Los pasillos secretos de Teresa

La demolición de un viejo cine

Hasta ayer sábado me enteré que está en demolición el cine Teresa y fue inevitable recordar que no dejaba de visitarlo cada vez que voy a aquella ciudad encantada en semana santa o durante las vacaciones largas de agosto.

Cuando se escribe de la Ciudad de México es inevitable hacerlo desde la nostalgia de lo que se ha perdido o se ha extinguido. El parteaguas que fueron los terremotos de 1985 y la secuela que dejaron en el rostro de la urbe, en los amigos perdidos ahí, durante el estremecimiento telúrico, o después, o los que abandonaron la ciudad temporal o definitivamente. Siempre se tiene la opción del regreso aunque la ciudad ya ha cambiado como inevitablemente ha cambiado la memoria y la nostalgia de los que vuelven, pues son más los muertos que pesan sobre los hombros que el deseo de reencontrarnos con los vivos.

Esta mañana hablé con Madame Croissant para recordar brevemente la atmósfera que reinaba en las salas de cine de la Gran Tenochtitlan, aquellas magníficas construcciones que databan del Porfiriato, unas, con un estilo neoclásico, otras art-decó y churrigueresco, otras moriscas y otras más rococó, espacios que se perdieron luego de los movimientos telúricos de 1985, que combinados con la aparición del video vinieron a liquidar esos lugares de solaz y esparcimiento (como se decía en aquel entonces).

—Mienten —me dice la vedettte retirada Croissant—, los que afirman que los cines sólo eran sitios de ligue y promiscuidad. Eran también espacios de reencuentro de aquellas amigas que llegaban de lugares distantes como Toluca, Nezahualcóyotl y Azcapotzalco. Recuerda que el metro como medio de transporte popular era apenas una promesa, y había miles que seguían trasladándose en sucesivos transbordos para llegar al cine Colonial, al Teresa o al Ópera en Santa María la Ribera.

Yo sabía que era cuestión de tratarle el punto para que ella empezase la evocación: en el Colonial, en la planta alta, coincidían cuates que tenían meses y años de no verse, de navegar sin tener noticias unos de otros. Ahí los más desinhibidos organizaban concursos de pasarela y de belleza: ahí mismo se coronaban a Miss Neza, Coyotepec, Balbuena y San Ángel, todas procedentes de cuartos de azotea donde habían aterrizado de los puntos más insólitos del interior del país, me dice.

La existencia de sofás y sillones se prestaba para pasarse las horas hablando de los tópicos más disímiles como la aparición de los objetos voladores no identificados, de la telenovela de mayor auditorio en esa temporada, El pecado de Oyuki o Rosa salvaje, mientras los habladores comían palomitas de maíz y Fanta de naranja. Claro que mientras unas estaban en la cháchara otras se hacían las perdedizas con este o aquel chacalón, pero todos conocidos, de confianza. Hablamos de una ciudad que, aunque inmensa, resultaba familiar a un tiempo.

Le recuerdo que en una ocasión programaron en el Ópera un ciclo de películas clásicas. El día que fui a ver de nuevo Una Eva y dos Adanes, con Toni Curtis, Jack Lemmon y Marilyn Monroe, parecía la estación del metro Pino Suárez en hora pico. Eso sí, con una fauna que parecía salida del Bar el Nueve o cualquier antro de la Zona Rosa y sus alrededores, con chicas del corte de Madame Rochás, Susana de Antuñano y Lilia del Valle, esto es, clasemedieras, más o menos informadas en cultura general pero sobre todo cinematográfica y buenas para el toque y rol. Ahora todas muertas.

Me pregunta Madame Croissant si en ese ciclo se programó De repente en el verano, con Katharine Hepburn y Peter O’Toole, pero no sé qué responderle pues a Elia Kazan nunca le gustó el trabajo actoral de él, que le parecía no propiamente un actor frío sino gélido. Además son cintas tan antiguas que no guardo en la memoria a todo el reparto, y aunque a veces las programan en el canal 22 de tv, son proyecciones casi de madrugada, pero tampoco tengo tele de paga, le digo, que cancelé el pasado 31 de diciembre.

