Más apuntes sobre ética y periodismo

Libertad de prensa y terrorismo en Occidente

En esta ocasión amplío un poco más los comentarios que ya he expresado en varias ocasiones. ¿Debe la prensa occidental ceder a las presiones de los extremistas musulmanes?

El islam, la libertad de prensa y la ética periodística

© Lars Vilks

El atentado terrorista en un centro comercial de Estocolmo el pasado 11 de diciembre por el sueco de origen iraquí Taymur Abdel Wahab aviva la pertinencia de reflexionar sobre ética periodística y libertad de expresión. El enojo del suicida Taymur habría sido causado, presuntamente, por la presencia de tropas suecas en Afganistán y por los dibujos de Mahoma que el artista sueco Lars Vilks hizo en 2007 para una exposición. La publicación de uno de esos dibujos en el diario Nerikes Allehanda provocó reacciones airadas entre musulmanes fundamentalistas y Vilks recibió amenazas de muerte. Un acto que nos recuerda las amenazas contra el diario danés Jyllands-Posten, que publicó en septiembre de 2005 doce cartones editoriales que caricaturizaban a Mahoma. La posterior reproducción de esos cartones en otros periódicos en Europa causó el enojo de fundamentalistas musulmanes, que interpretaron una práctica común en países con libertad de prensa como un ataque a su fe, una “ofensa” magnificada por dos imanes radicados en Dinamarca que añadieron tramposamente a las doce viñetas otras imágenes, entre ellas la fotografía de un hombre con orejas y narices de puerco con una leyenda que decía “Ésta es la verdadera imagen de Mahoma”. La foto, de la agencia A.P., era la de un francés disfrazado para una feria pueblerina, pero los imanes no tuvieron empacho en escribir el falso pie y difundirla como si se tratara de una perversa creación occidental contra el islam (el caso está ampliamente explicado en el artículo “Dios no ha muerto y debe morir”, de Efraín Trava, en esta revista). Pronto surgieron reacciones violentas en países islámicos como Pakistán, Nigeria e Indonesia, donde se llegó a la destrucción de embajadas e iglesias, el asesinato de cristianos e incluso a la recompensa de un millón de dólares por la ejecución del “dibujante”, sin saber que en realidad habían sido doce. “En Inglaterra las imágenes mediáticas mostraban leyendas aterradoras: ‘Masacren a los que insultan al islam’, ‘Descuarticen a los que se burlan del islam’, ‘Europa pagarás: la destrucción está en camino’ y —con algún dejo irónico— ‘Decapiten a aquellos que dicen que el islam es una religión violenta’”, escribe Trava en el artículo citado.

El periodista colombiano Javier Darío Restrepo dijo en una sesión sobre ética periodística —a la que asistí— que los dibujos de Mahoma no debieron haberse publicado porque eran ofensivos para una comunidad religiosa. Disentí de su opinión y expuse que las reacciones habían sido de extremistas que no representaban el sentir de la totalidad de la comunidad musulmana y que, además, se habían publicado en un diario de un país democrático y con una larga tradición de libertad de prensa. Restrepo fue tajante y no admitió discusión: No debieron publicarse esos dibujos, punto.

Restrepo es el encargado del Consultorio Ético de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, fundada y dirigida por Gabriel García Márquez, quien, como se sabe, es amigo del dictador cubano Fidel Castro, por lo que en el sitio de la FNPI no hay menciones, críticas o enlaces sobre la total ausencia de libertad de prensa en Cuba ni sobre el caso de la bloguera Yoani Sánchez o el acoso a los medios en la Venezuela de Hugo Chávez; tampoco ninguna alusión a la polémica Ley de Evo Morales contra el racismo o a la feroz censura china contra sitios de Internet. Es un tema complejo sobre el que seguiremos bordando.

