Luces y sombras en Morelia

Diez años del Festival Internacional de Cine de Morelia, I

Una rica gama de directores, productores y cinéfilos se reunieron en el marco del X Festival Internacional de Cine de Morelia para apreciar y criticar el trabajo multinacional de creadores como Abbas Kiarostami, Carlos Reygadas y Michael Haneke.

I. Esta butaca ancha de años y de críticas

La noche del domingo que llegué a Morelia el festival de cine ya había comenzado. La celebración de su décima edición —ya saben, número emblemático— no fue lo que me hizo recordar que el tiempo ha pasado desde la primera vez que asistí a esta fiesta cinematográfica, en 2005, sino los comentarios de los amigos veinteañeros del sitio Butaca Ancha, revista electrónica de amplio criterio fílmico. Me refiero a jóvenes cinéfilos que llegaron a Morelia ese fin de semana, quienes a pesar de que les robaron una cámara digital y de que no contaron con viáticos por parte del festival, no dejaron de realizar su labor de reportear las actividades diarias, las cuales eran aglutinadas en breves videocríticas grabadas en cualquier momento del día.

II. El sinsabor de Abbas

Abbas Kiarostami

Al otro día, la conversación de Geoff Andrew con el cineasta iraní Abbas Kiarostami realizada en el apretado Teatro José Rubén Romero tuvo algunas complicaciones, y no en cuanto a la necesaria traducción del persa al inglés y luego al español de las palabras del invitado especial a esta décima edición, sino del pequeño aparato receptor para lograr escuchar a Kiarostami, lo cual no me permitió hilar lo que el cineasta iba expresando.

Algunas frases, eso sí, que pude entender entre la nebulosa interferencia en mis audífonos es que el primer premio que recibió fue en México hace más de treinta años; que hizo publicidad pero que aspiraba a ser pintor y terminó como cineasta; que los niños fueron fundamentales para comenzar su carrera fílmica, pues lo que aprendió de los niños fue vivir al día. También dijo que los infantes son “unos filósofos muy pequeños que tenemos al lado de nosotros, pero no los tomamos en cuenta”, y que siempre considera el punto de vista de ellos para su trabajo.

El realizador de El sabor de las cerezas (Irán-Francia, 1997) y Copia fiel (Francia-Italia, 2010) reflexionó sobre las particularidades de su cine, pero la interferencia, producto de la tecnología, impidieron comprender lo que hablaba el cineasta. El intento por realizar una entrevista con él también fue imposible. Abbas Kiarostami fue, para mí, el rostro de una fugaz presencia difusa, no así su obra fílmica.

III. El Biutiful de Reygadas

Post Tenebras Lux

A Carlos Reygadas le pescamos todas sus versiones sobre el placer en su cuarto filme Post Tenebras Lux (Francia-Alemania-Holanda, 2012) presentado por la directora del festival, Daniela Michel, como el mejor filme mexicano del año. En cada una de sus tomas el director intenta plasmar una emoción determinada, volviendo a su película un poema visual en el que cada imagen es una metáfora de lo terrenal.

En Post Tenebras Lux también se pueden observar las constantes del cineasta, su inquietud por hablar del bien y del mal, su necesidad de emular cierta irreverencia, sus confusiones, su elitismo, su división entre buenos y malos, sus repeticiones, sus prejuicios entre blancos y morenos, su intento de ser libre en su encarcelada fórmula ya cansada, estirada y agotada. Su película, además de otras influencias, es un espejo del cineasta tailandés Apichtpong Weerasethakul, que hace cohabitar lo rural y lo urbano en el mismo filme, sólo que Reygadas no puede negar su origen elitista y desde ahí observa a sus mortales, sus no actores y sus sí actrices con diálogos construidos para un blog cuadriculado.

Se entienden sus inquietudes y sus guiños, pero al mismo tiempo, tal como sucede con Alejandro González Iñárritu, vemos cómo una y otra vez se tropiezan con la misma historia y el espectador se percata de ello —pero mejor guardar estos comentarios para algún filme cursi de un tal Sariñana. No importa que veamos un diablo digitalizado andar por una casa, tampoco saber que son sus hijos los que actúan en Post Tenebras Lux, mucho menos intentar entender algo. Al Biutiful de Carlos Reygadas hay que mirarlo en el placentero estado de una borrachera de champaña con cerveza de barril.

