Los ochenta de Hugo Gutiérrez Vega

Homenaje en vida vs. homenaje póstumo

Se fueron Juan Gelman y José Emilio Pacheco y se les rindieron sendos homenajes póstumos. Nos quedan los poetas Gabriel Zaid y Hugo Gutiérrez Vega, que festejan sus ochenta años. ¿Es necesario cumplir tal edad o que la materia imponga caducidad para que un poeta deba ser reconocido, laureado?

Comenzó a buscar palabras en los libros para fabricar con ellas una vida entera, creativa y amorosa.
—Tovar y de Teresa

A mí me interesa la utopía de la fraternidad.
—Hugo Gutiérrez Vega

Hugo Gutiérrez Vega. Foto © lenouscultura.com

Hugo Gutiérrez Vega. Foto © lenouscultura.com

La XXXV Feria del Libro del Palacio de Minería celebra distinguidas efemérides. Domingo 23 de febrero en la Galería de Rectores, con tambores y silbatos como ruido de fondo, el poeta Hugo Gutiérrez Vega, con su habitual sentido del humor, cuenta las vicisitudes de su trayectoria como diplomático, actor, director de la Casa del Lago. Mermado físicamente por una caída pero visiblemente contento y dispuesto, lee fragmentos de su obra.

Al final, le pregunto por la posibilidad de humanizar y sensibilizar en una cultura de la violencia:

Frente a la violencia, ante la injusticia y ante la desigualdad, el abandono de la educación indígena, a todos los grandes problemas de este país, frente a eso, lo que nos queda es la política de la educación. Lo demás son soluciones calderónicas o calderonianas: enfrentar la violencia con la violencia. Hay prioridades: erradicar el hambre. En este país hay 37 millones, y parece que la cifra es optimista, de personas que viven en inferioridad calórica a nivel mundial. Creo que los problemas son abrumadores. A esta edad lo menos que puedo hacer es abrumarme. El poder esperar es lo único que puedo hacer. Aunque intento cada vez que puedo decir lo que pienso y decirlo en todos los pulmones que están a mi disposición, entre comillas. Lo que el país necesita es la humildad; necesita purificarse; que se escuche la verdad; que se respeten las posiciones críticas; que la educación y la cultura se fomenten de tal manera que puedan ser de momento paliativos y después soluciones más firmes para atender la problemática del país.

2007: Don Hugo contaba con setenta y tres años muy despiertos: Duermo poco. Cuatro horas, profundas. Supongo que me sirve, por lo menos no he enloquecido del todo. Soy un insomne profesional. Eso significa que en lugar de enojarme con el insomnio, me pongo a leer o escribir. Y más o menos trato de organizar mi tiempo, no siempre lo logro, por supuesto. Por eso me he retirado del teatro, porque la disciplina teatral es muy exigente. Y a mi edad no es una disciplina a la que me pueda sujetar; en cambio a las otras disciplinas sí, y aprovecho el insomnio para realizarlas.

Duermo poco. Cuatro horas, profundas. Supongo que me sirve, por lo menos no he enloquecido del todo. Soy un insomne profesional. Eso significa que en lugar de enojarme con el insomnio, me pongo a leer o escribir.

Hoy, en su cumpleaños, traigo a cuento a Carlos Fuentes no sólo a propósito de homenajes póstumos —quizá fue uno de los que gozó también de innumerables en vida—, sino por la disciplina que don Hugo advierte en él cuando refiere las cuatro o cinco horas que Fuentes dedicaba por la mañana a escribir. Que por eso sus obras son tan abundantes; no necesariamente bueno todo, dice, pero sí son obras muy vastas. Y encuentra uno, de repente, observa don Hugo, en esa obra vasta cosas redundantes. En cambio, asevera que Franz Kafka no tuvo muchos errores; incluso afirma que es uno de los escritores más humanos de la historia de la humanidad.

Sobre escritores incipientes, cree, como Pascal, que el momento fundamental de toda vida individual es la elección de la vocación. Y cuando la persona escoge la vocación literaria, ya sea poesía, sea prosa, teatro o ensayo, esta vocación es muy exigente. Exige, en primer lugar, una preparación. Una preparación universitaria —aunque hay casos de grandes escritores que son autodidactas, dice—, amor por la lectura; inclusive, que le guste más leer que escribir. Don Hugo cree que lo anterior es muy importante. Le gusta mucho escribir, pero le gusta más leer. Goza más leyendo, no hay cosa más linda, suspira. Y después una dedicación, una disciplina. Entonces refirió a García Lorca cuando le preguntaban por qué era poeta: que decía que por la gracia de dios o del demonio, pero por darse exacta cuenta de lo que es un poema.

