La mala educación y la izquierda real

De maestros, escritores e ideólogos

El nuevo documental de Juan Carlos Rulfo y Carlos Loret de Mola se olvida no sólo de puntualizar la responsabilidad de la televisión como mala educadora, sino de darle su lugar a aquellos maestros entrañables que todos tuvimos alguna vez.

Fueron mis maestros de primaria y secundaria —en las ya las lejanas décadas de los años sesenta y setenta— los que me dieron una visión del mundo de acuerdo con la ciencia. Estudié en escuelas primarias y secundarias oficiales de la Ciudad de México con muy buenos maestros, en su mayoría, y de casi todos ellos tengo gratos recuerdos. En aquellos años una gran cantidad de estudiantes asistía a la escuela con entusiasmo y los maestros de veras enseñaban. Me pregunto qué habrá sido de ellos. Poco antes de morir, mi madre me contó que se había encontrado a mi maestra de primero de primaria, Laurita, con más de siete décadas encima y ya muy cansada. Me recordaba y me mandó saludos. ¿Qué fue de mis profesores de Lengua nacional, Historia, Geografía? ¿Qué fue de “el Pistolitas”, “la Leona”, “el Winnie Pooh”, “el Geoide” y tantos más a los que el más ocurrente del salón bautizaba desde el primer día de clases? A muchos los llegué a apreciar, y no se me pasaba un cumpleaños o día del maestro sin que le pidiera a mi padre una sugerencia para regalarles un buen libro. Con los años les perdí la pista y héme aquí ahora, acordándome de ellos después de haber visto ¡De panzazo!

El debate sobre la calidad de la educación en México, siempre vigente, se ha reactivado con la exhibición de este documental que no muestra el panorama completo ni ofrece un diagnóstico y tampoco conclusiones, sino regaños y buenos deseos. En ¡De panzazo!, por ejemplo, no se menciona ni de pasada el papel de los medios y una de sus principales obligaciones: “Contribuir a elevar el nivel cultural del pueblo y a conservar las características nacionales, las costumbres del país y sus tradiciones, la propiedad del idioma y a exaltar los valores de la nacionalidad mexicana” (Ley Federal de Radio y Televisión); todo lo contrario, con la programación de canales como Telehit o programas como los de Laura Brozo —entre tantos más de otros medios electrónicos— más bien parecen empeñarse en contravenir ese ordenamiento. En el documental tampoco se alude al programa “Todo mundo cree que sabe”, que se transmitió por el Canal de las Estrellas por convenio entre Televisa y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación de junio de 2009 a agosto de 2011, con algunas intermitencias, del cual habría sido interesante discutir sus alcances y efectividad, así como la posibilidad de utilizar más la televisión como medio que refuerce aspectos de la educación formal.

¡De panzazo! falla porque, como dice Jesús Silva-Herzog Márquez, “Al no acercarse realmente a los estudiantes ni a los maestros, al no retratarlos afectuosamente, al desentenderse de su vida cotidiana pierde la inmensa oportunidad de comunicar lo que, en la educación, se juega México, lo que, para un mexicano significa su escuela. No logra lo que habría sido natural: vincular la suerte individual con el destino colectivo” [Reforma, 5-III-12]. A los creadores les faltó allegarse y procesar más información sobre el problema de la calidad educativa, como la que analiza con mayor detenimiento Andrés Oppenheimer en ¡Basta de historias! La obsesión latinoamericana con el pasado y la clave del futuro [2010], donde el periodista argentino aborda el fracaso del sistema educativo en México —pero no solamente aquí— y de la casi nula inversión del Estado en investigación científica y en desarrollo tecnológico, lo que ha impedido el arribo de este país a la economía del conocimiento, a la cultura de la innovación y al desarrollo.

¿Hay uno más malo?

