Millennials ofendidas, periodistas humillados

(En defensa de Ricardo Rocha)

No creo que Ricardo Rocha sea un acosador ni un depredador sexual. Nadie que use playeras con tweed a los setenta puede serlo.

Ricardo Rocha, periodista.

Era cuestión de tiempo para que la inercia del movimiento #metoo llegara al showbiz mexicano. Y es que si la industria fílmica y televisiva gringa está llena de dobleces y de estaciones oscuras, la mexicana no se queda atrás. Sólo faltaba un elemento detonante: que una periodista como Carmen Aristegui les abriera el micrófono a las presuntas víctimas de acoso y violación por parte de directores, actores y todo aquel hombre que, en aras de sacar provecho de su posición de poder, haya recurrido a pedir favores sexuales. La primera en hablar fue Karla Souza, quien —en una sesión histriónica y lacrimógena— expuso ante millones de televidentes el supuesto abuso sexual del que fue objeto hace varios años por parte de un director con el que trabajó. Aunque Souza se reservó el derecho de nombrar a “su cerdo”, es decir, contó con lujo de detalles la amarga experiencia pero no señaló al victimario. Dos días más tarde Televisa lanzó un comunicado —a través de Denisse Maerker— en el que la empresa se deslindaba y rompía relaciones con el director y productor Gustavo Loza, quien, al parecer, fue el increpado en las acusaciones de Souza. Al día siguiente Loza sacó un comunicado deslindándose de los señalamientos entreverados de la actriz que fuera, en tiempos mejores, su pareja sentimental.

A la fecha Souza no ha vuelto declarar. No ha dicho: “Sí, fue él”. Y por lo mientras, Loza ha pasado a engrosar las filas de los apestados sin haber sido investigado ni juzgado por un tribunal que no sea el tribunal voraz de las redes sociales.

Parte de la deslegitimación del movimiento #metoo ronda precisamente ese hecho: que el patíbulo sea Twitter. Que el verdugo sea no un juez sino un pajarito azul que vuela y corta cabezas con el poder de un click.

La cloaca se destapó y, como buena cloaca, las cosas ahí adentro apestan. Si no, preguntémosle al periodista Ricardo Rocha. A él no lo acusa una actriz. No lo acusa una colaboradora o una reportera. Lo acusa una comediante. Una mala comediante —“estandopera”—, por cierto, que se dedica a contar anécdotas y chistes malos parada frente a un público de gente por demás sola y patética. La cómica tiene un nombre: Sofía. Pero más que un nombre tiene un apellido, y no precisamente un apellido ordinario… Sofía pertenece a una familia de “rancio abolengo”: los Niño de Rivera. Sí. Sofía Niño de Rivera, la estandopera más famosa de México, acusó al periodista Ricardo Rocha de acoso. Y basa sus acusaciones en un video absurdo en el que Rocha no hace nada más que elogiar inmerecidamente su trabajo. Un trabajo, a mi parecer, muy mediocre.

Parte de la deslegitimación del movimiento #metoo ronda precisamente ese hecho: que el patíbulo sea Twitter. Que el verdugo sea no un juez sino un pajarito azul que vuela y corta cabezas con el poder de un click.

Al ver el video donde supuestamente Rocha hostiga a la comediante pienso: ese video pasará a la historia como el acto más risible en la vida de Sofía Niño de Rivera. Ese acto cómico–absurdo sí que hace reír, sobre todo a la gente que es capaz de utilizar un poquito el sentido común.

Ricardo Rocha alguna vez tuvo su dotación generosa de poder en los medios. Era, por decirlo de alguna manera, uno de los pocos periodistas con veleidades intelectuales. Leía los libros que iban a presentar sus invitados, trataba de esgrimir verbalmente con escritores y gente de letras, salía de los clásicos lugares comunes en los que caen todos los reporteros al hacer sus entrevistas. En su programa “Para gente grande” aprendió a impostar la voz de tal manera que lograba atarantar a los legos.

La desgracia de Rocha fue que Televisa, esa máquina destripadora, fue relegándolo a horarios secundarios, y gente que antes estaba bajo su servicio, como la propia Adela Micha, terminó rebasándolo por la derecha.

Hoy Ricardo Rocha conduce programas nocturnos con bajo rating en TV Azteca y tiene un noticiero y un programa de revista en Radio Fórmula.

No se puede decir que hoy sea un periodista influyente, aunque llena un espacio y lo ha hecho con dignidad y decoro…

Jamás pensé llegar a escribir algo así, pero las circunstancias me obligan.

Alejandra Gómez Macchia con el mejor traductor de Günter Grass y de su amado Thomas Bernhard, en la pasada FIL de Guadalajara.

