Los hijos de Rachael y Deckard

Hacia una nueva humanidad

Blade Runner es hasta ahora la culminación de un género cinematográfico que propicia el acercamiento a la reflexión filosófica en torno al origen y el destino de la especie humana y sobre temas como el sentido último de la vida.

Escena de Blade Runner

El rebuscado guión de Inception [El origen, Nolan, 2010] acabó por fastidiarme, sumado a los abrumadores efectos especiales y las sucesivas capas oníricas como cebollas o pintorescas matrioshkas. Alguien, muy joven, me había dicho que esa película era el Blade Runner de la primera década de este nuevo siglo, lo cual casi me pareció una herejía, pero, vamos, no pasa de ser un entusiasta despropósito. Blade Runner, de la versión original al corte del director, es ya una referencia clásica de la ficción científica que ofrece no solamente una verosimilitud extasiante, sino también una cálida sensación de intimidad y empatía; en cambio, El origen acaba por ser otro thriller con vertiginosas persecuciones y avasalladora e infaltable pirotecnia digital en este tipo de productos: “Al espectador no se le ofrecen muchas oportunidades de ser cómplice de una hipotética aventura de conocimiento, más bien se le aturde con episodios torrenciales y atronadores como si navegara por un rápido, atento exclusivamente a no salir despedido de la embarcación”, escribe con acierto el español Juan Pedro Aparicio en la que me parece la mejor crítica que he leído de esta película [Revista de Libros, no. 167, Madrid, noviembre de 2010]. Paradójicamente, Blade Runner fue recibida con escepticismo y malas reseñas, pues no pocos esperaban el ritmo narrativo de, precisamente, una película de acción; El origen, como saben, fue un éxito inmediato en la taquilla y muy pronto colmada de premios y elogios.

Entre Blade Runner y El origen hay decenas de películas que especulan con mayor o menor inteligencia y audacia sobre el futuro inmediato o lejano de la especie humana, como ya lo habían hecho otras tantas antes de la cinta de Ridley Scott —2001: Odisea del espacio [2001: A Space Odyssey, Stanley Kubrick, 1968] y Cuando el destino nos alcance [Soylent Green, Richard Fleischer, 1973], entre las más inquietantes—, pero definitivamente Blade Runner es hasta ahora, y muy por encima de sagas como las de Mad Max, Terminator o las de sobrehumanos exterminadores de mutantes y vampiros, la culminación de un género cinematográfico que propicia el acercamiento a la reflexión filosófica en torno al origen y el destino de la especie humana y sobre temas como el sentido último de la vida, los alcances de la tecnociencia y lo humano. Una reflexión que se hermana con la poesía y se potencia con una imaginería portentosa y evocativa.

Eso es lo que hace de Blade Runner una película especial para muchos de los que la vimos por vez primera en 1982, el año de su estreno, y hemos vuelto a abismarnos en ella muchas veces más. Esa proximidad y una narración pausada y reflexiva —aun en la versión del director, sin la voz en off de Deckard— hacen de este filme uno entrañable y de honda profundidad. Nunca antes se había desplegado ante nuestros ojos una urbe con tantos reflejos de la Ciudad de México y de la misma Los Ángeles —pegada ya a San Francisco— retratada en un futuro no tan lejano, casi a la vuelta de la esquina. En 2019 la megalópolis californiana es un paisaje interminable siempre en penumbras iluminado por largas lenguas de fuego escupidas por chimeneas gigantes y poblado de pirámides babélicas de inspiración prehispánica. Una incesante lluvia ácida cae sobre una población compuesta de post-mexicanos y asiamericanos que se comunican en una jerigonza mezcla de espanglish y mandarín. (En la marquesina del Teatro Million Dollar se anuncia a “Los Mimilocos Mazacote y Orquesta”.) Un mundo en el que ya no existen los animales, solamente sus exactas reproducciones artificiales, y en el que los que han tenido los medios para abandonar un planeta sucio y gris lo han hecho ya para trasladarse a las colonias del espacio exterior. Empero, la vida pulula entre la basura y los vapores de los callejones y al pie de los edificios de alturas kilométricas de las poderosas corporaciones que rigen los destinos del planeta y alguna porción del universo.

No creemos exagerar si afirmamos que es en ese preciso instante antes de su muerte cuando el último replicante se humaniza. El valor que le da a la vida propia, que se extingue, lo hace apreciar la del humano ya indefenso y exangüe que lo mira como si fuese un semidiós fugaz.

Los replicantes, fabricados a imagen y semejanza del hombre, son androides destinados al trabajo rudo o a la procuración de placer sexual en las colonias espaciales. Se diferencian de los humanos en la extraordinaria fuerza física y en su acotado periodo vital: apenas cuatro años. Han empezado a desarrollar sentimientos y tienen una inteligencia similar a la de los ingenieros genéticos que los concibieron. Un grupo de ellos ha decidido viajar a la Tierra con el objetivo de encontrarse con su creador, Tyrell, para exigirle que extienda su lapso de vida —un problema irresoluble, por el momento. El magnate, enésima y refinada encarnación del Dr. Frankenstein, tiene a su servicio a una hermosa mujer, Rachael, muy probablemente una replicante, a la que Deckard, policía desempleado especializado en el “retiro” de replicantes y que es obligado a encontrar y eliminar a los rebeldes, le aplica la prueba Voight-Kampff para saber si es humana o no. Los resultados desconciertan al policía: demasiado humana para ser un androide… pero, ¿de dónde provienen sus recuerdos, sus memorias? ¿En realidad son de ella o es que el genial científico las ha implantado en su inconsciente?

Los rebeldes, en busca de más tiempo de vida, han causado ya la muerte de los creadores de sus órganos y del mismo Tyrell. Tres de ellos son ejecutados pronto por el atribulado detective, quien parece experimentar algún remordimiento: ¿Ha matado robots o a seres casi-humanos? Pero el último replicante, el más capaz y el más fuerte, Roy, cerca del fin de su ciclo vital y después del aterrador acoso a Deckard por los pasillos y el techo del edificio Bradbury, decide perdonarle la vida mientras pronuncia —con su mano derecha sujeta una paloma— uno de los parlamentos más hermosos y conmovedores de la historia del cine — y que vale la pena repetir otra vez:

He visto cosas que ustedes, humanos, ni se imaginan: naves de ataque incendiándose más allá de los hombros de Orión. He visto rayos C centellando en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.

No creemos exagerar si afirmamos que es en ese preciso instante antes de su muerte cuando el último replicante se humaniza. El valor que le da a la vida propia, que se extingue, lo hace apreciar la del humano ya indefenso y exangüe que lo mira como si fuese un semidiós fugaz.

Deckard se preguntará siempre por qué el poderoso replicante le permitió seguir con vida. En compañía de Rachel, a quien enseñó a besar, a amar, a enamorarse de él, huye de la ciudad enferma hacia un destino incierto, aunque ante ellos se abre de pronto un paisaje luminoso. Quiere el escritor catalán Jorge Wagensberg, en su relato “Rachael y las truchas” [Blade Runner, Barcelona: Tusquets, 1988], que la primera pareja de hombre y replicante se reproduzca y dé origen a una nueva humanidad, híbrida, con vidas, experiencias y recuerdos reales. El resto será historia. ®

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Publicado en: Enero 2012, Insolencia


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