Echo a andar en busca de algunos orígenes, como el de la creación. Don Hugo crea desde su cama. Todo en su cama, como el abogado de El proceso, dice. Lo mejor y lo malo de su vida: postrado en cama; de repente una mujer en la cama; escribe en la cama. La cama le es fundamental. Es, por lo menos, un escenario comodín, sonríe. Cuando inquiero sobre hábitos o estímulos para crear dice no consumir café ni brebaje alguno, sólo toma un par de copas de vino, pero no bebe alcohol; el cigarrillo lo dejó hace veinte años. Y la mota igualmente la dejó hace muchos años, aunque alguna vez fue bastante moto, pero enseguida rectifica: Bueno, moderadamente, como todos los actores. Pero no, paraísos artificiales, de momento no, concluye.

Con Juan Gelman. Foto © Borzelli Photography.

Con Juan Gelman. Foto © Borzelli Photography.

El cauce del diálogo me permite explorar en sus gustos personales y en su intimidad. La noche es la parte del día que más disfruta. Fornicar es la actividad, nostálgicamente hablando, más especial. Pero como actividad, leer y escribir. Luego dice disgustarle la mezquindad, la mendacidad, la violencia, la crueldad y la ambición del poder, el ejercicio del poder mismo. En todo esto es bastante anarquista, recalca. La música le gusta mucho. Es de la generación del jazz, pero disfruta la música clásica; también Sex Pistols, Led Zeppelin, King Crimson y The Who. Acentúa que el cine le es fundamental: ve dos películas diarias. El aparato televisivo le sirve para eso. El día que se le va sin una película se siente muy mal. Le interesa el humorismo, cree que es la cosa más seria del mundo. Advierte que se pueden decir cosas más profundas a través del humor, que a través de la solemnidad.

2012, lluvioso cuatro de septiembre. Nuevamente en su luminosa oficina del diario La Jornada he vuelto a escucharle con atención acerca de no pocos temas que he debido reducir. De Viena, dadora de héroes científicos y literarios, en total contraste con nuestra situación ya no digamos científica y artística sino llanamente sociocultural, Don Hugo recuerda:

En aquel momento Viena era el eje de la innovación, del pensamiento, diría que la capital cultural de Europa; es más, fue sin lugar a dudas la capital mundial. De allí surgieron los grandes del siglo XIX y principios del XX: el psicoanálisis con Freud, la filosofía con Wittgenstein, la pintura con Kokoschka, la música con Mahler y Schönberg, la literatura con Hofmannsthal, Stifter, Broch, Karl Kraus, Roth, Musil, Canetti un poco después. El imperio perdido, de José María Pérez Gay, es una de las principales obras para entender el esplendor y la caída del Imperio austrohúngaro, donde se analiza con minuciosidad la vida y las obras de algunos de los escritores antes referidos.

Señala que hay una coincidencia entre varios de ellos, la lengua alemana y su condición judía. Que sin duda la lengua alemana debe mucho al pensamiento judío. Quizá de ahí la insistencia de Hitler en menoscabar la inteligencia judía y decir que era una raza inferior porque él sabía que era una raza superior, dice. Luego me da tres nombres: Marx, Freud y Roth. Le digo que olvida a uno muy importante, y me responde: Bueno, Kafka, por supuesto, ese por descontado y en silencio. Judíos los hay muchos en la cultura alemana, continúa. La lengua es bellísima, con una capacidad de condensación; con una enorme precisión y exactitud; gramaticalmente sencilla; era la lengua del Imperio austrohúngaro, que fue durante mucho tiempo una especie de esperanto en Europa, sobre todo en Mitteleuropa, que ha dado a personajes como Thomas Mann, Goethe, Hörlderlin… Me dice todo ello y su mirada parece desbordarse hacia las lecturas o los recuerdos. Los puntos suspensivos hacen un silencio evocativo.

Un hombre de 78 años como yo tendría que ser pesimista. No soy del todo pesimista, no tengo los ojos cerrados ni vuelo en las noches como bruja de Lagos de Moreno, pero tengo un moderado optimismo en que la raza humana de alguna manera sobrevivirá, no sé de qué manera todavía pero espero que así sea, que mis nietos no lo desmientan.