IV. Amour de Haneke vs. The Master de Anderson

Amour

Dicen que The Master (Estados Unidos, 2012) es una película imperdible y fantástica y hago todo lo posible por verla. Al mirarla quedo decepcionado. La cinta de Paul Thomas Anderson es una más de esas producciones monumentales, digna de ocupar la transmisión de ese Súper Tazón fílmico en el que se entrega el codiciado Oscar, donde hay diálogos excepcionales de personajes encarnados por perfumados actores y actrices mientras un conductor de tele engominado y con traje de noche nos va traduciendo cada una de sus palabras, incluyendo comentarios sabihondos al clásico juego Jeopardy!

En The Master la bestialidad del personaje principal, un vagabundo actuado por Joaquin Phoenix, es magnífico y sorprendente, pero a mí esas historias de hombres indomables que al tiempo por las enseñanzas del teacher se convierten en admirables seres humanos medianamente racionales me parecen absolutamente pretenciosas —con moraleja diluida.

No así el filme Michael Haneke, uno que ya de por sí pesa cuando vemos la palabra “amor” en la pantalla de cine, y no, no es ese amor utópico pregonado por algún trovador citadino, es la dura y cruel versión del amor, de uno que tiene un grado de locura —¿o quién en su sano juicio puede pensar que el amor entre dos personas al final de sus días termina con palabras dulces y actos bondadosos? Después del fallecimiento del ser amado llega la razón, la nostalgia, la oquedad. Muerto el perro se acabó la rabia.

Leo a Jorge Negrete sobre la obra maestra de Michael Haneke, escrita al calor de esos días cargados de filmes, conferencias de prensa, conferencias magistrales y entrevistas: “[Haneke] logra plasmar todo un paisaje que por veces tierno, por veces cruel y siempre doloroso, nos remite a la dureza de la certidumbre, el saber que el tiempo consume todo”.

El amor con el tiempo se deteriora, dice Haneke, pero eso nos hace continuar con la persona ¿hasta el final o hasta que la muerte los separe? En el fondo Haneke muestra que esa enfermedad llamada con dulzura “amor” no tiene cura. Que un director de cine de esos tamaños titule a una de sus películas Amor (Francia-Alemania-Austria, 2012) es porque estamos frente a una obra que intenta expresar algo verdaderamente importante.

The Master y Amour van en sentidos opuestos. La primera muestra la típica historia del hombre que vence su miedos y se somete al deber ser. En la segunda observamos cómo la yerba de los años enseña la parte más siniestra de aquello que resumimos en una palabra, en la que se supone que todo es bello y armonioso. Haneke deja sembrada en el espectador una o varias preguntas; Anderson intenta darle un calmante preciosista al espectador para su impaciencia de un domingo por la tarde, cumpliendo con esa cuota que las parejas bien acomodadas realizan para saberse siempre bien amadas y que, al proferir esa palabra con palomitas a lado, creen que todo cambia, que todo florece. No es suficiente.

En el amor también anidan las partes más oscuras y enfermas del ser humano. En el amor se ocultan las cosas más terribles que sólo los amantes pueden entender. Así de contradictorio. Por lo que si el espectador quiere ver enseñanzas de “una organización basada en la fe” ahí tienen a “el maestro” (con el consumado actor Philip Seymour a la Tom Hanks), pero si realmente quieren cuestionarse sobre qué es el amor, ahí tienen a Haneke habitando su película con el actor Jean-Louis Trintignant y la actriz Emmanuelle Riva, quienes interpretan al matrimonio de dos músicos viejos que viven su últimos días entre melodías de Schubert, Beethoven, Bach y Busoni.

Leo a Jorge Negrete sobre la obra maestra de Michael Haneke, escrita al calor de esos días cargados de filmes, conferencias de prensa, conferencias magistrales y entrevistas: “[Haneke] logra plasmar todo un paisaje que por veces tierno, por veces cruel y siempre doloroso, nos remite a la dureza de la certidumbre, el saber que el tiempo consume todo”. No puedo decir más que tanto el filme de Haneke como las palabras sinceras de mi amigo Negrete fueron campanazos de que diez años sí se ven y al mismo tiempo pueden coincidir. ®

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Publicado en: Cine, Noviembre 2012


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