Miguel Capistrán

El protagonista tras la tramoya

Hay por lo menos dos cosas que jamás hubieran ocurrido sin la intervención discreta de Miguel Capistrán Lagunes: el descubrimiento de la obra fundamental de Jorge Cuesta y las dos visitas de Jorge Luis Borges a México.

Don Miguel Capistrán.

Don Miguel Capistrán.

A casi un año de su muerte, el nombre de Miguel Capistrán continúa siendo un apunte al margen en la historia de nuestra literatura, un personaje principal que jamás abandonó las bambalinas. Las no pocas veces que se le preguntó su opinión acerca de la falta de reconocimiento a su trabajo respondía un poco en serio un poco en broma que si hubiera deseado el aplauso del público se habría dedicado a la creación. Pero lo suyo era el trabajo en lo que llamaba la “fosa común”, la hemeroteca.

Miguel Capistrán fue un investigador excepcional y la excepción consistió en que no fue un académico. Realizó estudios en la UNAM y en el Colegio de México pero jamás se recibió. En una sociedad donde los títulos universitarios han venido a reemplazar a los títulos nobiliarios, la falta de papelito que lo avalara le valió a don Miguel el exilio de la Academia. Sin embargo, jamás fue algo que le preocupara, la suya fue desde siempre una labor adversa y solitaria y él aprendió muy pronto a sentirse cómodo en esas circunstancias.

El niño se presentó en la cocina como Juan León Cuesta Izquierdo. El padre de Miguel dejó el plato de lado y lo miró de arriba abajo: “Tú vives en el portal de la Gloria, eres hijo de Natalia y sobrino de Jorge, el poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud”.

La infancia es el caldo de cultivo de las obsesiones que habrán de envenenarnos la vida pero también es el periodo en que nos asaltan intempestivamente las grandes revelaciones sobre el mundo. A Capistrán, obsesión y revelación lo sorprendieron juntas la tarde que invitó a su casa a uno de sus compañeritos de la primaria a la que asistía en Córdoba, Veracruz. El niño se presentó en la cocina como Juan León Cuesta Izquierdo. El padre de Miguel dejó el plato de lado y lo miró de arriba abajo: “Tú vives en el portal de la Gloria, eres hijo de Natalia y sobrino de Jorge, el poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud”.

Ligado a la figura de Jorge Cuesta.

Ligado a la figura de Jorge Cuesta.

Las palabras de su padre quedaron cinceladas en su imaginación infantil. El tío de su amigo se le había revelado como una especie de alquimista, un poeta místico del cual quería saberlo todo. A partir de ese día, con no más de diez años, Miguel supo que su destino estaba irremediablemente ligado a la figura de Jorge Cuesta. Lo que probablemente nunca se imaginó fue que su obsesión por la excentricidad del bardo lo conduciría al hallazgo de una obra destinada a convertirse en un pilar de la literatura mexicana.

Durante varios años se dedicó prácticamente a tocar de casa en casa preguntando por el poeta, la leyenda negra que la sociedad cordobesa había tejido alrededor de Cuesta lo dejó perplejo. Se topó con historias terribles sobre sus costumbres degeneradas, sus arranques eufóricos que devenían en episodios catatónicos y su fijación con cambiar de sexo que lo llevó a emascularse en la bañera antes de quitarse la vida. Pero de su obra nada. Hasta donde se sabía Cuesta jamás había publicado una sola página. Varios años después, el mismo Sergio Pitol le aseguraría a Capistrán que no existía ni una plaquette ni una antología que lo incluyera y le sugirió en un suspiro resignado buscar en las hemerotecas.

Con la paciencia de un arqueólogo fue desenterrando la obra de Cuesta hasta que en 1964, junto con Luis Mario Schneider, logró su publicación completa por parte de la UNAM en cuatro tomos.

Cuando el joven Miguel estaba a punto de darse por vencido, el destino le recordó que tenía otros planes para él. En calidad de Secretario de Educación, Jaime Torres Bodet apareció en Córdoba como parte del séquito de acompañantes de una gira presidencial. Sin dudarlo, Capistrán solicitó su ayuda. Ése sería el principio de una labor que le llevaría la vida. Con la paciencia de un arqueólogo fue desenterrando la obra de Cuesta hasta que en 1964, junto con Luis Mario Schneider, logró su publicación completa por parte de la UNAM en cuatro tomos. Para entonces se había convertido ya en secretario particular de Salvador Novo e íntimo amigo de José Gorostiza. Años más tarde lograría publicar en la misma colección de la UNAM una antología de textos de Xavier Villaurrutia.

Borges y Capistrán en el edificio de San Ildefonso, poco antes de la grabación del programa Encuentros dirigido por Álvaro Gálvez y Fuentes, durante el primer viaje de Borges a México en 1971. Foto © Paulina Lavista.

Borges y Capistrán en el edificio de San Ildefonso, poco antes de la grabación del programa Encuentros dirigido por Álvaro Gálvez y Fuentes, durante el primer viaje de Borges a México en 1971. Foto © Paulina Lavista.

