Lujuria encantadora

La casa de los budas dichosos, de João Ubaldo Ribeiro

La bahiana sería la heroína de nuestras más ardientes fantasías, la confidente de nuestros deseos ocultos y la amiga que nos permitiría satisfacernos y satisfacerla por puro y desinteresado sentimiento fraterno.

Tarlei Melo, serie Nudegrafías.

La casa de los budas dichosos (Tusquets, 2000), de João Ubaldo Ribeiro (Brasil, 1941), fue publicado en 1999 y forma parte de la colección “Plenos pecados”, creada por la editorial Objetiva de Río de Janeiro con la idea de reflexionar sobre los pecados, su abuso o disfrute y lo que pudieran suscitar en un escritor. Para nuestra fortuna, Ribeiro se inspiró en el pecado de la lujuria, lo que dio como resultado una pieza erótica de matices insospechados. Respecto de las convocatorias que invitan a los escritores, o que de plano les encargan piezas con temas específicos, las opiniones pueden ser variadas, desde aquellas que acusan el motivo: “por el dinero antes que por la literatura”, como dijo Leonardo Tarifeño en 2002 sobre Tomás Eloy Martínez, quien habiendo escrito una novela para la misma colección paralelamente abusó de ¿su suerte? y de su nombre enviándola a otra editorial para un concurso donde recibió un premio por la misma pieza —la cual, por cierto, el mismo Tarifeño no valora en mucho; hasta otras opiniones —como la mía— que agradecen el resultado.

Así es, agradezco el motivo que inspiró la confección de La casa de los budas dichosos porque iniciativas como ésta, o como las que hiciera en su momento el premio “La Sonrisa Vertical”, alientan la producción de literatura erótica y su reconocimiento, y así se suplen otros incentivos que alentaron en el pasado dar a los lectores obras que estimularan su lubricidad; por ejemplo el aliciente económico —obras que sufragaron los gastos de escritores, artistas y editores hay muchos—; cabe mencionar el éxito comercial que tenían los pasquines de la Inglaterra victoriana, como los que reúne La Perla (su llegada hasta nuestros días atestigua la profusión con que se debieron de haber editado), hasta obras signadas por plumas importantes como La historia de Violeta (atribuida a Julio Verne), y por el lado de los artistas visuales El idilio de primavera, de Rojan, es una de ellas, y de aquellas que conjugaban texto e imagen las reediciones —clandestinas, desde luego— de la Justine de Sade, por ejemplo.

Tarlei Melo, Nudegrafía 01.

Sin el resabio fariseo también alentaron la creación del erotismo la gana de hacer escarnio del poder como la destila Los Borbones en pelotas, de los hermanos Bécquer, o el deseo de entretener tertulias de intelectuales que animó piezas como Gamiani, escrita al alimón por Musset y George Sand; Carta a la presidenta, de Gaultier; Sor Monika, de E.T.A. Hoffman, y ejemplos cercanos al caso que nos ocupa son Las hazañas del cipote de Archidona, de Camilo José Cela, y el Elogio a la madrastra, de Vargas Llosa, piezas escritas para ser editadas en la colección erótica de Tusquets.

Y aún traeré a cuento más títulos de las letras de entrepierna porque la obra de João Ubaldo Ribeiro me ha hecho disfrutar de nuevo del maridaje entre sexo y humor. La casa de los budas dichosos hace gala de buen humor, como lo hacen las colecciones de cuentos Eso no, de Marcelo Birmajer, Los ligeros libertinajes sabáticos, de Mercedes Abad, y El bajel de las vaginas voraginosas, de Josep Bras, con la virtud —para algunos— de ser una novela, y esta colección de títulos es mi homenaje al libro y el rosario de señas que dejo para que quien quiera seguirlas, porque las memorias de la bahiana en cuestión bien podrán inducir a más de uno —y una— a frecuentar este soterrado género.
Sí, sí, sin ambages, no deseo una reseña sino una agradecida loa al libro de Ribeiro.

En realidad, mi vida tiene apenas un denominador común, que es el de haberla dedicado básicamente a la saludable satisfacción de mi lujuria. Me siento orgullosa, muy orgullosa de eso, como creo haber insinuado ya. Cualquier cosa a escala grandiosa cobra grandiosidad. Creo firmemente que es mi caso, no consigo verlo de otra manera sino con orgullo.

