MATAR AL MINISTRO

Diario de Golondrina, de Amélie Nothomb

Asimilar que se terminó una relación es un proceso que requiere tiempo, de dos a tres años, dicen. Luego, uno se vuelve un poco frío. Idealiza menos. Para olvidarse, hay también quienes optan por un viaje o frecuentan amigos que dejaron de ver. Pero Urbano, personaje central de Diario de Golondrina (Anagrama, 2008), de Amélie Nothomb, es orgulloso; dice que lo suyo fue “una decepción amorosa tan estúpida que ni siquiera merece la pena hablar de ello”.

Su vida transcurre en París y ha decidido matar sus sensaciones. “Fue un suicidio sensorial, el comienzo de una nueva existencia”. Sí, porque un día despierta desconcertado con su vida, lleno de una curiosidad enfermiza por todo lo que gira a su alrededor. Para él, “dedicamos todo nuestro tiempo a luchar contra el terror de lo vivo”. Pero es consciente de que en el fondo las cosas no marchan bien. “La vida se había convertido en la muerte”. La música de Radiohead acompañaba bien a su destino hasta que un día, con su moto, atropella a un anciano: lo echan del trabajo de mensajero y se queda en el limbo. “Me encontré sin sexo y sin empleo, demasiadas amputaciones para un solo hombre”. Una noche en un bar se sorprende de las habilidades que tiene Yuri para jugar billar. Urbano le pregunta por el origen de su talento. El ruso responde que se debe a que está acostumbrado a dar en el blanco. Yuri, que nos transporta de inmediato a la imagen perfecta de un mafioso ruso, le propone un negocio que Urbano se lo toma muy en serio. Es el cambio que necesita. Es una lucha entre lo muerto y lo vivo: desde entonces, matar, para Urbano, se convierte en una tarea doméstica. Un mecanismo placentero. Un trabajo rutinario que le abre el apetito. Urbano vuelve a casa con el estómago hambriento y porque sabe que el frigorífico está que rebalsa de comida. Yuri lo llama para encargarle una próxima misión; la de liquidar a un industrial; luego es un notario, como si se tratara de un pedido para llevar a casa. Pero cuando a Urbano le encargan deshacerse de un ministro todo cobra mayor sentido. Desconoce los motivos por los cuales debe ejecutarlo, pero va. Él no pregunta. Lo suyo es un trabajo y él lo ejecuta. La historia a partir de la muerte del ministro da otro giro donde, a medida que nos adentramos, asistimos a un juego poético que la autora recupera a lo largo de toda la novela sin caer en la cursilería. En el instante en que Urbano se aproxima, el ministro se lleva una sorpresa y entonces arranca una serie de reflexiones. “Hoy, coloquialmente se dice de las chicas guapas que están matadoras. Golondrina, tú, habías matado de verdad. Te vuelvo a ver, de pie, erguida, con el revólver apuntando sobre tu ministro padre tendido en su bañera, oponiendo tus sobrias palabras de asesinato a su verborrea de mala fe…” A partir de ahí la historia que en un principio parecía un guiño a La Virgen de los Sicarios, de Fernando Vallejo, invita a seguir adelante, a buscar la razón que encierra el título. Urbano, con esa frialdad extrema, liquida al ministro y a la hija, pero la misión no está cumplida. Urbano lo sabe. Hay algo que falta. “Uno puede ser el más admirable de los cerebros griegos y equivocarse, y más todavía el más descerebrado de los asesinos a sueldo y cometer un error”. Cuando le encomiendan la misión de liquidar a un cineasta equivoca el rumbo de esta inesperada nouvelle, donde una golondrina es la metáfora de una niña. Donde una niña es la metáfora de la libertad. El diario, más que un secreto, se convierte en un acto de fe. Un motivo de seguimiento y una razón para Urbano o para Inocencio, que consigue vencer en palabras y papel hasta el final de esta novela donde renueva su concepto del amor, donde nace una nueva obsesión: “Amar a una muerta es un poco fácil, dicen algunos”. ®

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Publicado en: Diciembre 2010, Libros y autores

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