Uno

¿Qué vas a recordar del cine Teresa que, te dicen, vive su demolición? Guardarás en la memoria a aquel ser que en los pasillos iluminados como hospital se te quedó viendo en espera de una mirada de piedad y conmiseración por la enfermedad que alojaba en su cuerpo y que evidenciaba en ojeras y ojos, en las uñas de los dedos, en la punta de cada pelo.

¿Qué vas a recordar del cine Teresa que, te dicen, vive su demolición? Guardarás en la memoria a aquel ser que en los pasillos iluminados como hospital se te quedó viendo en espera de una mirada de piedad y conmiseración por la enfermedad que alojaba en su cuerpo y que evidenciaba en ojeras y ojos, en las uñas de los dedos, en la punta de cada pelo. Muchacho que luego viste en el interior de la sala, sentado en la butaca, con la cabeza apoyada en el hombro de alguien que, acaso, se apiadó de él y de su enfermedad y permitieron ambos que conservases la imagen como una modalidad de la Pietá, de Buonarroti.

Dos

De aquella enorme sala de espera con proyecciones desde las 10 a.m. guardarás en la memoria los espacios de Caballeros y Damas, utilizados indistintamente mientras se le daba mantenimiento a una y otra, donde entrabas ya a orinar, ya a observar las atmósferas silenciosas como de cine mudo, como de escena de teatro concebida por Julio Castillo, ya los furtivos roces o la exhibición de atributos anatómicos erectos, como retos, invitaciones o simples exhibiciones de músculo.

Tres

No olvidarás el momento en que aquel muchacho se sentó al lado del militar apuesto y varonil, evidentemente con un rango superior al del simple soldado raso, y luego empezaron a platicar como viejos conocidos, como preámbulo a la incursión exitosa al hotel más cercano donde ambos se desnudarían, etcétera. Mientras tú permanecías al margen de todo porque tu misión era observar, anotar y guardar silencio.

Cuatro

Conservarás en la memoria la repentina aparición, en el interior de la sala de proyecciones, de Alejandro, aquel egresado de tu facultad que un día fue inoculado de una enfermedad en aquel entonces catalogada como el “mal del siglo”. Sin que él te viera, corroboraste la delgadez de brazos y antebrazos como palos de escoba, los muslos y las piernas como importados de Biafra, el corte de pelo característico, su andar desgarbado, su mirada de ser superior, su tez picada por el acné precoz. Tampoco te vio pese a la cercanía de su aroma a loción y medicinas ingeridas en coctel bajo prescripción médica.

Cinco

Evocarás los intermedios del Teresa como lugar de encuentro de viejos conocidos, porque nunca faltó que alguien te pidiera la pluma bic de un peso para anotar un teléfono, una dirección, un nombre, un apodo, un seudónimo, utilizando como superficie el omóplato derecho del amigo reencontrado —como hacen los futbolistas con el aficionado, como hace Gloria Trevi con el fan, como hacía Fidel Castro con el paisano ingenuo, etcétera, etcétera, etcétera.

Seis

Te resulta imposible desechar del álbum a aquel joven que te insistía en estar contigo aunque le dijeses que te confundía pues habías llegado de un pueblo distante ocho horas y sólo por el fin de semana, por motivos de trabajo; que no insistiese, que tu nombre no era el que él conservaba en la agenda, en la cabeza, en el detalle elocuente, en el verso cursi de Pablo Neruda que le valió el Premio Nobel de Literatura y que, según él, le dictaste al oído luego que ambos terminaron mientras el empleado del cine les apuntaba con una Eveready de 500 watts.

Mientras estudiabas la carrera de Letras españolas en la Ciudad de México trabajaste en la revista Mañana, que ya había vivido su época “dorada” cuando Salvador Novo escribió en sus páginas, aunque te tocó recibir los manuscritos del novelista Rubén Salazar Mallén, que conservaba una columna en ese hebdomadario y, ahí, donde era la sección de fototeca y hemeroteca, conversaste varias veces con el pintor Enrique Guzmán, que vivía cerca de la Zona Rosa, en la década de 1970.

