Mejor no

A Verónica Murúa que, como Google, siempre contiene lo que busco.

Mis máquinas eran creaciones perfectas. Aunque no podían dejar de pensar en ciudad. Y gente riendo y lagos del sur y salidas de atrás.

—Teleradio Donoso, Máquinas

1

© Edoardo Pasero

Itari llegó al Aeropuerto Internacional Benito Juárez de la Ciudad de México a bordo de una camioneta Mitsubishi Outlander negra, sport edition, último modelo. Encontró un cajón vacío en el tercer piso del estacionamiento de la Terminal 1, la vieja, y en ese lugar permanece desde hace media hora.

Itari habitualmente no fuma, pero en este instante saca un cigarrillo del paquete que compró en el camino. En una esquina, durante el rojo del semáforo, se la vendió un tipo con overol amarillo que también ofrecía tarjetas para celular Telcel. Itari también le compró una de 500 pesos, que por promoción trae en realidad 1000 de tiempo aire.

Itari cumplió 29 años de edad, aunque de cara parece de veinte, si bien tiene cuerpo de señora. Atractiva, culona. Viste pantalón de pana beige, blusa Edoardos sin mangas. Con el cigarro entre los labios, sus dedos, de manicura perfecta, presionan un botón junto a la palanca al piso de la camioneta. Acalorada, se despoja de una chaqueta tweed que lanza al asiento del copiloto. Después de unos segundos el encendedor salta en el tablero e Itari prende con él su tabaco. Mira por el retrovisor, consulta los espejos laterales, devuelve la vista al parabrisas. Repite la acción varias veces, a cada rato. Ansiosa, da una fumada profunda. Se ahoga, tose, mientras en las bocinas del estéreo, en el que enchufó su USB, suena algo de música a bajo volumen. Eurythmics: Sweet dreams are made of this.

2

Llueve, truena y el agua se acumula en ríos por la avenida que está siendo reencarpetada, generando un caos de lodo y vialidad. Los coches navegan, casi, por el Circuito Interior. Sólo está en servicio un carril. Bruno conduce un Chrysler Shadow de los noventa, pero tarda en avanzar. Ve poco. Se siente encapsulado, lo que en gran medida es cierto. Los cristales están empañados. El sistema de aire no funciona. O sea sirve, pero no desempaña. Ha intentado bajar el vidrio de su ventanilla, pero cuando lo hace de inmediato una tempestad que se cuela al interior le hace notar que es mala idea y vuelve a subirlo. El granizo golpea con fuerza el toldo, le irrita los nervios. Quita el pie del freno, acelera un mínimo, casi a ciegas, y detiene el auto cuando cree que un par de luces rojas, difusas, se encienden frente al cofre del Shadow.

Hace tiempo que dejó de usar reloj de pulsera. Consulta la hora en su celular. Un iPhone última generación. El tiempo avanza muy rápido, piensa. Ya tengo 28 años.

Bruno se endereza para limpiar con la mano los cristales a su alcance, carece de franela, pero el paño continúa ahí. Esa capa grisácea y húmeda le impide observar si es observado.

3

Salón de una escuela primaria oficial, en la Ciudad de México de fin de los ochenta. Muy lejana, se escucha música borrosa, podría ser cualquier género bailable, que alterna con aplausos y voces microfoneadas.

No hay clase. El salón no está a su capacidad diaria, pero tampoco vacío. Atrás, sentado en un mesabanco, un niño manipula un Game Boy con una serie de compañeritos alrededor, observándolo, emocionados. Con ganas de tener ellos el aparato en la mano. Probablemente, es la primera vez que ven de cerca un videojuego. Todos visten con traje típico de Veracruz, tienen pieles morenas y cutis aceitoso. Beben Frutsi por la parte de abajo del envase.

En primer plano, una niña y un niño que a simple vista se capta que es menor que ella. Ambos traen ropa regiomontana típica, al menos en la suposición. Con camisa y blusa a cuadros, chaleco con barbillas, calzan botas. Llevan paliacate en el cuello y sombrero. Acaban de bailar una polca norteña, como parte del festival de fin de cursos. El número lo estrenaron hace unos meses, durante el festival del día de las madres. Bailaron juntos, son pareja, la maestra que hizo de directora artística los escogió desde un principio porque se llevan muy bien.