La casa de los budas dichosos son las memorias de una bahiana que iba transformándose en mujer entre los años cincuenta y sesenta en un Brasil que despertaba a la sensualidad que hoy le endilgamos por antonomasia, acicateada por la llegada de extranjeros —discretos y generosos— y las sustancias del reventón. La personaja dicta sus memorias ante la posibilidad de su muerte —debido a la edad y a una enfermedad neurovascular— y lo hace por el puro interés de ejemplificar con su vida los alcances del gozo. Reconoce en ella misma una tendencia “a dictar conferencias”, pero más importante para nuestros intereses es que reconoce en sí misma una predisposición natural y precoz al hedonismo. Se presenta como una hermosa y dispuesta mujer que desde muy pequeña nunca dudó en satisfacer sus deseos valiéndose de sus propios recursos —no tanto como su amiga Norminha, de quien aprendió tantas y tan deliciosas cosas. Discreta para proveerse placeres y exigente en la satisfacción de sus constantes deseos: una adolescente que no dudó en recurrir al incesto por el arrobo y el enamoramiento tanto como por el deseo de venganza y de poder. Una joven que se permitió todo y más de lo que anunció la revolución sexual preconizada por los hippies californianos y que fue convirtiéndose, con su pareja, en oficiantes de bacanales memorables e iniciadores de tímidos —y tímidas— en placeres que no reparaban en trabas morales ni preferencias de género. Una mujer que ya en su madurez continuó dando libertad a lo que su cuerpo y sus antojos le reclamasen. Que siendo adulta y transterrada en Río de Janeiro —tierra de mejores augurios sensuales— continuó su devenir sensual convertida en una auténtica muestra de la libertad sexual —y sensual— absolutamente permisiva e incitadora. Y sobre todo discursiva, muy dispuesta a darle razones a sus apetitos, claramente conocedora de la psique humana y sus necesidades de placer.

Un follador con limitaciones no puede ser un follador. Que uno no practique ciertas cosas, vale; a un colega puede que le guste tirarse a otro y no querer que se lo tiren a uno, de la misma manera que ese otro puede que sólo quiera recibir y no dar, y decenas de viceversas por el estilo. También puede que no te haga tilín una persona, o un tipo de personas, e incluso que sólo te haga tilín un tipo de personas, pero eso ya roza la chifladura. Pero que alguien sea absolutamente reacio a todo o a casi todo con el mismo sexo, eso no, eso ya es una limitación grave, en tal caso no hay hombres ni mujeres completos. Cualquier hombre que diga que nunca, en toda su vida, ha sentido ninguna atracción por absolutamente ningún hombre, incluso por un hermoso transexual o un efebo, por ninguno de verdad, o miente o se engaña. Lo mismo ocurre con las mujeres, que lo reconocen con mucha mayor facilidad, tal vez porque no están obligadas a ser machos como los hombres y no andan tan asustadas todo el tiempo.

La casa de los budas dichosos, hay que decirlo, no está escrito por una fémina; no representa pues el culmen del hedonismo encarnado en una mujer hermosa, liberal y lujuriosa. ¡Sob, sob!
Son tan divertidas las situaciones y tan deliciosos sus argumentos que omití pensarlo mientras la dejaba que agitara mis deseos (lo recomiendo a los lectores hombres); sin duda la bahiana encarna la idea masculina de cómo podría ser una mujer absolutamente deseante y deseosa; la idea que pudiéramos tener los varones de la transgresión de normas: las restrictivas y —casi— religiosas; algunas culturales (la homosexualidad) y otras inquebrantables (como el incesto; que, no olvidemos, si se da entre personas en relaciones asimétricas de poder se constituye en un delito execrable). La bahiana sería la heroína de nuestras más ardientes fantasías, la confidente de nuestros deseos ocultos y la amiga que nos permitiría satisfacernos y satisfacerla por el puro y desinteresado sentimiento fraterno.
No podría recomendar eso a las lectoras mujeres porque de inmediato podrían acusar el gazapo y lanzar el libro por la ventana; sé que para ellas en la fantasía con el profesor de la escuela es consustancial que aquel seduzca y que la gana por la experimentación homosexual en muchos casos, en vez de incitar la imaginación siquiera, ahuyenta el deseo.
No, a ellas les vendría bien asomarse a este hilarante imaginario masculino y dejar de espantarse —o indignarse— con las sandeces que nos excitan a los varones.

Tarlei Melo, Nudegrafía 03.

Por último, los lectores desinteresados en fantasías carnales pueden encontrar en La casa de los budas dichosos —aparte de una de sus últimas piezas— el divertido ejercicio de uno de los escritores señeros de la literatura brasileña: João Ubaldo Ribeiro, la séptima de sus nueve novelas, solicitada, como ya se dijo, por encargo y con la que se permite el juego erótico sin sufrir —el aparente— desdoro que conllevaría escribir literatura de entrepierna —ya que desde su inicio no es sino una reflexión sobre uno de los pecados que tanto ¿preocupan? a la humanidad. ®

Los dibujos que acompañan esta reseña pertenecen a la
serie Nudegrafia del artista brasileño Tarlei Melo.

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Publicado en: Libros y autores


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