La posición de los tres principales candidatos a la presidencia puede cambiar drásticamente si hay más tropiezos significativos como el de Peña Nieto en la Feria del Libro de Guadalajara o catastróficos como el de Vázquez Mota en el estadio del Cruz Azul la semana pasada. Aun el punto muerto en que se encuentra López Obrador podría destrabarse en cuanto las campañas se reinicien y salgan todos de nuevo a la arena con las armas recargadas y, quizá, con estrategias bien delineadas. A pesar de la proscripción por el IFE de la llamada “guerra sucia” los candidatos y sus seguidores no se guardarán nada que pueda hacer daño a los adversarios. Habrá que ver si el atildado priista puede improvisar sin ayuda del teleprompter y si la panista sonriente por fin hace a un lado las vaguedades y propone un programa de gobierno. López Obrador haría bien en seguir el muy sabio consejo que en broma le hace Rafael Tonatiuh para dejar atrás el tercer lugar: “Incluir a Salinas en su gabinete (ya están Camacho Solís y Bartlett). Dicen que ese chaparrito es especialista en tomar Los Pinos” [“Cómo salir del 17 por ciento”, Milenio, 13-III-2012] —aunque debe aclarase que el ahora izquierdista Bartlett no sería parte del gabinete obradorista sino senador por el Partido del Trabajo.

El sobrevalorado novelista se equivoca primero al aceptar que es de izquierda un partido que aglutina mayormente a viejos priistas renegados y que también lo es un movimiento esencialmente conservador; además omite señalar cuáles son los muchos errores que ha cometido su candidato.

No es difícil seguir el hilo de una cadena de eventos desafortunados que llevaron al encono que desde 2006 aún divide al país en partes irreconciliables: la rivalidad entre Vicente Fox y López Obrador, el intento de desafuero, las reñidísimas elecciones y la invención de un fraude que encontró eco en una gran parte de simpatizantes del “izquierdista”, incluyendo académicos que nunca hicieron el más mínimo esfuerzo intelectual por probarlo. Al clamor del “Voto por voto casilla por casilla” siguió la toma de Reforma y del Zócalo y la operística unción de López Obrador como “presidente legítimo”, acciones que le restaron seriedad y que hoy lo mantienen en tercer lugar en casi todas las encuestas. A esta cadena de lastres e infortunios siguió el descabezamiento de un IFE autónomo y funcional a cargo del PRI, PAN y PRD y la estridente y precipitada declaración de guerra al narco por un presidente que necesitaba afianzarse en el poder.

Sin embargo, el candidato del morenismo —un movimiento “amoroso” pero con tintes religiosos y hasta raciales— aún cuenta con el respaldo de un núcleo duro de simpatizantes, académicos e intelectuales. Un ejemplo nos lo ofrece el escritor Juan Villoro con sus declaraciones en Guadalajara: “Tenemos tres opciones y yo voy a votar por López Obrador porque entre las tres opciones que hay, es una opción mayor de cambio. Uno de los errores es que los analistas exigen una izquierda ideal que no llega nunca y no se deciden a apoyar una izquierda real. La izquierda que tenemos es sumamente defectuosa. López Obrador ha tenido muchos errores y no los ha reconocido. No es el mejor de los candidatos, pero es el único que pretende gobernar con un sector importante de la sociedad” [Ignacio Dávalos, “México tiene crisis de esperanza: Villoro”, Milenio Jalisco]. El sobrevalorado novelista se equivoca primero al aceptar que es de izquierda un partido que aglutina mayormente a viejos priistas renegados y que también lo es un movimiento esencialmente conservador; además omite señalar cuáles son los muchos errores que ha cometido su candidato. Coincide, además, con el politólogo Arnaldo Córdova, quien justificó ampliamente a esa izquierda a pesar de haberla calificado como corrupta, traidora, incapaz de llegar a acuerdos, violenta, oportunista, carente de valores éticos y buenas propuestas: “¿Por qué todo mundo quiere una izquierda perfecta, que sea inteligente, culta, preparada, decente, de buenas maneras, justa, éticamente buena, coherente en sus ideas y sus planteamientos, pacífica, no rijosa, dispuesta a ponerse siempre de acuerdo con sus oponentes y con olor a santidad? [La Jornada, 3 de febrero de 2008]. Y seguía el doctor Córdova: “La izquierda nunca será como yo quisiera que fuera; la izquierda es lo que es y punto” [véase “Arnaldo y Bartlett: La izquierda tal cual” en mi libro El tamaño del ridículo, Guadalajara: Arlequín, 2009]. Villoro finaliza la entrevista con Ignacio Dávalos en Milenio Jalisco con una sugerencia: “Hay que escuchar voces como la de Gabriel Zaid, Roger Bartra, Lorenzo Meyer”, dice, sin ruborizarse por la superficialidad de su declaración: Bartra ha demostrado suficientemente el carácter antidemocrático de López Obrador, en tanto que Meyer avaló alegremente el mito del fraude. Habrá de ver quién es de veras el peor de los tres. ®

Publicado en: Insolencia, Marzo 2012

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