Al niño le gusta la niña, pero es muy tímido para decírselo, incluso para reconocerlo. De hecho, no le queda tan claro lo que le ocurre. Sólo se siente atraído. Se contenta con mirarla. Con platicar con ella durante el receso, de lunes a viernes. El fin de semana piensa en ella y todos los días encuentra, al verla sentada en su pupitre, un estimulante motivo para asistir a la escuela.

Salón de una escuela primaria oficial, en la Ciudad de México de fin de los ochenta. Muy lejana, se escucha música borrosa, podría ser cualquier género bailable, que alterna con aplausos y voces microfoneadas.

La niña le gusta a todos los chicos de su curso, incluso a los de otros grados. Es bonita y, de acuerdo a los doce años que acaba de cumplir, sexy. Ella se sabe atractiva, o al menos lo intuye. Le constan los favores que recibe de los demás por su encanto. Durante la clase de educación física, cuando viste de short, los niños, incluso algún maestro ciertamente morboso, no dejan de mirarle los muslos desnudos. Para su edad, su cuerpo está bastante desarrollado y posee muy linda figura. Sus pantorrillas, por ejemplo, no tienen nada qué pedirle a una mujer adulta. Sus pechos tampoco. Es fácil entender que muchos adolescentes, y varios mayores de edad que viven por su casa, hayan querido hacerla su novia.

El niño está, de alguna manera, triste. Se acabó la etapa de la primaria y fue inscrito en una secundaria distinta de la que recibirá a la chica. Piensa que nunca la volverá a ver. Ya no tendrá esa razón para levantarse a diario para ir a clases.

Claro que podría visitarla en su casa, ir a buscarla a su nueva escuela, llamarle por teléfono, pero esas opciones no se le ocurren. Su mundo infantil no las ha contemplado. Él ni siquiera sale a la calle solo. Aunque recibe llamadas telefónicas, casi siempre de familiares, él nunca llama a nadie. Todo lo que hasta el momento ha necesitado lo encuentra en su soledad. En sí mismo. Nunca fuera de él (él y la televisión y la computadora, los videojuegos, algunos libros de Stephen King que le fascinan) o de su casa.

Así que esto es la despedida.

Pero tampoco sabe qué decir a la atractiva niña que tiene ahí enfrente, vestida de norteña. Qué se dice en una despedida que uno no desea. Quizás nada, porque todo está dicho.

En eso, una señora rubia y de ojos azules se asoma al salón desde el quicio de la puerta. Es hora de irnos, le dice a la niña. Ya voy, mamá, responde la chica a la mujer que desaparece un instante después.

El niño se siente fatal. La hora del adiós ha llegado. Experimenta una ansiedad en el estómago, en el saco de sus testículos. La niña da unos pasos hasta su mochila, que ahora no tiene útiles escolares, sino la ropa de calle que se quitó para ponerse el traje norteño. De ahí mismo, saca un sobre. Regresa donde el niño. Toma, te la escribí en la computadora de mi papá, le dice. El chico vacila, pero agarra el sobre y recibe en la mejilla un beso de la chica que se da la media vuelta, busca su mochila y se marcha del salón.

Es la primera carta que el niño recibe de una mujer. Turbado, voltea a ver si sus compañeros hoy vestidos de jarochos se dieron cuenta de algo. Se tranquiliza al observar que los niños siguen abstraídos con el Game Boy. Camina hasta una esquina, donde está el bote de basura del salón.

El chico, de cara al vértice de las paredes, de espalda a sus compañeros, huele el sobre y reconoce el aroma de la niña. Cierra los ojos un momento, los abre y rompe el sobre por una orilla. Saca una hoja que gracias a las artes del origami tiene forma de corazón. Desdobla los complejos pliegues, cuidando no despedazar el papel. Cuando lo logra, lee impreso en diversas tonalidades de gris:

Bruno: te quiero mucho. Eres el niño más guapo que conozco. Haces latir mi corazón como nadie lo había hecho. Para mí, somos novios, lo seremos toda la vida. Siempre pienso en ti, porque te amo. Recuerda eso siempre, ¿ok? I love you, siempre. Con todo mi amor, Itari.