El poeta desmenuza la obra de uno de los mencionados, luego la de otro, pero me detengo en lo que advierte en El hombre sin atributos, de Musil, acerca de que no podemos aspirar a la totalidad, que sólo se nos dan fragmentos de esa totalidad y que una vida entera no nos serviría; que sólo puede aspirar a la totalidad el creador, las criaturas somos hombres sin atributos, dice, hombres sin cualidades y las pocas cualidades que tenemos son fragmentarias para observar una parte de la realidad e insertarnos en esa parte de la realidad. Continúa señalando que aquella época encuentra su momento más pesimista en Karl Kraus, periodista director de La Antorcha, quien prácticamente la escribía íntegra, y cuyo pesimismo es total sobre el futuro del hombre. Cuenta que Kraus escribió sobre el fin del mundo, sobre la bondad de la raza humana, lo cual tiene sentido ya frente al fenómeno nazi, la derrota de Austria, la invasión de Hitler y el desastre absoluto de la II Guerra Mundial.

Le recuerdo sus palabras con respecto al pesimismo y la oscuridad de Kafka:

Había en él una confianza radical en que el humano puede salir, no era una confianza religiosa sino una confianza humanística de que hay en el ser humano este germen capaz de producir por lo menos un inicio de salvación o de una mejor configuración de la sociedad humana.

Luego inquiero si tras los años aún mantiene aquella confianza en ese germen de salvación:

A pesar de todo, viviendo una crisis económica seria, una violencia tan ciega y tan desatada, estando en crisis casi todos los países del mundo y de manera muy especial México, uno de los más golpeados —van ciento veintitantos mil muertos del sexenio sangriento—, con todo creo que a pesar de eso tenemos que hacernos a una esperanza, una esperanza de momento informe. Creo que algunos basan esa esperanza en el pensamiento religioso por el que siento un enorme respeto, pero otros simplemente creen en lo humano perdido y la posibilidad de recuperarlo. Lo humano perdido es un término utilizado por Marx: dice que el arte lo recupera y que por supuesto la nueva sociedad tendrá que restituir a lo humano los elementos que se han perdido a través del capitalismo salvaje, y en nuestro caso a través del neoliberalismo. Un hombre de 78 años como yo tendría que ser pesimista. No soy del todo pesimista, no tengo los ojos cerrados ni vuelo en las noches como bruja de Lagos de Moreno, pero tengo un moderado optimismo en que la raza humana de alguna manera sobrevivirá, no sé de qué manera todavía pero espero que así sea, que mis nietos no lo desmientan.

La religión católica no es monolítica; hay por un lado la jerarquía eclesiástica y los grupos retrógrados cerrados, autoritarios y represivos, y por otro lado está la teología de la liberación. Gente como el obispo Luis Vera, de Saltillo, o dominicos como Miguel Concha o el padre Solalinde se preocupan por los pobres y de alguna manera consideran que la espiritualidad pasa por el camino de la justicia social.

Por mi parte, me hace recordar a Gombrowicz: Por encima de todo, lo humano encontrará un día lo humano. Le pregunto acerca de la proliferación de religiones, sectas, ideologías como una fe curativa. Que así como el psicoanálisis tuvo más adeptos que algunas iglesias, la cienciología, el misticismo, la metafísica, la literoterapia,el tai chi, la psicomagia, han mantenido un éxito considerable. En la actualidad las empresas de motivación y superación personal, los coaching, han ganado una sustanciosa fe de las personas. El poeta subraya que el hombre está buscando asideros. Hay muchas actitudes alternativas, dice: En el caso de México la religión mayoritaria es obviamente la católica, pero la religión católica no es monolítica; hay por un lado la jerarquía eclesiástica y los grupos retrógrados cerrados, autoritarios y represivos, y por otro lado está la teología de la liberación. Gente como el obispo Luis Vera, de Saltillo, o dominicos como Miguel Concha o el padre Solalinde se preocupan por los pobres y de alguna manera consideran que la espiritualidad pasa por el camino de la justicia social; así es que no se puede criticar de una manera monolítica a la Iglesia católica, hay muchos matices y muchas variantes. Ahora están por supuesto las otras opciones que en México han crecido considerablemente. Don Hugo considera que lo único que vale la pena proponer es una utopía humana:

Los hombres, tanto los religiosos como los no religiosos, tienen que realizar una utopía que puede ser como el milenarismo portugués: una época de paz y de prosperidad, pero más que de prosperidad, de solidaridad y de fraternidad: a mí me interesa la utopía de la fraternidad.