Evocarás los intermedios del Teresa como lugar de encuentro de viejos conocidos, porque nunca faltó que alguien te pidiera la pluma bic de un peso para anotar un teléfono, una dirección, un nombre, un apodo, un seudónimo, utilizando como superficie el omóplato derecho del amigo reencontrado.

En ese entonces cubrías en tu trabajo un horario de nueve a catorce horas, lo que te permitía el traslado a Ciudad Universitaria en transporte urbano por la avenida Insurgentes —recorrido que se cubría en unos 45 minutos—, donde tomabas clases de las 16 a las 21 horas con maestros como Sergio Fernández, Mauricio González de la Garza, Graciela Cándano y Teresa Waissman, entre otros. Nunca te interesó entrar al taller de Juan José Arreola porque siempre estaba atiborrado.

Tampoco con Margo Glantz porque ella daba clases en la mañana.

Recuerdas claramente la primera casa de huéspedes donde viviste, cerca del metro Juanacatlán, antes de emigrar a otra en la colonia Roma. Ahí el encargado te familiarizó con las rutas del metro y los transbordos para evitar las grandes aglomeraciones en horas de gran demanda. Recuerdas a algunos del resto de habitantes en esa casa: los estudiantes de Sonora y Tamaulipas y la noche que pernoctaron ahí dos de los poetas infrarrealistas, los hermanos Cuauhtémoc y Ramón Méndez, originarios de Morelia, invitados por ti.

Fue hasta que mudaste de residencia de San Miguel Chapultepec a la calle Colima, en la Roma, cuando fuiste por primera vez a los cines Gloria y Teresa. Recuerdas que en el primero veías frecuentemente a un hombre con el porte y la presencia de William Faulkner, que siempre traía metida una mano en la bolsa del pantalón. Cuando alguien te dijo que el bolsillo estaba roto, te dio miedo acercarte a él por temor a comprobar que tampoco usaba boxer… En este cine viste películas de Elia Kazan y una que te impresionó mucho: Expresso de media noche.

En el cine Teresa, un domingo, exhibían El gatopardo, con Claudia Cardinale, pero no le pusiste atención porque la sala estaba a reventar y hacía un calor de los mil demonios. En el intermedio te gustaba detenerte a observar las musas de la poesía, Erato, del teatro, la danza y las máscaras de la escena griega, la que ríe y la que llora. En ese entonces se podía fumar durante la función, en el vestíbulo y en los baños, en todas partes.

Te resultó admirable que después de los terremotos de 1985 ambas salas continuaran abiertas y en buen estado, se habían salvado de los sucesivos movimientos telúricos pese a la cercanía del Teresa con el restaurante La Copa de Leche, que desapareció en un parpadeo, y la proximidad del Gloria con el Centro Médico, donde quedó sepultado Javier Cara, gran amigo de Juan Villoro y a los que conociste en el taller de literatura en el décimo piso de Rectoría, en CU.

Ya pasaron 25 años de los terremotos de ese entonces. Ya murieron tus vecinos y amigos Julio Castillo y Rogelio Luévano, ambos directores de teatro; Gabriel Careaga, sociólogo y profesor; Malka Rabell, crítica de teatro en el periódico El Día; ni tampoco viven ya los dramaturgos Óscar Liera, Víctor H. Rascón Banda, Jesús González Dávila, Hugo Argüelles, guionista de películas de Francisco del Villar. Ya no viven en los alrededores de Amsterdam otros grandes amigos: Ricardo G. Ocampo, Guadalupe Pereyra ni el poeta infrarrealista Mario Santiago Papasquiaro (que no sé si esté en la gloria o en otra parte del más allá.)

Hasta ayer sábado me enteré que está en demolición el cineTeresa y fue inevitable recordar que no dejaba de visitarlo cada vez que voy a aquella ciudad encantada en semana santa o durante las vacaciones largas de agosto. En una ocasión te conté que en el hotel donde me hospedo encontré en el cuello de una camisa blanca una chinche que no quise matar porque quizá la había traído del cine, al que fui la noche anterior, pues acaso era sangre de mi sangre. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas, Junio 2011


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