El periodista y su circunstancia

Periodista no es sinónimo de informador imparcial, pues son más bien pocas las veces en que los periodistas tienen la oportunidad de desplegar su profesión con total libertad —aun cuando muchos se digan libres y hablen en nombre de la justicia, de la democracia, de los derechos humanos y de la libertad misma: no son pocos los que escriben con prescripciones ideológicas de diferentes tintes y a duras penas reconocerán otros puntos de vista o aceptarán que mintieron o se equivocaron. Hay que saber tomar distancia. También parece una verdad de Perogrullo que no todos los periodistas trabajan en medios informativos, pues son muchos los que laboran para el Estado, en instituciones y organismos públicos o privados de distinta índole, y por ello su desempeño es parcial, ya se trate de reporteros, conductores de medios electrónicos o jefes de comunicación “social”. En su trabajo debe prevalecer la lealtad a la empresa o a la institución; son periodistas que se convierten en voceros de quien los emplea —aunque esto vale también para aquellos que trabajan en medios: un diario o un canal de televisión es una institución, a final de cuentas, y la “camiseta” debe ostentarse las 24 horas. Así, hay casos en que periodistas críticos con instituciones oficiales y privadas son contratados por éstas para encargarse de sus oficinas de prensa.

Periodista no es sinónimo de informador imparcial, pues son más bien pocas las veces en que los periodistas tienen la oportunidad de desplegar su profesión con total libertad.

Un dilema puede presentarse cuando los lineamientos o conductas de la institución contravienen los principios básicos del periodismo —la ética, el apego a la verdad, la responsabilidad— o los del propio periodista si éste se ve a sí mismo como depositario y custodio de esos valores. ¿Qué hacer ante la corrupción, políticas abusivas o discriminatorias contra empleados, despidos injustificados y componendas políticas? Muchos periodistas en situaciones como éstas ni se inmutan y siguen cobrando sus honorarios; otros, en cambio, son capaces de renunciar y denunciar.

Con el desarrollo de las nuevas tecnologías digitales el periodismo se ha diversificado y se habla incluso de “periodismo ciudadano”, en el que la gente común que tiene la oportunidad de registrar en video o fotografía con pequeñas cámaras o teléfonos celulares un acontecimiento de trascendencia envía el documento a un medio importante que lo pone en contexto y difunde. También está la opción, no menos importante, de publicar documentos de toda índole por cuenta propia en sitios como YouTube y bitácoras personales o colectivas, y los ejemplos —con menor o mayor profesionalismo— se cuentan por miles y son tan distintos como el Blog del Narco, Nuestra Aparente Rendición, el de Yoani Sánchez o WikiLeaks, con consecuencias a veces imprevisibles.

La cubana Yoani Sánchez recibió un premio de la Fundación Príncipe Klaus pero el gobierno cubano le negó el permiso de viajar a Holanda para recibirlo. En Cuba la principal amenaza al periodismo —y a la libertad— es el Estado totalitario; en México —donde hay libertad de prensa— es el narco-Estado. En Venezuela, Ecuador y Bolivia los autoritarios gobiernos “socialistas” del nuevo siglo hostigan y cierran medios independientes y aspiran al control total. En Estados Unidos la masiva filtración de información confidencial ha provocado reacciones destempladas de altos funcionarios, algunos de los cuales han llegado a exigir el asesinato de Julian Assange, del que muchos quieren hacer un héroe. La libre circulación de la información es una piedra en los zapatos del poder.

Defensa de Occidente

Muchas de las críticas más radicales a Occidente provienen de intelectuales occidentales, cuyos dardos apuntan principalmente a los países europeos y a Estados Unidos, al que aluden con frecuencia como “el Imperio”. Para muchos de ellos Occidente, capitalismo, libre mercado, imperialismo y neoliberalismo significan lo mismo, como puede leerse en artículos de Noam Chomsky —quien se define como “socialista libertario”—, Naomi Klein —que desconoce el rigor académico— o el neoestalinista lacaniano Slavoj Zizek, pasando por algunas glorias de la academia, la política y el periodismo locales que ensalzan libremente la violencia revolucionaria (como los que arroparon a Lucía Morett, amiga de la organización guerrillera y narcoterrorista FARC). Infortunadamente, muchas críticas raras veces despliegan opciones serias ante lo que llaman la decadencia, el declive o la inminente desaparición del capitalismo —como auguraban ante la crisis financiera que estalló en 2008 y cuyas secuelas aún causan estragos en varios países, incluida la cuna de nuestra civilización: la vieja y sabia Grecia.

