LUEGO DEL ANOCHECER

Un diálogo entre Reinaldo Arenas y Fidel Castro

Se adora o se dilapida a la Revolución de los barbudos, de los héroes míticos, de las boinas y el puro, esa del golf en casaca militar. Cualquiera de las dos perspectivas está infectada de falacias. Educación, salud, deporte de excelencia no podrán justificar nunca el hambre, la persecución de sus habitantes, las prostitutas más hermosas del mundo.

Es probable que todas las revoluciones, por más idealistas que sean, acaben traicionándose.
—Graham Greene
Un artista es siempre, pésele a quien le pese (aun al propio artista) la voz de un terror trascendente y exclusivo. La voz del paisaje y de su pueblo.
—Reinaldo Arenas

Miro la gorra color verde olivo y diseño “guerrillero”, con el retrato clásico del Che —regalo de un amigo durante uno de sus tantos viajes a Cuba—, colgando en la manija de la puerta del estudio. Dentro, un libro descansa sobre la computadora. Antes que anochezca es el título que sirve como marco a la fotografía de la portada. Un hombre, con cabello rizado, mira hacia un porvenir ignorado en la imagen; sus ojos van más allá del crepúsculo que se adivina por la rúbrica del libro. El hombre era cubano, escritor, homosexual y anticastrista. El hombre se llamaba Reinaldo Arenas y murió en el exilio.

Cuando veo el rostro del hombre pienso en Cuba, en su significado, su sabor, en sus poetas, su música, La Habana Vieja, el tabaco, Martí, las mujeres, el cuarto de Tula. Pienso en los cientos de homosexuales asfixiados por un régimen totalitario negado —como todos los regímenes totalitarios— al amor y la cordura, al arte verdadero y a las voces en contra. Pienso que, aún en estos tiempos, es casi imposible emitir un juicio contra la Isla sin ser tachado de “derechista”. El gran problema de la izquierda “ortodoxa”, “revolucionaria” o “progresista” se encuentra íntimamente relacionado con la imposición y la sordera hacia la crítica. Apuntar sus yerros es casi lo mismo que declarar la guerra a los fieles, verdaderos cruzados, de esa nueva religión en que se convirtió la izquierda, lo que la llevó a un anquilosamiento irritante, pues se nutre de dogmas que parece imposible superar. Pese a todas las pruebas en contra, uno de esos dogmas todavía inmaculados es la Revolución cubana.

No se permiten posiciones tibias al respecto. Se adora o se dilapida a la Revolución de los barbudos, de los héroes míticos, de las boinas y el puro, esa del golf en casaca militar. Cualquiera de las dos perspectivas está infectada de falacias. Educación, salud, deporte de excelencia no podrán justificar nunca el hambre, la persecución de sus habitantes, las prostitutas más hermosas del mundo. Es cierto, la pobreza en Cuba nunca será comparable con la miseria en México, pero apuntar la sordidez cubana tampoco implica olvidar la sangrante y depravada realidad nacional. Para evitar descalificaciones superfluas, fáciles, tan ensayadas en la liturgia revolucionaria, confieso que escribo desde la izquierda, pero desde esa izquierda preñada, más que de humanismo, de humanidad y mirada crítica, la izquierda que no rehúye los debates ni calla a los oponentes, la izquierda que puede ver todavía a sus contrarios no como “enemigos” sino como seres humanos con ideas distintas, la izquierda que se perdió en el camino, la izquierda que parece no existir en México, la izquierda que también buscaba Reinaldo Arenas cuando apoyó a los guerrilleros llegados de Sierra Maestra. La izquierda que él no encontró y le costó la vida.

En los capítulos “La prisión”, “Villa Marista” y “Otra vez el Morro” de Antes que anochezca, el cubano narra la sordidez que padeció en esa cárcel de la isla, acusado de corrupción de menores para obviar la verdadera razón del confinamiento: pensaba y decía y escribía lo que pensaba contra el régimen castrista. Por eso mismo también conoció las Unidades Militares de Ayuda a la Producción que no eran más que campos de concentración destinados a homosexuales, drogadictos y demás “lacras sociales”. Cuando logra salir de Cuba, Reinaldo Arenas es tachado de mentiroso y resentido —por decir lo menos— por parte de los intelectuales de esa misma “izquierda” negados a la autocrítica de Europa y Latinoamérica. Pocos creían en la veracidad de las cruentas narraciones que exponía en sus obras. El pasado 31 de agosto el diario La Jornada publicó una entrevista a Fidel Castro en la que el propio dictador le concede la razón al escritor. En la isla existieron esos campos de concentración. En la isla se estranguló a los individuos —en especial a los artistas— por sus ideas, posturas y preferencias sexuales. En la isla se oyó el llanto de sus hijos desde las mazmorras.

En la isla existieron esos campos de concentración. En la isla se estranguló a los individuos —en especial a los artistas— por sus ideas, posturas y preferencias sexuales. En la isla se oyó el llanto de sus hijos desde las mazmorras.

A manera de ejercicio literario y ensayístico expongo a continuación una posible exposición de experiencias entre dos personajes de la historia, con el propósito de escuchar las voces de los protagonistas. De Arenas tomo la entrevista que le hiciera Danubio Torres Fierro en 1981, en Nueva York, y que apareciera en Vuelta en el número de febrero de 1993. De Fidel, la ya mencionada líneas arriba.