Le pregunto si la senectud tiende, a la manera de Tolstoi, a rectificar la fe y echar mano de la autoexpiación por medio del arrepentimiento y las buenas acciones, y si existe la posibilidad de educar a la juventud para que sea sabia y no aguarde hasta la senilidad para asentar su fe. Cita a Alberti, un libro que se titula Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos. Luego retoma a Usigli cuando refuta a Cicerón sobre el ensayo De senectute, donde se habla de la vejez como una época de tranquilidad, de paz, donde las ambiciones de alguna manera son superadas, la vida se sosiega, sentado en la tarde viendo el crepúsculo. Cita un soneto de Usigli cuyo primer verso es: Vejez, fraude cabrón, hija de puta. En fin, yo tengo la misma impresión de Usigli, pero espero que Cicerón en algunos aspectos tenga la razón, concluye, mas enseguida añade: Los viejos servimos para dar consejos si se nos pide, pero no hay peor viejo que el que da consejo sin que se lo pidan, es el papel que el viejo debe cumplir en el mundo, y si le hacemos caso a Cicerón debe aplacar la ambición y ver ya con ojos más tranquilos el mundo y la vida, pero dentro de esta utopía de la que hablaba, los viejos de alguna manera son testigos del fracaso de la utopía y por eso pueden enseñar tanto. En cuanto a la juventud sabia, se dice muy esperanzado del movimiento #Yosoy132: Es un grupo muy sabio, tienen ideas claras sobre la situación del país, sobre la democracia, sobre el sistema económico, sobre el capitalismo, sobre la solidaridad, así es que en este momento los muchachos están enseñando a los viejos. Aunque luego advierte que no está diciendo que vengan a solucionar las cosas, pero es el principio de un cambio profundo en la mentalidad de los jóvenes mexicanos.

La gracia es el alma y el espíritu es la virtud. Lo exigible al hombre es que sea virtuoso, como decía Virgilio, como decían los clásicos latinos, que respete a los demás, que de alguna manera se concilie con la otredad.

Canetti hablaba de una especie de fraternidad de escritores. Si el escritor es virtuoso, en el sentido virgiliano de la palabra o en el sentido católico o judío de la palabra, debe ser un enemigo de la guerra, si eres partidario del hombre y partidario de la sobrevivencia del hombre tienes que ser enemigo de la guerra.

Cuando refiero la responsabilidad del escritor que señala Canetti en La profesión de escritor, don Hugo recuerda que el autor dice otra cosa muy importante, que

los escritores tenemos que defendernos los unos a los otros porque nadie nos va a defender, al contrario, todos nos atacarán, sobre todo los políticos, entonces él [Canetti] hablaba de una especie de fraternidad de escritores. Si el escritor es virtuoso, en el sentido virgiliano de la palabra o en el sentido católico o judío de la palabra, debe ser un enemigo de la guerra, si eres partidario del hombre y partidario de la sobrevivencia del hombre tienes que ser enemigo de la guerra. Por eso los escritores mexicanos [y refiere que tiene razón Javier Sicilia] nos oponemos a esta guerra absurda que se echó andar en el sexenio sangriento, equivocada estrategia. Entonces tenemos que oponernos a la guerra si tenemos confianza en la permanencia del valor de lo humano.

Merecida distinción y justo reconocimiento cuando la Academia Mexicana de la Lengua designara como individuo suyo, como miembro de número a don Hugo Gutiérrez Vega en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes el 11 de septiembre de 2012, y lo recibiera el secretario de esa academia, Gonzalo Celorio, con espectacularidad curricular: retahíla ora diplomática, ora histriónica, por demás poética, cuyo justo atino fue reconocer el retardo de tal designación —incluso señaló que don Hugo debió haber recibido a algunos miembros, incluyéndose—, no hubo cupo para quienes debieron conformarse con participar en las postrimerías del evento: saludos, fotos y un breve coctel. Homenaje por demás digno de rememorarse ahora que cumple ochenta años. Bienaventuranza al poeta. ¡Más vida y más poesía y más bazar de asombros! ®

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Publicado en: Libros y autores, Marzo 2014


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