Mis encuentros con ella

La gente de casi todos los países empezó a ir para asomarse desde la barda y verla escuchar, una y otra vez, melodías de todo género. La gente se amontonó ahí como si no fuera una criatura sobrenatural, sino un animal de circo.

Duane Michals, "La muerte llega a la anciana".

Duane Michals, “La muerte llega a la anciana”.

La muerte estaba triste desde el martes, ya no había nada que hacer. Mostrando su lastimosa condición de bisabuela de todos los abuelos, su grandeza ya no se imponía ante nadie. Con frecuencia solía decir que los hombres de ahora ya no eran los mismos que los de antes, puesto que ya no se respetaban ni a ellos mismos.

Recuerdo que un día, antes de que fuera enviado a este mundo como un recién nacido, un ángel le respondió: Tú mejor que nadie sabes que todo cambia, todo, sin importar lo viejo que sea. Mientras los dos observaban el cuerpo caído de otro espíritu celeste, con un callado estupor. Tanto lo observaron y con tanta atención que se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Fue entonces cuando ambos se atrevieron a decirse adiós y se lo dijeron en un dialecto incomprensible.

Fue así como pasaron por alto el inconveniente del tiempo y concluyeron, con muy buen juicio, que se trataba de otro ángel solitario de algún territorio lejano y olvidado. Así pasaron muchos años de mi vida humana hasta que la muerte volvió a caer en otra gran depresión, una depresión más fuerte que la pasada, una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos problemas de la vida cotidiana.

Todo parecía indicar, con cierta ironía, que había perdido todo conocimiento de las cosas de la vida y la muerte. Podías ver a los hombres, a lo largo y ancho del día y la noche, andar de un lado a otro sin ningún problema. Los accidentes pasaban y por extraña razón nadie moría, uno que otro suicida intentaba quitarse la vida y su intento era en vano. Las cosas empezaron a cambiar, la vida perdió cierto valor, se perdió el sentido de la realidad.

Fue así como pasaron por alto el inconveniente del tiempo y concluyeron, con muy buen juicio, que se trataba de otro ángel solitario de algún territorio lejano y olvidado.

Dos hombres dicen que la han visto, que ahora ya no sale de casa; otro hombre lo ha confirmado y los medios de comunicación masiva lo han globalizado. Al parecer aquel sujeto ha podido verla en el patio de una casa, tirada en el césped escuchando música. Dijo ante los medios que ha escuchado “In the city” con ella. Al día siguiente todo el mundo sabía que en aquella casa de la esquina de Madero, en la Ciudad de México, la muerte se encontraba reposando en el jardín.

Duane Michals, "La anunciación".

Duane Michals, “La anunciación”.

La gente de casi todos los países empezó a ir para asomarse desde la barda y verla escuchar, una y otra vez, melodías de todo género. La gente se amontonó ahí como si no fuera una criatura sobrenatural, sino un animal de circo. Pasados algunas meses un búlgaro se atrevió a entrar ahí, según me contó un tartamudo holandés. Después de saber esto fui y me asomé para ver, en el jardín, a la muerte y a un hombre eslavo que nadie conoce, permanecer inmóviles juntos.

Como no había ningún movimiento, con el pasar de los días dejó de ser noticia y casi todos, excepto unos cuantos metiches y morbosos como yo, volvieron a sus vidas perpetuas, eternamente vacías. Me quedé ahí porque extrañaba la idea de la muerte como esa forma que da unión a la vida, al plan de felicidad socialmente abortado.

En fin, recuerdo que fue un domingo de noviembre el día que aquel hombre se paró a cambiar la canción, que si mal no recuerdo era la ópera de Tannhäuser. Ella, muy enojada, tan solo alzó el brazo y el hombre cayó al suelo, de una manera brusca y completamente tieso. Ajena a las impertinencias del mundo, se levantó y murmuró algo en algún dialecto desconocido, para después salir de la casa y continuar con lo que había dejado de hacer desde hace mucho tiempo, su trabajo.

Todo volvió a la normalidad, la desdicha trajo consigo la prosperidad. La noticia se divulgó con tanta rapidez que al cabo de pocas horas había en las calles un alboroto de mercado, tanto alboroto que tuvieron que llevar una tropa con bayonetas para espantar al tumulto que estaba al borde de un ataque matutino. Pero no pasando a mayores, en pocas semanas, todo volvió a ser como era: las personas ahora iban a todas partes con miedo, los suicidas ya no intentaban quitarse la vida con tanto gusto y los perros ya tenían a quién ladrarle por las noches.

En un abrir y cerrar de ojos pasaron cincuenta y ocho años de mi vida sin saber nada de ella, pero una tarde se presentó con el objeto de quitar otra vida en los dormitorios del asilo en el que me encontraba viviendo. Le arrebató la vida a mi compañero de la izquierda, a Lauro, el más grande y alto de todos los ancianos que dormíamos ahí.

En un abrir y cerrar de ojos pasaron cincuenta y ocho años de mi vida sin saber nada de ella, pero una tarde se presentó con el objeto de quitar otra vida en los dormitorios del asilo en el que me encontraba viviendo.

Observé cómo Lauro no hizo ningún gesto, sólo dejó de respirar y su corazón se paró instantáneamente. También observé cómo la muerte desaparecía por el marco de la puerta lentamente, confundiéndose con la oscuridad. Les confieso que al ver esto tuve miedo, pero aun así me paré de la cama y fui en busca de ella. Fue mayor mi curiosidad.

Al llegar a la puerta la vi entrar en el cuarto de enfrente, donde dormían las mujeres. Se paró a un costado de aquella anciana enferma de cáncer, levantó la mano lentamente y la anciana giró la cabeza. Ojos verdes. Podía jurar que se sorprendieron el uno al otro, pues estuvieron viéndose fijamente por algunos minutos con una dulzura extraña, hasta que la muerte bajó la mano y se esfumó en un segundo. Yo volví a la cama lo más rápido posible, la curiosidad también se había ido y el pánico invadía todas mis ideas.

Pasaron los años y sin darme cuenta mis compañeros fueron muriendo uno por uno, pero aquella mujer enferma de los pulmones seguía leyendo en el patio, mientras dejaba a un lado su respirador para fumar un cigarro tras otro. Con frecuencia oía decir a los doctores que era impresionante su caso, que por más que el cáncer ya había invadido todo su cuerpo ella aún se mantenía con vida. Uno de ellos hasta escribió un texto que nunca se publicó donde cambiaba el sentido del concepto de “buena salud”. Yo llegué a pensar que nunca vendría por ella, sabiendo que vendría primero por mí; eso era más que seguro.

Cuando la muerte entró de nuevo al cuarto del asilo yo me encontraba en mi cama, pero aún no estaba dormido. Se acercó como si nada, como si no me hubiera visto que la oí platicando con aquel ángel, como si también no me hubiera visto asomado por la barda de aquella casa en la colonia de San Ángel y, definitivamente, como si no supiera que había sido testigo de la noche en la que dejó vivir a mi compañera.

Aun así, sólo entró por la puerta y se paró frente a mí como si nada. Mis párpados, dóciles inevitablemente, cayeron sobre mis córneas con la misma naturalidad con la que mis brazos y piernas se confundieron con un conjunto de miembros que, lentamente, fueron perdido independencia para dejar que una extraña tranquilidad empezara a recorrer mis huesos como un río. Un par de segundos antes de que todo se me apagara dejó de importarme la muerte y me empecé a preocupar por la vida. ®

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Publicado en: Mayo 2013, Narrativa


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