Los vacíos de la igualdad

La inmadurez intelectual mexicana

Por más que en México tratamos de presumir una supuesta apertura de pensamiento en materia de igualdad y respeto, la realidad del día a día nos confronta con la hipócrita ambivalencia de nuestra idiosincrasia.

La igualdad tal vez sea un derecho, pero no hay poder humano que alcance jamás a convertirla en hecho.
—Honoré de Balzac (1799-1850)

Durante los últimos años, algunos de los gobiernos y fracciones supuestamente más progresistas de la sociedad mexicana han venido intentando sacar a flote reformas legislativas en apoyo a ciertos sectores de la población, que históricamente se han visto marcados por un absoluto descobijo legal. Homosexuales y transexuales son quizás hoy el blanco mediático de esta revuelta que no termina por solidificarse en su forma más práctica. Aunque, además de ellos, mujeres, indígenas, campesinos y personas con capacidades especiales son también parte de las minorías (si es que se les puede categorizar con el nombre) que mantienen su propia lucha ante los estamentos de una cultura tradicionalmente conservadora y autócrata.

Lo cierto es que en México la aceptación de cada uno de los grupos minoritarios, que conjuntados forman el país como un todo, no ha llegado a permear con el suficiente impulso en la cotidianidad de nuestro entorno. Sin hablar desde la demagogia propia del ejercicio jurídico en nuestro país, resulta evidente que aún existen grietas enormes en los aparatos burocráticos encargados de velar por los intereses de todos estos conjuntos sociales. La ley, que con el paso del tiempo sufre modificaciones en aras de un supuesto progreso que nos permite avanzar como sociedad, parece carecer de objetividad cuando se trata de generar cambios verdaderamente sustanciales en ella. Nuestras leyes vuelven sobre sus pasos y retoman el oscuro esquema clerical en el que los prejuicios y el pudor moralista de sus representantes se instaura como la base coyuntural de las decisiones que se toman, mientras que hace partícipes de su desarrollo a interlocutores que de ninguna manera tendrían por qué estar involucrados en él.

Pero ese sector de la población mexicana que componen homosexuales y transexuales podría establecerse como un hipotético núcleo reformista ante los arcaicos moldes sociales que pretenden perpetuar su validez. Masticar el orgullo machista de un país como el nuestro y resignarse a adoptar como válidas las preferencias sexuales de personas que por naturaleza han decidido variar los esquemas es sólo el primero de los pasos que habrá que dar en esta búsqueda incesante de la comunidad integral. Ellos, al igual que nosotros, no pueden construir su vida sólo de buenas intenciones. El derecho a la aceptación de su género es una tarea pendiente que la estructura gubernamental no puede seguir posponiendo y que nosotros, como población civil, debemos terminar por entender a la mayor brevedad.

Pero ese sector de la población mexicana que componen homosexuales y transexuales podría establecerse como un hipotético núcleo reformista ante los arcaicos moldes sociales que pretenden perpetuar su validez.

La polarización que aún hoy provoca todo aquello relacionado con la aceptación y los derechos de los homosexuales refleja la inmadurez intelectual que este país no puede dejar atrás. Que existan personas con una mente tan lerda como para negarse a aceptar las diferencias evidentes entre cada uno de nosotros no debería ser motivo para que sus opiniones gocen de una popularidad totalmente imparcial. Para ello es necesaria también una población de cultura trivial en la que este tipo de argumentos pueden encontrar campo fértil y así continuar moldeando el estatus quo de toda una nación.

Comprobado está que las manifestaciones de homofobia carecen de todo sentido racional y exhiben la miseria argumentativa de los que toman como bandera los estándares tradicionalistas. El escozor causado por todo tipo de manifestación lésbica u homosexual a los ojos de las personas encona los delirios de libertad que durante tanto tiempo demandamos. No existe, ni existirá jamás, una ley capaz de cambiar la manera de pensar de las personas. La condición del arquetipo mexicano, sujetada por su esencia conservadora y apegada a las hormas costumbristas, sigue calando en la generalidad del desarrollo formativo.

La discriminación y el desafortunado círculo vicioso de una estructura que continúa generando la exclusión de minoría, no pueden ser catalogados como problemas propios de México. Son, por el contrario, práctica recurrente de aquellos países que siguen manteniendo un adeudo con los principios básicos del respeto y el desarrollo humano. Naciones que pretenden ocultar tras el populismo de sus obras la riqueza olvidada que representa cada uno de sus miembros. De lo que sí se puede hablar es que los cambios se deben forjar desde los ejes más pequeños. Cada territorio, cada cultura, cada individuo, debe replantear sus valores, a la vez que se reentiende a sí mismo. La homosexualidad no debe ceder en su disputa por la asimilación de su existencia incuestionable. No se debe someter ante las antonomasias de una sociedad. Mexico puede estar en camino a una posible deconstrucción; si no es así resultaría confuso entender su repentino interés en voltear la vista hacia las fracciones más laceradas por su sistema. Después de todo, ¿qué sustento ético y moral podría tener en materia de derechos humanos un país cuya tarjeta de presentación al mundo son los más de 500 casos de mujeres asesinada en Ciudad Juárez? ®

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Publicado en: Febrero 2011, Política y sociedad


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