ARENAS: Cuba es, hoy en día, uno de los países más fascistas del mundo: a la gente se la recoge en las calles por su apariencia, por su manera de vestir, por su modo de caminar, por su aspecto físico. Algo que sólo se vio bajo Hitler, hasta donde yo sé. Sí: la policía se presenta en tu casa, te recoge y te manda a campos de trabajo forzado. No tienes derecho a estudiar si no guardas una actitud política acorde con el sistema y tampoco puedes optar por un trabajo si no perteneces a ese sistema y no reúnes lo que exigen sus reglas reaccionarias (reglas, por ejemplo, de orden moral, propias de la inquisición española). En ese sentido, yo siempre me acuerdo de que trabajé como asesor literario con José Gamejo para hacer una adaptación teatral de La celestina y de cómo lo que en su tiempo, en 1499, la Inquisición no suprimió ni expurgó sí se mutiló en Cuba, donde por fin la obra fue prohibida.

CASTRO: Sí —recuerda—, fueron momentos de una gran injusticia, ¡una gran injusticia! —repite enfático—, la haya hecho quien sea. Si la hicimos nosotros, nosotros… Estoy tratando de delimitar mi responsabilidad en todo eso porque, desde luego, personalmente, yo no tengo ese tipo de prejuicios [contra los homosexuales].

ARENAS: Todas las dictaduras son abominables, pero sólo la cubana, entre las de América Latina, es copia exacta de las comunistas y por eso resulta totalitaria. El terror que allí siente el ser humano es tan intenso que debe vivir representando; manifestarse, exhibirse, expresarse, mostrarse son actos prohibidos. En este sentido, y en el campo de las letras, hay que subrayar que el terror limitó la condición de los creadores. Virgilio Piñera, por ejemplo, pasó diez años sin publicar y estuvo tan aterrorizado por las visitas constantes de la policía, y por las amenazas directas o indirectas, que ni siquiera se atrevió a sacar sus manuscritos de la isla. Y esos diez años, a lo largo de los cuales nunca dejó de escribir, se han perdido irremediablemente. Nadie sabe qué se hicieron las ocho o las nueve obras de teatro que —me consta— tenía hechas. El propio Lezama Lima, también en sus últimos diez años, se fue marchitando en un estado de depresión y tristeza que lo llevó a casi no recibir a nadie en su casa por temor a que la policía se enterase de algún comentario o alguna opinión dejados caer aquí o allá y a que luego él tuviera que pagar las consecuencias. Al mismo Heriberto Padilla, que publicó Fuera del juego, que es un libro crítico, lo meten treinta días en una celda de la Seguridad del Estado, lo torturan y al cabo debe arrepentirse de sus pareceres para escarmiento de todos.

CASTRO: Si alguien es responsable, soy yo. […] Mira: piensa tú cómo eran los días nuestros en aquellos primeros meses de la Revolución: la guerra con los yanquis, el asunto de las armas y, casi simultáneamente a ellos, los planes de atentados contra mi persona […] No podía estar en ninguna parte, no tenía ni dónde vivir… Escapar a la CIA, que compraba tantos traidores, a veces entre la misma gente de uno, no era cosa sencilla; pero en fin, de todas maneras, si hay que asumir responsabilidad, asumo la mía. Yo no voy a echarle la culpa a otros…

ARENAS: El terror continúa afuera porque así se ha orquestado. Eso implica que hay muchos escritores que lograron salir después de haber estado presos diez o quince años y que ya no se atreven a decir palabra por miedo. Un miedo completamente justificado. Es el caso de un amigo mío que estuvo cuatro años preso por escribir un libro y que ahora, ya fuera de la isla, me asegura que no puede editar ese libro porque lo amenazan con ponerle una bomba a su carro […] A la pianista Zenaida Manfugaz le hicieron saber que, si volvía tocar el piano, la matarían. Lo mismo ocurrió con el escritor y cineasta Orestes Matachena. […] Se vive, entonces, en medio de un terror doble: el de adentro y el de afuera. Te hacen recordar —por supuesto— que tú en Cuba tienes una familia, una madre, una hermana… Se cumplan o no se cumplan, las amenazas te intimidan.

CASTRO: Se nos empezaron a morir los niños […] No teníamos con qué atacar la enfermedad. Nadie nos quería vender las medicinas y los equipos con los que se erradica el virus. Ciento cincuenta personas murieron víctimas de la enfermedad. Casi todos eran niños…

Fue entonces cuando nos enviaron, a todos los escritores, a los centrales azucareros […] pude ver, en forma directa, cómo esa gente joven, que ganaba siete pesos al día y debía trabajar desde las cinco de la madrugada a las nueve de la noche, era tratada como esclava.

ARENAS: Ese año 70 fue importante porque en él se acometió el esfuerzo delirante de la zafra de los diez millones, que llevó al país a la ruina económica […] y porque también en él se preparó la persecución a los intelectuales. Fue entonces cuando nos enviaron, a todos los escritores, a los centrales azucareros […] pude ver, en forma directa, cómo esa gente joven, que ganaba siete pesos al día y debía trabajar desde las cinco de la madrugada a las nueve de la noche, era tratada como esclava. Yo presencié cómo los muchachos se autoinfligían heridas y cortaduras para que les dieran unos días de descanso.

La historia me absolverá fue el alegato de defensa de Fidel Castro en el juicio en su contra iniciado el 16 de octubre de 1953, luego del asalto al cuartel Moncada. El tiempo juzga no sólo a los ostentadores del poder político y económico de tal o cual región, sino a todos los hombres sin parangón posible más que su propio reflejo. Parece que con estas declaraciones de Castro, Reynaldo Arenas empieza a tener su justo lugar en la historia contemporánea de la isla, un lugar merecido dolorosamente porque hasta el final defendió sus convicciones tatuadas en una existencia de miedo, pero también de lucha: “Siempre he considerado un acto miserable mendigar la vida como un favor. O se vive como uno desea, o es mejor no seguir viviendo”. ®

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Publicado en: Destacados, La izquierda latinoamericana, Septiembre 2010

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