Bruno lee la carta de Itari cuatro veces. La memoriza. Sabe que no puede conservarla. Alguien podría verla. La posibilidad no sólo le disgusta, le aterra. Decide entonces romper la carta y el sobre en diminutos pedazos que tira en el bote de basura.

Voltea hacia sus compañeros y pide que le devuelvan su Game Boy. Ya se va. Quiere estar consigo mismo.

4

Bruno, en el interior del Shadow, recuerda. Lamenta no haber conservado, por inexperiencia, por falta de visión, de mundo, por irracional miedo infantil, la primera carta de amor que le dio una mujer. Era sólo un niño, era yo, pero no el que ahora soy, se justifica.

La lluvia sigue, ha incrementado su intensidad.

A muchos de sus compañeros de primaria, la mayoría, jamás los volvió a ver. Bruno los ha googleado, los ha buscado en Hi5, Twitter y Facebook, pero no hay pistas. Tampoco es que los quisiera ver. En ese sentido, no ha hecho una búsqueda detectivesca. Sólo que a veces quisiera saber algo de ellos, medirse, comparar lo que fue de él y lo que fue de ellos.

A pesar de todo, el Shadow avanza sobre Circuito Interior, Bruno activa la direccional y toma la siguiente salida. Sube el puente de Boulevard Puerto Aéreo, baja y se dispone a entrar en el estacionamiento de la Terminal 1 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. El Benito Juárez. Mientras toma el boleto de la máquina despachadora, suena una alerta en su celular.

Ha recibido un mensaje de texto.

5

© William Klein

Itari llegó temprano y tuvo que esperar, decidida. Pero desde hace diez minutos la hora se cumplió y sigue esperando. Eso le inquieta. Tiene el tiempo contado. Comprende que es vulnerable y no es una sensación que le agrade experimentar aquí, en este momento.

Sigue alerta. Enciende otro cigarrillo, aunque lo fuma poco, víctima del asco de su condición real de fumadora pasiva. Mira el reloj y comprueba que el tiempo se estira. Ahí, apenas si avanza. En su cabeza, vuela.

Busca su bolso y saca un celular diminuto y un peso. Rompe el papel celofán que envuelve la ficha Telcel que rasca con la moneda para descubrir un número que introduce en el sistema de su teléfono. Tu saldo es de mil-pesos-ochenta-y-cinco-centavos. Y podrás utilizarlo antes del día

Itari corta la llamada. Le molesta que le digan antes de cuándo debe utilizar algo por lo que ya pagó. De lo contrario, le congelarían su saldo, lo que le parece una cabronada porque, mal que mal, es su saldo.

En el estéreo suena Laura Branigan: “Self control”. Itari no escucha. Sólo piensa en marcar un número, pero no se decide a llamar. Quiere comunicarse, pero no voz a voz. Opta por enviar un mensaje de texto:

Dónde andas. Ya estoy aquí desde hace rato. No tardes, porfitas. Te espero. Besitos. It.

6

Itari reencontró a Bruno en la red. Él se convirtió en un periodista y escritor sin fama. En internet, está en el mayor número de redes sociales posibles e incluso postea un blog. De alguna forma, tiene la necesidad de estar localizable. De no estar perdido en el mundo.

Bruno experimentó una emoción ambigua cuando recibió el primer mensaje de Itari en su cuenta de correo. Fue una grata sorpresa, desde luego. Pero ella le recordó ese periodo algo autista y de timidez que caracterizaron su infancia y eso, en realidad, no le pareció muy agradable.

Sin decirlo, prefirieron comunicarse por Messenger. O vía correo electrónico. El teléfono era mucho más directo y exigía un contacto que, de momento, cada uno por sus propias razones, preferían evitar.