Muchas de las críticas más radicales a Occidente provienen de intelectuales occidentales, cuyos dardos apuntan principalmente a los países europeos y a Estados Unidos, al que aluden con frecuencia como “el Imperio”.

¿Significan esas críticas a Occidente que el Oriente es mejor o que puede haber una versión mejor de Occidente? En algunos casos la crítica se inclina por la opción de un socialismo democrático o francamente del “socialismo del siglo XXI” del antidemocrático y autoritario Hugo Chávez y sus aliados en la región. También los hay que defienden a estas alturas el totalitarismo de Castro, a pesar del desastre cubano. Por otro lado, las miradas al Oriente actual —el cercano y el lejano— nos muestran un país enorme que en pocos años desplazará a Estados Unidos como primera potencia económica y una constelación de naciones de sinos muy diversos, donde florecen las democracias al estilo occidental pero también los fundamentalismos religiosos y las autocracias —todos ellos con sus grandes contrastes. No faltan tampoco los que añoran un Oriente mítico, místico, y anhelan un modo de vida más parecido a la charlatanería del new age que al que enseñan las antiguas cosmovisiones chinas o indias. Y no son pocos los que claman por una sociedad indígena ideal, como la que soñaba el olvidado Marcos.

Es evidente que en Occidente no todo marcha como debiera y la crítica consistente de sus aberraciones es hoy más necesaria que nunca. La larga marcha de Occidente no ha estado exenta de tropiezos, accidentes, desviaciones y retrocesos, pero tampoco de grandes saltos cualitativos. Ha pasado por eras oscuras —invasiones, colonialismo, explotación, guerras, terrorismo— y en ocasiones ha parecido que su final estaba cerca, la última vez en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, cuando pudo haber triunfado una versión grotesca y terrorífica de la cultura occidental: su negación. Marx decía que en el seno de las sociedades surgen las contradicciones que llevarán a su destrucción o a su transformación, lo cual es cierto en parte si observamos los grandes cambios que se han producido en Occidente en el curso de los siglos, pero se equivocó de cabo a rabo al predecir el nacimiento del socialismo en las sociedades industriales avanzadas.

En Occidente hay tendencias que se oponen a veces violentamente, pero es ahí donde se han dado los pasos más trascendentes de la humanidad: la democracia, la noción de igualdad, la tolerancia, la libertad, los derechos humanos, el avance de la ciencia y la tecnología. Es esta tendencia la que debería fortalecerse. ®

Compartir:

Publicado en: Enero 2011, Insolencia


Te invitamos al siguiente evento de la dibujante Diana Martín en Guadalajara.
Confirma tu participación.

Suscríbete gratis a Replicante:

Aquí puedes Replicar

¿Quieres contribuir a la discusión o a la reflexión? Publicaremos tu comentario si éste no es ofensivo o irrelevante. Replicante cree en la libertad y está contra la censura, pero no tiene la obligación de publicar expresiones de los lectores que resulten contrarias a la inteligencia y la sensibilidad. Si estás de acuerdo con esto, adelante.

  • Roy Baah

    El pensamiento crítico en occidente es fundamental. Ejercerlo con libertad es uno de los mayores logros que éste y debe defenderse a toda costa.

    Después de leer “1984”, estupenda novela de Geroge Orwell, me quedó claro que la libertad, que sólo se puede encontrar en democracia, es el principal valor que una sociedad debe defender para ser una sociedad avanzada.

    Sin embargo, la libertada debe estar sujeta,desde mi punto de vista, al respeto, la discreción y la prudencia.

    La publicación de las caricaturas del Profeta de una de las religiones más grandes del mundo, y objeto de una forma de adoración desconocida para los occidentales, fue un acto libre que yo respeto y defiendo absolutamente, y del cual jamás podría decir “no debieron publicarse, punto”.

    Empero, sí culpo a los autores de dichas caricaturas de carecer de esos tres elementos que he mencionado que deben acompañar a la libertad.

    No es que hayan debido o no publicarlas,sino que debieron reflexionar en torno a las consecuencias que su publicación traería dadas las condiciones del mundo actual, además de que reafirmaron con las representaciones y los acontecimientos derivados, los estereotipos negativos muy arraigados en la conciencia colectiva más bien ignorante.

    Por todo lo demás ¡VIVA LA LIBERTAD!