Hace tres años, cuando publiqué mi primera novela, fui al programa de Ricardo Rocha como parte de la promoción del libro. Llegué, me instalaron los micros y me maquillaron. Entré al set y me topé con un Ricardo Rocha que ya no era el que antes fue. Ya no era el señor de bigotes que había entrevistado a María Félix y al que María Félix se había comido con sus ácidos comentarios. Ricardo Rocha vestía ese tipo de atuendo que usan los llamados “sugar daddys” trasnochados que se niegan a envejecer: playera de algodón de cuello redondo bajo un saco de tweed. Nos presentaron y los ojos le brillaron. Ricardo Rocha mira así: con una mirada que podría parecer lujuriosa, pero más bien es la mirada nostálgica de un tiempo en el que la normalidad era lanzar un piropo antes de decir “buenos días”. ¿Cuántos años tiene Rocha? Supongo que unos setenta, es decir, proviene de esa generación en la que los hombres tenían todavía manías galantes al estilo del cine de oro mexicano. A la hora de la entrevista nos separaba una mesa. Sus preguntas no fueron nada incómodas, al contrario, yo tuve que meterle carnita para que fuera más interesante. Pero, curiosamente, Rocha fue uno de los únicos que me habían entrevistado y se habían tomado la molestia de leer el libro. En los cortes Ricardo “cotorreaba” amigablemente conmigo, diciendo cosas como “¡Tan guapa y tan atribulada! ¡Tan joven y con tantas experiencias!” Yo no me sentí hostigada, sino todo lo contrario. Mi marido miraba la escena desde el backstage. Mi marido que, a propósito, es sólo unos años menor que Rocha y que proviene de esa misma generación de hombres que van por todo cuando una mujer les gusta, sin llegar a ser grotescos. Así Rocha.

Al terminar la entrevista nos sacamos la foto y me tomó de la cintura (si yo fuera una feminazi mal cogida hubiera lo considerado una pasada de lanza). Antes, quiero suponer, los hombres tomaban en automático la cintura de la mujer para aproximarse en las fotos (y porque antes las mujeres tenían más cintura y menos músculo). Nos despedimos sonrientes. Me pidió mi número de celular porque quería invitarme ya no como entrevistada, sino como colaboradora de su programa. Le di el número con gusto. Sí, recuerdo que al voltearme me vio el trasero, ¿y eso qué tiene de malo? Una no ve el trasero, sino el reloj o el carro, o si llegan a estar guapos, los ojos. O el cerebro si son listos. Días después me mensajeó. Dijo que había terminado mi libro y me comentó cosas sobre el personaje masculino. Le parecía un cabrón mal agradecido con su mujer, dijo, sabiendo que la novela es casi autobiográfica. Yo contesté los mensajes con el mismo desparpajo y me moría de risa con sus interpretaciones. Luego me invitó a ir de nuevo a su programa, ahora al de TV Azteca, cosa que agradecí. Se armó de valor para invitarme a cenar. Lo normal, pues. Eso hacen los hombres cuando les interesa la plática o la simple compañía de una mujer. Le dije que tal vez, pero que no estaba segura porque, de ir a México, lo haría con mi marido. Dijo que estaba bien. Quedamos en ponernos de acuerdo en los días siguientes.

Total, que me entrevistó y noté ese nerviosismo en su mirada de nuevo. Pero ese nerviosismo ya lo había visto muchas veces en otros hombres, por ejemplo, en mi padre o en mi abuelo. Es la mirada melancólica de los viejos que alguna vez fueron galanes y ostentaban cierto poder. La mirada de un fuego extinto. Cenizas.

Yo acostumbro ir a cenar con hombres: hombres que no son mi marido, por cierto. Voy y ceno y bebo y me desenvuelvo mejor que con las mujeres. Soy tal cual: como me ven: ácida, irónica, pero también coqueta. Jamás podré ser de otra manera, sin embargo, siempre he parado el carro del varón si, por mi manera de ser, las señales llegan a confundirse. Ésa es culpa mía, no de ellos. Ellos siempre van a querer dar un paso adelante, pienso, como nosotras queremos que nos eleven a altares de divas con sus elogios. Es un juego de poder. Pasaron dos semanas y regresé al programa de Rocha. Alternaba con mujeres muy bellas y nunca vi que tuviera una actitud malsana. Me vio, se acercó para saludarme y de inmediato notó que, en efecto, esa cena no llegaría a darse porque iba con mi marido. Entonces él reculó. Yo no. Si me hubiera vuelto a invitar a comer o a cenar tal vez hubiera ido por una simple razón: me gusta sentarme con gente con la que se puede conversar, y, sea como sea, Rocha quizás no me podría hablar de lo que estaba leyendo en ese momento, pero sí, supuse, podría hablarme de chismes jocosos sobre ese medio infecto en el que ha vivido años (Televisa y anexas). Por una deformación profesional esas historias me seducen. Total, que me entrevistó y noté ese nerviosismo en su mirada de nuevo. Pero ese nerviosismo ya lo había visto muchas veces en otros hombres, por ejemplo, en mi padre o en mi abuelo. Es la mirada melancólica de los viejos que alguna vez fueron galanes y ostentaban cierto poder. La mirada de un fuego extinto. Cenizas. Nos despedimos (Ricardo es esa clase de hombres que creen que dando dos besos en ambas mejillas se ven interesantes, por no decir que quieren darse aires de franceses). No lo volví a ver. Tampoco siguió escribiéndome.

A lo que voy con esto es a decir que NO creo que Rocha sea un acosador ni un depredador sexual. Nadie que use playeras con tweed a los setenta puede serlo.

Lo que sí hay son millennials ofendidas que desconocen los rituales del cortejo del tiempo de Rocha. Chavas anodinas como la Niño de Rivera que no ven más allá de sus malos chistes que hacen reír a otros millennials insulsos. Bajo ese criterio es comprensible que Sofía tome a mal la actitud galante de Rocha, pues no creo que antes de ser famosa alguien con más de dos dedos de frente le tirara el perro. ®

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Publicado en: Apuntes y crónicas

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