamos. Sin embargo, creo que la importancia y altura de una reflexión político-filósofica radica en las preguntas que se plantean y no en las respuestas que se ofrecen. Quizá el ensueño comunista de un Reino de la Libertad, la utopía proletaria, el mesianismo revolucionario, sea justo eso, una fantasía. Pero el cuestionamiento, esa gran sospecha que profiere el Marxismo, a decir de Ricouer (la crítica económica y de la superestructura idealista o la enajenación del trabajo, por mencionar un par de temas) me parece que no pueden deshecharse tan fácilmente, además de que claro, una cosa es la teoría y otra muy distinta las interpretaciones y las derivas histórico-concretas en las que se despliega.

    Finalmente, me queda claro que el presente texto trata de brindar una crítica hacia el poder, los compadrazgos y las situaciones de servidumbre que se exhiben en los centros de enseñanza y de ciertas revistas mexicanas de cultura, cuestión más que bienvenida.

    Sin embargo, si lo de arriba está podrido, que es lo que nos garatiza que nuestro propio microrelato, nuestro microespacio cultural no esté infectado por los mismo. ¿Cuáles son las pautas epistemológicos que impiden que, por ejemplo, en una revista como Replicante, no se corra el mismo peligro?

    Bueno, creo que eso es todo.

    Un saludo.