De cualquier modo, se pusieron al tanto de sus vidas. Para Bruno, toda prioridad es literaria, aun su trabajo periodístico. Todo en él son proyectos narrativos, encontrar un cierto orden en el universo y plasmarlo en letras. Itari, por su parte, atiende un café-internet todos los días, por las mañanas, lo que tiene un claro acento de monotonía. Pero en él, en los clientes que hacen prosperar el negocio, observa fascinada esa rara y posmoderna alternativa de conectarse al mundo, cuando, en rigor, a lo que se está enchufado es a una computadora y a su software.

Itari y Bruno pronto encontraron una extraña intimidad virtual, cuyos límites no son tan evidentes como en el contacto físico, para relacionarse. Desinhibidos e inconsecuentes, se hicieron confidencias. Se volvieron cómplices y ciberamantes, como una probabilidad quizás de lo que no llegaron a ser en la adolescencia. Intercambiaron fotografías, ambos son diestros en el Photoshop, y adoptaron la web-cam y el Skype como un medio para acercarse en lo corporal.

La necesidad de encontrarse en persona dilató dos meses. Se tardó, pero terminó por ser ineludible. Al menos, para ella. Eligieron un lugar en el que pudieran pasar inadvertidos para los demás. El hotel Hilton del Aeropuerto Benito Juárez fue una opción en la que estuvieron de acuerdo. Sin duda quedaba lejos y, de alguna forma, igual cerca. Podrían acudir al restaurante y, tal como se habían dado las cosas, después de todo también era un hotel. Servía.

En realidad, a Bruno le daba igual el lugar y si lo veían en él o no. A Itari no le dio lo mismo. Ella está casada y tiene dos hijas.

7

Bruno estaciona el Shadow, no subió al tercer piso donde era la cita, y revisa el mensaje de Itari, recibido en su iPhone. Tiene dudas. Miedo impreciso.

Bruno, acaso por defecto profesional, investigó sobre la familia de Itari, más allá de lo que ella le ha contado. En particular, se dedicó a indagar sobre su marido, ex compañero de ambos en la primaria —justo aquél al que le prestó su Game Boy—, y supo así que hoy es un policía judicial poco apreciado por sus vecinos, más bien temido por su corrupción y la violencia que ejerce, incluso, con su esposa, a cambio de llenarla de ciertos lujos y comodidades.

Pero no es de ese conocimiento de donde proviene la incertidumbre de Bruno, quien mira cómo de pronto llegan dos camionetas negras, con vidrios entintados y con las luces altas encendidas, sin duda intimidantes, para estacionarse a derecha e izquierda del Shadow.

Pero no es de ese conocimiento de donde proviene la incertidumbre de Bruno, quien mira cómo de pronto llegan dos camionetas negras, con vidrios entintados y con las luces altas encendidas, sin duda intimidantes, para estacionarse a derecha e izquierda del Shadow.

Lo que motiva a Bruno para tomar su teléfono y escribirle a Itari es el temor de que ella, como tantas personas, sea preferible virtualmente. De que ya en vivo sea distinta de como la recuerda y de como la ha querido en las últimas ocho semanas de convivencia cibernética. Es probable, considera, que hacer el amor con ella físicamente sea una experiencia más táctil, pero no por necesidad más placentera, vívida o entrañable, de lo que ha sido hacérselo por chat. Después de todo, Bruno es escritor y las letras son parte de su realidad. En su computadora ha conocido y dicho casi todo lo que sabe de la vida.

Aunque ignora cómo reaccionará Itari, ha tomado una decisión.

Ya desesperada, Itari escucha la alerta de mensaje de texto en su celular y su respiración se debilita. Ansiosa, pulsa algunas teclas para poder leerlo. Es de Bruno:

Lo siento, no puedo. Mejor no. Me falta fe en las relaciones personales. Si pudiera elegir, preferiría seguir siendo escritor y lector al estar contigo. Sólo eso. Que, de verdad, no es poco para mí.

Bruno, después de mandar el mensaje, apaga su teléfono, pone música balcánica en el estéreo y se va por donde vino. Baja el vidrio de la ventanilla, el viento helado y el agua se le estrellan en la cara. No importa ya la lluvia, el tránsito ni nada. No por ahora. ®

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Publicado en: marzo 2011, Narrativa


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