En 1971 Capistrán visitó Buenos Aires por primera vez. Una amiga suya había logrado conseguirle el número telefónico de la Biblioteca Nacional de Argentina que en ese entonces dirigía Jorge Luis Borges. Para su sorpresa, fue el mismo Borges quien levantó la bocina para contestar su llamada. “Maestro, deseo invitarlo a visitar México”, fueron las palabras que logró titubear. Borges se negó cortésmente, era un viaje muy pesado que no creía estar en condiciones de aguantar. Si algo le había rendido frutos a Capistrán en su vida era su tenacidad, así que no pasaron ni dos años para que Jorge Luis Borges descendiera del avión en la Ciudad de México tomado de su brazo. Seis años después, Capistrán sería una vez más anfitrión del argentino que le había asegurado no volver.

Capistrán y Borges en Ciudad de México, 1973.

Capistrán y Borges en Ciudad de México, 1973.

El terremoto de 1985 arrebató centenares de vidas, entre ellas las de las hermanas y el sobrino predilecto de don Miguel, quienes vivían con él en su departamento de la colonia Roma. En el derrumbe de su edificio también se perdió la mayor parte de su archivo sobre Villaurrutia y el mecanuscrito de la tesis acerca de los Contemporáneos con la que pensaba titularse. Imagino que de haber querido habría conseguido no un título sino todos los que le hubiera dado la gana, pero dadas las circunstancias, su renuencia a incorporarse a la Academia fue quizá parte de un luto que llevó consigo hasta el último día.

Imagino que de haber querido habría conseguido no un título sino todos los que le hubiera dado la gana, pero dadas las circunstancias, su renuencia a incorporarse a la Academia fue quizá parte de un luto que llevó consigo hasta el último día.

La última vez que lo vi fue en 2011 durante una presentación en la librería Rosario Castellanos. Atravesó el pasillo del auditorio aferrado a su bastón con dignidad. Llevaba un chaleco almidonado que sus hombros ya no parecían capaces de sostener y la misma boina gris que usaba el día que lo conocí en una conferencia varios años antes. Por un momento me pareció que era su propio fantasma. Durante el brindis posterior la gente se arremolinaba en círculos para saludarse. Don Miguel se nos acercó para preguntarnos si no conocíamos a un editor del FCE con el que sólo había hablado por teléfono y que tenía meses dándole largas con un libro. “Sí, anda por aquí”, fue la respuesta antes de volver a la plática. Se quedó ahí parado, en medio del bullicio de los grupos que reían y brindaban, mirando hacia todos lados como un niño que se ha soltado de la mano de su madre. Alcé en silencio mi copa hacia él que de tan desvalido se iba haciendo transparente. Lo vi después caminar hacia la puerta con toda su incomprensión a rastras, su gesto era el de un hombre que sabe que ya no pertenece al mundo, que quizá nunca perteneció. Lo vi salir a la noche completamente sólo, el hombre que descubrió a Jorge Cuesta, el hombre que trajo a Borges a México, se alejó en un taxi. ®

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Publicado en: Junio 2013, Libros y autores


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  • María Guadalupe Ruíz Rodríguez

    Señorita Tanía, hoy recibí un correo del maestro Adolfo Castañón y por azares del destino leí tu publicación (el tu es para precisar persona, no por falta de respeto), durante los años 2011 y 2012 fui directora del Museo Miguel N. Lira del Estado de Tlaxcala, sabedora del gusto que tenía el Maestro Capistran pon N. Lira lo invite en octubre del 2012 a celebrar junto con Pavel Granados el aniversario del natalicio de Don Miguel (14 de Octubre), en verdad era un hombre tenaz y directo, la única condición para aceptar era que no estuviera presente Willebaldo Herrera Téllez, ya que me comento había tenido un altercado en los 70 porque a éste personaje lo había demandado Borges por plagio, así se acordó, más ya no pudimos disfrutarlo junto a Pavel con su Edén Subversivo.

  • Hola, Emma Cecilia, te agradezco mucho la lectura y la precisión sobre esa fotografía. Estuve buscando imágenes y di con ésa, pero no hay mayores datos. Ahora mismo coloco la información y el crédito. Muchas gracias, de nuevo, un abrazo.

  • Emma Cecilia García Krinsky

    Estimados señores,

    Antes que nada, quiero felicitarlos por el espléndido artículo sobre Miguel Capistrán.
    Les hago una observación importante: la fotografía de Borges y Capistrán no es en Buenos Aires. Ésta fotografía la tomó la Maestra Paulina Lavista en el momento en que ellos entraban a San Ildefonso para la grabación del programa Encuentros dirigido por Álvaro Gálvez y Fuentes, durante el primer viaje de Borges a México en 1971, inmediatamente después de esta toma; Paulina realizó otra en donde Borges está solo y en donde se aprecia mucho más el patio de San Ildefonso, casualmente esta segunda foto está exhibida actualmente en la exposición “Momentos Dados” de Paulina Lavista en el Museo Casa del Risco. Fue una larga serie de fotos que Lavista realizó durante la estancia de Borges en México, incluida una muy conocida en las Pirámides de Teotihuacán.
    Reciban saludos cordiales, esperando corrijan la ubicación de la foto y den el crédito a Paulina Lavista,

    Emma Cecilia García Krinsky

  • Angel

    Saludos Rogelio.

  • Angel

    Gracias, Tania Tagle, por esta nota periodistica acerca de alguien que, como yo, (por por el simple gusto de hacer las cosas) preferimos ser “los protagonistas tras la tramoya”